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La casa de la Troya.

Guarida de estudiantes de ciencias y artes.

José

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Soy tranquilo, inquisitivo y viajero. Me gusta conocer gente nueva, tradiciones desconocidas, lugares poco frecuentados. Trato de ser justo con los demás, y escuchar siempre todas las versiones. Dios y Patria.
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11月16日

Otro cuento de Navidad.

Derechos Reservados.

Para una migajita, en la primera

Navidad que supe que existías.

La escalera estaba oscura y maloliente como boca de lobo. Años de ser usada como orinal había impregnado las paredes y escalones con un penetrante olor a amoniaco. Hacía más de 20 años que un vecino (entonces recién llegado) había colocado una bombilla en el descansillo, en un intento por desterrar la negrura que imperaba ahí. Luego de que le robaran el cuarto foco (en una noche), optó mejor  por cargar una lamparilla atada al llavero.

El dueño del edificio de apartamentos, tan decrépito y deslucido como su inmueble, vigilaba a todos y a ninguno desde la ventana de su hogar, ubicado en el quinto y último piso. Rumiaba con disgusto al mirar las luces parpadeantes de los bulbos de colores que adornaban paredes y cornisas; un rictus de amargura tiraba de su boca al ver los incontables árboles de navidad adornados con esferas y velas; una furia fría le invadía al observar a los peatones caminando a pasos apresurados en busca de sus seres queridos, con los brazos llenos de paquetes envueltos en papeles multicolores.

El anciano se sintió solo, pero en lugar de tristeza su corazón estaba lleno de rencor. Recordó cómo disfrutaba su esposa esta época. No es que le gustara salir de compras a los grandes almacenes, o preparar una gran cena, o visitar a la familia y amistades. Porque el casero era tan mezquino, que le daba muy poco dinero a pesar de tener mucho. Ella era feliz por algo más, pero él nunca había logrado vislumbrarlo, o siquiera entenderlo. Y eso le crispaba los nervios, y la regañaba más, le gritaba con más fuerza, o la insultaba con más placer. Y sin embargo… sin embargo ella seguía sonriendo, y lo besaba tiernamente y le decía: “No debemos estar tristes, porque es Navidad”.

Hacía diez años que la había ido a dejar a su última morada, en el panteón de Dolores. En un ataúd de pino, para no gastar mucho en uno de metal, había caminado bajo la lluvia en compañía de un cura y cuatro enterradores, hasta el lugar donde se encontraba una fosa comprada a perpetuidad, que la difunta había heredado de su padre. Nadie más había acompañado al duelo, pues el hombre no tenía amigos. Y aunque ella tenía muchos, entre las señoras de la iglesia, los niños del orfanato al que iba a ayudar los sábados, o las enfermeras y médicos del hospital del que era Dama Voluntaria, ninguno se había enterado del inesperado deceso.

Volviendo al presente, el viejo amargado tuvo que reconocer que la echaba de menos. Él era un agnóstico; no creía en Dios. Para el caso, no creía en nada. Por eso no podía saber que su mujer era considerada en la colonia como una santa mujer. No sólo por frecuentar la iglesia, sino por sus obras de caridad, que si bien nunca habían sido en dinero, siempre habían sido abundantes en obras. Él sólo extrañaba su compañía siempre alegre y resignada, las constantes caricias a las que se resistía, y los tiernos besos que ella le daba en la frente y a los que el viejo siempre respondía con la amenaza de una bofetada.

El casero recordó que a pesar de la hora no había comido, y que no había nada en la despensa. Con trabajos abandonó su poltrona y se encaminó a la puerta, mientras metía la mano en el bolsillo para calcular cuánto traía de calderilla. Le alcanzaba para un par de quesadillas. Siempre que no hubiera mucha gente con la fritanguera de la esquina. Si pudiera decirse eso de alguien, era de él, que odiaba al género humano. Su amor era para el dinero. El mítico señor Scrooge era una Madre Teresa comparado con el casero.

Al salir del apartamento cerró con fuerza la puerta, con la secreta intención de que todos sus inquilinos supieran que iba a bajar la escalera, y se apresuraran a entrar en sus casas. Le enfermaba tan sólo que le miraran. Mucho más que le hablaran. Él no necesitaba de nadie. Se bastaba solo.

Al llegar al último descansillo de la escalera, y a medio camino de la planta baja, un ruido le distrajo momentáneamente. Miró hacia arriba, pero no distinguió nada. Quizá una rata. Al girarse para seguir bajando, su pie ya no encontró escalón, y sus manos tampoco pudieron encontrar a tiempo el apoyo de la pared. Con un grito ahogado se cayó de cabeza desde media escalera hasta la planta baja. Su pierna derecha golpeó brutalmente los escalones debajo de él, y sintió más que escuchó dos crujidos en diferentes partes de su extremidad, antes que el dolor estallara ahí y llegara hasta su cerebro con la fuerza de una descarga eléctrica. Se siguió deslizando por los escalones hasta que se estrelló con la puerta de uno de los apartamentos de la planta baja. El golpe fue tan fuerte, que la moldura metálica del contramarco de la puerta le desgarró el cuero cabelludo en una extensa herida que de inmediato comenzó a sangrar. Por un momento perdió el resuello y el mundo le dio vueltas. La oscuridad de la escalera se hizo más profunda, y el frío del piso se trasminó a través de su ropa de abrigo.

—¡Auxilio! —llamó—, ¡ayúdenme, estoy herido!

Pero recordó que no había visto luces salir por debajo de las puertas de los apartamentos, y cayó en la cuenta de que no había nadie. Todos sus inquilinos habían salido a pasar la Noche Buena a otras casas, a otros lugares. Estaba solo. Irremediablemente solo.

—¡Ayuda! —clamó sin saber a quién.

Y entonces el dolor y la desesperación se le echaron encima como un buitre hambriento.

Continuará...

10月31日

Calaverita de Carlos de Jesús.

Andando entre los muertos
iba Carlos de Jesús,
que a sus padres dejó tuertos
a golpes de puño y testuz.

Con ojitos almendrados
y una sonrisa chimuela,
a todos dejaba alelados
y ¡ahí va el golpe! donde duela.

Nunca fue niño llorón,
más bien de los sonrientes.
Pero cuando se enfadaba,
temblaban los más valientes.

Hermoso como su madre,
eso nadie lo dudaba.
En cuanto al genio vivo,
pura estampa de su padre.

Cuando lo vio la calaca,
se lo quiso llevar a fuerzas.
Pero le hizo tantas trastadas,
que mejor pensó: "Te quedas".

Pero ya encaprichado el peque,
a escondidas la siguió,
y cuando estaba distraída,
¡ah qué susto le sacó!

Ahora se ve a la tilica,
derrotada en un rincón,
y a Carlos con la guadaña
destrozando la habitación.

La tía de las muchachas
pienasa hacer la devlución,
de ese nniño tremendo
aunque pierda reputación.

Lo puso en su cochecito
y por las calles lo llevó,
sin percatarse que el niño
la guadaña le robó.

Y así se acaban los versos
de Carlos, El pocoyó,
pues a su padre que escribe
ya las barbas le jaló.


8月11日

Divagaciones de viejo.

A mis viejos hermanos de capa.

Amigos siempre.

Hace algunos días cumplí 38 años. Sí, aparento más. Gracias por el comentario. Pero he tenido tanto trabajo que no había podido detenerme a pensar el momento trascendente de cumplir otros 365 días bailando la manzanilla en este mundo. Pero hoy, en un momento de inactividad forzosa (me quedé atrapado en el cuarto del archivo a la hora del almuerzo), comencé a recordar. Algo que dicen que es vicio de viejos pen… bueno, de viejos. Aunque hace poco renuncié a la titánica tarea de enseñar Tuna a nuevas generaciones, el fruto de mis reflexiones de hoy me demuestran que la Tradición siempre ocupará un lugar importante en mi corazón.

Y es que por más que trataba de llevar mi mente ociosa por otros derroteros, de uno o de otro modo terminaba acordándome de mis amigos de correrías, verdaderos almogávares del siglo XX, los veteranos Tunos a quienes (espero que algún día me perdonen) inmortalicé en una novela. A saber, Skippy, El negro, Fredy y Manuel. Y es que fueron tantas aventuras, tantos descalabros, tantos anhelos compartidos, que no me concibo siendo como hoy soy, de no haber crecido con ellos. Y no es que fueran unos santos varones, ciudadanos ejemplares y tutores celosos de su investidura. Precisamente, lo que les hace entrañables, es que eran (a lo mejor siguen siendo) unos rapaces pícaros, ingeniosos y más listos que el hambre. Igual que yo, pero toda la gracia se la quedaron ellos. Yo sigo con mi cara de palo, que en aquellos lejanos días fue inspiración de agudos comentarios.

Como en aquella memorable ronda en casa de un desconocido, en que tras la serenata desde la calle, nos invitaron a pasar a un estrecho recibidor donde estábamos tan apretados que no podíamos ni respirar. Eso nos hacía cometer un error tras otro… bueno… un poco más de lo que era común en nuestras ejecuciones, me explico. Yo estaba muy molesto, y no participaba de las risas de los compañeros, y menos de las de nuestros anfitriones, que vivían en un pequeñísimo apartamento de interés social. Vamos, era tan pequeño que el crucifijo del altar familiar estaba tan estrecho que otro poco y habrían tenido que representar a Cristo ahorcado. Divagaciones aparte (otro signo de la edad), el caso es que una de las muchachas reparó en mi mutismo y mi rostro de buey purgado, y señalándome preguntó a mis amigos:

--¿Y el compañero no se ríe?

Y Fredy respondió con toda naturalidad:

--Es que si se ríe, se pedorrea.

Qué cosas. Acabo de recordar también cuando organizamos una Noche Colonial (una verbena, pues) en el antiguo Instituto Londres, que hoy es un plantel de la Universidad Patrulla del Gobierno del Distrito Federal. Lo sé porque el otro día la nostalgia guió mis pasos a ese lugar y fue triste ver en qué se ha convertido. Eh… ¿Qué estaba diciendo?… Ah, sí, la Noche Colonial. Decía que fue una de las peores que hemos organizado, y miren que las hubo malas. Pero esa vez no fue culpa nuestra, pues como nos apoyaba la Dirección y el Claustro de Profesores, no podíamos hacer las cosas al golpe y porrazo como era nuestra costumbre… qué costumbre, ¡era la ley! Así que contratamos feria con seguro de accidentes incluido, solicitamos permiso a la Delegación (la alcaldía, ¿saben?) y prohibimos el ingreso de bebidas embriagantes al plantel, incluso para nosotros mismos. ¡Ese sí fue sacrificio! ¿Seguridad? Pues… bueno… ya no había presupuesto, así que… pues la verdad buscamos a los estudiantes más revoltosos y buscabullas del plantel, les pedimos que llevaran amigos, y luego de pagarles el corte de cabello y un baño, les dimos una gorra y una macana, y los pusimos en todos los accesos y pasillos. Sobra decir que con esas caras sanguinarias y cuerpos de “espanta tontos”, la idea resultó más efectiva que si hubiéramos contratado al Regimiento de Fusileros Paracaidistas con todo y aviones.

¿A qué venía todo eso? Ah, sí… uy… ya se me escurrió la baba… decía que recuerdo que esa verbena salió mal, porque al no contratar el sonido de un director de estudiantinas que hacía horas extras como chalán de disc jockey, éste se desquitó convenciendo a la mitad de los grupos invitados a que no fueran a nuestra juerga. Ya se imaginarán, joder, que de repente a las cinco de la tarde no había estudiantina ni para remedio. El escenario vacío, la gente sentada en las butacas con cara de hastío, y la directora lanzándonos miradas de “chinga tu madre”.

Entonces Skippy, el de las ideas brillantes (por eso era el Jefe de la Tuna), tuvo una especialmente estúpida… quiero decir genial, que le es lo mismo. Aunque ese día íbamos disfrazados de gente decente, con saco y corbata (la mayoría los llevábamos de alquiler), pues como profesores del Instituto debíamos dar ejemplo de pulcritud y buen vestir, decía que más tarde habíamos pensado irnos con la decana Tuna del CUC (Centro Universitario Cultural) a correr la Tuna, y habíamos dejado en la Dirección del plantel nuestros jubones, capas, medias y todo aquello que marca la sagrada Tradición. Entonces El canguro sugirió que nos vistiéramos el grillo y subiéramos a cantar nosotros. Como nadie tuvo una idea más loca, accedimos. Por ahí andaba dando vueltas como moscardón un integrante de la Rondalla que nos vio nacer a la fama (no, a la fortuna no), y que incluso era primera voz (comprendan, en tierra de ciegos el tuerto es rey). Además era el típico galán abraza farolas más asediado por las chicas del Catecismo (¿recuerdan lo de los ciegos?) Bueno. Decía que al escuchar que íbamos a subir a cantar nosotros, pensó que Rondalla y Tuna por haber surgido de la misma semilla eran lo mismo, y fue corriendo a su casa a buscar su jubón y su capa. A propósito, le decíamos El chicatromp. Por aquello de “chica trompota”.

--Me esperan, ¿eh? –nos ordenó en tono enérgico mientras salía corriendo por sus ropajes.

--Seguro, ¿a quién se le ocurriría actuar sin contar con tu excelsa voz y natural simpatía? –accedió Skippy.

Para quienes nos vieron actuar en aquellos lejanos días, está de más decir que esa tarde estuvimos de excepción, cantando, dando palmas y rompiendo corazones más de una hora, y cuando llegó por fin un grupo invitado, el Respetable ya no quería que abandonáramos el escenario. Sí, éramos buenos. ¿Que qué pasó con El chicatromp? Ah, pues llegó una hora después de nuestra actuación, peinado con brillantina y más perfumado que la axila de un francés. Llevaba su traje de rondador perfectamente colgado de una percha de alambre, planchado y acicalado (hasta las cintas estaban planchadas, joder). Parecía muñequito de pastel, el tío. Nuestras vestimentas, ajadas y brillosas por el continuo uso, con barro de mil lugares adherido a los bajos de las capas, algún cuerno mal cosido y con botones mal pegados, daban testimonio de nuestra vida dedicada al ayuno y el estudio, y también hablaban de muchas heroicas batallas contra policías, mariachis y ebrios con vocación de payasos. Y las pocas cintas que llevábamos (las nuestras de a de veras, de chicas conquistadas, y no listones de carnaval) pues… la verdad eran muy pocas cintas, pero iban bien arrugadas. Y a mucho orgullo. Por eso cuando vimos llegar al catrín con todo su mamotreto (sólo le hacía falta un secretario de Relaciones Públicas), no pudimos evitar el desternillarnos de risa. Tal como estoy haciendo en este momento mientras me acuerdo.

¡Qué días aquellos! Si de ahí salió para escribir una novela. La pega es que no se ha vendido ni un triste ejemplar. Y yo necesitando medicinas. Y no dudo que mi quebrantado estado de salud sea consecuencia, por lo menos en parte, de aquellas juergas maratónicas con que tachoné mi vida estudiantil. Eso y las excesivas libaciones de elíxir que de vez en siempre nos regalábamos cuando andábamos corriendo la Tuna. Claro que como prescripción médica para aclarar la garganta y evitar los constipados. Por vicio jamás. Es pecado. De conciencia grave. Y es que bien señala Santo Agustín de Aquino… ¿O es Santo Tomás de Francia? O… No, creo que es San Potroclo de los Chisperos…

Eh, ¿qué hago aquí? Y… ¿qué? Joder, no recuerdo …  Si mi dentista me arropó en mi cama cuando estaba iniciando el noticiero de las veintiuna. ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Dónde está mi bastón? ¡Pardiez! Hasta he perdido mi dentadura. ¿Y qué hace aquí mi portabustos? Ah, no, es el corsé para la espalda torcida. Creo que mejor llamaré en voz alta para que me vengan a buscar. Sí, será lo mejor. Y mientras soñaré con cantar de nuevo la ronda en mi natal Santa Cruz, por lo menos una vez más antes de morir. Que Dios me conceda esa gracia. Y que yo me acuerde dónde olvidé el cómodo, que ya me urge. Cajum… ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien que venga a ayudarme?

Desde el retiro, Azcapotzalco, Distrito Federal. 11 de Agosto de 2009. 

6月20日

¡Qué feliz Día del Padre!

Hijito:

Es una noche silenciosa y cálida. Como es costumbre, te he tomado de brazos de tu madre y te he acunado contra mi pecho hasta quedarte dormido. Y entonces me he puesto a meditar en todos los actos, las decisiones, los errores y los triunfos que me han traído a este momento. Fueron largos años en que se combinaron las luchas por la supervivencia, los años de vida acomodada, los meses de hambre y angustia, y más de una noche de llanto desesperanzado. Pero al fin te tengo conmigo, y soy un hombre plenamente feliz. Porque Mi Señor me ha concedido esta gracia tan grande: Ser copartícipe de Su capacidad creadora.

Pero hay algo que quiero dejar en claro, algo que tienes que comprender. Mi dicha no sería completa, aun teniéndote a ti, si no tuviera en mi vida también a tu madre. Conforme la conozcas irás dándote cuenta que es una mujer valiente, trabajadora y empecinada, pero al mismo tiempo es cariñosa, paciente, comprensible y divertida. Yo quisiera estar todo el tiempo con ustedes dos, compartir esa armonía secreta que fluye entre una madre y su hijo, pero tengo que trabajar para proveer lo que se necesite en casa, especialmente tu comida. Tú todavía no te das cuenta, pero yo laboro de sol a sol, y llego por las noches rendido a casa. Entonces, cuando lo único que desearía sería sentarme en el sillón a mirar el telediario y a tomar una merienda (a veces el primer y último alimento del día), tengo que bañarte, darte el biberón, vaciar la bañera, y pasearte hasta por una hora, mientras te decides a hacerme la merced de dormirte. Pero, ¿sabes una cosa? No me pesa nada hacerlo. El simple hecho de llegar a casa, abrir la puerta y mirarte, hace que mi corazón vuelva a latir con toda su fuerza, y me mantenga en vigilia tantas horas como sea necesario.

Por todo lo anterior, hijito, mientras vayas creciendo, y más te vayas preguntando porqué no siempre estoy contigo, porque a veces no tengo muchas fuerzas para jugar contigo a correr, porqué siempre parezco tener sueño, no pienses que es porque no te quiero lo suficiente, o porque no me interesas. Por el contrario. Si trabajo mucho, es para que nunca te falte nada, y para que de mí aprendas a ser un hombre de bien, responsable y honorable, como lo aprendí yo de tu abuelo. Y por favor, nunca olvides esto: Te amo con todas mis fuerzas,y sin importar qué nos depare el futuro, siempre serás mi hijito amado. Tú eres el vástago que cualquier hombre quisiera tener, y el colmo de todas mis expectativas. Y junto con tu madre, ustedes son como un sueño hecho realidad, tan grande y tan hermoso, que nadie se hubiera atrevido siquiera a soñar.

En este día festivo, mi primer Día del Padre, a ustedes que me han hecho papá, les doy las gracias, les abrazo con todo mi amor y beso sus corazones. Y mi boca canta alabanzas a Nuestro Padre Dios, pues en mí que soy su más pequeño e indigno siervo, ha derramado en abundancia todas Sus bendiciones.

¡Qué feliz Día del Padre!

5月10日

El mayor ejemplo de amor.

Para Tatito, en su primer Día de las Madres.

La mujer desde que nace es como una bella rosa en botón. Tierna, delicada, única y arrebatadoramente hermosa. Pero ¿quién podría negar que la verdadera belleza se revela cuando la flor rompe y se desdobla en una vorágine de olores y colores que no se cansa uno de admirar?

Y… ¿cuándo es que ocurre ese portento? ¿A los 15 años, en su presentación en sociedad? No. Es más bien cuando esa mujer se convierte en madre. Porque es hasta entonces que su amor se vuelve más evidente, al ser volcado sobre el hijo de sus entrañas. Cierto es que desde niña ya daba un atisbo de su belleza interior, pero es cuando le ponen en brazos por primera vez a su hijo cuando sobreviene esa metamorfosis irrepetible que cambia su imagen para siempre. De repente, aquel capullo que jugaba tiernamente a ser mamá de sus muñecas, se transforma en una increíble mujer que sufre, ríe, llora, tiembla y se hincha de orgullo por su retoño. Y se convierte en una delicia para observar, escuchar, oler, sentir y besar. Nunca en su vida será más hermosa, que cuando se ha vuelto madre.

Sin embargo, las rosas a pesar de ser unas flores tan bellas, también son delicadas y van envejeciendo poco a poco. Sus pétalos siguen abriéndose cada vez más, hasta que comienzan a perder su color y su lustre. Si se les abona con amor y comprensión, su hermosura puede prevalecer por largo tiempo. Pero si en cambio se les descuida y sólo se les llena de sufrimientos y egoísmos, entonces se marchitan más rápido. Inexorablemente sus pétalos van cayendo uno a uno, hasta un final que no por ser ineludible, resulta menos doloroso.

Ahora me viene a la memoria una escena de la película española Marcelino Pan y Vino, con el entrañable niño Pablito Calvo, en la que éste se encuentra postrado en cama, y le asiste el fraile más anciano, ‘Fray Malo’, y sostienen una plática acerca de las madres.

“—¿Y qué hace una madre, ‘Fray Malo’? –pregunta el chico.

—Dar —responde el anciano—, siempre dar, Marcelino. Las madres dan todo, hasta quedar viejas y arrugadas.

—¿Y feas? —se escandaliza Marcelino.

—No, Marcelino —asevera ‘Fray Malo’—, las madres nunca son feas”. Madre e hijo

Yo he tenido la dicha de ver florecer a una mujer, que si antes era bella, ahora que ha dado vida nueva resulta… indescriptiblemente hermosa. Y cuando la veo cuidar a su crío, alimentarlo, mimarlo, besarlo con indecible ternura, tomarle en brazos como sólo una madre sabe hacer, es cuando comprendo porqué Dios mismo, omnisciente, omnipresente y omnipotente, no quiso privarse del gozo de acunarse en el seno de una madre, al encarnarse para nuestra salvación eterna.

Por eso hoy, en mi rezo de maitines, oro fervorosamente: “Gracias, Señor, por las madres”. Después de Su Hijo, y empezando por la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre Nuestra, no se me ocurre mayor ejemplo de amor del Creador hacia los hombres.



 
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