José 的个人资料La casa de la Troya.照片日志列表更多 工具 帮助

日志


11月16日

Otro cuento de Navidad.

Derechos Reservados.

Para una migajita, en la primera

Navidad que supe que existías.

La escalera estaba oscura y maloliente como boca de lobo. Años de ser usada como orinal había impregnado las paredes y escalones con un penetrante olor a amoniaco. Hacía más de 20 años que un vecino (entonces recién llegado) había colocado una bombilla en el descansillo, en un intento por desterrar la negrura que imperaba ahí. Luego de que le robaran el cuarto foco (en una noche), optó mejor  por cargar una lamparilla atada al llavero.

El dueño del edificio de apartamentos, tan decrépito y deslucido como su inmueble, vigilaba a todos y a ninguno desde la ventana de su hogar, ubicado en el quinto y último piso. Rumiaba con disgusto al mirar las luces parpadeantes de los bulbos de colores que adornaban paredes y cornisas; un rictus de amargura tiraba de su boca al ver los incontables árboles de navidad adornados con esferas y velas; una furia fría le invadía al observar a los peatones caminando a pasos apresurados en busca de sus seres queridos, con los brazos llenos de paquetes envueltos en papeles multicolores.

El anciano se sintió solo, pero en lugar de tristeza su corazón estaba lleno de rencor. Recordó cómo disfrutaba su esposa esta época. No es que le gustara salir de compras a los grandes almacenes, o preparar una gran cena, o visitar a la familia y amistades. Porque el casero era tan mezquino, que le daba muy poco dinero a pesar de tener mucho. Ella era feliz por algo más, pero él nunca había logrado vislumbrarlo, o siquiera entenderlo. Y eso le crispaba los nervios, y la regañaba más, le gritaba con más fuerza, o la insultaba con más placer. Y sin embargo… sin embargo ella seguía sonriendo, y lo besaba tiernamente y le decía: “No debemos estar tristes, porque es Navidad”.

Hacía diez años que la había ido a dejar a su última morada, en el panteón de Dolores. En un ataúd de pino, para no gastar mucho en uno de metal, había caminado bajo la lluvia en compañía de un cura y cuatro enterradores, hasta el lugar donde se encontraba una fosa comprada a perpetuidad, que la difunta había heredado de su padre. Nadie más había acompañado al duelo, pues el hombre no tenía amigos. Y aunque ella tenía muchos, entre las señoras de la iglesia, los niños del orfanato al que iba a ayudar los sábados, o las enfermeras y médicos del hospital del que era Dama Voluntaria, ninguno se había enterado del inesperado deceso.

Volviendo al presente, el viejo amargado tuvo que reconocer que la echaba de menos. Él era un agnóstico; no creía en Dios. Para el caso, no creía en nada. Por eso no podía saber que su mujer era considerada en la colonia como una santa mujer. No sólo por frecuentar la iglesia, sino por sus obras de caridad, que si bien nunca habían sido en dinero, siempre habían sido abundantes en obras. Él sólo extrañaba su compañía siempre alegre y resignada, las constantes caricias a las que se resistía, y los tiernos besos que ella le daba en la frente y a los que el viejo siempre respondía con la amenaza de una bofetada.

El casero recordó que a pesar de la hora no había comido, y que no había nada en la despensa. Con trabajos abandonó su poltrona y se encaminó a la puerta, mientras metía la mano en el bolsillo para calcular cuánto traía de calderilla. Le alcanzaba para un par de quesadillas. Siempre que no hubiera mucha gente con la fritanguera de la esquina. Si pudiera decirse eso de alguien, era de él, que odiaba al género humano. Su amor era para el dinero. El mítico señor Scrooge era una Madre Teresa comparado con el casero.

Al salir del apartamento cerró con fuerza la puerta, con la secreta intención de que todos sus inquilinos supieran que iba a bajar la escalera, y se apresuraran a entrar en sus casas. Le enfermaba tan sólo que le miraran. Mucho más que le hablaran. Él no necesitaba de nadie. Se bastaba solo.

Al llegar al último descansillo de la escalera, y a medio camino de la planta baja, un ruido le distrajo momentáneamente. Miró hacia arriba, pero no distinguió nada. Quizá una rata. Al girarse para seguir bajando, su pie ya no encontró escalón, y sus manos tampoco pudieron encontrar a tiempo el apoyo de la pared. Con un grito ahogado se cayó de cabeza desde media escalera hasta la planta baja. Su pierna derecha golpeó brutalmente los escalones debajo de él, y sintió más que escuchó dos crujidos en diferentes partes de su extremidad, antes que el dolor estallara ahí y llegara hasta su cerebro con la fuerza de una descarga eléctrica. Se siguió deslizando por los escalones hasta que se estrelló con la puerta de uno de los apartamentos de la planta baja. El golpe fue tan fuerte, que la moldura metálica del contramarco de la puerta le desgarró el cuero cabelludo en una extensa herida que de inmediato comenzó a sangrar. Por un momento perdió el resuello y el mundo le dio vueltas. La oscuridad de la escalera se hizo más profunda, y el frío del piso se trasminó a través de su ropa de abrigo.

—¡Auxilio! —llamó—, ¡ayúdenme, estoy herido!

Pero recordó que no había visto luces salir por debajo de las puertas de los apartamentos, y cayó en la cuenta de que no había nadie. Todos sus inquilinos habían salido a pasar la Noche Buena a otras casas, a otros lugares. Estaba solo. Irremediablemente solo.

—¡Ayuda! —clamó sin saber a quién.

Y entonces el dolor y la desesperación se le echaron encima como un buitre hambriento.

Continuará...

10月31日

Calaverita de Carlos de Jesús.

Andando entre los muertos
iba Carlos de Jesús,
que a sus padres dejó tuertos
a golpes de puño y testuz.

Con ojitos almendrados
y una sonrisa chimuela,
a todos dejaba alelados
y ¡ahí va el golpe! donde duela.

Nunca fue niño llorón,
más bien de los sonrientes.
Pero cuando se enfadaba,
temblaban los más valientes.

Hermoso como su madre,
eso nadie lo dudaba.
En cuanto al genio vivo,
pura estampa de su padre.

Cuando lo vio la calaca,
se lo quiso llevar a fuerzas.
Pero le hizo tantas trastadas,
que mejor pensó: "Te quedas".

Pero ya encaprichado el peque,
a escondidas la siguió,
y cuando estaba distraída,
¡ah qué susto le sacó!

Ahora se ve a la tilica,
derrotada en un rincón,
y a Carlos con la guadaña
destrozando la habitación.

La tía de las muchachas
pienasa hacer la devlución,
de ese nniño tremendo
aunque pierda reputación.

Lo puso en su cochecito
y por las calles lo llevó,
sin percatarse que el niño
la guadaña le robó.

Y así se acaban los versos
de Carlos, El pocoyó,
pues a su padre que escribe
ya las barbas le jaló.


8月11日

Divagaciones de viejo.

A mis viejos hermanos de capa.

Amigos siempre.

Hace algunos días cumplí 38 años. Sí, aparento más. Gracias por el comentario. Pero he tenido tanto trabajo que no había podido detenerme a pensar el momento trascendente de cumplir otros 365 días bailando la manzanilla en este mundo. Pero hoy, en un momento de inactividad forzosa (me quedé atrapado en el cuarto del archivo a la hora del almuerzo), comencé a recordar. Algo que dicen que es vicio de viejos pen… bueno, de viejos. Aunque hace poco renuncié a la titánica tarea de enseñar Tuna a nuevas generaciones, el fruto de mis reflexiones de hoy me demuestran que la Tradición siempre ocupará un lugar importante en mi corazón.

Y es que por más que trataba de llevar mi mente ociosa por otros derroteros, de uno o de otro modo terminaba acordándome de mis amigos de correrías, verdaderos almogávares del siglo XX, los veteranos Tunos a quienes (espero que algún día me perdonen) inmortalicé en una novela. A saber, Skippy, El negro, Fredy y Manuel. Y es que fueron tantas aventuras, tantos descalabros, tantos anhelos compartidos, que no me concibo siendo como hoy soy, de no haber crecido con ellos. Y no es que fueran unos santos varones, ciudadanos ejemplares y tutores celosos de su investidura. Precisamente, lo que les hace entrañables, es que eran (a lo mejor siguen siendo) unos rapaces pícaros, ingeniosos y más listos que el hambre. Igual que yo, pero toda la gracia se la quedaron ellos. Yo sigo con mi cara de palo, que en aquellos lejanos días fue inspiración de agudos comentarios.

Como en aquella memorable ronda en casa de un desconocido, en que tras la serenata desde la calle, nos invitaron a pasar a un estrecho recibidor donde estábamos tan apretados que no podíamos ni respirar. Eso nos hacía cometer un error tras otro… bueno… un poco más de lo que era común en nuestras ejecuciones, me explico. Yo estaba muy molesto, y no participaba de las risas de los compañeros, y menos de las de nuestros anfitriones, que vivían en un pequeñísimo apartamento de interés social. Vamos, era tan pequeño que el crucifijo del altar familiar estaba tan estrecho que otro poco y habrían tenido que representar a Cristo ahorcado. Divagaciones aparte (otro signo de la edad), el caso es que una de las muchachas reparó en mi mutismo y mi rostro de buey purgado, y señalándome preguntó a mis amigos:

--¿Y el compañero no se ríe?

Y Fredy respondió con toda naturalidad:

--Es que si se ríe, se pedorrea.

Qué cosas. Acabo de recordar también cuando organizamos una Noche Colonial (una verbena, pues) en el antiguo Instituto Londres, que hoy es un plantel de la Universidad Patrulla del Gobierno del Distrito Federal. Lo sé porque el otro día la nostalgia guió mis pasos a ese lugar y fue triste ver en qué se ha convertido. Eh… ¿Qué estaba diciendo?… Ah, sí, la Noche Colonial. Decía que fue una de las peores que hemos organizado, y miren que las hubo malas. Pero esa vez no fue culpa nuestra, pues como nos apoyaba la Dirección y el Claustro de Profesores, no podíamos hacer las cosas al golpe y porrazo como era nuestra costumbre… qué costumbre, ¡era la ley! Así que contratamos feria con seguro de accidentes incluido, solicitamos permiso a la Delegación (la alcaldía, ¿saben?) y prohibimos el ingreso de bebidas embriagantes al plantel, incluso para nosotros mismos. ¡Ese sí fue sacrificio! ¿Seguridad? Pues… bueno… ya no había presupuesto, así que… pues la verdad buscamos a los estudiantes más revoltosos y buscabullas del plantel, les pedimos que llevaran amigos, y luego de pagarles el corte de cabello y un baño, les dimos una gorra y una macana, y los pusimos en todos los accesos y pasillos. Sobra decir que con esas caras sanguinarias y cuerpos de “espanta tontos”, la idea resultó más efectiva que si hubiéramos contratado al Regimiento de Fusileros Paracaidistas con todo y aviones.

¿A qué venía todo eso? Ah, sí… uy… ya se me escurrió la baba… decía que recuerdo que esa verbena salió mal, porque al no contratar el sonido de un director de estudiantinas que hacía horas extras como chalán de disc jockey, éste se desquitó convenciendo a la mitad de los grupos invitados a que no fueran a nuestra juerga. Ya se imaginarán, joder, que de repente a las cinco de la tarde no había estudiantina ni para remedio. El escenario vacío, la gente sentada en las butacas con cara de hastío, y la directora lanzándonos miradas de “chinga tu madre”.

Entonces Skippy, el de las ideas brillantes (por eso era el Jefe de la Tuna), tuvo una especialmente estúpida… quiero decir genial, que le es lo mismo. Aunque ese día íbamos disfrazados de gente decente, con saco y corbata (la mayoría los llevábamos de alquiler), pues como profesores del Instituto debíamos dar ejemplo de pulcritud y buen vestir, decía que más tarde habíamos pensado irnos con la decana Tuna del CUC (Centro Universitario Cultural) a correr la Tuna, y habíamos dejado en la Dirección del plantel nuestros jubones, capas, medias y todo aquello que marca la sagrada Tradición. Entonces El canguro sugirió que nos vistiéramos el grillo y subiéramos a cantar nosotros. Como nadie tuvo una idea más loca, accedimos. Por ahí andaba dando vueltas como moscardón un integrante de la Rondalla que nos vio nacer a la fama (no, a la fortuna no), y que incluso era primera voz (comprendan, en tierra de ciegos el tuerto es rey). Además era el típico galán abraza farolas más asediado por las chicas del Catecismo (¿recuerdan lo de los ciegos?) Bueno. Decía que al escuchar que íbamos a subir a cantar nosotros, pensó que Rondalla y Tuna por haber surgido de la misma semilla eran lo mismo, y fue corriendo a su casa a buscar su jubón y su capa. A propósito, le decíamos El chicatromp. Por aquello de “chica trompota”.

--Me esperan, ¿eh? –nos ordenó en tono enérgico mientras salía corriendo por sus ropajes.

--Seguro, ¿a quién se le ocurriría actuar sin contar con tu excelsa voz y natural simpatía? –accedió Skippy.

Para quienes nos vieron actuar en aquellos lejanos días, está de más decir que esa tarde estuvimos de excepción, cantando, dando palmas y rompiendo corazones más de una hora, y cuando llegó por fin un grupo invitado, el Respetable ya no quería que abandonáramos el escenario. Sí, éramos buenos. ¿Que qué pasó con El chicatromp? Ah, pues llegó una hora después de nuestra actuación, peinado con brillantina y más perfumado que la axila de un francés. Llevaba su traje de rondador perfectamente colgado de una percha de alambre, planchado y acicalado (hasta las cintas estaban planchadas, joder). Parecía muñequito de pastel, el tío. Nuestras vestimentas, ajadas y brillosas por el continuo uso, con barro de mil lugares adherido a los bajos de las capas, algún cuerno mal cosido y con botones mal pegados, daban testimonio de nuestra vida dedicada al ayuno y el estudio, y también hablaban de muchas heroicas batallas contra policías, mariachis y ebrios con vocación de payasos. Y las pocas cintas que llevábamos (las nuestras de a de veras, de chicas conquistadas, y no listones de carnaval) pues… la verdad eran muy pocas cintas, pero iban bien arrugadas. Y a mucho orgullo. Por eso cuando vimos llegar al catrín con todo su mamotreto (sólo le hacía falta un secretario de Relaciones Públicas), no pudimos evitar el desternillarnos de risa. Tal como estoy haciendo en este momento mientras me acuerdo.

¡Qué días aquellos! Si de ahí salió para escribir una novela. La pega es que no se ha vendido ni un triste ejemplar. Y yo necesitando medicinas. Y no dudo que mi quebrantado estado de salud sea consecuencia, por lo menos en parte, de aquellas juergas maratónicas con que tachoné mi vida estudiantil. Eso y las excesivas libaciones de elíxir que de vez en siempre nos regalábamos cuando andábamos corriendo la Tuna. Claro que como prescripción médica para aclarar la garganta y evitar los constipados. Por vicio jamás. Es pecado. De conciencia grave. Y es que bien señala Santo Agustín de Aquino… ¿O es Santo Tomás de Francia? O… No, creo que es San Potroclo de los Chisperos…

Eh, ¿qué hago aquí? Y… ¿qué? Joder, no recuerdo …  Si mi dentista me arropó en mi cama cuando estaba iniciando el noticiero de las veintiuna. ¿Cómo llegué hasta aquí? ¿Dónde está mi bastón? ¡Pardiez! Hasta he perdido mi dentadura. ¿Y qué hace aquí mi portabustos? Ah, no, es el corsé para la espalda torcida. Creo que mejor llamaré en voz alta para que me vengan a buscar. Sí, será lo mejor. Y mientras soñaré con cantar de nuevo la ronda en mi natal Santa Cruz, por lo menos una vez más antes de morir. Que Dios me conceda esa gracia. Y que yo me acuerde dónde olvidé el cómodo, que ya me urge. Cajum… ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien que venga a ayudarme?

Desde el retiro, Azcapotzalco, Distrito Federal. 11 de Agosto de 2009. 

6月20日

¡Qué feliz Día del Padre!

Hijito:

Es una noche silenciosa y cálida. Como es costumbre, te he tomado de brazos de tu madre y te he acunado contra mi pecho hasta quedarte dormido. Y entonces me he puesto a meditar en todos los actos, las decisiones, los errores y los triunfos que me han traído a este momento. Fueron largos años en que se combinaron las luchas por la supervivencia, los años de vida acomodada, los meses de hambre y angustia, y más de una noche de llanto desesperanzado. Pero al fin te tengo conmigo, y soy un hombre plenamente feliz. Porque Mi Señor me ha concedido esta gracia tan grande: Ser copartícipe de Su capacidad creadora.

Pero hay algo que quiero dejar en claro, algo que tienes que comprender. Mi dicha no sería completa, aun teniéndote a ti, si no tuviera en mi vida también a tu madre. Conforme la conozcas irás dándote cuenta que es una mujer valiente, trabajadora y empecinada, pero al mismo tiempo es cariñosa, paciente, comprensible y divertida. Yo quisiera estar todo el tiempo con ustedes dos, compartir esa armonía secreta que fluye entre una madre y su hijo, pero tengo que trabajar para proveer lo que se necesite en casa, especialmente tu comida. Tú todavía no te das cuenta, pero yo laboro de sol a sol, y llego por las noches rendido a casa. Entonces, cuando lo único que desearía sería sentarme en el sillón a mirar el telediario y a tomar una merienda (a veces el primer y último alimento del día), tengo que bañarte, darte el biberón, vaciar la bañera, y pasearte hasta por una hora, mientras te decides a hacerme la merced de dormirte. Pero, ¿sabes una cosa? No me pesa nada hacerlo. El simple hecho de llegar a casa, abrir la puerta y mirarte, hace que mi corazón vuelva a latir con toda su fuerza, y me mantenga en vigilia tantas horas como sea necesario.

Por todo lo anterior, hijito, mientras vayas creciendo, y más te vayas preguntando porqué no siempre estoy contigo, porque a veces no tengo muchas fuerzas para jugar contigo a correr, porqué siempre parezco tener sueño, no pienses que es porque no te quiero lo suficiente, o porque no me interesas. Por el contrario. Si trabajo mucho, es para que nunca te falte nada, y para que de mí aprendas a ser un hombre de bien, responsable y honorable, como lo aprendí yo de tu abuelo. Y por favor, nunca olvides esto: Te amo con todas mis fuerzas,y sin importar qué nos depare el futuro, siempre serás mi hijito amado. Tú eres el vástago que cualquier hombre quisiera tener, y el colmo de todas mis expectativas. Y junto con tu madre, ustedes son como un sueño hecho realidad, tan grande y tan hermoso, que nadie se hubiera atrevido siquiera a soñar.

En este día festivo, mi primer Día del Padre, a ustedes que me han hecho papá, les doy las gracias, les abrazo con todo mi amor y beso sus corazones. Y mi boca canta alabanzas a Nuestro Padre Dios, pues en mí que soy su más pequeño e indigno siervo, ha derramado en abundancia todas Sus bendiciones.

¡Qué feliz Día del Padre!

5月10日

El mayor ejemplo de amor.

Para Tatito, en su primer Día de las Madres.

La mujer desde que nace es como una bella rosa en botón. Tierna, delicada, única y arrebatadoramente hermosa. Pero ¿quién podría negar que la verdadera belleza se revela cuando la flor rompe y se desdobla en una vorágine de olores y colores que no se cansa uno de admirar?

Y… ¿cuándo es que ocurre ese portento? ¿A los 15 años, en su presentación en sociedad? No. Es más bien cuando esa mujer se convierte en madre. Porque es hasta entonces que su amor se vuelve más evidente, al ser volcado sobre el hijo de sus entrañas. Cierto es que desde niña ya daba un atisbo de su belleza interior, pero es cuando le ponen en brazos por primera vez a su hijo cuando sobreviene esa metamorfosis irrepetible que cambia su imagen para siempre. De repente, aquel capullo que jugaba tiernamente a ser mamá de sus muñecas, se transforma en una increíble mujer que sufre, ríe, llora, tiembla y se hincha de orgullo por su retoño. Y se convierte en una delicia para observar, escuchar, oler, sentir y besar. Nunca en su vida será más hermosa, que cuando se ha vuelto madre.

Sin embargo, las rosas a pesar de ser unas flores tan bellas, también son delicadas y van envejeciendo poco a poco. Sus pétalos siguen abriéndose cada vez más, hasta que comienzan a perder su color y su lustre. Si se les abona con amor y comprensión, su hermosura puede prevalecer por largo tiempo. Pero si en cambio se les descuida y sólo se les llena de sufrimientos y egoísmos, entonces se marchitan más rápido. Inexorablemente sus pétalos van cayendo uno a uno, hasta un final que no por ser ineludible, resulta menos doloroso.

Ahora me viene a la memoria una escena de la película española Marcelino Pan y Vino, con el entrañable niño Pablito Calvo, en la que éste se encuentra postrado en cama, y le asiste el fraile más anciano, ‘Fray Malo’, y sostienen una plática acerca de las madres.

“—¿Y qué hace una madre, ‘Fray Malo’? –pregunta el chico.

—Dar —responde el anciano—, siempre dar, Marcelino. Las madres dan todo, hasta quedar viejas y arrugadas.

—¿Y feas? —se escandaliza Marcelino.

—No, Marcelino —asevera ‘Fray Malo’—, las madres nunca son feas”. Madre e hijo

Yo he tenido la dicha de ver florecer a una mujer, que si antes era bella, ahora que ha dado vida nueva resulta… indescriptiblemente hermosa. Y cuando la veo cuidar a su crío, alimentarlo, mimarlo, besarlo con indecible ternura, tomarle en brazos como sólo una madre sabe hacer, es cuando comprendo porqué Dios mismo, omnisciente, omnipresente y omnipotente, no quiso privarse del gozo de acunarse en el seno de una madre, al encarnarse para nuestra salvación eterna.

Por eso hoy, en mi rezo de maitines, oro fervorosamente: “Gracias, Señor, por las madres”. Después de Su Hijo, y empezando por la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre Nuestra, no se me ocurre mayor ejemplo de amor del Creador hacia los hombres.



5月2日

Quizá sólo fui un Quijote.

Hace unos días escuchaba la bellísima obra musical The Man of La Mancha de Dale Wasserman, basada en la inmortal creación literaria de don Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En ella el autor hace énfasis en la fidelidad que el “Caballero de la triste figura” tiene hacia su ideal. No le importan los golpes ni las burlas, es fiel a lo que su corazón le dice que es correcto. Y lo que otros toman por una locura incurable, en realidad es otra manera de ver las cosas. Quizá es una visión ingenua, pero no deja de ser real. 

Mientras reflexionaba en ello, miré hacia el rincón de mi celda donde está colgado mi traje de Tuno. Recordé aquellos lejanos días de mi juventud, cuando vestía mi traje de grillo y me pasaba horas y días en compañía de mi Tuna, cantando y tocando por un pedazo de pan, o por la mirada de unos ojos morunos. En esos días, para los jóvenes había cosas más importantes que el dinero, la fama o la rivalidad entre grupos. Vestir de cuervo implicaba sólo divertirse, cantar y dar palmas, hacerse hermano de otros Tunos, y rendir honores a las mujeres. Era posible vagar por la noche por calles y avenidas, cantando y haciendo escándalo, por el simple gusto de hacerlo. El encuentro más grave con la policía que llegamos a tener fue una vez en que unos patrulleros sorprendieron a dos Tunos de la UNAM bebiendo en la vía pública, afuera de un festival. Cuando trataron de subirles a la patrulla, nosotros --sin dudarlo un segundo-- nos acercamos e intentamos disuadirlos, de manera respetuosa pero firme. No conocíamos a los compañeros más que de vista y apodo, y sabíamos que estaban cometiendo una falta. Pero la tradición dicta que se debe defender al compañero a ultranza, sin importar si le asiste la razón o aunque la lucha esté perdida de antemano. Lo único que conseguimos fue acabar todos detenidos en la Delegación, encerrados en las mazmorras, cantando y bailando la pandereta para mantener a raya a los malandrines que compartían nuestra celda, y que habían amenazado con darnos una paliza si no les divertíamos.

Hoy en día, a los grupos parece importarles más el ser reconocidos como “los mejores” (aunque yo no sé aún mejores en qué), o ganar premios en efectivo, o hacer el ridículo con tal de salir en televisión. Lejos de apoyarse mutuamente y sin dilación, se trenzan en discusiones vanas y bizantinas, perdiendo de vista no sólo la camaradería, sino hasta la lógica más elemental. A las mujeres ya no se les rinde el mismo respeto y admiración de antes. Al contrario, muchos jóvenes que hoy en día visten capa y jubón, creen que eso les convierte en donjuanes que deben mantener una reputación a base de actos de conquista y posterior abandono. Donde antes se respetaba al Tuno veterano que hacía las veces de maestro, enseñando a los pardillos el arte del buen Tunar, ahora a esos añosos sopistas en el mejor de los casos se les ignora, o peor aún, se les hace blanco de burlas y se les ataca en su reputación, por el simple hecho de llamar a las cosas por su nombre, y por querer conservar intacta una tradición que hasta hace unas décadas, podía considerarse poco menos que sagrada.

Durante muchos años yo intenté transmitir a varones más jóvenes que yo, las enseñanzas que a su vez me transmitió un Tuno cuando yo era apenas un pardillo y bachiller. Traté de imbuirles a mis discípulos el respeto por el uniforme, por la tradición; quise enseñarles un amplio repertorio estudiantil y picaresco; intenté fomentarles un espíritu de camaradería y solidaridad hacia los demás grupos que seguían las tradiciones, al tiempo que les señalaba las características de los grupos falsos, para que no confundieran al monje por el hábito, o a la mona por vestir con sedas.

Sin embargo, fracasé. Estrepitosamente. Y tuve que aceptarlo el día que fui atacado públicamente en medios electrónicos, y ni una voz salió en mi defensa. A mí, que más de una vez arriesgué mi reputación y buen nombre por camaradas y grupos, no hubo quién me diera siquiera una palabra de apoyo. Cuando tuve problemas de otra índole, invoqué la caridad de sopista a jóvenes que fueron mis alumnos y luego mis hermanos de capa, y me quedé sin caridad y quizá incluso sin amigos. De repente miro en torno y me encuentro solo. Abandonado a mis propios medios, que gracias a Dios y a la Tuna, no son pocos.

Entonces me pregunto si quizá no fui sólo un Quijote. Alguien que a fuerza de pensar, de leer y de soñar, pensó que todavía podía ayudar a que una tradición ancestral perdurara. Puse demasiado en juego, y a la vista de los resultados, todo fue en vano. Los amigos, el tiempo, los recursos, todo fue malgastado. Y aunque en mi corazón todavía alienta el deseo de volver a intentarlo (de hecho sé que ese fuego jamás se apagará), lo cierto es que el tiempo se ha agotado y ese es un juez inflexible que cuando dicta sentencia no hay modo de impugnarla.

Por tal motivo, he decidido retirar mi uniforme de Tuna de ese rincón, donde por años estuvo al alcance de la mano para cuando fuera menester. Lo guardaré en el fondo del armario, donde no pueda verlo y no sufra con cada recuerdo invocado. Aunque quien una vez fue Tuno, siempre será Tuno, para mí la ronda se terminó. Tal vez el día de mañana alguno de mis viejos hermanos de capa de mi generación necesite una mano. Quizá para los XV años de su hija, o sus Bodas de Plata. O incluso las de Oro. Entonces tal vez podría volver a ponerme el grillo, pero sólo tal vez. Y sólo por uno de ellos. De lo contrario, mi traje de estudiante permanecerá en la penumbra hasta que alguno de mis descendientes lo encuentre y quiera conocer la historia detrás de un manteo, un jubón y unas calzas. Y entonces se la contaré, o la leerá en mis crónicas.

Ad Majorem Gloriam Tunae.

Semel Furcifer, semper Furcifer,

La hiena.

2月3日

Hasta siempre.

Fuiste de las muchachas que primero me abrió los brazos, cuando llegué a San Francisco Cuautlalpan. Las demás me miraban con cierta suspicacia, mientras los muchachos me observaban con sorna. Pero tú parecías intuir que nos parecíamos en algo. Con el tiempo comprendí que teníamos varias cosas en común: Eras perfeccionista, tu pasión era la música, y guardabas muchos secretos.

Yo llegué con los Kanons cuando estaban preparando el festival de su primer aniversario, e hice una promesa que tú me ayudaste a cumplir cuando, en una ceremonia muy íntima y conmovedora, le impuse la capa de Tuno a un amigo entrañable: Al Doctor Simi. Pasado ese compromiso comenzamos a preparar la participación del grupo en un concurso en la Basílica de los Remedios. Y de esas semanas es de donde me vienen los recuerdos más gratos contigo, esos que atesoro para mi vejez.

Recuerdo cómo El doctor Simi y yo discutimos menos de tres minutos, antes de decidir que Aldonza, la tabernera de la inmortal obra El hombre de la Mancha, tenías que ser tú. Con sinceridad reconozco que entonces asumí el papel de Don Quijote, no sólo por la inexperiencia de los muchachos, que nunca habían cantado de solistas. Especialmente lo hice porque no quería privarme del honor y el placer de compartir el escenario con alguien que prometía mucho, alguien a quien yo veía futuro no sólo en el cerrado ambiente de las estudiantinas, sino más allá. Con una sonrisa nostálgica recuerdo que en ese certamen arrasamos. Hablando objetivamente, ese día demostramos que el esfuerzo, el tesón y una educación musical adecuadas, pueden hacer de un grupo novato un rival imbatible. Aunque nos robaron el premio, los abucheos del público hacia el primer lugar nos demostraron quién había sido el campeón del Respetable. Yo te miré entre tus amigos, todos alegres, todos abrazándose, y vi el orgullo en tus bellos ojos almendrados.

Tiempo después ocurrió lo que tarde o temprano tenía que pasar. Reconozco que de manera egoísta, albergaba yo la esperanza de que no llegara ese día, por lo menos mientras yo estuviera con los Kanons. Y es que te diste cuenta que tu espíritu aventurero, tu tesón por destacar, tu hambre de éxito ya no se colmaban con el grupo que te vio nacer artísticamente. Así que buscaste acomodo en otro lado, pero cometiste un error. Hablaste mal del grupo en el que hasta hacía poco tiempo, se te estimaba y protegía. Nuestro adiós fue tirante, amargo. En una última entrevista yo te reiteré mi amistad, pero no me hablaste más cuando tomé partido por mi hermano de capa. Nunca comprendiste que la amistad trasciende a los hombres, y no conoce de enemigos comunes. 

Hoy que he conocido la noticia, eso fue lo que más me entristeció. Que no me hubieras enviado siquiera una pista para hallarte a tiempo, para acompañarte en tus últimos momentos, para enjugar tus lágrimas derramadas. Habiéndote conocido rozagante, llena de vida, alegre y entusiasta, vuelve a mi memoria nuestra última charla, al cobijo de una sacristía. Conocí de tu enfermedad, me cercioré que tus padres estuvieran al tanto, y no pude hacer más que ponerte en las manos de Dios, que sin duda podría cuidarte mejor que yo, que ya alistaba mis maletas para seguir mi peregrinar por esta tierra de misión.

Ahora que te ha acogido en Sus brazos el Padre de los Vivos, me pregunto si pude haber hecho más por ti, sin traicionar aquel voto de silencio que cubrió tu última confidencia. Aunque me tranquiliza saber que nada más podía hacer, eso no ayuda a aliviar la tristeza de no haber podido acompañarte en tus últimas horas. Pero así lo decidiste cuando optaste por guardar silencio. Y ahora, en silencio, inclino mi cabeza y junto las manos, para implorar la misericordia de Dios. Que a ti te acoja pronto en el banquete celestial, y a quienes te conocimos, nos conceda el consuelo de haber perdido a una amiga tan querida, tan talentosa y tan… inolvidable.

Hasta siempre, Miriam. Que Dios te otorgue el descanso eterno, y brille para ti la Luz perpetua. Y que algún día podamos volver a cantar juntos con una orquesta de ángeles, la canción de Dulcinea. Amén.

12月22日

Tarjeta navideña.

En las próximas horas se publicará un cuento de Navidad. Si lo deseas, sólo solicítalo a la dirección que aparece al calce y te lo enviaremos por correo. Aunque tiene Derechos Reservados, se distribuirá sin ningún costo. Los Escuderos de Cristo sólo pedimos a cambio, una oración por los huérfanos, por los enfermos y por los ancianos, para que esta Navidad no la pasen solos. Si conoces a alguien que necesite un abrazo o un poco de tu pan, no dudes en dárselos. No te prives del placer de dar.

Dios te bendiga.

Frey José Carrillo, E. C.

Superior General de los Escuderos de Cristo.

escuderos.xto@gmail.com

Belén de noche img

12月3日

Asís no morirá jamás.

Dos Tunos, dos cartas, una estudiantina… un corazón.

Beca retoque imagen

Hola a toda mi familia De Asís:
De vez en vez, me gusta ver videos en Youtube (No preguntar de cuales, eh?) de muchos, en especial de Estudiantinas y Tunas. Y lo que hace la imaginación, un día puse Estudiantina De Asís esperando que por un milagro alguien hubiera subido un video....Y me encontré con videos de la Estudiantina De Asís Feak (sic) y una Tuna De Asís. Y así fue que decidí hacer justicia y me dediqué a armar como pude este sencillo video. Lo hice con las fotos que tuve disponibles, algunos me empiezan a reclamar, pero no hago milagros, je je je y otros tal vez no salgan, disculpen y mándenme su foto ya.


Creo que es un pequeño gran homenaje a todos los integrantes de la Estudiantina De Asís y al estar en la red hacemos justicia y aclaramos que no somos los que hace poco salieron en la Tele. Por cierto que necios de no cambiarse el nombre. Pero de cualquier manera, Asís sigue vivo, y dejó un legado. Disfrútenlo.

Ing. Fernando Elizalde, Tuno Skippy.

1º de diciembre de 2008. 12:12 hrs.

 

http://www.youtube.com/watch?v=bOM68kN422M 

Tuno Skippy:

Sobre el vídeo homenaje que has hecho de la Original Estudiantina de Asís, creo que expreso lo mismo que sienten todos cuando digo que no hay palabras para agradecer tan grande honor y dedicación que has hecho a nuestro grupo, a nuestra familia en Cristo. Como bien dices en tu correo, ahora cada vez que alguien quiera ver a la Estudiantina de Asís pirata, también sabrá que hubo una antes, que fue más grande en virtud, arte, alegría y caridad. Y que mientras quede uno solo de sus integrantes, seguirá viva. En el recuerdo y en el corazón. Debo aceptar que mientras miraba el vídeo, su excelente edición, postproducción y elección de temas e imágenes, no pude evitar que se me empañaran los ojos. Lloré no sólo por los amigos que se nos han adelantado, ni por la añoranza de los que viven lejos. Lloré también por esos años estudiantiles que tuve la dicha de vivir, pero que ya no volverán. Y que fueron inolvidables y mágicos no tanto por lo que en ellos hice, sino especialmente por los amigos que ahí conocí, y a quienes entregué un pedazo de corazón. Por eso cuando les miro en el vídeo, o luego en mi álbum de fotos, me siento feliz y al mismo tiempo triste; satisfecho y al mismo tiempo vacío.

Sin embargo, sé que llegará el día en que pueda reunirme con todos ustedes, hermanos de Asís, en torno a la mesa de nuestro Padre, teniendo como invitado especial al santo varón que inspiró nuestra juventud, Francisco El pobrecito de Asís. Mientras, trato de vivir con los valores y enseñanzas que se grabaron a fuego en mi corazón en cada día y hora que porté mi jubón y pulsé una guitarra o toqué un acordeón, o simplemente reí como loco ante nuestras ocurrencias. Ya lo escribiste tú, Skippy, en un libro de Tuna que me regalaste hace tantísimos años: Asís nec tamen abolesco. Asís no morirá nunca. Y esa, hermanos míos, es la pura verdad.

Llorando como un chiquillo, a todos les envío un abrazo y mi humilde bendición.

Asís somos 2007 img

Frey José Carrillo E. C., Tuno Hiena.

2 de diciembre de 2008. 12:42 hrs.

11月22日

Tunantadas 2ª parte.

Es triste cuando uno ha preparado un artículo para contar al mundo lo mucho que se divierte el que abraza la causa de la Tuna, y de repente se encuentra con que aquel a quien lo dedicaba, ese que parecía un compañero leal y divertido, resulta rana. Y que no sólo se ha tomado a mofa lo que significa la camaradería, sino que además ataca e insulta a otros becados, cuando el Cancelario no está y el Jefe ha sido desbordado.

Así que en protesta, esta segunda parte se quedará en el tintero.

La hiena.

11月10日

Homenaje a un Tuno.

Rafael Serrato fue un amigo leal, alegre camarada y divertido compañero de rondas y borracheras. El pasado 24 de octubre el Señor decidió llamarle a trovar con la Tuna Celestial. Por su carácter y manera de ser de Rafa, lo más seguro es que Dios necesitara de alguien que le hiciera reír con ganas. La única pega en esto es que, naturalmente, sus compañeros de ronda le extrañaremos una barbaridad. Con infinito cariño a su mamá, sus hermanos y demás seres queridos, me permito transcribir algunos fragmentos del libro ¡Ahí viene la Tuna!, en los que él es, no sólo el protagonista, sino la parte divertida de la anécdota. Donde quiera que estés, Rafa, no te olvides de tus capasnegras. Y que Dios te permita correr la Tuna en Su Presencia por toda la eternidad.

Luto Asís publicación

* * *

A las nueve de la noche se reunieron todos en el atrio de la iglesia para planear la ruta. Por decisión unánime acordaron visitar primero a las madres que vivieran más lejos, para terminar cerca de la iglesia y así no tener que soportar un largo regreso a casa. Claro que había otro motivo en el que todos pensaban pero nadie deseaba reconocer. Muchos habían planeado rondar a su madre, y ya de paso quedarse en casa. Por tal razón todos querían que su madre fuera de las primeras, para que le tocara la Tuna sin merma. Dicho sea de paso, con el frío y la falta de sueño la voz empieza a cansarse y es común que las últimas mamás escuchen más gallos que falsetes, y más ronquidos que poemas.

Víctor, el dueño del auto (mejor dicho el hijo del dueño), tenía voto de calidad para decidir el orden de las rondas. Después de todo, no había hablado acerca de cooperar para la gasolina y los demás se guardaron mucho de mencionarlo. No fuera a ser que pidiera el costo del pasaje, cuando los estudiantes se habían gastado hasta el último duro en el regalo de sus respectivas progenitoras.

Ahora, aprovechando esa ventaja, Víctor decidió poner orden.

—Miguel —se dirigió a Valencia, el futuro Perro—, ¿dónde vive tu madre?

—Conmigo, en mi casa.

—Vale, tío, ¿dónde está tu casa?

—En el Ajusco.

—¿En la calle de Ajusco, aquí en la colonia Portales quieres decir?

—No, en el cerro del Ajusco. En las afueras de la ciudad.

—Bien. Comenzaremos por ahí, y luego con tu mamá, Manuel. Son las más lejanas.

Fernando comenzó a ejercer su autoridad organizando el abordaje.

—Primero los altos y los gordos. A los chaparros los llevaremos sentados en las piernas.

El auto tenía capacidad para cinco personas, seis viajando apretados. En su interior buscaron acomodarse los 12 muchachos de la ronda. Había altos, bajos, fornidos, delgados, pero ninguno desnutrido. Luego hubo que acomodar un acordeón, dos panderetas, una cavaza, seis guitarras y dos bandurrias. Los rondadores acababan de echar por tierra la teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos.

Con pujidos y contorsiones seguía el flujo continuo al interior del vehículo.

—Siéntate en mis piernas, nena —invitó Abraham con gesto libidinoso.

—Calmados, puñales, nada de sentirse garañones.

Todos rieron con discreción.

—Déjame —se escuchó un gemido sensual—, déjame respirar, digo.

En el atestado vehículo, las risotadas que siguieron después de ese comentario sonaron estruendosas.

—¿Cómo me subo? —preguntó Freddy, que en vano buscaba algún resquicio dónde colarse.

—Tú te irás corriendo detrás del auto para quemar esa grasa, Gordo. Mira, si parece que te has olvidado de dejar el salvavidas en casa.

—Es el callo del pupitre. Porque yo sí estudio, caballeros.

—No fastidies, ya te pareces a La hiena.

—Bueno, ¿te vas a subir o no?

—¿Cómo?

—De pescadito.

—Pescadito es a lo que huele aquí adentro.

—Es que me vine antes de irme.

Más carcajadas.

Pepillo, un favor. Cuando te rías no brinques, que haces que me atice en la cabeza contra el techo.

Por fin Alfredo se decidió a viajar “de pescadito”. Esta posición consiste en recostarse sobre las piernas de los que van en el asiento. La única diferencia es que aquí iban dos capas de pasajeros.

—Ahí voy —amenazó Freddy antes de lanzarse de cabeza al interior del vehículo.

El auto se balanceó visiblemente, y los amortiguadores y muelles rechinaron.

—¡Ay!

—Estás hecho un cerdo.

—Éste no es un pescadito, es la orca asesina.

—Llamen a “Green Peace” —solicitó angustiado Víctor—, una ballena se ha varado en mi auto.

—Ríanse, quien va más cómodo soy yo —opinó Alfredo, recostado como una maja.

Y tenía razón.

Circularon por calles y avenidas en dirección al cerro del Ajusco. Al pie de este volcán extinguido se levanta un parque de diversiones llamado Reino Aventura, cuya mascota es Cornelio, un dragón gordo y rosado. Lindando con el parque se han edificado recientes desarrollos urbanos.

—Mira, Freddy —señaló Abraham un póster gigante del dragón Cornelio— qué bien saliste en la foto.

—¿Doy vuelta en los edificios? —preguntó Víctor.

—No —respondió Miguel—, yo no vivo ahí. Un poco más arriba.

—No me digas que en la cima.

—No, qué va. Unos cuatrocientos metros abajo.

—Vaya, menos mal. ¿Y cómo vamos a hacer subir el auto hasta allá, tan cargado como va?

Cuando estaban por llegar a la cima, Víctor volvió a preguntar.

—¿No dijiste que vivías medio kilómetro antes de la cima?

—Sí, pero del otro lado del cerro. Hay que llegar a la cima primero.

—No fastidies.

—Si hacemos un concurso de a ver quién vive más lejos… —sugirió Rafael.

—Gana Miguel, definitivamente.

—No —atajó Rafa—, él pierde por exagerado.

* * *

Era la octava ronda de la noche, y para entonces ya algunos cabeceaban descaradamente. Otros se dolían de sus dedos, ya despellejados de tanto pulsar las cuerdas. Las voces comenzaban a cascarse por la fatiga, por lo que comenzaron a dar cuenta del elíxir de José, desde luego con la discreción que la ocasión ameritaba.

—¡¡¿QUIÉN TRAE EL CHUPIRUL?!!

Iniciaron la ronda desde la calle, haciendo que en muchas ventanas se encendieran las luces y se asomaran muchas madres con ilusión.

Acabada la primera canción salió el padre de Beatriz, un oficial retirado de la marina de guerra.

Cubría su calva con un gorro de estambre tejido de muchos colores, a cuál más llamativo. Apenas verlo, los muchachos tuvieron que contener la risa.

—Viene disfrazado de pirulí —murmuró La hiena, lo que acarreó la risotada general.

—Mi esposa está enferma y no puede salir —se disculpó el oficial—, les ofrece una disculpa y les agradece tan fino detalle.

—Entonces le cantaremos otras canciones para animarla y que se sienta más aliviada —ofreció servilmente El negro.

—A ver si no empeora con nuestros aullidos —comentó en voz baja Rafael, no obstante lo cual atrajo la atención del marino.

—Su rostro me es familiar, jovencito. ¿No nos conocemos?

—No, almirante, no lo creo. Yo serví a mi patria en la infantería.

—A ver, a ver —insistió el hombre acercándose más a Rafa y despojándose del gorro—, ¿seguro que no?

—No, estoy seguro que no. De cualquier modo, encantado de conocerle, almirante. Rafael Serrato para servir a Dios y a usted.

Rato después abandonaron el lugar y se encaminaron al auto. Rafa comentaba sus opiniones.

—Cuando se me acercó, se quitó el gorro y vi su pelona, yo pensé que me iba a agredir a topetazos.

Los que aún tenían ánimos de reírse, lo hicieron de buena gana. Los otros ya venían trastabillando entre la troula.

En completo silencio abordaron el auto y a los pocos minutos algunos dormían a pierna suelta. Fernando roncaba que daba gusto oírle.

—Ya me tiene harto con sus mugidos —opinó Rafael—, ¿no hay modo de callarlo?

—Dicen los que saben que si silbas ligeramente, callan de inmediato —propuso Abraham, y silbó suavemente.

Un ronquido más fuerte que los demás fue la consecuencia.

—Estoy asombrado —se burló Héctor.

—Tal vez no silbaste lo suficientemente fuerte —apuntó Rafael, y acto seguido se llevó los dedos a la boca y lanzó un penetrante silbido de arriero. Los durmientes despertaron sobresaltados, excepto Fernando. Éste seguía durmiendo como un bendito y roncando como un león.

—Yo conozco otro método —dijo de pronto José, chasqueando los dedos—. Pásame una bota.

Cuando tuvo el recipiente de vino en la mano, vertió un pequeño chorro en la boca entreabierta de su amigo, quien empezó a hacer gárgaras involuntariamente, pero sin despertar. El sonido resultó más desagradable que los mismos ronquidos.

—Voltéale todo el contenido para que se calle.

—Espera, porque va a…

La advertencia llegó demasiado tarde. Atragantándose, Skippy tosió y bañó en saliva y licor a todos los ocupantes del auto.

—Iba a salpicar.

—¿Qué intentan hacer, rillotes? ¿Matarme?

—Te dije que era muy listo y terminaría por darse cuenta.

—Ríanse, pero yo quiero saber quién va a lavar mi camisa. Es nueva.

—Te presto a mi mucama —ofreció generoso Freddy, mientras señalaba a Abraham.

—Vete a tomar por el fondillo —le respondió el aludido, con toda cordialidad.

* * *

Se dirigieron luego a una casa en la que tenían contratada una serenata. Era uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, en el fraccionamiento de La Herradura. Había casas de todo tipo, desde coloniales a neoclásicas, pasando por el estilo rococó. El común denominador era su descomunal tamaño y sus guardias armados a la puerta.

Como en esas zonas residenciales es relativamente común que se reúnan los hijos de las familias ricas a bordo de autos último modelo, las autoridades de gobierno se han preocupado por reducir al mínimo la posibilidad de accidentes por imprudencia. Para tal efecto, han colocado topes en las calles. Pero los han hecho tan elevados, que parecen monumentos al Muro de Berlín.

Cuando el auto de Víctor, sobrecargado, pasó por el primero, todos se estremecieron al escuchar primero un largo deslizar de metal contra concreto y luego un golpe seco.

—El siguiente pásalo en diagonal —recomendó Abraham.

—Mejor bájalos a cagar a todos —sugirió entonces Rafael, que ya estaba muy ebrio con el vino de José.

Su comentario ocasionó una risotada general.

* * *

Poco antes del amanecer llegaron a la casa de la abuela de José. Con el consuelo de que se trataba de la última parada, cantaron con entusiasmo y alegría, dejando sus últimas fuerzas en cada nota.

Diez minutos después se asomó un vecino.

—La señora no está. Anoche vino su yerno por ella, para que pasara el día de hoy con la familia en Acapulco.

—Genial —masculló La hiena.

Los demás Tunos se miraron con inteligencia un momento y comenzaron a alborotar pidiendo venganza.

José comprendió que su integridad física corría verdadero peligro, así que de inmediato desvió la ira en dirección de la única persona que no estaba en condición de defenderse.

—Alguien tiene que pagar por esta afrenta. Que sea Rafael —propuso entonces.

—¿Por qué él?

—Porque someterlo no nos tomará mucho trabajo. En cambio yo sí defenderé la piel.

Considerando su cansancio, todos estuvieron de acuerdo y fueron a buscar al infortunado durmiente a donde habían estacionado el auto. Luego de una labor rápida y sutil sobre su inconsciente persona, lo despertaron.

Cuando Rafa se sintió aferrado por los hombros y sacudido, se sobresaltó. La tranquilidad que lo invadió al ver que eran sus amigos se desvaneció cuando vio sus simpáticas y maternales sonrisas.

—¿Qué me van a hacer? —preguntó asustado.

—Nada malo —aseguró Freddy.

Esa respuesta tan sincera movió a Rafael a escapar a toda prisa, pero mientras dormía sus compañeros lo habían cubierto con una capa y luego habían amarrado las cintas, dejándolo atado como un chorizo.

—¿Oigan, de qué va esto? ¿Qué hice?

—Que nos han dejado en la calle y decidimos descargar nuestra furia en ti.

—Esperen —se debatió Rafael tratando de romper las cintas y de ganar tiempo—, eso no es justo ni cristiano. Por lo menos denme una oportunidad de salvarme de este castigo injusto e inhumano —clamó, cansado de intentar soltarse.

—De acuerdo —accedió Skippy—. Cuéntanos un chiste. Si uno se ríe, ese será castigado en tu lugar. Pero si ninguno lo hace…

Rafael puso a trabajar su embotada mente en busca del mejor chiste que se supiera.

—Me sé uno muy bueno, pero ¿hablan bien el inglés?

—Seguro, Rafa —se burló José—, si estos borricos apenas rebuznan el español.

Los demás protestaron indignados. El Jefe puso orden.

—Bueno, tío, ¿qué hay con el chiste?

—Vale, vale. Pues ahí tienen que…

En otras circunstancias el chiste hubiera ocasionado que los Tunos se desternillaran de risa y pasearan al bufón en hombros. Incluso que se pidiera el indulto agitando pañuelos. Pero como nadie quería atraer sobre sí el castigo reservado para Rafael, todos conservaron sus caras largas. Aquí y allá alguien tosió brevemente.

—Cajum… —carraspeó Skippy conteniendo la risa—. Pues te dimos la oportunidad, Rafa, pero nadie se ha reído.

Viendo todo perdido y sabiendo que la mejor defensa es el ataque, Rafael trató de embestir a Alfredo para escurrirse entre los demás, pero fue rápidamente dominado y levantado en brazos. Sólo podía mover las piernas, y en ellas desquitaba toda su energía. Y gritaba como poseso.

—Bueno —jadeó Manuel—, ya lo tenemos, y chillando como puerco atorado. ¿Qué hacemos con él ahora?

Fernando miró en derredor. Estaban frente a un negocio de autoservicio y, debido a lo temprano de la hora los mozos de limpieza habían sacado los barriles de basura de 200 litros de capacidad, todos llenos a rebozar. Aunque no, uno de ellos estaba lleno sólo hasta la mitad.

—Deprisa —señaló—, de cabeza en el bote de basura.

—¡Cabroneeeees! —gritó Rafael mientras sus compañeros corrían hacia el recipiente con él en brazos. Luego, sin miramientos, lo metieron de cabeza a la basura.

Tales fueron las risas, que el gerente salió de la tienda para ver el motivo de tanto alboroto.

—Muy bien, muchachos, ¿qué ocurre aquí?

Los Tunos se dieron la vuelta y lo miraron fijamente. Eran la viva imagen de la inocencia.

—¿Aquí? —se extrañó Skippy—. Pero si aquí no pasa nada.

Tras él, Rafael pataleaba y maldecía tratando en vano de salir del tambo de basura.

—Si no ocurre nada —preguntó el gerente conteniendo la risa ante caras tan duras—, ¿qué hace el compañero metido entre la basura?

—¿Cómo dice? —preguntó Abraham evidentemente extrañado.

—¡Santo Dios! —clamó Freddy luego de mirar en la dirección que señalaba el gerente—. Rafa, ¿cómo has podido caerte ahí? Déjame ayudarte. ¡Venga, amigos, todos a dar una mano!

Entre pullas y risas sacaron al desventurado estudiante de los desperdicios. Su aspecto era todo un poema. En la cabeza llevaba una peluca de repollo, en una oreja a modo de arracada un jitomate echado a perder, y sobre los hombros a modo de lentejuelas una miríada de semillas de melón. Además olía bastante mal.

Fernando puso gesto severo y le llamó la atención.

—¡Qué vergüenza, Rafael! Te he dicho que cuando tengas hambre, pidas de comer. Nosotros jamás te hemos negado nada.

El gerente no pudo más. A pesar de un esfuerzo heroico ya no pudo contener la risa y se unió a las risotadas de los demás Tunos. Rafael, que no encontraba el asunto divertido en lo absoluto, permanecía atado en estoico silencio.

Cuando se cansaron de reír, el gerente volvió a sus obligaciones y los Tunos abordaron el auto.

Rafael tuvo que jurar y amenazar para que le dejaran subir. Con tal de estar lejos del tufo que despedía, le cedieron el asiento delantero del pasajero y se apelotonaron todos atrás, menos el infortunado chofer.

* * *

El auto llegó a una calle tranquilla, flanqueada de árboles, con casas que tenían flores en sus balcones y buganvillas en cada reja. José señaló una verja blanca que permitía mirar un bello jardín con andadores de lajas de piedra y un añoso árbol al fondo.

Los Tunos descendieron del auto en total silencio, pues ya no les quedaban energías para armar alboroto. Algunos habían dormitado por ratos y las lagañas eran testimonio innegable. A uno de ellos además, se le veía claramente el camino de la saliva de la comisura de la boca hasta el mentón. Rafael había optado por buscar consuelo en una anforita que le quitó a la fuerza a La hiena, y de nuevo estaba como una cuba y apestando a basura. Todo un teporocho. Parpadeando continuamente por el sueño y la luz del sol que ya tenía más de media hora de haber salido, los muchachos templaron sus instrumentos y tras cruzar el jardín se formaron en semicírculo frente a la puerta de la casa, omitiendo los tradicionales caracoleos de la Tuna. Para giros estaban.

Rafael ya se encontraba al borde de la inconsciencia, pero no había querido quedarse de nuevo en el auto. Por ello, dos de sus compañeros lo acomodaron contra el vano de la puerta, para que no fuera a caer y hacerse daño. Cuando estaban a punto de iniciar la ronda, se abrió la puerta y Rafa cayó como tabla sin poder detenerse. Con el golpe perdió la poca conciencia que le quedaba. La preocupación de sus compañeros fue fácilmente medida por el volumen de sus risotadas. El tío de José, que había abierto la puerta sin suponer que del otro lado estaba su sobrino con la Tuna, fue el que más se apresuró a auxiliar al caído. Tras enjugarse las lágrimas por la risa, La hiena recibió a Rafael en calidad de bulto y optó por recostarlo contra el árbol.

Con trabajos, los demás habían logrado contener la risa y colocaron sus instrumentos en ristre, listos para comenzar.

—Venga Despierta —ordenó el Chantre y comenzaron la ronda.

Contra toda esperanza y probabilidad, la ronda salió muy bien. Tal vez era el consuelo de haber terminado, o la promesa de un sustancioso desayuno, el caso es que los capas negras sonaron como al principio de la noche.

Cuando terminaron de cantar, todos volvieron a meterse al coche mientras José se despedía de su abuela. Era tal el agotamiento que ya a nadie le importó el penetrante olor que emanaba de Rafael, que seguía felizmente dormido.

—Oye —preguntó Abraham al amodorrado Alfredo—, ¿y si Rafa queda imbécil por el golpe que se dio?

Freddy entreabrió un ojo para mirar brevemente al Negro y luego se arrebujó en su capa.

—Hay asilos de la asistencia social en los que reciben a los locos. Pero no te preocupes por eso. Imbécil ya estaba.

—Con una… gada, she pue… callar, …bosos —murmuró el aludido entre sueños.

—¿Ves lo que te digo? —concluyó El gordo.

José regresó con una caja de galletas que había requisado de la cocina de su abuela, dejando a cambio una bella flor… robada del jardín del vecino. Los Tunos se abalanzaron sobre las golosinas y pronto dieron cuenta de la caja completa. Las migajas y papeles adornaron bellamente el piso del coche, para desesperación de su dueño.

—Vais a limpiarlo todo —advirtió.

—Sí, coño, sí. Sólo date prisa y vamos al mercado a desayunar.

Cuando llegaron al restaurante, todos corrieron para encontrar el lugar más cómodo. En la estampida estuvieron a punto de llevarse a una camarera y a dos comensales, que apenas pudieron salvar la vida.

Luego comenzó la batalla por las sillas. Unos se sentaron y fueron derribados sin misericordia. Otro jaló la silla que iba a ocupar un camarada, por lo que éste se fue de nalgas al suelo. Uno más fue pateado en la espinilla y cuando se dobló para frotarse el dolorido hueso, fue bruscamente arrojado al suelo para privarle de la silla tan duramente ganada. La mayoría de los comensales reían a mandíbula batiente de las tolerías de los rapaces, y sin embargo optaron por alejarse de la mesa de los estudiantes… por si acaso.

Pronto el desayuno terminó, afortunadamente sin más incidentes. Los sopistas, satisfechos y amodorrados, tomaban su café con churros mientras yacían despatarrados en sus sillas. Rafael, ya reanimado por el abundante desayuno, eructó sin recato. Skippy abrió un ojo y le preguntó:

—¿Y el otro qué te dijo?

Por toda respuesta recibió otro eructo, más fuerte si cabe.

—¿Qué comí?

—Qué falta de educación —se escandalizó La hiena.

Entonces fue cuando vio que El botes se estaba meciendo en la silla y le llamó la atención.

—No te columpies en la silla, Botes.

—Pero mamá… —se mofó aquel, y todos rieron por la broma.

—Conque mucha risa… —advirtió Pepillo. Foto portada

Sin mediar más palabras, trabó con su pie una de las patas traseras de la silla del Botes y jaló de ella con fuerza. Su amigo rodó por tierra mientras los demás volvían a carcajearse y a aplaudir.

Fragmento del capítulo “Por mi madre, bohemios”, del libro ¡Ahí viene la Tuna!, de próxima aparición.

10月18日

Tunantadas (Parte 1 de 2).

La boda.

La troula fue invitada a la boda de un Tuno, cuya fiesta iba a ser más allá del poblado de Teoloyucan. La hiena llegó desde muy temprano para ayudar en el montaje de adornos y colocación de mesas, sillas, adornos y cubiertos. Sus compañeros llegarían después en un minibús al servicio de un jardín de niños, al que habían recurrido en otras ocasiones para los traslados largos.

Con el hábito de hacer todo al paso veloz, el veterano sopista entraba y salía de la casa en dirección a la galería, llevando sillas y mesas. En una de sus carreras, mientras salía por la amplia puerta doble, su zapato diestro se atoró debajo del tapete de hule puesto en la entrada. Su zapato izquierdo trató de compensar la inercia girando a la derecha y el cuerpo instintivamente giró a la izquierda, mientras los brazos aleteaban inútil y cómicamente. El resultado final fue un clavado perfecto en movimiento inverso con grado de dificultad 7.3. El impacto fue de costado, brazos bien pegados al cuerpo, cabeza rígida y dientes apretados. El aire se le escapó en una boqueada mientras un dolor entumecedor le inundaba el pecho y le nublaba la cabeza. Avergonzado intentó levantarse de inmediato, antes que alguien lo viera, pero le fue imposible. Tuvo que recuperar el aliento, tratando de meter aire en su pecho, que parecía abrasado por una tormenta de fuego. Se puso de espaldas unos segundos mientras intentaba maldecir entre dientes. No lo logró. Tuvo que violentarse y golpear el suelo con un puño, para sacar fuerzas del flaqueza e incorporarse tambaleante.

La cuñada de la novia, que estaba a unos cinco pasos del accidente, subida en una escalera mientras colocaba las cadenas de papel de china, sólo vio el final de la caída y no su elegante ejecución. De inmediato trató de llamar la atención de alguien para que acudiera en ayuda del gorrón.

--Princesa Marian --llamó--, me parece que a La hiena le está dando un ataque.

--¿De verdad? Qué interesante. ¿Dónde dejaste los servilleteros?

Todo maltrecho y adolorido, el veterano siguió acarreando muebles y moviendo mesas. Pero ya no al paso veloz.

--¿Estás bien? --preguntó El Capitán Mitchell cuando se topó con el Tuno.

--¿Yo? Sí, ¿por qué preguntas? --respondió mientras se alejaba renqueando como el Jorobado de París.

A las dos de la tarde ya había desesperado de ver llegar a la Tuna. Entonces sonó su móvil.

--Habla El doctor Simi. Nos hemos perdido.

La hiena suspiró. Ninguna Tuna llega al primer intento a las fiestas importantes. Es el sino.

--¿Dónde estás, merluzo?

--Pues… Sobre una carretera.

--Joder, ¿puedes ser más claro? El país está cruzado de carreteras. ¿Algún punto de referencia más exacto?

--Pues aquí junto está un perro echado.

La hiena maldijo en silencio.

--Estamos aparcados afuera de un motel llamado La luna, a unos pasos de un depósito de chatarra --se escuchó el alarido del Aminobwana.

--Ya sé dónde están. Voy por ustedes.

Pidió ayuda a la Princesa Marian y al Capitán Mitchell, y salieron en el todoterreno de éste. En el camino iban comentando la fortuna de que los Tunos se hubieran detenido en un punto de referencia tan sencillo de localizar, y tan conocido.

--Lo único que podría salir mal sería que existiera otro motel La luna junto a otro depósito de chatarra.

Todos rieron con la idea. ¡Vaya ocurrencia! Y olvidaron la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá”.

Llegaron al motel La luna que está a unos metros de la desviación al poblado de San Juan, donde era la fiesta. No vieron rastro del minibús. A la postre resultó que sí existía otro motel La luna ubicado sobre otra carretera, a unos metros de otro depósito de chatarra. En el lejano pueblo de Coyotepec.

Aupa Kanons

Para cuando la Tuna arribó al banquete, los convidados ya casi habían terminado de comer. No obstante, la inesperada aparición de los estudiantes fue recibida con muchos aplausos y risas. Y su último número hizo a la gente desternillarse de risa. Satisfechos de la labor realizada, y luego de vestirse de civiles, el resto de la tarde los estudiantes se dedicaron a trasegar tequila y cerveza, haciendo ellos más escándalo que el resto de los invitados.

En algún momento, con el valor que dan las copas, decidieron que podrían novatear al más veterano de los Tunos presentes. Antes de que La hiena supiera qué estaba ocurriendo, ya lo habían sujetado entre todos, y trataban de izarlo. Pero a pesar de los hercúleos esfuerzos de 10 Tunos y pardillos bien alimentados, les costó Dios y ayuda lograr asirlo y sacarlo al jardín, donde decidieron desnudarlo. Los zapatos salieron en un tris, y luego los Tunos, prudentes y sabios, ordenaron a los pardillos:

--¡Venga, fuera calcetines!

Y es que las piernas son la parte del cuerpo más peligrosa de atacar, pues son las más fuertes. Por eso los Tunos decidieron irse a lo fácil y comenzaron a desabotonarle la camisa. Mientras, los pardillos tiraban de los “calcetines” con todas sus fuerzas sin lograr ningún avance. Y es que La hiena, previendo la posibilidad del ataque desde hacía más de un año, le había dado por cambiar las medias tradicionales por unas tejidas de lana que subían hasta la cintura, y ese día no se las había quitado con el resto del traje de grillo. Por ello, por más que jalaban los novatos, no le veían el fin a las prendas.

--¡Tienen tres segundos para soltarme! --vociferó el veterano.

Como lo ignoraron, el rapaz comenzó a girar sobre sí mismo en el mejor estilo de un cocodrilo con hambre, lo que ocasionó que los Tunos le soltaran desde cierta altura. Otro batacazo en el día, que agravó su lesión de la mañana. Los pardillos también se tuvieron que apartar cuando se les escapó una pierna de La hiena y éste comenzó a amenazar sus partes nobles. Sin embargo Alí, un recién llegado, pensó que podría ganarse el respeto y la admiración de los sopistas con un acto heroico, y se lanzó sobre el veterano sujetándole por la espalda y atenazándole el cuello con una llave china.

--¡Ya le pueden quitar los pantalones! --advirtió.

Nadie cometió el error de intentarlo. En una juerga anterior, los demás ya habían comprobado que la veteranía en la Tuna enseña muchas cosas, una de ellas escapar de las novatadas. Antes de un segundo, el valiente Alí ya estaba a medio metro del suelo, en triple giro mortal. Terminó estrellándose de espaldas contra el piso y a punto estuvo de ser víctima de un aplastamiento entusiasta y general. Si los compañeros se contuvieron, fue porque luego del esfuerzo La hiena permaneció tirado en el suelo, luchando por meter aire a sus adoloridos pulmones.

El diagnóstico fue de fisura en una costilla.

--¿Acaso decidió retar al campeón de lucha libre? --le interrogó el galeno mientras revisaba la extensión del daño.

--No, sólo acudí una boda --contestó adolorido el Tuno.

--Si usted lo dice --suspiró el médico preparando una inyección de morfina.

Continuará

9月13日

El anciano.

En la vía rápida, la camioneta repartidora venía persiguiéndose con una furgoneta de pasajeros. En un funesto instante, el chofer del servicio público invadió el carril del vendedor, éste intentó esquivarlo y al hacerlo golpeó de costado un camión de volteo de 4 toneladas. Su conductor perdió totalmente el control del vehículo, rebotó contra el camellón y terminó su camino a 10 metros del impacto. Pero antes de detenerse saltó como si su llanta delantera izquierda hubiera pasado sobre un obstáculo. Pero no era un obstáculo. Se trataba de un anciano macilento, vestido miserablemente. El samaritano descendió de otra unidad de transporte público y cruzó la avenida esquivando autos y escuchando insultos y bocinazos. Se trataba de un misionero católico, y había sido rescatista en su juventud, así que pensó que quizá podría hacer algo por el infortunado anciano, que visiblemente pasaba de los 80 años. 

Al llegar vio cómo el accidentado trataba de erguir la cabeza para ver el resto de su cuerpo, que se encontraba bajo el camión materialista, a unos centímetros de las ruedas traseras dobles. Algunos testigos bien intencionados trataron de quitarlo de ahí, pero el veterano les gritó que no lo movieran, mientras saltaba para evitar un último coche que se alejó sonando furibundo su bocina.

Lo que vio le cortó el aliento. A la altura del abdomen se veía perfectamente dónde había pasado la rueda delantera del transporte. El hombre se había orinado encima, sólo que la mancha que lo rodeaba estaba tinta en sangre. Hematuria. Lesión renal severa. El misionero evitó que el anciano intentara ver la ruina que era su cuerpo, tranquilizándolo con palabras suaves y manteniendo su cabeza pegada al suelo, aunque el hombre estaba ya tan débil que no le costó ningún trabajo. El antiguo rescatista sacó unas tijeras del bolsillo de su chaleco sistémico, y cortó una cuerda de algodón que usaba el viejo a guisa de cinturón. Le abrió los pantalones y levantó la raída camisa. Palideció sin poder evitarlo. Los hematomas bajo la piel de todo el abdomen dictaban la sentencia de muerte: Hemorragia masiva por estallamiento de vísceras. El hombre no llegaría vivo a ningún hospital.

Durante su entrenamiento como paramédico le habían enseñado que no siempre sería posible salvar una vida. Y durante su preparación como Escudero de Cristo le habían enseñado que siempre podría salvarse un alma. Dejó caer suavemente el faldón de la camisa que aún sostenía con las manos, se aproximó a la cabeza del anciano y la tomó con la misma ternura con que una madre tomaría la de un hijo en apuros.

--¿Te arrepientes de todos tus pecados por amor a Dios, hermano? --le preguntó.

Aunque la mirada se tornaba vidriosa por momentos, el hombre todavía pudo asentir vigorosamente, y una lágrima de arrepentimiento (o quizá de gratitud) rodó por su mejilla, humedeció sus ralos cabellos y se mezcló con el charco de sangre que se ensanchaba por momentos. El misionero recitó el Acto de contrición, invocó la misericordia de Dios, y tras mirar en derredor con la esperanza de encontrar a algún familiar, comprendió que nadie acudiría a reconfortar al anciano en sus últimos momentos. Así que acunó la nívea cabeza en sus brazos, y con mucho cuidado la llevó a su seno. Peinó sus cabellos, enjugó el rastro de aquella solitaria lágrima, y le habló con tranquilidad mientras las pupilas del hombre comenzaban a dilatarse hasta su diámetro máximo.

--Dios tenga misericordia de tu alma --pronunció con fe y esperanza, mientras le cerraba los ojos.

Algunas señoras que miraban desde lejos lloraron en silencio. Los niños trataban de mirar, mientras los adultos intentaban impedírselos. Una anónima y piadosa mujer aprovechó que el tránsito ya se había detenido, y caminó hasta donde yacía el cadáver todavía cálido, y encendió una veladora.

--Que la luz de Dios sea tu guía --pronunció con un nudo en la garganta, y luego con actitud avergonzada, como si hubiera hecho un ridículo, se mezcló con la multitud.

Contra la arraigada costumbre, el conductor del camión no había tratado de huir. Ahora algunos testigos comenzaron a empujarlo amenazadoramente, anunciando un linchamiento. El misionero se puso delante de él y alzó los brazos con autoridad.

--El culpable huyó. Este hombre es inocente. Y nadie lo toque, que ya es de la justicia.

Igual de rápido como habían querido golpearlo, la mayoría se manifestó de acuerdo. Es de humanos.

El misionero miró de nuevo el cadáver. En el anular de la mano izquierda se veía una alianza de matrimonio de muy pobre calidad, abollada y deslucida. Los bordes ennegrecidos y desgastados hacían evidente que no se la había quitado en muchos años. El Escudero también notó que la camisa era muy vieja. El cuello estaba percudido, raído en algunos lugares. Había remiendos en varias partes, algunos hechos con la puntada exacta de una mano femenina que ama y procura al dueño de la prenda; otros toscos y desaliñados, los de un hombre que no sabe hacerlo pero que no le queda más remedio, pues su esposa se le ha adelantado en el postrer adiós. Y porque no tiene a nadie que mire por él.

A unos metros se veía una destrozada caja de pequeñas golosinas, que se había vaciado con el impacto. También había una sucia franela de algodón con la que el viejo limpiaba los parabrisas de los conductores en algún crucero cercano, a cambio de una caridad. Y sí, ahí estaban unas pocas monedas desperdigadas. El veterano calculó que apenas alcanzarían para una pieza de pan y, si tenía algo más de calderilla en casa, quizá un litro de leche.

No habiendo más que hacer, el religioso volvió a cruzar la calle y abordó otro transporte para llegar a su destino. Durante el viaje de una hora estuvo meditando en lo que acababa de ver. Trató de encontrarle una explicación, buscó desesperadamente algo que le diera sentido a lo que había vivido. Era evidente que el viejo era viudo. Y también que vivía solo. Y vivía en tal necesidad que tenía que salir con sus ocho décadas de vida a cuestas, a vender caramelos y limpiar parabrisas para subsistir. Luego entonces, sus hijos no lo frecuentaban ni le ayudaban con sus gastos. Porque el difunto tenía descendencia. El socorrista había visto en la parte baja del pantalón la impresión de una mano pequeña cubierta de dulce. El niño que está aprendiendo a caminar a la sombra del abuelo. Sin duda no sólo tenía hijos el anciano, sino también nietos. Lo más triste de la situación no estibaba en que su descendencia no hubiera estado en sus últimos suspiros; lo peor es que no habían estado realmente en los últimos años de su existencia.

El misionero llegó a la iglesia de San Martín de Porres, en San Francisco Cuautlalpan, donde se había citado con unos jóvenes para compartir con ellos un rato de sana alegría en la presencia de Dios. La conciencia le remordía. Se preguntaba si no habría podido hacer más por el anciano. Sin embargo su entrenamiento le ayudó a entrar al recinto parroquial con aire despreocupado y apariencia de "no pasa nada". Pero cuando una de las muchachas corrió hacia él y lo abrazó dándole la bienvenida, con la misma caridad con que él acababa de despedir de este mundo a un desconocido, la magnitud de la tragedia por fin lo alcanzó con la fuerza de una locomotora. Todavía pudo contenerse un momento. Pero cuando le abrazó su entrañable amigo Cristóbal, no pudo más y soltó a llorar amargamente.

Con el entrañable afecto de sus amigos y el trabajo que más disfrutaba haciendo, se fue recuperando hasta poder contarles con un nudo en la garganta lo que había vivido de camino a San Francisco. Al concluir su relato, les suplicó:

--Cuiden de sus ancianos con el mismo amor que ellos cuidaron de ustedes.

Rodeado de jóvenes alegres, de cantos y risas, logró serenarse poco a poco. Incluso pensó que todo había pasado. Pero al llegar la noche, en la soledad de su celda, mientras contemplaba a la oscuridad que lo oprimía sin piedad, volvió a ver al anciano postrado en el suelo, mientras la vida se le iba por momentos. Con trabajos se levantó de su catre sin colchón, encendió su cirio y poniéndose de rodillas buscó consuelo donde sólo podía hallarlo para la pena que lo ahogaba.

--Ten piedad de él --rogó con los ojos apretados para contener las lágrimas, y concluyó:

--Y también ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador.

Y empezó a rezar en voz baja, mientras buscaba a tientas su camándula.

La madrugada lo sorprendió dormido de hinojos, las manos aún entrelazadas en una muda plegaria.

El cirio casi se había consumido. Manos abiertas Jesús

7月26日

La consulta ciudadana.

El principio de la historia.

El oro negro siempre ha sido motivo de orgullo para los mexicanos, especialmente desde la nacionalización de la industria petrolera acaecida el 18 de marzo de 1938. Los ancianos en nuestro país aún recuerdan cómo el Poder Ejecutivo en los tres niveles de gobierno se dio a la tarea de recaudar fondos en metálico y especie para poder pagar el monto de la expropiación. En un reciente viaje que realicé a Oaxaca tuve la oportunidad de charlar con originarios de San Felipe Ixtapa, que todavía recordaban cómo en aquel mes de marzo se hicieron largas filas frente a la oficina del agente municipal.

--Todos llevaban algo de valor --me relataba la señora Carlota Reyes, y precisaba--. De valor personal, se entiende. Éste siempre ha sido un pueblo humilde. Recuerdo que mi mamá refunfuñaba por tener que darle a un gobierno y a un señor que nunca había visto (el general Lázaro Cárdenas), algunas de sus gallinas. Y así --concluye--, San Felipe compró su parte de petróleo con gallinas, huevos, cabras y leche bronca.

Escenas como ésta se repitieron a lo largo y ancho del territorio nacional en aquel entonces. Por eso es que desde entonces el mexicano sabe que el petróleo es suyo, aunque desde hace años esté enriqueciendo a los altos jerarcas del poder en México, y a los miembros del sindicato petrolero, mientras que el hombre de a pie, el hijo del pueblo, no ve ni un céntimo.

Alerta de tormenta.

Desde su campaña presidencial, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón, prometía reformas estructurales para poder sacar al país del marasmo en que le habían dejado siete décadas de mal gobierno priísta y un sexenio de gobierno foxista (llamado así por el presidente del periodo 2000-2006, Vicente Fox). Aunque mencionó mucho la Reforma del Estado, se guardó muy bien de mencionar que la otra reforma importante sería la energética, en la que se afectaba directamente al patrimonio y orgullo del mexicano: El petróleo.

Sin embargo, a cada puerco le llega su san martín, y a la Reforma Energética le llegó el día de ver la luz. El suyo fue un nacimiento traumático, pues apenas se presentó ante la opinión pública, los legisladores del FAP (Frente Amplio Progresista, conglomerado de algunos partidos de izquierda), tomaron las tribunas del Poder Legislativo, azuzados por el derrotado candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, El peje. Luego de acciones de resistencia "pacífica" (las batallas campales  que provocaron y luego silenciaron las huestes perredistas fueron pacíficas), se consiguió que se llevara a consulta la aprobación o rechazo de la Reforma Energética.

Punto de quiebra.

La cuestión de fondo respecto a la reforma de marras radica en el hecho de que el presidente Felipe Calderón insiste en abrir algunas áreas de la paraestatal Petróleos Mexicanos (Pemex) a la iniciativa privada extranjera, lo cual está prohibido por el artículo 27 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. A lo largo de varios meses se han reunido científicos, abogados, políticos, similares y conexos para externar su opinión sobre si es indispensable o no ceder en materia de soberanía nacional permitiendo la injerencia de empresas extranjeras, para revitalizar Pemex. Dejando de lado el hecho de que la paraestatal hace mucho que dejó de ser de los mexicanos, para convertirse en caja chica del Gobierno y mina de oro del sindicato petrolero, lo cierto es que los expertos opinan que podría correrse el riesgo de no modificar el artículo 27 constitucional, siempre que se hicieran modificaciones profundas a la Ley Orgánica. Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo.

Una de las principales sugerencias, que no necesitaba de un panel de expertos sino sólo de sentido común, es que el Gobierno saque las manos de la bolsa de dinero de Petróleos Mexicanos, y que busque otros medios de allegarse fondos. Pero como eso implica trabajar más y exprimir el cerebro en busca de una idea, no le ha hecho mucha gracia al Ejecutivo, y por eso insiste en salirse con la suya respecto a la Reforma, sin tomar en cuenta el riesgo latente de un levantamiento popular promovido por el PRD, siempre bajo la batuta de López Obrador.

La consulta "ciudadana".

Sobre la consulta ciudadana se pueden escribir planas y planas sobre si es legal o no, o sencillamente ética o no ética. Pero es suficiente con rescatar algunos puntos importantes. Primero, la tan llevada y traída Ley de Participación Ciudadana establece el derecho a la Consulta Ciudadana. Hago énfasis en la palabra "ciudadana", es decir que atañe a la ciudad. Como lo recuerda la delegada panista en Miguel Hidalgo, Gabriela Cuevas, cuando Marcelo Ebrard quiso construir la Torre del Bicentenario en las inmediaciones del Bosque de Chapultepec, se realizó una consulta ciudadana entre los habitantes de la delegación Miguel Hidalgo, quienes manifestaron que no querían la torre. En ese entonces, el Jefe de Gobierno dijo que era una "mezquindad política" que se utilizara la ley para fundamentar el rechazo ciudadano de una obra. ¿Y ahora con la consulta energética? En este caso es más delicado desde el punto de vista jurídico, ya que no se trata de un asunto ciudadano, o sea que ataña a la Ciudad de México; se está hablando de algo del ámbito federal. Así que no sólo se trata de una consulta fuera del marco legal, sino que también es inmoral desde el momento en que Marcelo Ebrard, como pelele de López Obrador, pretende "saltarse a la torera" una ley para realizar la consulta.

Otro detalle importante. Se van a gastar millones de pesos innecesariamente, sólo para que el PRD tenga una plataforma desde la cual atacar a la Reforma Petrolera y de paso a la Presidencia de la República. Y digo que es un gasto innecesario y por lo tanto irresponsable, porque desde hace días el prestigiado periodista Francisco Zea anunció en su noticiario matutino en Cadena Tres que el 70% de los votos sería en contra de la reforma. Es decir, ya se sabe que la mayoría de los mexicanos no quieren la multicitada reforma. Pero además el comentarista hizo el comentario de que mucha gente ignoraba el contenido de la Reforma Energética, y no estaba al tanto de los foros de consulta que se han estado llevando a cabo. "Ni siquiera los perredistas" conocen bien el contenido de la reforma, y ya no digamos lo tratado en los foros. Y eso que la consulta se llevó a cabo a petición del FAP. Entonces, ¿para qué hacer una consulta? ¿Y para qué una votación en la que se pregunta si se está de acuerdo o no se está de acuerdo en unas reformas que se desconocen? ¿Que las desconocen los mismos perredistas?

Una última cuestión, y ésta es por sentido común. ¿Quién va a contar los votos? ¿Los del PRD? ¿Los que se tardaron cuatro meses en aceptar que no sabían de escrutinio y que no conocen la democracia? Porque esto es un hecho innegable, que se hizo patente con la elección para la presidencia nacional del PRD, "ejercicio democrático y popular" del que todavía se están lamiendo las heridas. 

A cada puerco...

En resumen, la mentada consulta ciudadana no va a arrojar ninguna sorpresa. Y a pesar de que los foros de consulta se hicieron para darle gusto a López Obrador y evitar que promoviera la ingobernabilidad, si la reforma se aprueba el PRD ya amenazó con causar un incendio social. ¿Entonces para qué los foros de consulta? El presidente piñatón sólo quiere tomar por la fuerza lo que por la ley no pudo conseguir. Ya ha hecho intentos otras veces y está convencido que en una de esas da la sorpresa. Y así y todo, se atreve a llamar a Felipe Calderón "el presidente ilegítimo", cuando el primero que está contra la ley es él, y en seguida su Sancho Panza, Marcelo Ebrard, cuyo gobierno capitalino está plagado de ilegalidades y abusos.

A esa inconsistencia entre lo que se pregona y lo que se hace, se le llama hipocresía. Y tratar de arrastrar a un pueblo hambriento a una lucha en la que sólo unos pocos sacarán provecho (pues esa es la verdad), eso es traición a ese pueblo que confía ciegamente en su caudillo. Un caudillo de pies de barro, al que sólo lo mantiene un descontento general que cualquier día se volteará contra él. Sólo es de desearse que la Patria no tenga que pagar el precio de esa desmedida ambición.

Pero el futuro lo dirá. Una última observación a Andrés Manuel López Obrador. Si va a publicar un pasquín, y en él va a poner un mensaje a la ciudadanía, le recomiendo que consulte su diccionario con más asiduidad para evitar absurdos errores de ortografía. De lo contrario, cuando lo lean no podrán evitar una carcajada y la consiguiente falta de respeto. Si es que todavía inspira alguno. 

7月16日

El gran pescador.

Feliz cumpleaños, papá.

Feliz cumpleaños, Tuno Acocil.

"En una montaña perdida en el cielo

se encuentra una laguna azul,

que sólo conocen aquellos que tienen

la dicha de estar en mi clan".

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Entre cientos de melodías que he aprendido a lo largo de mi vida, la mayoría hoy ya olvidadas, hay una que permanece en mi conciencia hasta hoy, y que se grabó a fuego en mi corazón junto a una imagen entrañable de mi padre. El hombre solía tararearla, a veces en voz baja mientras miraba reflexivamente al horizonte, y a veces en voz alta invitándome con la mirada a que yo le acompañara en los coros. Esto ocurría los sábados por la tarde, cuando me llevaba de pesca al Parque Nacional de las Lagunas de Zempoala, unos kilómetros adelante del poblado de Tres Marías. Permanecíamos en la orilla de alguna laguna hasta bien entrada la noche, arrebujados en nuestras zamarras y cobijados por la quietud del bosque.

Solíamos elegir al azar alguna orilla que pareciera prometedora, colocábamos nuestras cajas con avíos de pesca, colocábamos sendos líderes de dos libras en un destorcedor de una línea de seis, cebábamos los anzuelos con hueva de salmón y lanzábamos tan lejos como fuera posible. A veces yo tenía que repetir un mal lanzamiento, bajo la mirada divertida y medio burlona de mi padre. De vez en cuando enganchaba mi anzuelo en una rama baja, y hubo un día en que ensarté mi propio banco. El caso es que una vez colocadas las cañas en sus soportes, debidamente tensada la línea y luego de presentar nuestros respetos con una breve oración a San Pedro, patrono de los pescadores, nos sentábamos en nuestros bancos de lona a ver pasar la vida frente a nuestros ojos.

A veces llegaban otros grupos de visitantes, que echaban sus líneas y no se volvían a acordar de ellas, pues se ponían a jugar baraja o fútbol, corrían, vociferaban y reían a mandíbula batiente, con su radio puesto a todo volumen. Mi padre solía evitarlos, y escogía un lugar alejado de ellos para vivaquear. Nosotros permanecíamos en silencio casi total, cada quien sumido en sus pensamientos, salvo cuando el viejo tarareaba alguna vieja canción scout.

A mi madre le resultaba muy extraño que al día siguiente, al preguntarme qué había hecho la tarde anterior con mi padre, yo le respondiera:

--Pues pescar.

--Vale, ¿pero qué más hicieron o de qué hablaron?

Yo la miraba con extrañeza.

--¿Hablar? Pues ahora que lo mencionas, no cambiamos más de diez palabras, en dos frases a saber: "¿Me haces el favor de pasarme otro emparedado?"

--Sí, claro.

Sin embargo, no recuerdo otras ocasiones en que me sintiera más cerca de él, más en comunicación, más como miembro de su clan. Hoy daría un riñón por volver a estar con mi padre a la orilla de otra laguna azul y solitaria, las cañas inmóviles frente a nosotros, mirando ambos en la misma dirección, sumidos en el placer de la mutua y silenciosa compañía. La única diferencia que habría de ahora a hace unos 25 años, sería que también yo sostendría una pipa entre los dientes.

"La sed de aventuras que nunca se apaga,

la roca que hay que escalar.

El río cristalino que canta y que llora

yo nunca lo podré olvidar".

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En compañía de mi padre conocí cientos de lugares diferentes, algunos de los cuales sólo habían sido vistos por sus descubridores. Así conocí lo que entonces eran dos bellas lagunas ubicadas en las profundidades de territorio mazahua. O un ojo de agua que existía adelante del poblado de Villa del Carbón, al que solíamos ir a veces en familia, y donde no se pescaba ni un resfriado. ¡Pero cómo nos divertíamos! O aquellos gigantescos vasos reguladores de una de las presas más grandes de México, la Vicente Guerrero en el estado de Tamaulipas. Recuerdo que nosotros pisamos selva todavía virgen, y armamos nuestro campamento sobre tierra que no había sido hollada por la planta del hombre.

A veces para llegar a una laguna teníamos que subir y bajar incontables montes bajos, o deslizarnos sobre el trasero por un talud de 60 grados de inclinación, sin detenernos a pensar cómo subiríamos luego. En otras ocasiones teníamos que vadear los ríos a pie, para sentir la corriente y calcular si pasarían las camionetas. En una expedición de pesca por el rumbo de Michoacán hallamos una laguna rodeada de árboles resinosos, de cuya madera muerta hicimos una hoguera inolvidable, alrededor de la cual vivaqueamos largas y somnolientas noches, pues en el día nos marchábamos en la lancha a pescar, mi padre en la popa llevando el timón, y yo en la proa viendo pasar el agua en torno al bote, tal como hoy veo mi vida pasar en torno a mí. Y extraño la presencia tranquilizadora, cálida y silenciosa de mi padre detrás, llevando el rumbo. Pero era lógico que algún día yo tendría que abordar mi propia embarcación, tomar la caña del timón y decidir en qué dirección navegar. ¡Pero qué añoranzas!

"La vida es muy breve y pronto se acaba,

hagamos recuerdos de ayer.

Oremos, hermanos, juntando las manos.

Y en Dios nos volvamos a ver".

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El pasado Día del Padre me reuní con mi progenitor para una comida familiar y harto informal. Como deberían ser todas las comidas familiares. Como es común en estas tertulias, el tema de conversación fue variando hasta que terminé escuchando un pase de lista de todos sus amigos con los que incontables veces salió de pesca, a veces llevándonos a mi mellizo y a mí, otras veces nomás a mí, o bien yendo él solo. Recuerdo que a ellos, mi hermano y yo siempre les llamamos "tíos", pero pasaron muchos años antes de que yo entendiera porqué les dábamos ese título. Porque eran los hermanos que Dios había permitido escoger a mi padre.

Todos esos entrañables camaradas suyos lo son también para mí, pues la mayoría me conocieron recién nacido, se emocionaron con mi padre al dar yo mis primeros pasos, sonrieron indulgentes cuando trastabillé por primera vez hacia una caña cebada para tocar el carrete, y aplaudieron mis primeros lanzamientos. No faltó quien se acomediera a enseñarme "trucos del oficio", como el queridísimo Federico Romero El cuatachín (cuando bebés mi hermano y yo pronunciábamos Tatachín), que un día decidió que debíamos aprender a montar una tienda de campaña.Cuando terminó de colocar todos los tubos, alcayatas y tensores, dejando la carpa como para fotografía de revista de campismo, yo me acomedí a tensar una cuerda que veía menos tirante y, sin saber cómo lo hice, eché por tierra toda la tienda. Y el primero que se rió de mi estupidez, restándole importancia, fue El cuatachín.

En la reunión, al calor de unas cervezas y entre el aromático humo de las pipas, empezamos a hablar de uno de los amigos más queridos de mi padre (si acaso quiso a alguno más que a otro). Andrés Fernández, Andresito, a quien mi viejo siempre llamó Papá. Un hombre honorable, generoso, comprensivo, leal... Cuando pienso en él y le recuerdo (pues ya se nos adelantó en el largo viaje) me vienen a la memoria las palabras atribuidas a un santo: "Fue como si Cristo hubiera bajado de nuevo a la Tierra para hacer el bien". Cuando mi mellizo y yo acompañábamos a mi padre de pesca e iba Andresito, el hombre siempre mostraba la paciencia de Job para escuchar nuestras historias, o para ver cómo hacíamos gala de destreza al anudar un anzuelo. Siempre se preocupaba de darnos un buen consejo y hablarnos de la misericordia de Dios. Bastaba con comentar que algo suyo era bonito, para que ya lo estuviera regalando a quien había manifestado su admiración. Recuerdo también que en una ocasión, invocando a Dios, intercedió por un niño pequeño para salvarlo de una buena y merecida azotaína. Ese niño era mi hermano menor, Juan. Yo lo vi y doy testimonio.

Siempre que terminaba una jornada de pesca, una vez levantado el campamento y cargados todos los pertrechos, acostumbrábamos hacer una rueda en torno al hogar de la fogata que había alentado nuestro campamento. Nos tomábamos las manos para entonar la canción Adiós scout y luego invocábamos a Dios (sin importar nuestro credo) y le encomendábamos a los hermanos de los que íbamos a separarnos quizá unas semanas, quizá unos años, o quizá hasta siempre. Nadie lo sabía, pero siempre nos despedíamos como si fuera la última vez que nos veríamos, aunque siempre deseando que hubiera otra ocasión de verse.

Durante la reunión del Día del Padre, mientras recordábamos a Andresito y a los demás "tíos", la mayoría ya muy ancianos, a mi padre se le hizo un nudo en la garganta y dijo con voz ahogada: "Sé que algún día volveremos a encontrarnos todos, a la orilla de una laguna. Ahí volveremos a echar nuestros anzuelos, en compañía del Gran Pescador".

Y esa fue la gran lección que me dio mi padre en aquellas memorables tardes y campamentos de pesca. Aunque de niño yo creía que él era un dios, porque me alimentaba, me protegía, me enseñaba y sobre todo me amaba; mi progenitor me enseñó que tanto él como todos los demás somos sólo sencillos pescadores. El Gran Pescador es quien algún día nos acogerá a la orilla de esa laguna, nos invitará a subir a su bote y nos sentará a Su mesa, para compartir con nosotros cinco panes y dos pescados, que no se agotarán jamás.

Hoy todavía gozo de la bendición y la alegría de tener a mi padre vivo. Pero no me angustia pensar que algún día tengamos que decirnos adiós, porque confío en la promesa del Padre Celestial. Y sé que siendo un hombre justo, en la eternidad volveré a encontrar a todos los hermanos pescadores de mi padre y míos, en una montaña perdida en el cielo, donde se encuentra una laguna azul... en la amada presencia del Gran Pescador.

Amén.

7月11日

Novatadas y meriendas.

A la basura.

Hay plaga de ratones en la parroquia de San Martín de Porres, en Cuautlalpan. A veces en medio de un ensayo, se escucha un grito y las mujeres se ponen histéricas, no faltando quien se suba a una mesa a bailar flamenco. Al parecer, los primeros roedores que arribaron al templo lo encontraron tan de su gusto que se han traído a familiares, amigos y compadres, pues cada vez es más común toparse con un orejón cuando se va al baño o se mueve una silla.

--Si la sanjuanera no pone remedio --advierte La hiena--, el día menos pensado estos animalitos les van a sacar cargando.

Unos días antes se tomó juramento a los nuevos aspirantes a ingresar en la Estudiantina Kanons y, en el caso de los varones universitarios, a la Tuna de la ECSS (Escuela Superior de los Escuderos de Cristo). En esa ocasión alguien recordó que a Don Cangrejo (apodado así por su avaricia y amor al dinero) no se le había molestado en los últimos tiempos, así que todos se acercaron a él con beatíficas miradas. El pardillo, más listo que el hambre, de inmediato comprendió sus intenciones y levantó las manos.

--Son tan obvios que dan lástima --les dijo a sus compañeros mientras se dejaba sujetar--, hagan lo que tengan que hacer.

Al no ofrecer resistencia hizo que la novatada perdiera algo de su emoción. Y cuando ya le llevaban afuera del templo para aplicarle el "bromazo del tubo" (consistente en colocar sus extremidades en cruz, luego suspendiéndolo en vilo estrellar sus partes nobles contra un poste), Felpudo vio un enorme contenedor de basura en el aparcamiento del templo. Haciéndoles cambiar de dirección y parecer, guió a los demás Tunos hacia el depósito en cuestión y abrió la tapa. Al ver su destino, ahora sí Don Cangrejo empezó a debatirse como si en ello se le fuera la vida.

--Esperen, no sean mandados, ahí no --clamó misericordia.

Pero sus amigos lograron sujetarle con más fuerza antes de que se escapara, lo colocaron en la orilla del contenedor y un empellón del Aminobwana le envió al fondo del recipiente vacío. Antes de que lograra salirse, Felpudo se colocó sobre la tapa de un salto y los demás desplazaron el contenedor (que tiene ruedas) a todo correr por el patio de la iglesia, hasta que lo estrellaron con gran estrépito en un portón. Como el suelo está empedrado, cuando dejaron salir a Don Cangrejo éste se encontraba más que mareado y apestando a basura.

--Me vengaré --advirtió--, recuerden que a todo puerco le llega su San Martín.

Los Tunos siguieron riendo y escandalizando hasta que La hiena les aguó la fiesta y los puso a acarrear sillas y limpiar el salón parroquial.

Ocho días después fue Don Cangrejo quien guió a los demás para echar al interior del basurero al pardillo Chicken Little. Y se sintió satisfecho. Muy satisfecho.

La mona.

Aunque a la hermana del Doctor Simi le apodaron Cabbage Patch desde la primera vez que la conocieron, debido a su gran parecido con esas simpáticas muñecas, en las últimas semanas de junio pareció que se le iba a cambiar el sobrenombre. De cabello crespo y negro, a la muchacha le dio por peinarse de chongo cuando iba a los ensayos. El primer comentario de La hiena al verle llegar, fue que para estar a tono con ella El aminobwana debería estirarse los cabellos en la punta del craneo y atarlos con un nudo, al mejor estilo de la edad de las cavernas. El pardillo Chicken Little no pudo evitar una carcajada, que llamó la atención de los demás compañeros. Se reunieron en torno a la pareja de novios y comenzaron a alborotar. Fue cuando a Don Cangrejo se le ocurrió que el chongo parecía un puñado de estopa impregnado en aguarrás, como los que usan los drogadictos y al que llaman "mona". Así, el pardillo se acercó por atrás a la cabeza de Cabbage Patch y acercándole la nariz, aspiró fuertemente y dijo:

--Ah, la mona.

Desde ese momento y hasta la fecha, cuando la muchacha está distraída los compañeros se acercan, la sujetan del chongo y aspiran, para luego pronunciar poniendo los ojos en blanco.

--Ah, la mona.

Al final de cuentas se impuso la antigüedad y se le siguió llamando con el nombre de las famosas muñecas de trapo, pero la costumbre de hacer burla de su chongo se ha ido arraigando y dando pie a nuevas bromas.

De fiado.

Aprovechando que su casa se encuentra sobre la calle que conduce a la escuela primaria del barrio, la tía de Fachi vende dulces en el portal. Por las tardes, cuando ya no hay clientes potenciales caminando sobre la acera, acomoda sus exhibidores, refrescos y demás mercancía a un lado de la entrada, pegados a la pared. En razón de que en su casa sólo viven familiares, no echa candado pues considera que no hace falta. Pero entonces llegaron los Tunos.

Como la casa de Fachi amenaza en convertirse en una nueva Casa de la Troya, pues es donde ahora se guardan todos los instrumentos, se toma por asalto la cocina y se realizan competencias en las disciplinas olímpicas de "levantamiento de tarro" y "cien litros libres", es común que al concluir el ensayo todos los sopistas y aprendices del negro mester se encaminen al hogar en cuestión, escandalizando, fastidiando a los perros del vecindario y dando grandes voces y risotadas.

Para los estudiantes, acompañar a su amiga a casa y descubrir la tiendita de su tía fue todo uno. Y desde el primer momento los Tunos comenzaron a tomar una bolsita de chocolatinas, o un empaque de papas fritas, o una botella de refresco, repitiendo la trillada frase tan antigua como el comercio:

--Al fin de semana te pago --y alguno abunda en su explicación--, es que el viejo no me ha dado la mesada.

El sistema funcionó el primer día, pues Fachi tiene excelente memoria para una transacción y además confía en sus amigos. Pero en la segunda ocasión quien estuvo en la puerta fue Bratz, que a veces parece tener un procesador matemático en lugar de corazón, igual que el entrañable gordito de la película israelí de los 60, Barquillo de limón. Armada con libreta y bolígrafo, fue anotando cumplidamente todo lo que los gorrones tomaron, colocando a la derecha una pulcra columna de números y sumas. Cuando por fin se marcharon los sopistas, sacó el total, suspiró y pegó a la pared la lista en cuestión, para que la viera la dueña de los dulces.

A la siguiente vez que los Tunos llegaron a dejar los instrumentos, encontraron la lista pasada en limpio y a la vista de todo mundo. Las quejas y lamentos no se hicieron esperar.

--La vergüenza ha caído sobre mi buen nombre --clamaba La hiena--, yo en una lista de deudores.

--¡Toma! ¿Pero es que me han fiado 20 pelas? --se escandalizó Don Cangrejo (claro).

Luego hizo cuentas mentalmente y asintió. Sí, sí había consumido esa cantidad.

--Oye, Fachi --El felpudo, siempre buscando a quien dar el sablazo--, ¿puedo tomar algo y me lo apuntas igual?

--¿Y yo también, Fachi? --El doctor Simi que, como todo estudiante, siempre anda con menos duros que el cepillo de un franciscano de provincias.

La muchacha, que es todo corazón, accede y extiende la hoja para que cada quien anote el monto de lo que va a consumir "a crédito". De inmediato se nota que Bratz no está a la vista, que si no ya estuviera ella anotando cada partida sin perder una, y "pasando báscula" a cada quien para evitar que se escondieran golosinas debajo del jubón. Al concluir la transacción y el tumulto, los Tunos se despiden calurosamente de su tendera honoraria y se marchan con el escándalo de siempre, pegando en su lugar al salir la lista de deudas.

A los tres días Bratz regaña al Aminobwana:

--Hombre, que ha sido un abuso hacia mi parienta. Mira que llevarte 50 pelas en golosinas y refrescos. ¡Y en una sola sentada!

--Pero, ¿qué dices mujer? Si casi no he tomado nada cuando voy.

--Qué cara más dura, hijo. Mira bien, aquí está la cuenta.

El aminobwana revisa la lista. Pues sí, no parece que haya error. Una letra muy parecida a la de Fachi relaciona todo lo consumido el martes anterior por cuenta de él. Entonces advierte que las cuentas de los demás compañeros no tienen anotado nada en ese día, a pesar que el los vio masticando a dos carrillos largo rato. Y recuerda que ese día no fue Fátima quien anotó, sino los estudiantes. Y rememora también el día en que La hiena hizo gala de su arte en falsificar firmas para "otorgarle" un permiso especial a Don Cangrejo, a nombre del párroco, para asistir a un festival nocturno.

--¡Ah, tunantes!

El taquero.

Ya es costumbre el llevar a su casa a La hiena al terminar los ensayos, a escondidas de los padres de Rubén. Como también es costumbre que le escolten todos los hombres, que generalmente suman siete. Y además va Cabbage Patch. En esas ocasiones El doctor Simi ni sufre ni se acongoja por la distancia ni el tráfico, pues pone a conducir a su fiel Aminobwana.

Tratar de introducir a ocho muchachos altos y bien nutridos en un auto compacto diseñado para cuatro personas, es en sí una obra de romanos, y además echa por tierra la Teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Si a eso se añade que cuando están en el interior los estudiantes son de la costumbre de darse de cachetes, aferrarse los brazos, jalarse las patillas y taparle los ojos al conductor, fácil es suponer el escándalo, risas y bamboleos que esos viajes conllevan. En una ocasión Fachi les acompañó. En presencia de la dama que viajaba con ellos en el asiento de atrás, los compañeros decidieron refrenarse un poco y dar mayores muestras de educación y buenas costumbres. Aun así, la experiencia fue tan estruendosa y arrebatada que la muchacha no ha vuelto a pedir acompañarlos.

Una noche alguien llevó pequeñas y redondas confituras de menta, y durante el trayecto todos se entretuvieron colocándolas en el chongo de Cabbage Patch sin que ella lo advirtiera. Cuando fueron demasiadas, una se deslizó por su cuello y cayó en su regazo.

--Oigan --regañó--, ¿quién puso una chocoreta en mi cabello?

--¿Una? --rectificó Don Cangrejo--, pero si ya pareces árbol de Navidad.

Largo tiempo después, mientras se cepillaba el cabello antes de dormir, Liliana siguió encontrando confituras entre sus rizos.

--Rillotes --maldijo--, ¡cómo averigüe quién fue!

Frente a la casa de huéspedes donde habita La hiena, un señor ha armado un puesto para vender tacos de suadero (o suaperro, como suelen decir los estudiantes alegando que es carne de cannis familliaris). Cada vez que llegan los Tunos y pardillos, con el alboroto que es de suponer, el taquero y demás comensales miran con incredulidad cuántos muchachos descienden del maltrecho sedán, y cómo éste va recuperando su altura original. Ya todos en la calle, y sin variar, los rapaces se lanzan sobre el merendero como una horda de apaches vociferante y feroz. Piden sus tacos, se disputan las cucharas de la verdura y la salsa, y mandan a algún pardillo a que traiga refrescos. Si hay suerte, alguien se apiada del aprendiz y le da algunas monedas. Pero no es siempre.

--¿Con qué voy a pagar las bebidas? --pregunta el despistado bulto.

--Hombre, pues con lo que puedas --responde un veterano--, y pronto, que si no me lo tendré que pasar a brincos --y advierte innecesariamente-- y pagarás las consecuencias.

Al sentirse saciados, largo tiempo después, los muchachos hacen rueda en torno al puesto, y muestran sus sonrisas más simpáticas y sus miradas más suplicantes.

--¿Cuánto le vamos a deber... para el aguinaldo? --pregunta El doctor Simi.

--No fastidie, joven, si son más de 200 pesos --se escandaliza el taquero (unos 20 dólares).

--¡Toma ya! ¿Pues qué se ha roto? Su mesa ya estaba coja cuando llegamos.

Tras hacer la pantomima de contar cuántos tacos se ha comido cada quien (pues bien que saben el monto de su cuenta), los rapaces comienzan a vaciar sus bolsillos para juntar el dinero. Con trabajos reúnen lo que se necesita y luego se marchan.

--Qué susto me dieron esos estudiantes --comenta más tarde el taquero a su esposa--, pensé que se iban a dar al agua (escapar). Pero con vender lo mismo cada noche... ¡estará resultón!

--Pero habrá que medirles la verdura y la salsa, que siempre te dejan los recipientes vacíos. Hasta pensaría que los lamen.

Y así durante varias semanas. Pero un día el taquero hace el balance y toma en consideración el costo de la verdura y la salsa picante cuando los estudiantes van a merendar. No le salen las cuentas.

Al martes siguiente los Tunos encuentran cerrado el merendero. Lo que no saben es que el hombre les ha oído llegar (su escándalo se escucha lo menos a dos calles de distancia) y ha metido el puesto y cerrado la puerta precipitadamente, con todo y comensales. Luego de alborotar lo suyo, los jóvenes deciden seguir las indicaciones de La hiena, que con anterioridad ha batido las cercanías en busca de víveres, y encuentran otro puesto de tacos. Aparcan y descienden del coche, causando la misma extrañeza por su número.

La taquera se frota las manos. ¡Cuántos clientes!

Pobrecita.

7月2日

Que siga la música.

Escudo Kanons

Con una Celebración Eucarística conmemorativa y un festival de música estudiantil, pícara y vernácula, el pasado 28 de junio la Estudiantina Kanons festejó su segundo aniversario en la iglesia de San Martín de Porres, en el barrio de San Francisco Cuautlalpan. En un ambiente festivo y familiar, diversas agrupaciones rebosantes de alegría juvenil subieron al escenario a interpretar canciones de todos los géneros. Así, los asistentes pudieron bailar cumbia y norteño, se emocionaron con canciones mexicanas, rieron hasta el paroxismo con versos de picaresca y las parejas volvieron a enamorarse con el arrullo de la serenata estudiantil.

Agrupaciones independientes de reconocida trayectoria como las estudiantinas De San Judas Tadeo y Génesis, así como otras invitadas de los barrios de San Esteban Naucalpan, de Tláhuac en la Ciudad de México y la representativa del municipio de Atizapán de Zaragoza, se dieron cita en la iglesia de San Martín de Porres, en el municipio de Naucalpan de Juárez, Estado de México, para llevar a los pobladores un ejemplo del arte musical estudiantil, y en el caso de la troula de Atizapán, del estilo de vida en pos de la sopa boba que llevan sus integrantes.

El día anterior.

El 27 de junio, la víspera del festival, durante un convivio privado y familiar, el Superior General de los Escuderos de Cristo, Frey José Carrillo de Santa Cruz, E. C., entregó calificaciones a los estudiantes de la Escudera Christi Supernum Scholarium (Escuela Superior de Escuderos de Cristo o ECSS), que en la fiesta de San Juan concluyeron sus estudios de Historia, tradición y Tunantesca, iniciada en la fiesta de San Lucas de 2007. Durante la reunión también se tomó juramento a los nuevos pardillos de la Tuna de la ECSS y se entregaron jubones y capas, según sus méritos, a quienes aprobaron sus exámenes.

Antes de concluir, el Superior General (Tuno veterano de luenga y probada trayectoria tuneril) celebró una ceremonia europea antiquísima, llena de símbolos arcanos, denominada Convinium, baptismus et impotitio Beca, con la que impuso la beca a quienes concluyeron satisfactoriamente el postgrado La Tuna en la historia y el arte, y sobre todo que terminaron su "periodo de crasitud", es decir, su aprendizaje sobre el negro mester.

Terminada la convivencia, los Tunos nuevos y antiguos se encaminaron a casa de Fachi para guardar los instrumentos. En razón de que al siguiente día sería el festival de aniversario, abreviaron la charla de sobremesa y apuraron sus tragos. Sólo así se explica que llegaran a sus casas a la hora de buen cristiano de las tres de la madrugada. No obstante, algunos padres de familia no opinaron igual.

A un Tuno, llegando a casa su madre le increpó: "¿Te parece correcta esta hora para llegar?" A lo que él respondió: "Si no llegué, sólo vengo por mi guitarra".

Y se corre el rumor de que a otro sopista su padre le llamó duramente la atención por volver tan tarde, alegando que el convivio había concluido a las diez de la noche. El hijo, obnubilado por las largas jornadas de estudio y penitencia (y las cervezas que se había tomado también), miró con severidad a su progenitor y levantando muy alto su beca recién otorgada, pontificó: "A mí ya no se me puede llamar la atención como a un crío. Soy un Tuno y tengo mi beca que lo demuestra". El autor de sus días permaneció callado un momento. Sólo mientras se sacaba el cinto de las presillas: "Pero la beca no te va a salvar de los hostiazos". Al día siguiente el Tuno explicaba compungido que los dedos enyesados y el dolor del cuerpo eran porque se había lastimado moviendo muebles.

Fin del convivio.

Fin del convivio del viernes.

Fotografía: José Carrillo.

Pese a todo.

A pesar del sonado éxito que tuvo la celebración del segundo aniversario de la Estudiantina Kanons, cuya organización corrió a cargo del doctor y catedrático Rubén Villavicencio Nava, de la Escudera Christi Supérnum Scholarium Tunae, la fiesta estuvo a punto de terminar en vergüenza, cuando no en tragedia, por los malos oficios del Consejo Vecinal de San Francisco, presidido (al menos en el acta constitutiva) por Mariella Gallardo. Y es que luego de prometer apoyo incondicional, personal especializado y sonido para el evento al aire libre, el citado Consejo sólo entregó dos lonas (sin suficientes cuerdas), 50 sillas, un templete y un equipo de sonido de dos pequeñas bocinas y un micrófono. Para un evento multitudinario al aire libre.

A pesar del heroico esfuerzo de algunos integrantes de Kanons, entorpecido a cada momento por las gestiones (o falta de ellas) de la señorita Mariella Gallardo, la lona no se pudo utilizar por no cubrir los requisitos mínimos de seguridad, y las sillas y equipo de sonido tuvieron que moverse de lugar cuatro veces debido a la desorganización que cundió entre los integrantes del Consejo de San Francisco. Al ver que el evento peligraba, el párroco de San Martín de Porres permitió el uso de las instalaciones parroquiales para que éste se llevara a cabo. No obstante, cuando ya el festival marchaba sobre ruedas gracias al ingenio e improvisación de los Tunos anfitriones (estudiantes de la ECSS), y al apoyo de padres de familia y habitantes del barrio, la señorita Gallardo aprovechó la palestra para hacerse promoción política entre sus vecinos. También obsequió una mandolina y una guitarra a dos integrantes de la estudiantina anfitriona sin consultar con el director, entrometiéndose así en asuntos privados que no le incumbían.

Al final, el éxito.

Aunque llovió copiosamente toda la tarde, la concurrencia no disminuyó en ningún momento, y hubo ratos en que la gente abarrotó las instalaciones. Sin embargo nadie se quejó. Las expectativas de los integrantes de Kanons se vieron superadas, y las de los vecinos de San Francisco Cuautlalpan más. Y es que la municipalidad nunca ha llevado al barrio eventos culturales de ese estilo, y la Estudiantina Kanons ya lo ha hecho en tres ocasiones y lo ha hecho muy bien, pese a la lluvia y a los políticos.

Cuando se le cuestionó a una anciana que llegó al festival apoyada en su bastón y con el impermeable chorreante, cómo es que había salido de casa con ese clima, señaló a los estudiantes ataviados con sus trajes antiguos y dijo: "Me gusta la música y adoro a los jóvenes. No me he perdido ningún festival de la estudiantina. Y ahora déjeme buscar un buen lugar, ¡y que siga la música!"

Los Kanons en acción.

La Estudiantina Kanons.

Lloren violines.

La Escuela Superior de Escuderos de Cristo, su Tuna, su claustro de profesores, postulantes y profesos, se unen a la pena que embarga a Tierra caliente del estado de Guerrero y a todo el pueblo de México, por la irreparable pérdida del maestro violinista Ángel Tavira Maldonado. Un músico que a pesar de haber perdido una mano en su niñez, dedicó su vida al campo, a la enseñanza y, sobre todo, a la perpetuación de la tradición musical de su tierra y de su gente. Un campeón de la cultura, orgullo de su nación.

Que el Señor le conceda el honor de tocar en Su coro de ángeles hasta la Parusía. Ángel Tavira Maldonado, maestro, descanse en paz. ¡Y que siga la música!

6月24日

Lección inútil.

¡Nunca más!

Cuatro explosiones, un derrumbe y un incendio que se propagó en cuestión de minutos al interior de una discoteca, causó la muerte a 22 personas y dejó heridas a otras 35. El nombre del antro siniestrado ha pasado a la historia como un ejemplo de corrupción, encubrimiento e ignorancia culpable, e incluso se ha incorporado al vocabulario coloquial del mexicano como sinónimo de tragedia absurda y prevenible. Lobohombo, lobohombazo.

El 20 de octubre de 2000 la discoteca de moda en la Zona Rosa de la Ciudad de México, Lobohombo, se incendió en cuestión de minutos, debido en parte a los materiales altamente inflamables con los que estaba decorada, pero también debido a que no contaba con las más mínimas medidas de seguridad y control de incendios. No había aspersores funcionales, las puertas de emergencia estaban cerradas con candado y los elementos de seguridad privada a quienes se había confiado la salvaguarda del inmueble y, sobre todo, de los comensales, no tenían la más mínima idea del manejo de crisis, de primeros auxilios ni de la operación de extintores. Su especialidad era sacar borrachos y aligerarles la carga. Y tal vez conseguir taxis por una propina extra.

Tras aquella lamentable e inolvidable tragedia las autoridades capitalinas se rasgaron las vestiduras en señal de luto, despidieron a las cabezas de turco que en la inútil burocracia siempre sobran, proyectaron una estación de bomberos en el solar que ocupaba el Lobohombo (misma que se ha convertido en un elefante blanco y vitrina de corrupción), y juraron solemnemente con la mano en el corazón, para beneficio de los reporteros gráficos: ¡Nunca más un "Lobohombazo"!

Disección de una estupidez.

El 20 de junio de 2008, en la colonia Atzacoalco de la Ciudad de México (muy cerca de la Basílica de Guadalupe), en el antro denominado News Divine una trágica estampida ocasionó la muerte de 12 personas, nueve de ellas civiles, algunas adolescentes que ni siquiera habían alcanzado la edad legal para frecuentar estos sitios de diversión y esparcimiento.

Hasta el momento, menos de 72 horas después de la tragedia, aún no empiezan a analizarse los hechos para encontrar a los responsables. El lugar de marras fue "acordonado" por los peritos, con sellos de clausura, luego de que cientos de policías, reporteros y vecinos chismosos destruyeron ya cualquier evidencia forense que pudiera hacer luz sobre ese drama absurdo.

Por el momento todos los involucrados intentan "cubrirse las nalgas" (según palabras de un empleado de nivel medio de la delegación Gustavo Madero), tratando de evadir su responsabilidad y "pilándose las lavas como Poncio Manotas". Para evitar que el periodismo responsable (no el que cobra chanchuyo en la Dirección de Comunicación Social del Gobierno del D. F.) saque a la luz las irregularidades que conduzcan a los verdaderos culpables, las autoridades han dedicado gran parte del fin de semana a amenazar a los supervivientes del siniestro con "hacerles pasar un mal rato" si hablan con los medios de comunicación. Como si lo que vivieron al interior del antro hubiera sido no un mal rato, sino el momento más feliz de sus vidas.

Ante esa insistencia en acallar la verdad de lo acontecido en Atzacoalco, surge la pregunta dolorosa e ineludible: ¿Qué pasó realmente en el News Divine? ¿Por qué hubo otro "Lobohombazo"?

Pese a las amenazas, algunos testigos presenciales que estuvieron adentro y afuera de la discoteca se avinieron a responder las preguntas de este espacio, si se garantizaba su anonimato. De esos valientes testimonios es posible revivir los que para algunos fueron los últimos minutos de sus vidas.

Primer acto. La tragedia.

Eunice Sierra, subdirectora de verificación delegacional, fue quien se acercó al encargado del antro, Alfredo Maya (en realidad se presume que es el dueño aunque la licencia de operación tenga otro nombre), para informarle que se trataba de un operativo de revisión. El empresario asintió y afirmó que brindaría toda la cooperación. Recurriendo al sistema de sonido informó a los asistentes que se iba a suspender la fiesta, pero que a los ocho días todos podrían ingresar sin pagar la entrada de 25 pesos, y les pidió que fueran saliendo en orden.

Para los adultos que recuerdan su adolescencia, no será difícil imaginar que si a un púber se le dice que salga en orden, lo más seguro es que aproveche el tumulto para divertirse. No se puede negar la posibilidad de que algunos asistentes tuvieran motivos para intentar evadir la revisión policíaca, y comenzaran a luchar por salir de incógnito, pero serían los menos. La cuestión fue que los jóvenes trataron de salir, siguiendo las instrucciones que Alfredo Maya había dado por el micrófono con buena intención, pero se toparon con un muro policíaco que les impedía abandonar el lugar. Lo grave fue que los jóvenes que iban bajando del piso de arriba no podían ver que la puerta estaba obstruida por un muro de uniformados, y comenzaron a empujar, al principio más por armar bulla que por verdadera prisa en salir. Desde la acera, los mandos policíacos creyeron que era su deber evitar que se escapara nadie y se empeñaron en no dejar pasar a un solo estudiante hacia la acera.

Pronto el sofoco, el dolor de los pisotones y la oscuridad (porque alguien apagó todas las luces), hizo que los jóvenes intentaran salir, esta vez sí con algo de violencia debido a que las condiciones en el interior del local comenzaban a volverse angustiantes. En su estupidez, los altos mandos ordenaron lanzar al interior gases lacrimógenos "para que le bajen de güevos (sic)", reduciendo aún más la capacidad de respirar de los jóvenes atrapados.

Como es de suponer, esta situación agravó las condiciones ya de por sí malas al interior del lugar, lo que en consecuencia obligó a los jóvenes a intentar nuevamente forzar la salida, volviéndose a encontrar con un muro policíaco inamovible cada vez más irreflexivo. Y así comenzó un círculo vicioso en el que los de adentro trataban más frenéticamente de salir a respirar, y los de afuera les bloqueaban la salida cada vez con más brutalidad.

Fue hasta que algún policía comenzó a gritar que se estaban ahogando, y ese grito se transmitió de boca en boca hasta donde esperaban sus mandos, cuando ordenaron liberar la salida. Los jóvenes salieron en estampida, tratando de aspirar una bocanada de aire. En su ansia por respirar, todos salieron como un inmenso tapón de humanidad, en el que se habían enredado como pelos en un tapón de tina, algunos cuerpos ya inertes. Éstos, al quedar libres de la presión de los cuerpos que los rodeaban, cayeron al suelo para no levantarse más.

Algunos policías compasivos, con más buenas intenciones que entrenamiento, intentaron reanimar a los caídos, pero sus esfuerzos (heroicos pero inútiles) sólo confirmaron la triste noticia: Había jóvenes muertos por sofocación. Las cosas se pusieron peor cuando entre las filas policíacas trascendió que también había tres oficiales caídos, dos de uniforme y un agente judicial. Y los ánimos entre los gorrinos se exaltaron más cuando supieron que uno de sus compañeros caídos era una novata de 20 años.

Ignorando pues el drama que acababan de desatar, los gorrinos se dieron a la tarea de arrestar a cuanto joven pudieron, y a llevarlo a los separos sin fincarle ningún cargo, algo a todas luces inconstitucional. Lo mismo hubiera sido llevarse a declarar a los muertos. Pero los cadáveres amoratados quedaron mudos e ignorados sobre el asfalto hasta que llegó la Cruz Roja a tratar de remediar lo que ya no tenía remedio.

Segundo acto. Respuesta de manual.

Hace muchos años (más de diez) un reportero gráfico habló por primera vez de un manual de estudio obligado para todos los burócratas, que contenía excusas y explicaciones falsas pero plausibles que les ayudaban a salir del paso en situaciones embarazosas. Aunque su existencia se consideró durante años como una leyenda urbana, el reiterado uso de argumentos cantinflescos por parte de muchos políticos hace pensar que ese manual tal vez sí exista. Algunos de los periodistas más irreverentes, la mayoría independientes, a ese manual le conocemos como el Manual de excusas pendejas.

Afuera del antro, al ver los cadáveres, y luego los golpes y empellones con que los policías "aquietaban" a los jóvenes que sufrían histeria y pánico en diversos grados, la gente comenzó a alborotar. Alfredo Maya, dirigiéndose a algunos vecinos se quejó de la incompetencia policíaca:

"Todo estaba tranquilo. Todo esto lo causaron ellos (la autoridad). Cuando yo bajé ellos estaban tapando la salida".

Eunice Sierra, la funcionaria de la delegación Gustavo Madero, al escuchar las palabras del encargado del antro, hizo gala de su excelente preparación y dominio del manual antes señalado, echando en cara a Alfredo Maya de que en el lugar había más de mil personas, cuando la capacidad del antro era de 300. Esta declaración cae por su propio peso, pues nunca se vio a una multitud de ese tamaño afuera del antro, ni siquiera contando a los corrillos que al momento del operativo se encontraban todavía afuera del local, esperando a los eternos rezagados. Ninguno de los entrevistados desmintió a Alfredo Maya, en el sentido de que los policías estaban tapando la salida, y algunos supervivientes que estaban en la parte alta de la escalera al comenzar el tumulto declararon a su modo, pero con idéntico sentido:

"Queríamos salir porque por el sonido nos dijeron que nos saliéramos". Un muchacho que perdió a una amiga añadió con ojos empañados: "¿Para qué madres nos pidieron que nos saliéramos si no nos iban a dejar?"

Tercer acto. La humillación final.

A los detenidos les fue mal antes de ser presentados ante el Ministerio Público. Al modo de ver de los policías, esa treintena de jóvenes eran responsables directos de la muerte de los compañeros uniformados. Así que los golpearon en repetidas ocasiones y tanto a hombres como a mujeres los manosearon según sus gustos. Total, si el médico legista era realmente celoso de su deber y los revisaba con atención, podrían decir que los hematomas eran producto de los empellones sufridos al interior de la discoteca.

Afortunadamente para los policías el médico fue expedito en la revisión. A los varones detenidos sólo les echó un vistazo, y declaró que los golpes que ostentaban eran resultado de la estampida. El cachazo que tenía en la cara uno de los muchachos también se lo habían propinado en el tumulto seguramente. ¿Dónde si no? Ni modo que se lo hubiera dado un policía, ¿verdad? A las 14 mujeres detenidas se les ordenó que se desnudaran completamente, delante de los policías comisionados a su vigilancia. En ningún momento hubo una mujer que garantizara el profesionalismo del médico, que de todos modos no demostró. Luego de satisfacer su vena voyeurista y la de los agradecidos gendarmes, les ordenó a las jovencitas vestirse e irse al fichaje.

Conclusión. Yo no fui, fue Teté.

Al redactarse esta nota, el encargado del News Divine, Alfredo Maya, junto con su cantinero, se encuentran detenidos y fichados en un reclusorio, aunque extrañamente no se dice en cuál. Maya insiste en su inocencia, fundamentando su alegato en dos puntos torales:

  • Que Joel Ortega (Secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal) miente cuando dice que "el encargado provocó la estampida, luego de que éste tomara el micrófono para quejarse de la presencia de las autoridades en el establecimiento".  En uno de los vídeos de seguridad se percibe el diálogo entre Alfredo Maya y Eunice Sierra, y el aviso que se escucha por el sistema de sonido no externa ninguna queja, antes bien, trata de evitar una ola de descontento entre los asistentes ofreciéndoles entrada libre a los ocho días, ya que en ese momento deben desalojar. Y también es evidente la buena voluntad del encargado para que el operativo se desarrolle sin contratiempos. Después de todo, de eso come y no le conviene la clausura. Maya 1, Autoridades 0.
  • Que fueron los mismos policías quienes impidieron la salida de los jóvenes, valiéndose de golpes y empujones y posteriormente de granadas de gas lacrimógeno lanzadas al interior. Algunos policías que asistieron al funeral de la oficial fallecida en el tumulto, Remedios Marín Ruíz (q.e.p.d.), declararon a un medio impreso que "fueron los mismos policías de la UPC sector Pradera (sic) quienes obstaculizaron la salida de menores". Testigos presenciales dentro y fuera del antro apoyan esta versión de la puerta que siempre estuvo abierta, y de los gases lacrimógenos. Además, uno de los varones que requirieron hospitalización, hasta anoche se reportaba en estado crítico en razón de que siendo asmático aspiró gas lacrimógeno y no recibió atención oportuna. Ahora se debate entre la vida y la muerte por el daño alveolar sufrido. Maya 2, Autoridades 0.

Se hablará algún tiempo de la búsqueda del culpable, aunque ya cayeron las primeras cabezas de turco, una de ellas la de Alfredo Maya. Las autoridades, tratando de salvar su de por sí deteriorada imagen, hablarán y hablarán, fingirán que estudian un lugar de los hechos que para los forenses ya no existe, y darán largas hasta que surja otra noticia que facilite el olvido de la tragedia de Atzacoalco.

Lo más triste de la situación es que nunca se estará cerca de castigar a los responsables de este descalabro. Porque hallarlos es fácil, pero llevarlos al banquillo... eso es obra de romanos.

"El culpable de lo acontecido en la discoteca... fue el propio dueño, al no cumplir con las normas de protección civil", declara el delegado de Gustavo Madero, Francisco Chiguil. Si sabe que no se cumplían las normas, ¿cómo es que permitió que siguiera operando? Ese local ya había sido clausurado antes por lo menos tres veces, por incumplimiento de las mentadas normas. Y sin embargo, el fatídico 20 de junio de 2008 estaba funcionando. Así que surge la pregunta: Señor Chiguil, ¿quién dio el permiso de operación? El nombre de ese culpable debe estar en la misma licencia. ¿Quién se atreve a romper el sello y mirar?

Aunque Joel Ortega dice que el operativo se montó debido a unas denuncias anónimas que señalaban que en el lugar se vendía alcohol a menores, algunos altos mandos de la Secretaría de Seguridad Pública que pidieron el anonimato, señalan que la revisión del antro se montó para lucimiento del Operativo Unipol (mando policíaco único), que a su vez se creó (siempre según su declaración) para evitar que el Jefe de la policía capitalina, Joel Ortega, y el procurador de Justicia del Distrito Federal, Rodolfo Félix Cárdenas, siguieran con sus pleitos de verduleras delante de los medios de comunicación, dañando la imagen de sus instituciones. Si esto resulta cierto, quedará claro que salió más caro el forraje que el buey. Sin ánimos de agraviar.

Así, las autoridades siguen echándose la culpa, los antros siguen operando con licencias compradas, y los políticos cómodamente sentados en sus sillones piden la cabeza de Juan y de Abraham. Y al final de cuentas nadie hace nada. Mientras, en el interior del local clausurado se ve un letrero fluorescente ya viejo pero bien legible, que dice: "Prohibida la venta de alcohol a menores"; en el dintel de muchas casas se ve un moño negro; en el borde de muchas fosas aún está fresco el cemento del sello; en muchas mesas la familia se reúne a comer, y al ver el lugar vacío no puede contener las lágrimas por el retoño perdido. Y los mexicanos ya no volveremos a decir: ¡Nunca más! Ahora decimos: ¿Cuándo volverá a ocurrir? Porque quedó demostrado que pese al elevadísimo costo en vidas humanas, la lección del Lobohombo no se aprendió, pues en su prisa por volver a cubrir el cochinero que aquella tragedia dejó expuesta, las autoridades se olvidaron de rescatar las experiencias negativas para aprender de ellas. Y la tragedia del News Divine va siguiendo el mismo camino, y terminará igual. Como otra lección inútil. Carísima en cuestión de vidas, pero al cabo inútil.

Leonardo, Eredi, Rafael, Daniel, Érika, Alejandro, Remedios, Pedro, y los demás caídos, descansen en paz. Y que se les haga justicia.

6月15日

Sala de urgencias.

Dios, te encomendamos a

nuestros enfermos y a

quienes cuidan de ellos.

Fosa común.

El voceador tiene su puesto de revistas desde hace más de tres décadas. Todos los días, sin faltar uno, se sienta en una silla para tomar el sol.

--Luego de los temblores de 1985 --me relata-- cerraron el hospital, pues se decía que tenía daños estructurales. Sólo permaneció en operación el área de urgencias, y eso porque en toda la ciudad hacían falta camas y médicos, y porque el área está en un edificio de una sola planta. Los heridos llegaban por carretadas y a todas horas. Lo peor fue que mucho del equipo médico y de investigación que aquí había se lo llevaron a otros nosocomios y no se le volvió a ver.

Luego señala siguiendo el sentido de la calle Colector 13, hacia donde se yergue una impresionante plaza comercial de mucho lujo.

--En ese terreno que hoy ocupa la plaza, se vino a desechar mucho del cascajo que se levantó de las ruinas del centro de la ciudad. Y como todo lo levantaban con excavadoras, entre las piedras, polvo y ladrillos sin duda trajeron cadáveres completos o en refacciones (sic). Con el paso del tiempo el olor era nauseabundo y las ratas, hartas de comida, parecían conejos. Y la guardería para los hijos del personal estaba junto al terreno. Sólo les separaba un muro. No entiendo cómo es que ningún niño enfermó jamás. Claro que también se convirtió en tierra de nadie, donde los asaltantes hacían de las suyas. Ni la policía se animaba a entrar por ellos.

El periodiquero vende una revista de caricaturas pornográficas a un joven que se ha aproximado con toda la intención de pasar inadvertido, y por lo tanto llamando la atención de todos.

--La suciedad y el mal olor --prosigue mientras se rasca el ombligo-- se acabaron cuando se levantó la plaza. Y en la contra esquina se está construyendo un Hospital Ángeles. Ninguno de los riquillos que pasan por aquí sabe que se divierte sobre lo que fue una enorme fosa común. Hoy sólo permanecen los rateros, que son más afortunados que los de antes. Ahora por lo menos asaltan a gente que viene en coches del año y se puede dar el lujo de gastarse 100 pesos en un café.

Para agradecer su charla le compro una revista de aviación que no tengo intención de leer, y luego cruzo a donde acaban de abrir un Seven Eleven, para comprar una dona rellena y un café de horchata. Ah, y un refresco Dr. Pepper sabor a jarabe para tos.

El maestro Virolo.

La seguridad interna del hospital está a cargo de una empresa de seguridad privada. La gran mayoría de sus guardias sabe más de revistas de espectáculos que de seguridad. La única ventaja en ello es que son tan cándidos que me puedo pasear por todas las instalaciones armado de mil excusas, una credencial hechiza, dos pases falsificados y una Biblia. Cuando todo lo demás falla recurro a mi investidura apostólica (que es lo único auténtico que llevo encima) e invocar en latín la furia divina sobre el guardia que me impida el paso. Generalmente eso basta para que me dejen pasar. Ahora que si de plano es uno de los guardias veteranos, que sí conoce su trabajo (a fuerza de verlos diario les he ido identificando), siempre está la última opción: Cara de pendejo crónico y la pregunta sobre dónde está la salida.

La jefa de los guardias es una mujer delgada, que si sonriera quizá se vería atractiva, y se sabe todas las excusas inventadas por el hombre. Por lo tanto es imposible pasarse a la torera cuando ella está de guardia. Cuando es así, me cuelo por otro pasillo que va a dar a la morgue y utilizo el ascensor de biocontención, que tiene anuncios de peligro biológico. Después de todo, un chilango sobrevive en cualquier ambiente. Lo único difícil es presionar el botón del ascensor con un bolígrafo y aguantar la respiración cuatro pisos.

En el piso donde está mi enfermo hay un policía obeso, entrecano, y más amable que un vendedor de pompas fúnebres. ¿No trae credencial? No se preocupe, pásele. ¿Que hay dos visitantes con mi enfermo? La señora de la cama de junto no tiene visita. Si hay inspección, sólo agárrele la mano a la vecina. No, no reclama, está en coma.

En la sala de visita general hay uno que es idéntico al profesor Patiño del programa dizque cómico Cero en conducta. Incluso el estrabismo lo tiene en el mismo ojo y apuntado en la misma dirección. Varias veces me he topado con él en los pasillos por los que no debería andar, y al mirarme fijo lo hace ladeando la cabeza para enfocarme bien. Como no lo logra, todo se arregla con un cambio de sombrero (de los que tengo más que el Sombrerero loco). Me he topado tres veces con él en una noche y siempre pensó que yo era personas diferentes. Claro que Tatito no se ha enterado que las noches que mi enfermo recibe quimioterapia yo regreso al hospital para velar el sueño de mi hermano en Cristo. Y que me la paso toreando a los guardias. Luego por eso ella se extraña que algunos días yo esté al borde del agotamiento. Y entonces me reprende cariñosamente: "¿De qué estás cansado si sólo vas al trabajo a jugar computadora?" Bueno, en mi trabajo también barro y sacudo... los lunes, por lo menos... que caen en quincena.

Así, siempre que me cruzo con el policía virolo me sonrío sin poder evitarlo mientras recuerdo el programa de Televisa.

Los mozos.

Entre todos los trabajadores de limpieza que laboran en el hospital, tengo bien presentes a dos. Uno de ellos despierta suspiros de las féminas, porque parece stripper sólo que con mono de trabajo y guantes de faena. Pero el tío es más holgazán que la mandíbula superior. Entra en el turno vespertino. El otro día cronometré su paso por el vestidor. Media hora para ponerse el traje protector encima de su ropa. Luego tarda hasta 15 minutos en elegir una escoba y un recogedor, y de ahí a la sala de visita general. Ya estando en lo suyo, barre un metro cuadrado y descansa. Otro metro cuadrado y otro descansito. Y siempre prefiere barrer afuera que adentro, porque si ve a alguien fumando va y le talonea un cigarro. Cuando se lo dan (quienes ya lo conocen suelen mentir diciendo que sólo compraron uno) le dan también la excusa de reposar 10 minutos, que es lo que dura un pitillo. A ese hombre debería contratarlo Marcelo Ebrard como la mejor solución para eliminar la costumbre de fumar en edificios públicos. Desde que el mozo ha sido asignado a la sala general, nadie fuma ahí. Todos los viciosos se cruzan a la explanada del metro Lindavista, hasta donde no les puede seguir el gorrón. Conmigo se jode, porque yo fumo en pipa.

La contraparte del de la gorra café es un hombre ya entrado en años, medio calvo y orejón. No, éste no levanta suspiros. Más bien sospechas, porque le da un aire a un ex presidente a quien solían llamar la ardilla. Por aquello del animal orejón que vive en los pinos. Bueno, pues este mozo se las ingenia siempre para mantener limpio el piso de la sala que le asignen, porque la cierra, pone sus barreras y se apresura a limpiar, con la misma eficiencia que si le pagaran lo justo. Y siempre tiene una palabra amable para el enfermo que llega aquejado de dolor, o para la madre que llora desconsolada por las malas noticias, o para el analfabeta que no sabe marcar un número en el teléfono móvil. El mozo, pacientemente, toma el papelito en que está anotado el dato, marca y aguarda a que el infortunado pariente se haga entender por su familiar al otro lado de la línea. A veces me da por pensar que si mi Señor quisiera visitar un día un hospital pasando de incógnito, elegiría hacerse pasar por este mozo.

La enfermera.

Mi enfermo cuenta que por las noches a veces se despierta y encuentra a una enfermera revisando que su suero esté fluyendo, le acomoda las almohadas y luego se va. En silencio, sin decir jamás nada ni responder al saludo. Y visita el cuarto de mi enfermo muchas veces por noche, cuando todas las demás enfermeras y doctores lo hacen dos veces durante su turno.

El otro día me lo comentó, y luego de hacer indagaciones me enteré que en el hospital se pasea el fantasma de una enfermera. Tomando en cuenta que mi fuente de información es un médico bien reputado en el ámbito internacional pues es una eminencia en su especialidad, deshecho la posibilidad de que me esté embromando o mintiendo. Además es testigo presencial, pues a él ya le dio un susto en alguna ocasión.

Cuando pregunto a más gente entre el personal del hospital, algunos aceptan que han visto al fantasma o conocen a alguien que ya lo ha visto. Y otros me miran espantados y se apartan de inmediato. Pero no antes de que yo pueda interpretar el significado de sus miradas: "¿Cómo supo del fantasma?"

La abandonada.

Llega en un auto deportivo que conduce su esposo. Se estaciona en la entrada de urgencias y la ayuda a bajar. Las lágrimas de dolor ruedan por las mejillas de la mujer, que además camina doblada en dos, sin poderse enderezar. Su mano oprime el hipocondrio derecho, es decir debajo de las costillas, y gime lastimeramente. También se nota que le cuesta trabajo respirar.

Para un paramédico veterano no hace falta mucho para adivinar con bastante certeza que se trata de piedras en el conducto biliar o en el colédoco. Es muy probable que el médico la ingrese y la programe para una operación de emergencia.

El marido hace cola en la ventanilla de admisión mientras su esposa se derrumba en una silla de la sala de espera siempre abarrotada. Hoy sin embargo, la fila de admisiones no está muy larga pues sólo hay cinco pacientes delante de él. Por fin el esposo entrega sus papeles, le dice a la mujer que va a estacionar el coche... y ya no regresa.

La mujer pasa casi una hora sentada en la sala de espera, la frente tocando las rodillas y tratando de dominar los quejidos de agonía que pugnan por atravesar su garganta tensa. De repente le da un ataque de tos seguido de dos eructos que anuncian vómito. Dos mujeres que se encuentran en la sala, que no la conocen, que están angustiadas en espera de noticias de sus propios enfermos, acuden no obstante en su ayuda. Una le trae una bolsa de plástico para la basca, la otra le toma la mano y le frota la espalda en un gesto de solidaridad y compañía. Sale un policía del área de urgencias en compañía de una enfermera y meten a la paciente, más pálida y encogida si cabe, al interior del nosocomio.

Cinco minutos después sacan a la enferma y la vuelven a sentar en la sala de espera, igual de desmejorada que como entró, aunque mucho más disgustada. Las dos samaritanas se acercan a averiguar qué pasó.

--No hay un pinche médico en toda el área de urgencias --informa--. Como no me pueden valorar, aquí me van a tener hasta que llegue uno. Y no me pueden dar nada para el dolor.

Diez minutos después, harta, recoge su carnet y abandona la sala de urgencias, todavía presionándose el vientre y doblando la cintura en un intento por aliviar el tormento que le ocasionan los cálculos biliares. Se alcanza a escuchar parte de una conversación telefónica con alguien que los chismosos presumen es su marido.

--...Y dicen que no hay médico y tú, pinche pendejo, no te apareces. Me voy con mi madre porque me siento de la chingada y contigo ya vi que no cuento...

Y su voz se pierde entre los demás ruidos de una sala de urgencias, como ella se pierde entre la cortina de lluvia y oscuridad de una triste noche de domingo.

El alta.

Han dado de alta a mi enfermo. Gracias a Dios por Su misericordia. Momentáneamente levanto el campo y vuelvo a mi celda de ermitaño, no sin antes despedirme de algunos familiares de enfermos con los que he charlado durante mis largas noches de insomnio. Intercambiamos datos y nos bendecimos mutuamente. Prometo enviarles un cuento que les puede ayudar a sus enfermos y bajo por la rampa de ambulancias del área de urgencias por última vez. Me vuelvo a mirar la ventana por donde se asomaba mi enfermo para saludar a sus hijos y nietos. Ahora una desconocida me mira desde esa misma ventana. Se le ve muy triste y agobiada. Al no poder hacer más, sólo levanto mi mano y le hago la señal de la cruz. Ella sonríe levemente y agita su mano.

Si tan solo todos los enfermos tuvieran una ventana para mirar y yo pudiera hacerles ese gesto sencillo y sincero que les haga saber que rezo por ellos para que pronto el Señor toque sus cuerpos y les devuelva la salud, estoy seguro que por lo menos su esperanza saldría de la terapia intensiva, donde todavía lucha por seguir viva.

Cuando llego a mi celda me derrumbo en la cama y me quedo profundamente dormido. Apenas logro balbucir antes de sumirme en la inconsciencia: Gracias, Dios, por los pequeños favores.

6月11日

Cambio de curso.

Estaba totalmente dispuesto a dejar de escribir para consumo público. De hecho, fue por eso que el jueves pasado publiqué una carta de despedida para mis lectores, y correteé al cartero para recuperar una novela que acababa de enviar para participar en un concurso literario. Pero antes de que transcurrieran 24 horas mi correo estaba saturado de mensajes que reflejaban diferentes maneras de sentir con respecto a mi decisión. Unos iban en el sentido de "hasta que te decidiste, inútil". Pero le eran los pocos. La mayoría, de manera más o menos amable, me pidieron que siguiera publicando en La casa de la Troya, que ha sido la casa de ustedes. Fue entonces que me enteré que, contra todo pronóstico, mi espacio es visitado continuamente por gente de todo el mundo (hasta eslovacos), dándose el caso incluso de que varios estudiantes leen de la misma pantalla, inclinados sobre los hombros de quien paga la hora en el cibercafé.

Ante esa apabullante muestra de lealtad y las manifestaciones de buenos deseos y de apoyo, no puedo menos que agradecer a mis lectores y hacer firme propósito de enmienda. A partir del viernes próximo encontrarán aquí un nuevo artículo, deseando que esté a la altura de sus expectativas.

Sólo me queda aclarar que hoy volví a corretear de nueva cuenta al cartero, para entregarle mi novela. Apenas llegará a tiempo para participar (y espero que ganar) el concurso.

Los problemas que originaron mi decisión del jueves pasado subsisten, acechan en la oscuridad como un hampón de mala pinta. Sin embargo con el apoyo de Marian Kiru, la mujer que amo y me corresponde, y con la paciencia de todos ustedes, mis lectores, seguiré adelante. Después de todo, morir por nuestras ideas no es lo peor que puede ocurrirle a un hombre; sino pasar por la vida sin dejar algo bueno para recordarle.

Ecce signum,

José Carrillo, E. C.