José 的个人资料La casa de la Troya.照片日志列表更多 ![]() | 帮助 |
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2月3日 Hasta siempre.Fuiste de las muchachas que primero me abrió los brazos, cuando llegué a San Francisco Cuautlalpan. Las demás me miraban con cierta suspicacia, mientras los muchachos me observaban con sorna. Pero tú parecías intuir que nos parecíamos en algo. Con el tiempo comprendí que teníamos varias cosas en común: Eras perfeccionista, tu pasión era la música, y guardabas muchos secretos. Yo llegué con los Kanons cuando estaban preparando el festival de su primer aniversario, e hice una promesa que tú me ayudaste a cumplir cuando, en una ceremonia muy íntima y conmovedora, le impuse la capa de Tuno a un amigo entrañable: Al Doctor Simi. Pasado ese compromiso comenzamos a preparar la participación del grupo en un concurso en la Basílica de los Remedios. Y de esas semanas es de donde me vienen los recuerdos más gratos contigo, esos que atesoro para mi vejez. Recuerdo cómo El doctor Simi y yo discutimos menos de tres minutos, antes de decidir que Aldonza, la tabernera de la inmortal obra El hombre de la Mancha, tenías que ser tú. Con sinceridad reconozco que entonces asumí el papel de Don Quijote, no sólo por la inexperiencia de los muchachos, que nunca habían cantado de solistas. Especialmente lo hice porque no quería privarme del honor y el placer de compartir el escenario con alguien que prometía mucho, alguien a quien yo veía futuro no sólo en el cerrado ambiente de las estudiantinas, sino más allá. Con una sonrisa nostálgica recuerdo que en ese certamen arrasamos. Hablando objetivamente, ese día demostramos que el esfuerzo, el tesón y una educación musical adecuadas, pueden hacer de un grupo novato un rival imbatible. Aunque nos robaron el premio, los abucheos del público hacia el primer lugar nos demostraron quién había sido el campeón del Respetable. Yo te miré entre tus amigos, todos alegres, todos abrazándose, y vi el orgullo en tus bellos ojos almendrados. Tiempo después ocurrió lo que tarde o temprano tenía que pasar. Reconozco que de manera egoísta, albergaba yo la esperanza de que no llegara ese día, por lo menos mientras yo estuviera con los Kanons. Y es que te diste cuenta que tu espíritu aventurero, tu tesón por destacar, tu hambre de éxito ya no se colmaban con el grupo que te vio nacer artísticamente. Así que buscaste acomodo en otro lado, pero cometiste un error. Hablaste mal del grupo en el que hasta hacía poco tiempo, se te estimaba y protegía. Nuestro adiós fue tirante, amargo. En una última entrevista yo te reiteré mi amistad, pero no me hablaste más cuando tomé partido por mi hermano de capa. Nunca comprendiste que la amistad trasciende a los hombres, y no conoce de enemigos comunes. Hoy que he conocido la noticia, eso fue lo que más me entristeció. Que no me hubieras enviado siquiera una pista para hallarte a tiempo, para acompañarte en tus últimos momentos, para enjugar tus lágrimas derramadas. Habiéndote conocido rozagante, llena de vida, alegre y entusiasta, vuelve a mi memoria nuestra última charla, al cobijo de una sacristía. Conocí de tu enfermedad, me cercioré que tus padres estuvieran al tanto, y no pude hacer más que ponerte en las manos de Dios, que sin duda podría cuidarte mejor que yo, que ya alistaba mis maletas para seguir mi peregrinar por esta tierra de misión. Ahora que te ha acogido en Sus brazos el Padre de los Vivos, me pregunto si pude haber hecho más por ti, sin traicionar aquel voto de silencio que cubrió tu última confidencia. Aunque me tranquiliza saber que nada más podía hacer, eso no ayuda a aliviar la tristeza de no haber podido acompañarte en tus últimas horas. Pero así lo decidiste cuando optaste por guardar silencio. Y ahora, en silencio, inclino mi cabeza y junto las manos, para implorar la misericordia de Dios. Que a ti te acoja pronto en el banquete celestial, y a quienes te conocimos, nos conceda el consuelo de haber perdido a una amiga tan querida, tan talentosa y tan… inolvidable. Hasta siempre, Miriam. Que Dios te otorgue el descanso eterno, y brille para ti la Luz perpetua. Y que algún día podamos volver a cantar juntos con una orquesta de ángeles, la canción de Dulcinea. Amén. 12月22日 Tarjeta navideña.En las próximas horas se publicará un cuento de Navidad. Si lo deseas, sólo solicítalo a la dirección que aparece al calce y te lo enviaremos por correo. Aunque tiene Derechos Reservados, se distribuirá sin ningún costo. Los Escuderos de Cristo sólo pedimos a cambio, una oración por los huérfanos, por los enfermos y por los ancianos, para que esta Navidad no la pasen solos. Si conoces a alguien que necesite un abrazo o un poco de tu pan, no dudes en dárselos. No te prives del placer de dar. Dios te bendiga. Frey José Carrillo, E. C. Superior General de los Escuderos de Cristo. 12月3日 Asís no morirá jamás.Dos Tunos, dos cartas, una estudiantina… un corazón.Hola a toda mi familia De Asís:
Ing. Fernando Elizalde, Tuno Skippy. 1º de diciembre de 2008. 12:12 hrs.
http://www.youtube.com/watch?v=bOM68kN422M Tuno Skippy: Sobre el vídeo homenaje que has hecho de la Original Estudiantina de Asís, creo que expreso lo mismo que sienten todos cuando digo que no hay palabras para agradecer tan grande honor y dedicación que has hecho a nuestro grupo, a nuestra familia en Cristo. Como bien dices en tu correo, ahora cada vez que alguien quiera ver a la Estudiantina de Asís pirata, también sabrá que hubo una antes, que fue más grande en virtud, arte, alegría y caridad. Y que mientras quede uno solo de sus integrantes, seguirá viva. En el recuerdo y en el corazón. Debo aceptar que mientras miraba el vídeo, su excelente edición, postproducción y elección de temas e imágenes, no pude evitar que se me empañaran los ojos. Lloré no sólo por los amigos que se nos han adelantado, ni por la añoranza de los que viven lejos. Lloré también por esos años estudiantiles que tuve la dicha de vivir, pero que ya no volverán. Y que fueron inolvidables y mágicos no tanto por lo que en ellos hice, sino especialmente por los amigos que ahí conocí, y a quienes entregué un pedazo de corazón. Por eso cuando les miro en el vídeo, o luego en mi álbum de fotos, me siento feliz y al mismo tiempo triste; satisfecho y al mismo tiempo vacío. Sin embargo, sé que llegará el día en que pueda reunirme con todos ustedes, hermanos de Asís, en torno a la mesa de nuestro Padre, teniendo como invitado especial al santo varón que inspiró nuestra juventud, Francisco El pobrecito de Asís. Mientras, trato de vivir con los valores y enseñanzas que se grabaron a fuego en mi corazón en cada día y hora que porté mi jubón y pulsé una guitarra o toqué un acordeón, o simplemente reí como loco ante nuestras ocurrencias. Ya lo escribiste tú, Skippy, en un libro de Tuna que me regalaste hace tantísimos años: Asís nec tamen abolesco. Asís no morirá nunca. Y esa, hermanos míos, es la pura verdad. Llorando como un chiquillo, a todos les envío un abrazo y mi humilde bendición. Frey José Carrillo E. C., Tuno Hiena. 2 de diciembre de 2008. 12:42 hrs. 11月22日 Tunantadas 2ª parte.Es triste cuando uno ha preparado un artículo para contar al mundo lo mucho que se divierte el que abraza la causa de la Tuna, y de repente se encuentra con que aquel a quien lo dedicaba, ese que parecía un compañero leal y divertido, resulta rana. Y que no sólo se ha tomado a mofa lo que significa la camaradería, sino que además ataca e insulta a otros becados, cuando el Cancelario no está y el Jefe ha sido desbordado. Así que en protesta, esta segunda parte se quedará en el tintero. La hiena. 11月10日 Homenaje a un Tuno.Rafael Serrato fue un amigo leal, alegre camarada y divertido compañero de rondas y borracheras. El pasado 24 de octubre el Señor decidió llamarle a trovar con la Tuna Celestial. Por su carácter y manera de ser de Rafa, lo más seguro es que Dios necesitara de alguien que le hiciera reír con ganas. La única pega en esto es que, naturalmente, sus compañeros de ronda le extrañaremos una barbaridad. Con infinito cariño a su mamá, sus hermanos y demás seres queridos, me permito transcribir algunos fragmentos del libro ¡Ahí viene la Tuna!, en los que él es, no sólo el protagonista, sino la parte divertida de la anécdota. Donde quiera que estés, Rafa, no te olvides de tus capasnegras. Y que Dios te permita correr la Tuna en Su Presencia por toda la eternidad. * * * A las nueve de la noche se reunieron todos en el atrio de la iglesia para planear la ruta. Por decisión unánime acordaron visitar primero a las madres que vivieran más lejos, para terminar cerca de la iglesia y así no tener que soportar un largo regreso a casa. Claro que había otro motivo en el que todos pensaban pero nadie deseaba reconocer. Muchos habían planeado rondar a su madre, y ya de paso quedarse en casa. Por tal razón todos querían que su madre fuera de las primeras, para que le tocara la Tuna sin merma. Dicho sea de paso, con el frío y la falta de sueño la voz empieza a cansarse y es común que las últimas mamás escuchen más gallos que falsetes, y más ronquidos que poemas. Víctor, el dueño del auto (mejor dicho el hijo del dueño), tenía voto de calidad para decidir el orden de las rondas. Después de todo, no había hablado acerca de cooperar para la gasolina y los demás se guardaron mucho de mencionarlo. No fuera a ser que pidiera el costo del pasaje, cuando los estudiantes se habían gastado hasta el último duro en el regalo de sus respectivas progenitoras. Ahora, aprovechando esa ventaja, Víctor decidió poner orden. —Miguel —se dirigió a Valencia, el futuro Perro—, ¿dónde vive tu madre? —Conmigo, en mi casa. —Vale, tío, ¿dónde está tu casa? —En el Ajusco. —¿En la calle de Ajusco, aquí en la colonia Portales quieres decir? —No, en el cerro del Ajusco. En las afueras de la ciudad. —Bien. Comenzaremos por ahí, y luego con tu mamá, Manuel. Son las más lejanas. Fernando comenzó a ejercer su autoridad organizando el abordaje. —Primero los altos y los gordos. A los chaparros los llevaremos sentados en las piernas. El auto tenía capacidad para cinco personas, seis viajando apretados. En su interior buscaron acomodarse los 12 muchachos de la ronda. Había altos, bajos, fornidos, delgados, pero ninguno desnutrido. Luego hubo que acomodar un acordeón, dos panderetas, una cavaza, seis guitarras y dos bandurrias. Los rondadores acababan de echar por tierra la teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Con pujidos y contorsiones seguía el flujo continuo al interior del vehículo. —Siéntate en mis piernas, nena —invitó Abraham con gesto libidinoso. —Calmados, puñales, nada de sentirse garañones. Todos rieron con discreción. —Déjame —se escuchó un gemido sensual—, déjame respirar, digo. En el atestado vehículo, las risotadas que siguieron después de ese comentario sonaron estruendosas. —¿Cómo me subo? —preguntó Freddy, que en vano buscaba algún resquicio dónde colarse. —Tú te irás corriendo detrás del auto para quemar esa grasa, Gordo. Mira, si parece que te has olvidado de dejar el salvavidas en casa. —Es el callo del pupitre. Porque yo sí estudio, caballeros. —No fastidies, ya te pareces a La hiena. —Bueno, ¿te vas a subir o no? —¿Cómo? —De pescadito. —Pescadito es a lo que huele aquí adentro. —Es que me vine antes de irme. Más carcajadas. —Pepillo, un favor. Cuando te rías no brinques, que haces que me atice en la cabeza contra el techo. Por fin Alfredo se decidió a viajar “de pescadito”. Esta posición consiste en recostarse sobre las piernas de los que van en el asiento. La única diferencia es que aquí iban dos capas de pasajeros. —Ahí voy —amenazó Freddy antes de lanzarse de cabeza al interior del vehículo. El auto se balanceó visiblemente, y los amortiguadores y muelles rechinaron. —¡Ay! —Estás hecho un cerdo. —Éste no es un pescadito, es la orca asesina. —Llamen a “Green Peace” —solicitó angustiado Víctor—, una ballena se ha varado en mi auto. —Ríanse, quien va más cómodo soy yo —opinó Alfredo, recostado como una maja. Y tenía razón. Circularon por calles y avenidas en dirección al cerro del Ajusco. Al pie de este volcán extinguido se levanta un parque de diversiones llamado Reino Aventura, cuya mascota es Cornelio, un dragón gordo y rosado. Lindando con el parque se han edificado recientes desarrollos urbanos. —Mira, Freddy —señaló Abraham un póster gigante del dragón Cornelio— qué bien saliste en la foto. —¿Doy vuelta en los edificios? —preguntó Víctor. —No —respondió Miguel—, yo no vivo ahí. Un poco más arriba. —No me digas que en la cima. —No, qué va. Unos cuatrocientos metros abajo. —Vaya, menos mal. ¿Y cómo vamos a hacer subir el auto hasta allá, tan cargado como va? Cuando estaban por llegar a la cima, Víctor volvió a preguntar. —¿No dijiste que vivías medio kilómetro antes de la cima? —Sí, pero del otro lado del cerro. Hay que llegar a la cima primero. —No fastidies. —Si hacemos un concurso de a ver quién vive más lejos… —sugirió Rafael. —Gana Miguel, definitivamente. —No —atajó Rafa—, él pierde por exagerado. * * * Era la octava ronda de la noche, y para entonces ya algunos cabeceaban descaradamente. Otros se dolían de sus dedos, ya despellejados de tanto pulsar las cuerdas. Las voces comenzaban a cascarse por la fatiga, por lo que comenzaron a dar cuenta del elíxir de José, desde luego con la discreción que la ocasión ameritaba. —¡¡¿QUIÉN TRAE EL CHUPIRUL?!! Iniciaron la ronda desde la calle, haciendo que en muchas ventanas se encendieran las luces y se asomaran muchas madres con ilusión. Acabada la primera canción salió el padre de Beatriz, un oficial retirado de la marina de guerra. Cubría su calva con un gorro de estambre tejido de muchos colores, a cuál más llamativo. Apenas verlo, los muchachos tuvieron que contener la risa. —Viene disfrazado de pirulí —murmuró La hiena, lo que acarreó la risotada general. —Mi esposa está enferma y no puede salir —se disculpó el oficial—, les ofrece una disculpa y les agradece tan fino detalle. —Entonces le cantaremos otras canciones para animarla y que se sienta más aliviada —ofreció servilmente El negro. —A ver si no empeora con nuestros aullidos —comentó en voz baja Rafael, no obstante lo cual atrajo la atención del marino. —Su rostro me es familiar, jovencito. ¿No nos conocemos? —No, almirante, no lo creo. Yo serví a mi patria en la infantería. —A ver, a ver —insistió el hombre acercándose más a Rafa y despojándose del gorro—, ¿seguro que no? —No, estoy seguro que no. De cualquier modo, encantado de conocerle, almirante. Rafael Serrato para servir a Dios y a usted. Rato después abandonaron el lugar y se encaminaron al auto. Rafa comentaba sus opiniones. —Cuando se me acercó, se quitó el gorro y vi su pelona, yo pensé que me iba a agredir a topetazos. Los que aún tenían ánimos de reírse, lo hicieron de buena gana. Los otros ya venían trastabillando entre la troula. En completo silencio abordaron el auto y a los pocos minutos algunos dormían a pierna suelta. Fernando roncaba que daba gusto oírle. —Ya me tiene harto con sus mugidos —opinó Rafael—, ¿no hay modo de callarlo? —Dicen los que saben que si silbas ligeramente, callan de inmediato —propuso Abraham, y silbó suavemente. Un ronquido más fuerte que los demás fue la consecuencia. —Estoy asombrado —se burló Héctor. —Tal vez no silbaste lo suficientemente fuerte —apuntó Rafael, y acto seguido se llevó los dedos a la boca y lanzó un penetrante silbido de arriero. Los durmientes despertaron sobresaltados, excepto Fernando. Éste seguía durmiendo como un bendito y roncando como un león. —Yo conozco otro método —dijo de pronto José, chasqueando los dedos—. Pásame una bota. Cuando tuvo el recipiente de vino en la mano, vertió un pequeño chorro en la boca entreabierta de su amigo, quien empezó a hacer gárgaras involuntariamente, pero sin despertar. El sonido resultó más desagradable que los mismos ronquidos. —Voltéale todo el contenido para que se calle. —Espera, porque va a… La advertencia llegó demasiado tarde. Atragantándose, Skippy tosió y bañó en saliva y licor a todos los ocupantes del auto. —Iba a salpicar. —¿Qué intentan hacer, rillotes? ¿Matarme? —Te dije que era muy listo y terminaría por darse cuenta. —Ríanse, pero yo quiero saber quién va a lavar mi camisa. Es nueva. —Te presto a mi mucama —ofreció generoso Freddy, mientras señalaba a Abraham. —Vete a tomar por el fondillo —le respondió el aludido, con toda cordialidad. * * * Se dirigieron luego a una casa en la que tenían contratada una serenata. Era uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, en el fraccionamiento de La Herradura. Había casas de todo tipo, desde coloniales a neoclásicas, pasando por el estilo rococó. El común denominador era su descomunal tamaño y sus guardias armados a la puerta. Como en esas zonas residenciales es relativamente común que se reúnan los hijos de las familias ricas a bordo de autos último modelo, las autoridades de gobierno se han preocupado por reducir al mínimo la posibilidad de accidentes por imprudencia. Para tal efecto, han colocado topes en las calles. Pero los han hecho tan elevados, que parecen monumentos al Muro de Berlín. Cuando el auto de Víctor, sobrecargado, pasó por el primero, todos se estremecieron al escuchar primero un largo deslizar de metal contra concreto y luego un golpe seco. —El siguiente pásalo en diagonal —recomendó Abraham. —Mejor bájalos a cagar a todos —sugirió entonces Rafael, que ya estaba muy ebrio con el vino de José. Su comentario ocasionó una risotada general. * * * Poco antes del amanecer llegaron a la casa de la abuela de José. Con el consuelo de que se trataba de la última parada, cantaron con entusiasmo y alegría, dejando sus últimas fuerzas en cada nota. Diez minutos después se asomó un vecino. —La señora no está. Anoche vino su yerno por ella, para que pasara el día de hoy con la familia en Acapulco. —Genial —masculló La hiena. Los demás Tunos se miraron con inteligencia un momento y comenzaron a alborotar pidiendo venganza. José comprendió que su integridad física corría verdadero peligro, así que de inmediato desvió la ira en dirección de la única persona que no estaba en condición de defenderse. —Alguien tiene que pagar por esta afrenta. Que sea Rafael —propuso entonces. —¿Por qué él? —Porque someterlo no nos tomará mucho trabajo. En cambio yo sí defenderé la piel. Considerando su cansancio, todos estuvieron de acuerdo y fueron a buscar al infortunado durmiente a donde habían estacionado el auto. Luego de una labor rápida y sutil sobre su inconsciente persona, lo despertaron. Cuando Rafa se sintió aferrado por los hombros y sacudido, se sobresaltó. La tranquilidad que lo invadió al ver que eran sus amigos se desvaneció cuando vio sus simpáticas y maternales sonrisas. —¿Qué me van a hacer? —preguntó asustado. —Nada malo —aseguró Freddy. Esa respuesta tan sincera movió a Rafael a escapar a toda prisa, pero mientras dormía sus compañeros lo habían cubierto con una capa y luego habían amarrado las cintas, dejándolo atado como un chorizo. —¿Oigan, de qué va esto? ¿Qué hice? —Que nos han dejado en la calle y decidimos descargar nuestra furia en ti. —Esperen —se debatió Rafael tratando de romper las cintas y de ganar tiempo—, eso no es justo ni cristiano. Por lo menos denme una oportunidad de salvarme de este castigo injusto e inhumano —clamó, cansado de intentar soltarse. —De acuerdo —accedió Skippy—. Cuéntanos un chiste. Si uno se ríe, ese será castigado en tu lugar. Pero si ninguno lo hace… Rafael puso a trabajar su embotada mente en busca del mejor chiste que se supiera. —Me sé uno muy bueno, pero ¿hablan bien el inglés? —Seguro, Rafa —se burló José—, si estos borricos apenas rebuznan el español. Los demás protestaron indignados. El Jefe puso orden. —Bueno, tío, ¿qué hay con el chiste? —Vale, vale. Pues ahí tienen que… En otras circunstancias el chiste hubiera ocasionado que los Tunos se desternillaran de risa y pasearan al bufón en hombros. Incluso que se pidiera el indulto agitando pañuelos. Pero como nadie quería atraer sobre sí el castigo reservado para Rafael, todos conservaron sus caras largas. Aquí y allá alguien tosió brevemente. —Cajum… —carraspeó Skippy conteniendo la risa—. Pues te dimos la oportunidad, Rafa, pero nadie se ha reído. Viendo todo perdido y sabiendo que la mejor defensa es el ataque, Rafael trató de embestir a Alfredo para escurrirse entre los demás, pero fue rápidamente dominado y levantado en brazos. Sólo podía mover las piernas, y en ellas desquitaba toda su energía. Y gritaba como poseso. —Bueno —jadeó Manuel—, ya lo tenemos, y chillando como puerco atorado. ¿Qué hacemos con él ahora? Fernando miró en derredor. Estaban frente a un negocio de autoservicio y, debido a lo temprano de la hora los mozos de limpieza habían sacado los barriles de basura de 200 litros de capacidad, todos llenos a rebozar. Aunque no, uno de ellos estaba lleno sólo hasta la mitad. —Deprisa —señaló—, de cabeza en el bote de basura. —¡Cabroneeeees! —gritó Rafael mientras sus compañeros corrían hacia el recipiente con él en brazos. Luego, sin miramientos, lo metieron de cabeza a la basura. Tales fueron las risas, que el gerente salió de la tienda para ver el motivo de tanto alboroto. —Muy bien, muchachos, ¿qué ocurre aquí? Los Tunos se dieron la vuelta y lo miraron fijamente. Eran la viva imagen de la inocencia. —¿Aquí? —se extrañó Skippy—. Pero si aquí no pasa nada. Tras él, Rafael pataleaba y maldecía tratando en vano de salir del tambo de basura. —Si no ocurre nada —preguntó el gerente conteniendo la risa ante caras tan duras—, ¿qué hace el compañero metido entre la basura? —¿Cómo dice? —preguntó Abraham evidentemente extrañado. —¡Santo Dios! —clamó Freddy luego de mirar en la dirección que señalaba el gerente—. Rafa, ¿cómo has podido caerte ahí? Déjame ayudarte. ¡Venga, amigos, todos a dar una mano! Entre pullas y risas sacaron al desventurado estudiante de los desperdicios. Su aspecto era todo un poema. En la cabeza llevaba una peluca de repollo, en una oreja a modo de arracada un jitomate echado a perder, y sobre los hombros a modo de lentejuelas una miríada de semillas de melón. Además olía bastante mal. Fernando puso gesto severo y le llamó la atención. —¡Qué vergüenza, Rafael! Te he dicho que cuando tengas hambre, pidas de comer. Nosotros jamás te hemos negado nada. El gerente no pudo más. A pesar de un esfuerzo heroico ya no pudo contener la risa y se unió a las risotadas de los demás Tunos. Rafael, que no encontraba el asunto divertido en lo absoluto, permanecía atado en estoico silencio. Cuando se cansaron de reír, el gerente volvió a sus obligaciones y los Tunos abordaron el auto. Rafael tuvo que jurar y amenazar para que le dejaran subir. Con tal de estar lejos del tufo que despedía, le cedieron el asiento delantero del pasajero y se apelotonaron todos atrás, menos el infortunado chofer. * * * El auto llegó a una calle tranquilla, flanqueada de árboles, con casas que tenían flores en sus balcones y buganvillas en cada reja. José señaló una verja blanca que permitía mirar un bello jardín con andadores de lajas de piedra y un añoso árbol al fondo. Los Tunos descendieron del auto en total silencio, pues ya no les quedaban energías para armar alboroto. Algunos habían dormitado por ratos y las lagañas eran testimonio innegable. A uno de ellos además, se le veía claramente el camino de la saliva de la comisura de la boca hasta el mentón. Rafael había optado por buscar consuelo en una anforita que le quitó a la fuerza a La hiena, y de nuevo estaba como una cuba y apestando a basura. Todo un teporocho. Parpadeando continuamente por el sueño y la luz del sol que ya tenía más de media hora de haber salido, los muchachos templaron sus instrumentos y tras cruzar el jardín se formaron en semicírculo frente a la puerta de la casa, omitiendo los tradicionales caracoleos de la Tuna. Para giros estaban. Rafael ya se encontraba al borde de la inconsciencia, pero no había querido quedarse de nuevo en el auto. Por ello, dos de sus compañeros lo acomodaron contra el vano de la puerta, para que no fuera a caer y hacerse daño. Cuando estaban a punto de iniciar la ronda, se abrió la puerta y Rafa cayó como tabla sin poder detenerse. Con el golpe perdió la poca conciencia que le quedaba. La preocupación de sus compañeros fue fácilmente medida por el volumen de sus risotadas. El tío de José, que había abierto la puerta sin suponer que del otro lado estaba su sobrino con la Tuna, fue el que más se apresuró a auxiliar al caído. Tras enjugarse las lágrimas por la risa, La hiena recibió a Rafael en calidad de bulto y optó por recostarlo contra el árbol. Con trabajos, los demás habían logrado contener la risa y colocaron sus instrumentos en ristre, listos para comenzar. —Venga Despierta —ordenó el Chantre y comenzaron la ronda. Contra toda esperanza y probabilidad, la ronda salió muy bien. Tal vez era el consuelo de haber terminado, o la promesa de un sustancioso desayuno, el caso es que los capas negras sonaron como al principio de la noche. Cuando terminaron de cantar, todos volvieron a meterse al coche mientras José se despedía de su abuela. Era tal el agotamiento que ya a nadie le importó el penetrante olor que emanaba de Rafael, que seguía felizmente dormido. —Oye —preguntó Abraham al amodorrado Alfredo—, ¿y si Rafa queda imbécil por el golpe que se dio? Freddy entreabrió un ojo para mirar brevemente al Negro y luego se arrebujó en su capa. —Hay asilos de la asistencia social en los que reciben a los locos. Pero no te preocupes por eso. Imbécil ya estaba. —Con una… gada, she pue… callar, …bosos —murmuró el aludido entre sueños. —¿Ves lo que te digo? —concluyó El gordo. José regresó con una caja de galletas que había requisado de la cocina de su abuela, dejando a cambio una bella flor… robada del jardín del vecino. Los Tunos se abalanzaron sobre las golosinas y pronto dieron cuenta de la caja completa. Las migajas y papeles adornaron bellamente el piso del coche, para desesperación de su dueño. —Vais a limpiarlo todo —advirtió. —Sí, coño, sí. Sólo date prisa y vamos al mercado a desayunar. Cuando llegaron al restaurante, todos corrieron para encontrar el lugar más cómodo. En la estampida estuvieron a punto de llevarse a una camarera y a dos comensales, que apenas pudieron salvar la vida. Luego comenzó la batalla por las sillas. Unos se sentaron y fueron derribados sin misericordia. Otro jaló la silla que iba a ocupar un camarada, por lo que éste se fue de nalgas al suelo. Uno más fue pateado en la espinilla y cuando se dobló para frotarse el dolorido hueso, fue bruscamente arrojado al suelo para privarle de la silla tan duramente ganada. La mayoría de los comensales reían a mandíbula batiente de las tolerías de los rapaces, y sin embargo optaron por alejarse de la mesa de los estudiantes… por si acaso. Pronto el desayuno terminó, afortunadamente sin más incidentes. Los sopistas, satisfechos y amodorrados, tomaban su café con churros mientras yacían despatarrados en sus sillas. Rafael, ya reanimado por el abundante desayuno, eructó sin recato. Skippy abrió un ojo y le preguntó: —¿Y el otro qué te dijo? Por toda respuesta recibió otro eructo, más fuerte si cabe. —¿Qué comí? —Qué falta de educación —se escandalizó La hiena. Entonces fue cuando vio que El botes se estaba meciendo en la silla y le llamó la atención. —No te columpies en la silla, Botes. —Pero mamá… —se mofó aquel, y todos rieron por la broma. —Conque mucha risa… —advirtió Pepillo. Sin mediar más palabras, trabó con su pie una de las patas traseras de la silla del Botes y jaló de ella con fuerza. Su amigo rodó por tierra mientras los demás volvían a carcajearse y a aplaudir. Fragmento del capítulo “Por mi madre, bohemios”, del libro ¡Ahí viene la Tuna!, de próxima aparición. 10月18日 Tunantadas (Parte 1 de 2).La boda.La troula fue invitada a la boda de un Tuno, cuya fiesta iba a ser más allá del poblado de Teoloyucan. La hiena llegó desde muy temprano para ayudar en el montaje de adornos y colocación de mesas, sillas, adornos y cubiertos. Sus compañeros llegarían después en un minibús al servicio de un jardín de niños, al que habían recurrido en otras ocasiones para los traslados largos. Con el hábito de hacer todo al paso veloz, el veterano sopista entraba y salía de la casa en dirección a la galería, llevando sillas y mesas. En una de sus carreras, mientras salía por la amplia puerta doble, su zapato diestro se atoró debajo del tapete de hule puesto en la entrada. Su zapato izquierdo trató de compensar la inercia girando a la derecha y el cuerpo instintivamente giró a la izquierda, mientras los brazos aleteaban inútil y cómicamente. El resultado final fue un clavado perfecto en movimiento inverso con grado de dificultad 7.3. El impacto fue de costado, brazos bien pegados al cuerpo, cabeza rígida y dientes apretados. El aire se le escapó en una boqueada mientras un dolor entumecedor le inundaba el pecho y le nublaba la cabeza. Avergonzado intentó levantarse de inmediato, antes que alguien lo viera, pero le fue imposible. Tuvo que recuperar el aliento, tratando de meter aire en su pecho, que parecía abrasado por una tormenta de fuego. Se puso de espaldas unos segundos mientras intentaba maldecir entre dientes. No lo logró. Tuvo que violentarse y golpear el suelo con un puño, para sacar fuerzas del flaqueza e incorporarse tambaleante. La cuñada de la novia, que estaba a unos cinco pasos del accidente, subida en una escalera mientras colocaba las cadenas de papel de china, sólo vio el final de la caída y no su elegante ejecución. De inmediato trató de llamar la atención de alguien para que acudiera en ayuda del gorrón. --Princesa Marian --llamó--, me parece que a La hiena le está dando un ataque. --¿De verdad? Qué interesante. ¿Dónde dejaste los servilleteros? Todo maltrecho y adolorido, el veterano siguió acarreando muebles y moviendo mesas. Pero ya no al paso veloz. --¿Estás bien? --preguntó El Capitán Mitchell cuando se topó con el Tuno. --¿Yo? Sí, ¿por qué preguntas? --respondió mientras se alejaba renqueando como el Jorobado de París. A las dos de la tarde ya había desesperado de ver llegar a la Tuna. Entonces sonó su móvil. --Habla El doctor Simi. Nos hemos perdido. La hiena suspiró. Ninguna Tuna llega al primer intento a las fiestas importantes. Es el sino. --¿Dónde estás, merluzo? --Pues… Sobre una carretera. --Joder, ¿puedes ser más claro? El país está cruzado de carreteras. ¿Algún punto de referencia más exacto? --Pues aquí junto está un perro echado. La hiena maldijo en silencio. --Estamos aparcados afuera de un motel llamado La luna, a unos pasos de un depósito de chatarra --se escuchó el alarido del Aminobwana. --Ya sé dónde están. Voy por ustedes. Pidió ayuda a la Princesa Marian y al Capitán Mitchell, y salieron en el todoterreno de éste. En el camino iban comentando la fortuna de que los Tunos se hubieran detenido en un punto de referencia tan sencillo de localizar, y tan conocido. --Lo único que podría salir mal sería que existiera otro motel La luna junto a otro depósito de chatarra. Todos rieron con la idea. ¡Vaya ocurrencia! Y olvidaron la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá”. Llegaron al motel La luna que está a unos metros de la desviación al poblado de San Juan, donde era la fiesta. No vieron rastro del minibús. A la postre resultó que sí existía otro motel La luna ubicado sobre otra carretera, a unos metros de otro depósito de chatarra. En el lejano pueblo de Coyotepec. Para cuando la Tuna arribó al banquete, los convidados ya casi habían terminado de comer. No obstante, la inesperada aparición de los estudiantes fue recibida con muchos aplausos y risas. Y su último número hizo a la gente desternillarse de risa. Satisfechos de la labor realizada, y luego de vestirse de civiles, el resto de la tarde los estudiantes se dedicaron a trasegar tequila y cerveza, haciendo ellos más escándalo que el resto de los invitados. En algún momento, con el valor que dan las copas, decidieron que podrían novatear al más veterano de los Tunos presentes. Antes de que La hiena supiera qué estaba ocurriendo, ya lo habían sujetado entre todos, y trataban de izarlo. Pero a pesar de los hercúleos esfuerzos de 10 Tunos y pardillos bien alimentados, les costó Dios y ayuda lograr asirlo y sacarlo al jardín, donde decidieron desnudarlo. Los zapatos salieron en un tris, y luego los Tunos, prudentes y sabios, ordenaron a los pardillos: --¡Venga, fuera calcetines! Y es que las piernas son la parte del cuerpo más peligrosa de atacar, pues son las más fuertes. Por eso los Tunos decidieron irse a lo fácil y comenzaron a desabotonarle la camisa. Mientras, los pardillos tiraban de los “calcetines” con todas sus fuerzas sin lograr ningún avance. Y es que La hiena, previendo la posibilidad del ataque desde hacía más de un año, le había dado por cambiar las medias tradicionales por unas tejidas de lana que subían hasta la cintura, y ese día no se las había quitado con el resto del traje de grillo. Por ello, por más que jalaban los novatos, no le veían el fin a las prendas. --¡Tienen tres segundos para soltarme! --vociferó el veterano. Como lo ignoraron, el rapaz comenzó a girar sobre sí mismo en el mejor estilo de un cocodrilo con hambre, lo que ocasionó que los Tunos le soltaran desde cierta altura. Otro batacazo en el día, que agravó su lesión de la mañana. Los pardillos también se tuvieron que apartar cuando se les escapó una pierna de La hiena y éste comenzó a amenazar sus partes nobles. Sin embargo Alí, un recién llegado, pensó que podría ganarse el respeto y la admiración de los sopistas con un acto heroico, y se lanzó sobre el veterano sujetándole por la espalda y atenazándole el cuello con una llave china. --¡Ya le pueden quitar los pantalones! --advirtió. Nadie cometió el error de intentarlo. En una juerga anterior, los demás ya habían comprobado que la veteranía en la Tuna enseña muchas cosas, una de ellas escapar de las novatadas. Antes de un segundo, el valiente Alí ya estaba a medio metro del suelo, en triple giro mortal. Terminó estrellándose de espaldas contra el piso y a punto estuvo de ser víctima de un aplastamiento entusiasta y general. Si los compañeros se contuvieron, fue porque luego del esfuerzo La hiena permaneció tirado en el suelo, luchando por meter aire a sus adoloridos pulmones. El diagnóstico fue de fisura en una costilla. --¿Acaso decidió retar al campeón de lucha libre? --le interrogó el galeno mientras revisaba la extensión del daño. --No, sólo acudí una boda --contestó adolorido el Tuno. --Si usted lo dice --suspiró el médico preparando una inyección de morfina. Continuará… 9月13日 El anciano.En la vía rápida, la camioneta repartidora venía persiguiéndose con una furgoneta de pasajeros. En un funesto instante, el chofer del servicio público invadió el carril del vendedor, éste intentó esquivarlo y al hacerlo golpeó de costado un camión de volteo de 4 toneladas. Su conductor perdió totalmente el control del vehículo, rebotó contra el camellón y terminó su camino a 10 metros del impacto. Pero antes de detenerse saltó como si su llanta delantera izquierda hubiera pasado sobre un obstáculo. Pero no era un obstáculo. Se trataba de un anciano macilento, vestido miserablemente. El samaritano descendió de otra unidad de transporte público y cruzó la avenida esquivando autos y escuchando insultos y bocinazos. Se trataba de un misionero católico, y había sido rescatista en su juventud, así que pensó que quizá podría hacer algo por el infortunado anciano, que visiblemente pasaba de los 80 años. Al llegar vio cómo el accidentado trataba de erguir la cabeza para ver el resto de su cuerpo, que se encontraba bajo el camión materialista, a unos centímetros de las ruedas traseras dobles. Algunos testigos bien intencionados trataron de quitarlo de ahí, pero el veterano les gritó que no lo movieran, mientras saltaba para evitar un último coche que se alejó sonando furibundo su bocina. Lo que vio le cortó el aliento. A la altura del abdomen se veía perfectamente dónde había pasado la rueda delantera del transporte. El hombre se había orinado encima, sólo que la mancha que lo rodeaba estaba tinta en sangre. Hematuria. Lesión renal severa. El misionero evitó que el anciano intentara ver la ruina que era su cuerpo, tranquilizándolo con palabras suaves y manteniendo su cabeza pegada al suelo, aunque el hombre estaba ya tan débil que no le costó ningún trabajo. El antiguo rescatista sacó unas tijeras del bolsillo de su chaleco sistémico, y cortó una cuerda de algodón que usaba el viejo a guisa de cinturón. Le abrió los pantalones y levantó la raída camisa. Palideció sin poder evitarlo. Los hematomas bajo la piel de todo el abdomen dictaban la sentencia de muerte: Hemorragia masiva por estallamiento de vísceras. El hombre no llegaría vivo a ningún hospital. Durante su entrenamiento como paramédico le habían enseñado que no siempre sería posible salvar una vida. Y durante su preparación como Escudero de Cristo le habían enseñado que siempre podría salvarse un alma. Dejó caer suavemente el faldón de la camisa que aún sostenía con las manos, se aproximó a la cabeza del anciano y la tomó con la misma ternura con que una madre tomaría la de un hijo en apuros. --¿Te arrepientes de todos tus pecados por amor a Dios, hermano? --le preguntó. Aunque la mirada se tornaba vidriosa por momentos, el hombre todavía pudo asentir vigorosamente, y una lágrima de arrepentimiento (o quizá de gratitud) rodó por su mejilla, humedeció sus ralos cabellos y se mezcló con el charco de sangre que se ensanchaba por momentos. El misionero recitó el Acto de contrición, invocó la misericordia de Dios, y tras mirar en derredor con la esperanza de encontrar a algún familiar, comprendió que nadie acudiría a reconfortar al anciano en sus últimos momentos. Así que acunó la nívea cabeza en sus brazos, y con mucho cuidado la llevó a su seno. Peinó sus cabellos, enjugó el rastro de aquella solitaria lágrima, y le habló con tranquilidad mientras las pupilas del hombre comenzaban a dilatarse hasta su diámetro máximo. --Dios tenga misericordia de tu alma --pronunció con fe y esperanza, mientras le cerraba los ojos. Algunas señoras que miraban desde lejos lloraron en silencio. Los niños trataban de mirar, mientras los adultos intentaban impedírselos. Una anónima y piadosa mujer aprovechó que el tránsito ya se había detenido, y caminó hasta donde yacía el cadáver todavía cálido, y encendió una veladora. --Que la luz de Dios sea tu guía --pronunció con un nudo en la garganta, y luego con actitud avergonzada, como si hubiera hecho un ridículo, se mezcló con la multitud. Contra la arraigada costumbre, el conductor del camión no había tratado de huir. Ahora algunos testigos comenzaron a empujarlo amenazadoramente, anunciando un linchamiento. El misionero se puso delante de él y alzó los brazos con autoridad. --El culpable huyó. Este hombre es inocente. Y nadie lo toque, que ya es de la justicia. Igual de rápido como habían querido golpearlo, la mayoría se manifestó de acuerdo. Es de humanos. El misionero miró de nuevo el cadáver. En el anular de la mano izquierda se veía una alianza de matrimonio de muy pobre calidad, abollada y deslucida. Los bordes ennegrecidos y desgastados hacían evidente que no se la había quitado en muchos años. El Escudero también notó que la camisa era muy vieja. El cuello estaba percudido, raído en algunos lugares. Había remiendos en varias partes, algunos hechos con la puntada exacta de una mano femenina que ama y procura al dueño de la prenda; otros toscos y desaliñados, los de un hombre que no sabe hacerlo pero que no le queda más remedio, pues su esposa se le ha adelantado en el postrer adiós. Y porque no tiene a nadie que mire por él. A unos metros se veía una destrozada caja de pequeñas golosinas, que se había vaciado con el impacto. También había una sucia franela de algodón con la que el viejo limpiaba los parabrisas de los conductores en algún crucero cercano, a cambio de una caridad. Y sí, ahí estaban unas pocas monedas desperdigadas. El veterano calculó que apenas alcanzarían para una pieza de pan y, si tenía algo más de calderilla en casa, quizá un litro de leche. No habiendo más que hacer, el religioso volvió a cruzar la calle y abordó otro transporte para llegar a su destino. Durante el viaje de una hora estuvo meditando en lo que acababa de ver. Trató de encontrarle una explicación, buscó desesperadamente algo que le diera sentido a lo que había vivido. Era evidente que el viejo era viudo. Y también que vivía solo. Y vivía en tal necesidad que tenía que salir con sus ocho décadas de vida a cuestas, a vender caramelos y limpiar parabrisas para subsistir. Luego entonces, sus hijos no lo frecuentaban ni le ayudaban con sus gastos. Porque el difunto tenía descendencia. El socorrista había visto en la parte baja del pantalón la impresión de una mano pequeña cubierta de dulce. El niño que está aprendiendo a caminar a la sombra del abuelo. Sin duda no sólo tenía hijos el anciano, sino también nietos. Lo más triste de la situación no estibaba en que su descendencia no hubiera estado en sus últimos suspiros; lo peor es que no habían estado realmente en los últimos años de su existencia. El misionero llegó a la iglesia de San Martín de Porres, en San Francisco Cuautlalpan, donde se había citado con unos jóvenes para compartir con ellos un rato de sana alegría en la presencia de Dios. La conciencia le remordía. Se preguntaba si no habría podido hacer más por el anciano. Sin embargo su entrenamiento le ayudó a entrar al recinto parroquial con aire despreocupado y apariencia de "no pasa nada". Pero cuando una de las muchachas corrió hacia él y lo abrazó dándole la bienvenida, con la misma caridad con que él acababa de despedir de este mundo a un desconocido, la magnitud de la tragedia por fin lo alcanzó con la fuerza de una locomotora. Todavía pudo contenerse un momento. Pero cuando le abrazó su entrañable amigo Cristóbal, no pudo más y soltó a llorar amargamente. Con el entrañable afecto de sus amigos y el trabajo que más disfrutaba haciendo, se fue recuperando hasta poder contarles con un nudo en la garganta lo que había vivido de camino a San Francisco. Al concluir su relato, les suplicó: --Cuiden de sus ancianos con el mismo amor que ellos cuidaron de ustedes. Rodeado de jóvenes alegres, de cantos y risas, logró serenarse poco a poco. Incluso pensó que todo había pasado. Pero al llegar la noche, en la soledad de su celda, mientras contemplaba a la oscuridad que lo oprimía sin piedad, volvió a ver al anciano postrado en el suelo, mientras la vida se le iba por momentos. Con trabajos se levantó de su catre sin colchón, encendió su cirio y poniéndose de rodillas buscó consuelo donde sólo podía hallarlo para la pena que lo ahogaba. --Ten piedad de él --rogó con los ojos apretados para contener las lágrimas, y concluyó: --Y también ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador. Y empezó a rezar en voz baja, mientras buscaba a tientas su camándula. La madrugada lo sorprendió dormido de hinojos, las manos aún entrelazadas en una muda plegaria. 7月26日 La consulta ciudadana.El principio de la historia.El oro negro siempre ha sido motivo de orgullo para los mexicanos, especialmente desde la nacionalización de la industria petrolera acaecida el 18 de marzo de 1938. Los ancianos en nuestro país aún recuerdan cómo el Poder Ejecutivo en los tres niveles de gobierno se dio a la tarea de recaudar fondos en metálico y especie para poder pagar el monto de la expropiación. En un reciente viaje que realicé a Oaxaca tuve la oportunidad de charlar con originarios de San Felipe Ixtapa, que todavía recordaban cómo en aquel mes de marzo se hicieron largas filas frente a la oficina del agente municipal. --Todos llevaban algo de valor --me relataba la señora Carlota Reyes, y precisaba--. De valor personal, se entiende. Éste siempre ha sido un pueblo humilde. Recuerdo que mi mamá refunfuñaba por tener que darle a un gobierno y a un señor que nunca había visto (el general Lázaro Cárdenas), algunas de sus gallinas. Y así --concluye--, San Felipe compró su parte de petróleo con gallinas, huevos, cabras y leche bronca. Escenas como ésta se repitieron a lo largo y ancho del territorio nacional en aquel entonces. Por eso es que desde entonces el mexicano sabe que el petróleo es suyo, aunque desde hace años esté enriqueciendo a los altos jerarcas del poder en México, y a los miembros del sindicato petrolero, mientras que el hombre de a pie, el hijo del pueblo, no ve ni un céntimo. Alerta de tormenta.Desde su campaña presidencial, el candidato del Partido Acción Nacional (PAN), Felipe Calderón, prometía reformas estructurales para poder sacar al país del marasmo en que le habían dejado siete décadas de mal gobierno priísta y un sexenio de gobierno foxista (llamado así por el presidente del periodo 2000-2006, Vicente Fox). Aunque mencionó mucho la Reforma del Estado, se guardó muy bien de mencionar que la otra reforma importante sería la energética, en la que se afectaba directamente al patrimonio y orgullo del mexicano: El petróleo. Sin embargo, a cada puerco le llega su san martín, y a la Reforma Energética le llegó el día de ver la luz. El suyo fue un nacimiento traumático, pues apenas se presentó ante la opinión pública, los legisladores del FAP (Frente Amplio Progresista, conglomerado de algunos partidos de izquierda), tomaron las tribunas del Poder Legislativo, azuzados por el derrotado candidato presidencial del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés Manuel López Obrador, El peje. Luego de acciones de resistencia "pacífica" (las batallas campales que provocaron y luego silenciaron las huestes perredistas fueron pacíficas), se consiguió que se llevara a consulta la aprobación o rechazo de la Reforma Energética. Punto de quiebra.La cuestión de fondo respecto a la reforma de marras radica en el hecho de que el presidente Felipe Calderón insiste en abrir algunas áreas de la paraestatal Petróleos Mexicanos (Pemex) a la iniciativa privada extranjera, lo cual está prohibido por el artículo 27 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. A lo largo de varios meses se han reunido científicos, abogados, políticos, similares y conexos para externar su opinión sobre si es indispensable o no ceder en materia de soberanía nacional permitiendo la injerencia de empresas extranjeras, para revitalizar Pemex. Dejando de lado el hecho de que la paraestatal hace mucho que dejó de ser de los mexicanos, para convertirse en caja chica del Gobierno y mina de oro del sindicato petrolero, lo cierto es que los expertos opinan que podría correrse el riesgo de no modificar el artículo 27 constitucional, siempre que se hicieran modificaciones profundas a la Ley Orgánica. Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Una de las principales sugerencias, que no necesitaba de un panel de expertos sino sólo de sentido común, es que el Gobierno saque las manos de la bolsa de dinero de Petróleos Mexicanos, y que busque otros medios de allegarse fondos. Pero como eso implica trabajar más y exprimir el cerebro en busca de una idea, no le ha hecho mucha gracia al Ejecutivo, y por eso insiste en salirse con la suya respecto a la Reforma, sin tomar en cuenta el riesgo latente de un levantamiento popular promovido por el PRD, siempre bajo la batuta de López Obrador. La consulta "ciudadana".Sobre la consulta ciudadana se pueden escribir planas y planas sobre si es legal o no, o sencillamente ética o no ética. Pero es suficiente con rescatar algunos puntos importantes. Primero, la tan llevada y traída Ley de Participación Ciudadana establece el derecho a la Consulta Ciudadana. Hago énfasis en la palabra "ciudadana", es decir que atañe a la ciudad. Como lo recuerda la delegada panista en Miguel Hidalgo, Gabriela Cuevas, cuando Marcelo Ebrard quiso construir la Torre del Bicentenario en las inmediaciones del Bosque de Chapultepec, se realizó una consulta ciudadana entre los habitantes de la delegación Miguel Hidalgo, quienes manifestaron que no querían la torre. En ese entonces, el Jefe de Gobierno dijo que era una "mezquindad política" que se utilizara la ley para fundamentar el rechazo ciudadano de una obra. ¿Y ahora con la consulta energética? En este caso es más delicado desde el punto de vista jurídico, ya que no se trata de un asunto ciudadano, o sea que ataña a la Ciudad de México; se está hablando de algo del ámbito federal. Así que no sólo se trata de una consulta fuera del marco legal, sino que también es inmoral desde el momento en que Marcelo Ebrard, como pelele de López Obrador, pretende "saltarse a la torera" una ley para realizar la consulta. Otro detalle importante. Se van a gastar millones de pesos innecesariamente, sólo para que el PRD tenga una plataforma desde la cual atacar a la Reforma Petrolera y de paso a la Presidencia de la República. Y digo que es un gasto innecesario y por lo tanto irresponsable, porque desde hace días el prestigiado periodista Francisco Zea anunció en su noticiario matutino en Cadena Tres que el 70% de los votos sería en contra de la reforma. Es decir, ya se sabe que la mayoría de los mexicanos no quieren la multicitada reforma. Pero además el comentarista hizo el comentario de que mucha gente ignoraba el contenido de la Reforma Energética, y no estaba al tanto de los foros de consulta que se han estado llevando a cabo. "Ni siquiera los perredistas" conocen bien el contenido de la reforma, y ya no digamos lo tratado en los foros. Y eso que la consulta se llevó a cabo a petición del FAP. Entonces, ¿para qué hacer una consulta? ¿Y para qué una votación en la que se pregunta si se está de acuerdo o no se está de acuerdo en unas reformas que se desconocen? ¿Que las desconocen los mismos perredistas? Una última cuestión, y ésta es por sentido común. ¿Quién va a contar los votos? ¿Los del PRD? ¿Los que se tardaron cuatro meses en aceptar que no sabían de escrutinio y que no conocen la democracia? Porque esto es un hecho innegable, que se hizo patente con la elección para la presidencia nacional del PRD, "ejercicio democrático y popular" del que todavía se están lamiendo las heridas. A cada puerco...En resumen, la mentada consulta ciudadana no va a arrojar ninguna sorpresa. Y a pesar de que los foros de consulta se hicieron para darle gusto a López Obrador y evitar que promoviera la ingobernabilidad, si la reforma se aprueba el PRD ya amenazó con causar un incendio social. ¿Entonces para qué los foros de consulta? El presidente piñatón sólo quiere tomar por la fuerza lo que por la ley no pudo conseguir. Ya ha hecho intentos otras veces y está convencido que en una de esas da la sorpresa. Y así y todo, se atreve a llamar a Felipe Calderón "el presidente ilegítimo", cuando el primero que está contra la ley es él, y en seguida su Sancho Panza, Marcelo Ebrard, cuyo gobierno capitalino está plagado de ilegalidades y abusos. A esa inconsistencia entre lo que se pregona y lo que se hace, se le llama hipocresía. Y tratar de arrastrar a un pueblo hambriento a una lucha en la que sólo unos pocos sacarán provecho (pues esa es la verdad), eso es traición a ese pueblo que confía ciegamente en su caudillo. Un caudillo de pies de barro, al que sólo lo mantiene un descontento general que cualquier día se volteará contra él. Sólo es de desearse que la Patria no tenga que pagar el precio de esa desmedida ambición. Pero el futuro lo dirá. Una última observación a Andrés Manuel López Obrador. Si va a publicar un pasquín, y en él va a poner un mensaje a la ciudadanía, le recomiendo que consulte su diccionario con más asiduidad para evitar absurdos errores de ortografía. De lo contrario, cuando lo lean no podrán evitar una carcajada y la consiguiente falta de respeto. Si es que todavía inspira alguno. 7月16日 El gran pescador.Feliz cumpleaños, papá. Feliz cumpleaños, Tuno Acocil. "En una montaña perdida en el cielo se encuentra una laguna azul, que sólo conocen aquellos que tienen la dicha de estar en mi clan". Entre cientos de melodías que he aprendido a lo largo de mi vida, la mayoría hoy ya olvidadas, hay una que permanece en mi conciencia hasta hoy, y que se grabó a fuego en mi corazón junto a una imagen entrañable de mi padre. El hombre solía tararearla, a veces en voz baja mientras miraba reflexivamente al horizonte, y a veces en voz alta invitándome con la mirada a que yo le acompañara en los coros. Esto ocurría los sábados por la tarde, cuando me llevaba de pesca al Parque Nacional de las Lagunas de Zempoala, unos kilómetros adelante del poblado de Tres Marías. Permanecíamos en la orilla de alguna laguna hasta bien entrada la noche, arrebujados en nuestras zamarras y cobijados por la quietud del bosque. Solíamos elegir al azar alguna orilla que pareciera prometedora, colocábamos nuestras cajas con avíos de pesca, colocábamos sendos líderes de dos libras en un destorcedor de una línea de seis, cebábamos los anzuelos con hueva de salmón y lanzábamos tan lejos como fuera posible. A veces yo tenía que repetir un mal lanzamiento, bajo la mirada divertida y medio burlona de mi padre. De vez en cuando enganchaba mi anzuelo en una rama baja, y hubo un día en que ensarté mi propio banco. El caso es que una vez colocadas las cañas en sus soportes, debidamente tensada la línea y luego de presentar nuestros respetos con una breve oración a San Pedro, patrono de los pescadores, nos sentábamos en nuestros bancos de lona a ver pasar la vida frente a nuestros ojos. A veces llegaban otros grupos de visitantes, que echaban sus líneas y no se volvían a acordar de ellas, pues se ponían a jugar baraja o fútbol, corrían, vociferaban y reían a mandíbula batiente, con su radio puesto a todo volumen. Mi padre solía evitarlos, y escogía un lugar alejado de ellos para vivaquear. Nosotros permanecíamos en silencio casi total, cada quien sumido en sus pensamientos, salvo cuando el viejo tarareaba alguna vieja canción scout. A mi madre le resultaba muy extraño que al día siguiente, al preguntarme qué había hecho la tarde anterior con mi padre, yo le respondiera: --Pues pescar. --Vale, ¿pero qué más hicieron o de qué hablaron? Yo la miraba con extrañeza. --¿Hablar? Pues ahora que lo mencionas, no cambiamos más de diez palabras, en dos frases a saber: "¿Me haces el favor de pasarme otro emparedado?" --Sí, claro. Sin embargo, no recuerdo otras ocasiones en que me sintiera más cerca de él, más en comunicación, más como miembro de su clan. Hoy daría un riñón por volver a estar con mi padre a la orilla de otra laguna azul y solitaria, las cañas inmóviles frente a nosotros, mirando ambos en la misma dirección, sumidos en el placer de la mutua y silenciosa compañía. La única diferencia que habría de ahora a hace unos 25 años, sería que también yo sostendría una pipa entre los dientes. "La sed de aventuras que nunca se apaga, la roca que hay que escalar. El río cristalino que canta y que llora yo nunca lo podré olvidar". En compañía de mi padre conocí cientos de lugares diferentes, algunos de los cuales sólo habían sido vistos por sus descubridores. Así conocí lo que entonces eran dos bellas lagunas ubicadas en las profundidades de territorio mazahua. O un ojo de agua que existía adelante del poblado de Villa del Carbón, al que solíamos ir a veces en familia, y donde no se pescaba ni un resfriado. ¡Pero cómo nos divertíamos! O aquellos gigantescos vasos reguladores de una de las presas más grandes de México, la Vicente Guerrero en el estado de Tamaulipas. Recuerdo que nosotros pisamos selva todavía virgen, y armamos nuestro campamento sobre tierra que no había sido hollada por la planta del hombre. A veces para llegar a una laguna teníamos que subir y bajar incontables montes bajos, o deslizarnos sobre el trasero por un talud de 60 grados de inclinación, sin detenernos a pensar cómo subiríamos luego. En otras ocasiones teníamos que vadear los ríos a pie, para sentir la corriente y calcular si pasarían las camionetas. En una expedición de pesca por el rumbo de Michoacán hallamos una laguna rodeada de árboles resinosos, de cuya madera muerta hicimos una hoguera inolvidable, alrededor de la cual vivaqueamos largas y somnolientas noches, pues en el día nos marchábamos en la lancha a pescar, mi padre en la popa llevando el timón, y yo en la proa viendo pasar el agua en torno al bote, tal como hoy veo mi vida pasar en torno a mí. Y extraño la presencia tranquilizadora, cálida y silenciosa de mi padre detrás, llevando el rumbo. Pero era lógico que algún día yo tendría que abordar mi propia embarcación, tomar la caña del timón y decidir en qué dirección navegar. ¡Pero qué añoranzas! "La vida es muy breve y pronto se acaba, hagamos recuerdos de ayer. Oremos, hermanos, juntando las manos. Y en Dios nos volvamos a ver". El pasado Día del Padre me reuní con mi progenitor para una comida familiar y harto informal. Como deberían ser todas las comidas familiares. Como es común en estas tertulias, el tema de conversación fue variando hasta que terminé escuchando un pase de lista de todos sus amigos con los que incontables veces salió de pesca, a veces llevándonos a mi mellizo y a mí, otras veces nomás a mí, o bien yendo él solo. Recuerdo que a ellos, mi hermano y yo siempre les llamamos "tíos", pero pasaron muchos años antes de que yo entendiera porqué les dábamos ese título. Porque eran los hermanos que Dios había permitido escoger a mi padre. Todos esos entrañables camaradas suyos lo son también para mí, pues la mayoría me conocieron recién nacido, se emocionaron con mi padre al dar yo mis primeros pasos, sonrieron indulgentes cuando trastabillé por primera vez hacia una caña cebada para tocar el carrete, y aplaudieron mis primeros lanzamientos. No faltó quien se acomediera a enseñarme "trucos del oficio", como el queridísimo Federico Romero El cuatachín (cuando bebés mi hermano y yo pronunciábamos Tatachín), que un día decidió que debíamos aprender a montar una tienda de campaña.Cuando terminó de colocar todos los tubos, alcayatas y tensores, dejando la carpa como para fotografía de revista de campismo, yo me acomedí a tensar una cuerda que veía menos tirante y, sin saber cómo lo hice, eché por tierra toda la tienda. Y el primero que se rió de mi estupidez, restándole importancia, fue El cuatachín. En la reunión, al calor de unas cervezas y entre el aromático humo de las pipas, empezamos a hablar de uno de los amigos más queridos de mi padre (si acaso quiso a alguno más que a otro). Andrés Fernández, Andresito, a quien mi viejo siempre llamó Papá. Un hombre honorable, generoso, comprensivo, leal... Cuando pienso en él y le recuerdo (pues ya se nos adelantó en el largo viaje) me vienen a la memoria las palabras atribuidas a un santo: "Fue como si Cristo hubiera bajado de nuevo a la Tierra para hacer el bien". Cuando mi mellizo y yo acompañábamos a mi padre de pesca e iba Andresito, el hombre siempre mostraba la paciencia de Job para escuchar nuestras historias, o para ver cómo hacíamos gala de destreza al anudar un anzuelo. Siempre se preocupaba de darnos un buen consejo y hablarnos de la misericordia de Dios. Bastaba con comentar que algo suyo era bonito, para que ya lo estuviera regalando a quien había manifestado su admiración. Recuerdo también que en una ocasión, invocando a Dios, intercedió por un niño pequeño para salvarlo de una buena y merecida azotaína. Ese niño era mi hermano menor, Juan. Yo lo vi y doy testimonio. Siempre que terminaba una jornada de pesca, una vez levantado el campamento y cargados todos los pertrechos, acostumbrábamos hacer una rueda en torno al hogar de la fogata que había alentado nuestro campamento. Nos tomábamos las manos para entonar la canción Adiós scout y luego invocábamos a Dios (sin importar nuestro credo) y le encomendábamos a los hermanos de los que íbamos a separarnos quizá unas semanas, quizá unos años, o quizá hasta siempre. Nadie lo sabía, pero siempre nos despedíamos como si fuera la última vez que nos veríamos, aunque siempre deseando que hubiera otra ocasión de verse. Durante la reunión del Día del Padre, mientras recordábamos a Andresito y a los demás "tíos", la mayoría ya muy ancianos, a mi padre se le hizo un nudo en la garganta y dijo con voz ahogada: "Sé que algún día volveremos a encontrarnos todos, a la orilla de una laguna. Ahí volveremos a echar nuestros anzuelos, en compañía del Gran Pescador". Y esa fue la gran lección que me dio mi padre en aquellas memorables tardes y campamentos de pesca. Aunque de niño yo creía que él era un dios, porque me alimentaba, me protegía, me enseñaba y sobre todo me amaba; mi progenitor me enseñó que tanto él como todos los demás somos sólo sencillos pescadores. El Gran Pescador es quien algún día nos acogerá a la orilla de esa laguna, nos invitará a subir a su bote y nos sentará a Su mesa, para compartir con nosotros cinco panes y dos pescados, que no se agotarán jamás. Hoy todavía gozo de la bendición y la alegría de tener a mi padre vivo. Pero no me angustia pensar que algún día tengamos que decirnos adiós, porque confío en la promesa del Padre Celestial. Y sé que siendo un hombre justo, en la eternidad volveré a encontrar a todos los hermanos pescadores de mi padre y míos, en una montaña perdida en el cielo, donde se encuentra una laguna azul... en la amada presencia del Gran Pescador. Amén. 7月11日 Novatadas y meriendas.A la basura.Hay plaga de ratones en la parroquia de San Martín de Porres, en Cuautlalpan. A veces en medio de un ensayo, se escucha un grito y las mujeres se ponen histéricas, no faltando quien se suba a una mesa a bailar flamenco. Al parecer, los primeros roedores que arribaron al templo lo encontraron tan de su gusto que se han traído a familiares, amigos y compadres, pues cada vez es más común toparse con un orejón cuando se va al baño o se mueve una silla. --Si la sanjuanera no pone remedio --advierte La hiena--, el día menos pensado estos animalitos les van a sacar cargando. Unos días antes se tomó juramento a los nuevos aspirantes a ingresar en la Estudiantina Kanons y, en el caso de los varones universitarios, a la Tuna de la ECSS (Escuela Superior de los Escuderos de Cristo). En esa ocasión alguien recordó que a Don Cangrejo (apodado así por su avaricia y amor al dinero) no se le había molestado en los últimos tiempos, así que todos se acercaron a él con beatíficas miradas. El pardillo, más listo que el hambre, de inmediato comprendió sus intenciones y levantó las manos. --Son tan obvios que dan lástima --les dijo a sus compañeros mientras se dejaba sujetar--, hagan lo que tengan que hacer. Al no ofrecer resistencia hizo que la novatada perdiera algo de su emoción. Y cuando ya le llevaban afuera del templo para aplicarle el "bromazo del tubo" (consistente en colocar sus extremidades en cruz, luego suspendiéndolo en vilo estrellar sus partes nobles contra un poste), Felpudo vio un enorme contenedor de basura en el aparcamiento del templo. Haciéndoles cambiar de dirección y parecer, guió a los demás Tunos hacia el depósito en cuestión y abrió la tapa. Al ver su destino, ahora sí Don Cangrejo empezó a debatirse como si en ello se le fuera la vida. --Esperen, no sean mandados, ahí no --clamó misericordia. Pero sus amigos lograron sujetarle con más fuerza antes de que se escapara, lo colocaron en la orilla del contenedor y un empellón del Aminobwana le envió al fondo del recipiente vacío. Antes de que lograra salirse, Felpudo se colocó sobre la tapa de un salto y los demás desplazaron el contenedor (que tiene ruedas) a todo correr por el patio de la iglesia, hasta que lo estrellaron con gran estrépito en un portón. Como el suelo está empedrado, cuando dejaron salir a Don Cangrejo éste se encontraba más que mareado y apestando a basura. --Me vengaré --advirtió--, recuerden que a todo puerco le llega su San Martín. Los Tunos siguieron riendo y escandalizando hasta que La hiena les aguó la fiesta y los puso a acarrear sillas y limpiar el salón parroquial. Ocho días después fue Don Cangrejo quien guió a los demás para echar al interior del basurero al pardillo Chicken Little. Y se sintió satisfecho. Muy satisfecho. La mona.Aunque a la hermana del Doctor Simi le apodaron Cabbage Patch desde la primera vez que la conocieron, debido a su gran parecido con esas simpáticas muñecas, en las últimas semanas de junio pareció que se le iba a cambiar el sobrenombre. De cabello crespo y negro, a la muchacha le dio por peinarse de chongo cuando iba a los ensayos. El primer comentario de La hiena al verle llegar, fue que para estar a tono con ella El aminobwana debería estirarse los cabellos en la punta del craneo y atarlos con un nudo, al mejor estilo de la edad de las cavernas. El pardillo Chicken Little no pudo evitar una carcajada, que llamó la atención de los demás compañeros. Se reunieron en torno a la pareja de novios y comenzaron a alborotar. Fue cuando a Don Cangrejo se le ocurrió que el chongo parecía un puñado de estopa impregnado en aguarrás, como los que usan los drogadictos y al que llaman "mona". Así, el pardillo se acercó por atrás a la cabeza de Cabbage Patch y acercándole la nariz, aspiró fuertemente y dijo: --Ah, la mona. Desde ese momento y hasta la fecha, cuando la muchacha está distraída los compañeros se acercan, la sujetan del chongo y aspiran, para luego pronunciar poniendo los ojos en blanco. --Ah, la mona. Al final de cuentas se impuso la antigüedad y se le siguió llamando con el nombre de las famosas muñecas de trapo, pero la costumbre de hacer burla de su chongo se ha ido arraigando y dando pie a nuevas bromas. De fiado.Aprovechando que su casa se encuentra sobre la calle que conduce a la escuela primaria del barrio, la tía de Fachi vende dulces en el portal. Por las tardes, cuando ya no hay clientes potenciales caminando sobre la acera, acomoda sus exhibidores, refrescos y demás mercancía a un lado de la entrada, pegados a la pared. En razón de que en su casa sólo viven familiares, no echa candado pues considera que no hace falta. Pero entonces llegaron los Tunos. Como la casa de Fachi amenaza en convertirse en una nueva Casa de la Troya, pues es donde ahora se guardan todos los instrumentos, se toma por asalto la cocina y se realizan competencias en las disciplinas olímpicas de "levantamiento de tarro" y "cien litros libres", es común que al concluir el ensayo todos los sopistas y aprendices del negro mester se encaminen al hogar en cuestión, escandalizando, fastidiando a los perros del vecindario y dando grandes voces y risotadas. Para los estudiantes, acompañar a su amiga a casa y descubrir la tiendita de su tía fue todo uno. Y desde el primer momento los Tunos comenzaron a tomar una bolsita de chocolatinas, o un empaque de papas fritas, o una botella de refresco, repitiendo la trillada frase tan antigua como el comercio: --Al fin de semana te pago --y alguno abunda en su explicación--, es que el viejo no me ha dado la mesada. El sistema funcionó el primer día, pues Fachi tiene excelente memoria para una transacción y además confía en sus amigos. Pero en la segunda ocasión quien estuvo en la puerta fue Bratz, que a veces parece tener un procesador matemático en lugar de corazón, igual que el entrañable gordito de la película israelí de los 60, Barquillo de limón. Armada con libreta y bolígrafo, fue anotando cumplidamente todo lo que los gorrones tomaron, colocando a la derecha una pulcra columna de números y sumas. Cuando por fin se marcharon los sopistas, sacó el total, suspiró y pegó a la pared la lista en cuestión, para que la viera la dueña de los dulces. A la siguiente vez que los Tunos llegaron a dejar los instrumentos, encontraron la lista pasada en limpio y a la vista de todo mundo. Las quejas y lamentos no se hicieron esperar. --La vergüenza ha caído sobre mi buen nombre --clamaba La hiena--, yo en una lista de deudores. --¡Toma! ¿Pero es que me han fiado 20 pelas? --se escandalizó Don Cangrejo (claro). Luego hizo cuentas mentalmente y asintió. Sí, sí había consumido esa cantidad. --Oye, Fachi --El felpudo, siempre buscando a quien dar el sablazo--, ¿puedo tomar algo y me lo apuntas igual? --¿Y yo también, Fachi? --El doctor Simi que, como todo estudiante, siempre anda con menos duros que el cepillo de un franciscano de provincias. La muchacha, que es todo corazón, accede y extiende la hoja para que cada quien anote el monto de lo que va a consumir "a crédito". De inmediato se nota que Bratz no está a la vista, que si no ya estuviera ella anotando cada partida sin perder una, y "pasando báscula" a cada quien para evitar que se escondieran golosinas debajo del jubón. Al concluir la transacción y el tumulto, los Tunos se despiden calurosamente de su tendera honoraria y se marchan con el escándalo de siempre, pegando en su lugar al salir la lista de deudas. A los tres días Bratz regaña al Aminobwana: --Hombre, que ha sido un abuso hacia mi parienta. Mira que llevarte 50 pelas en golosinas y refrescos. ¡Y en una sola sentada! --Pero, ¿qué dices mujer? Si casi no he tomado nada cuando voy. --Qué cara más dura, hijo. Mira bien, aquí está la cuenta. El aminobwana revisa la lista. Pues sí, no parece que haya error. Una letra muy parecida a la de Fachi relaciona todo lo consumido el martes anterior por cuenta de él. Entonces advierte que las cuentas de los demás compañeros no tienen anotado nada en ese día, a pesar que el los vio masticando a dos carrillos largo rato. Y recuerda que ese día no fue Fátima quien anotó, sino los estudiantes. Y rememora también el día en que La hiena hizo gala de su arte en falsificar firmas para "otorgarle" un permiso especial a Don Cangrejo, a nombre del párroco, para asistir a un festival nocturno. --¡Ah, tunantes! El taquero.Ya es costumbre el llevar a su casa a La hiena al terminar los ensayos, a escondidas de los padres de Rubén. Como también es costumbre que le escolten todos los hombres, que generalmente suman siete. Y además va Cabbage Patch. En esas ocasiones El doctor Simi ni sufre ni se acongoja por la distancia ni el tráfico, pues pone a conducir a su fiel Aminobwana. Tratar de introducir a ocho muchachos altos y bien nutridos en un auto compacto diseñado para cuatro personas, es en sí una obra de romanos, y además echa por tierra la Teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Si a eso se añade que cuando están en el interior los estudiantes son de la costumbre de darse de cachetes, aferrarse los brazos, jalarse las patillas y taparle los ojos al conductor, fácil es suponer el escándalo, risas y bamboleos que esos viajes conllevan. En una ocasión Fachi les acompañó. En presencia de la dama que viajaba con ellos en el asiento de atrás, los compañeros decidieron refrenarse un poco y dar mayores muestras de educación y buenas costumbres. Aun así, la experiencia fue tan estruendosa y arrebatada que la muchacha no ha vuelto a pedir acompañarlos. Una noche alguien llevó pequeñas y redondas confituras de menta, y durante el trayecto todos se entretuvieron colocándolas en el chongo de Cabbage Patch sin que ella lo advirtiera. Cuando fueron demasiadas, una se deslizó por su cuello y cayó en su regazo. --Oigan --regañó--, ¿quién puso una chocoreta en mi cabello? --¿Una? --rectificó Don Cangrejo--, pero si ya pareces árbol de Navidad. Largo tiempo después, mientras se cepillaba el cabello antes de dormir, Liliana siguió encontrando confituras entre sus rizos. --Rillotes --maldijo--, ¡cómo averigüe quién fue! Frente a la casa de huéspedes donde habita La hiena, un señor ha armado un puesto para vender tacos de suadero (o suaperro, como suelen decir los estudiantes alegando que es carne de cannis familliaris). Cada vez que llegan los Tunos y pardillos, con el alboroto que es de suponer, el taquero y demás comensales miran con incredulidad cuántos muchachos descienden del maltrecho sedán, y cómo éste va recuperando su altura original. Ya todos en la calle, y sin variar, los rapaces se lanzan sobre el merendero como una horda de apaches vociferante y feroz. Piden sus tacos, se disputan las cucharas de la verdura y la salsa, y mandan a algún pardillo a que traiga refrescos. Si hay suerte, alguien se apiada del aprendiz y le da algunas monedas. Pero no es siempre. --¿Con qué voy a pagar las bebidas? --pregunta el despistado bulto. --Hombre, pues con lo que puedas --responde un veterano--, y pronto, que si no me lo tendré que pasar a brincos --y advierte innecesariamente-- y pagarás las consecuencias. Al sentirse saciados, largo tiempo después, los muchachos hacen rueda en torno al puesto, y muestran sus sonrisas más simpáticas y sus miradas más suplicantes. --¿Cuánto le vamos a deber... para el aguinaldo? --pregunta El doctor Simi. --No fastidie, joven, si son más de 200 pesos --se escandaliza el taquero (unos 20 dólares). --¡Toma ya! ¿Pues qué se ha roto? Su mesa ya estaba coja cuando llegamos. Tras hacer la pantomima de contar cuántos tacos se ha comido cada quien (pues bien que saben el monto de su cuenta), los rapaces comienzan a vaciar sus bolsillos para juntar el dinero. Con trabajos reúnen lo que se necesita y luego se marchan. --Qué susto me dieron esos estudiantes --comenta más tarde el taquero a su esposa--, pensé que se iban a dar al agua (escapar). Pero con vender lo mismo cada noche... ¡estará resultón! --Pero habrá que medirles la verdura y la salsa, que siempre te dejan los recipientes vacíos. Hasta pensaría que los lamen. Y así durante varias semanas. Pero un día el taquero hace el balance y toma en consideración el costo de la verdura y la salsa picante cuando los estudiantes van a merendar. No le salen las cuentas. Al martes siguiente los Tunos encuentran cerrado el merendero. Lo que no saben es que el hombre les ha oído llegar (su escándalo se escucha lo menos a dos calles de distancia) y ha metido el puesto y cerrado la puerta precipitadamente, con todo y comensales. Luego de alborotar lo suyo, los jóvenes deciden seguir las indicaciones de La hiena, que con anterioridad ha batido las cercanías en busca de víveres, y encuentran otro puesto de tacos. Aparcan y descienden del coche, causando la misma extrañeza por su número. La taquera se frota las manos. ¡Cuántos clientes! Pobrecita. 7月2日 Que siga la música.Con una Celebración Eucarística conmemorativa y un festival de música estudiantil, pícara y vernácula, el pasado 28 de junio la Estudiantina Kanons festejó su segundo aniversario en la iglesia de San Martín de Porres, en el barrio de San Francisco Cuautlalpan. En un ambiente festivo y familiar, diversas agrupaciones rebosantes de alegría juvenil subieron al escenario a interpretar canciones de todos los géneros. Así, los asistentes pudieron bailar cumbia y norteño, se emocionaron con canciones mexicanas, rieron hasta el paroxismo con versos de picaresca y las parejas volvieron a enamorarse con el arrullo de la serenata estudiantil. Agrupaciones independientes de reconocida trayectoria como las estudiantinas De San Judas Tadeo y Génesis, así como otras invitadas de los barrios de San Esteban Naucalpan, de Tláhuac en la Ciudad de México y la representativa del municipio de Atizapán de Zaragoza, se dieron cita en la iglesia de San Martín de Porres, en el municipio de Naucalpan de Juárez, Estado de México, para llevar a los pobladores un ejemplo del arte musical estudiantil, y en el caso de la troula de Atizapán, del estilo de vida en pos de la sopa boba que llevan sus integrantes. El día anterior.El 27 de junio, la víspera del festival, durante un convivio privado y familiar, el Superior General de los Escuderos de Cristo, Frey José Carrillo de Santa Cruz, E. C., entregó calificaciones a los estudiantes de la Escudera Christi Supernum Scholarium (Escuela Superior de Escuderos de Cristo o ECSS), que en la fiesta de San Juan concluyeron sus estudios de Historia, tradición y Tunantesca, iniciada en la fiesta de San Lucas de 2007. Durante la reunión también se tomó juramento a los nuevos pardillos de la Tuna de la ECSS y se entregaron jubones y capas, según sus méritos, a quienes aprobaron sus exámenes. Antes de concluir, el Superior General (Tuno veterano de luenga y probada trayectoria tuneril) celebró una ceremonia europea antiquísima, llena de símbolos arcanos, denominada Convinium, baptismus et impotitio Beca, con la que impuso la beca a quienes concluyeron satisfactoriamente el postgrado La Tuna en la historia y el arte, y sobre todo que terminaron su "periodo de crasitud", es decir, su aprendizaje sobre el negro mester. Terminada la convivencia, los Tunos nuevos y antiguos se encaminaron a casa de Fachi para guardar los instrumentos. En razón de que al siguiente día sería el festival de aniversario, abreviaron la charla de sobremesa y apuraron sus tragos. Sólo así se explica que llegaran a sus casas a la hora de buen cristiano de las tres de la madrugada. No obstante, algunos padres de familia no opinaron igual. A un Tuno, llegando a casa su madre le increpó: "¿Te parece correcta esta hora para llegar?" A lo que él respondió: "Si no llegué, sólo vengo por mi guitarra". Y se corre el rumor de que a otro sopista su padre le llamó duramente la atención por volver tan tarde, alegando que el convivio había concluido a las diez de la noche. El hijo, obnubilado por las largas jornadas de estudio y penitencia (y las cervezas que se había tomado también), miró con severidad a su progenitor y levantando muy alto su beca recién otorgada, pontificó: "A mí ya no se me puede llamar la atención como a un crío. Soy un Tuno y tengo mi beca que lo demuestra". El autor de sus días permaneció callado un momento. Sólo mientras se sacaba el cinto de las presillas: "Pero la beca no te va a salvar de los hostiazos". Al día siguiente el Tuno explicaba compungido que los dedos enyesados y el dolor del cuerpo eran porque se había lastimado moviendo muebles. Fin del convivio del viernes. Fotografía: José Carrillo. Pese a todo.A pesar del sonado éxito que tuvo la celebración del segundo aniversario de la Estudiantina Kanons, cuya organización corrió a cargo del doctor y catedrático Rubén Villavicencio Nava, de la Escudera Christi Supérnum Scholarium Tunae, la fiesta estuvo a punto de terminar en vergüenza, cuando no en tragedia, por los malos oficios del Consejo Vecinal de San Francisco, presidido (al menos en el acta constitutiva) por Mariella Gallardo. Y es que luego de prometer apoyo incondicional, personal especializado y sonido para el evento al aire libre, el citado Consejo sólo entregó dos lonas (sin suficientes cuerdas), 50 sillas, un templete y un equipo de sonido de dos pequeñas bocinas y un micrófono. Para un evento multitudinario al aire libre. A pesar del heroico esfuerzo de algunos integrantes de Kanons, entorpecido a cada momento por las gestiones (o falta de ellas) de la señorita Mariella Gallardo, la lona no se pudo utilizar por no cubrir los requisitos mínimos de seguridad, y las sillas y equipo de sonido tuvieron que moverse de lugar cuatro veces debido a la desorganización que cundió entre los integrantes del Consejo de San Francisco. Al ver que el evento peligraba, el párroco de San Martín de Porres permitió el uso de las instalaciones parroquiales para que éste se llevara a cabo. No obstante, cuando ya el festival marchaba sobre ruedas gracias al ingenio e improvisación de los Tunos anfitriones (estudiantes de la ECSS), y al apoyo de padres de familia y habitantes del barrio, la señorita Gallardo aprovechó la palestra para hacerse promoción política entre sus vecinos. También obsequió una mandolina y una guitarra a dos integrantes de la estudiantina anfitriona sin consultar con el director, entrometiéndose así en asuntos privados que no le incumbían. Al final, el éxito.Aunque llovió copiosamente toda la tarde, la concurrencia no disminuyó en ningún momento, y hubo ratos en que la gente abarrotó las instalaciones. Sin embargo nadie se quejó. Las expectativas de los integrantes de Kanons se vieron superadas, y las de los vecinos de San Francisco Cuautlalpan más. Y es que la municipalidad nunca ha llevado al barrio eventos culturales de ese estilo, y la Estudiantina Kanons ya lo ha hecho en tres ocasiones y lo ha hecho muy bien, pese a la lluvia y a los políticos. Cuando se le cuestionó a una anciana que llegó al festival apoyada en su bastón y con el impermeable chorreante, cómo es que había salido de casa con ese clima, señaló a los estudiantes ataviados con sus trajes antiguos y dijo: "Me gusta la música y adoro a los jóvenes. No me he perdido ningún festival de la estudiantina. Y ahora déjeme buscar un buen lugar, ¡y que siga la música!" La Estudiantina Kanons. Lloren violines.La Escuela Superior de Escuderos de Cristo, su Tuna, su claustro de profesores, postulantes y profesos, se unen a la pena que embarga a Tierra caliente del estado de Guerrero y a todo el pueblo de México, por la irreparable pérdida del maestro violinista Ángel Tavira Maldonado. Un músico que a pesar de haber perdido una mano en su niñez, dedicó su vida al campo, a la enseñanza y, sobre todo, a la perpetuación de la tradición musical de su tierra y de su gente. Un campeón de la cultura, orgullo de su nación. Que el Señor le conceda el honor de tocar en Su coro de ángeles hasta la Parusía. Ángel Tavira Maldonado, maestro, descanse en paz. ¡Y que siga la música! 6月24日 Lección inútil.¡Nunca más!Cuatro explosiones, un derrumbe y un incendio que se propagó en cuestión de minutos al interior de una discoteca, causó la muerte a 22 personas y dejó heridas a otras 35. El nombre del antro siniestrado ha pasado a la historia como un ejemplo de corrupción, encubrimiento e ignorancia culpable, e incluso se ha incorporado al vocabulario coloquial del mexicano como sinónimo de tragedia absurda y prevenible. Lobohombo, lobohombazo. El 20 de octubre de 2000 la discoteca de moda en la Zona Rosa de la Ciudad de México, Lobohombo, se incendió en cuestión de minutos, debido en parte a los materiales altamente inflamables con los que estaba decorada, pero también debido a que no contaba con las más mínimas medidas de seguridad y control de incendios. No había aspersores funcionales, las puertas de emergencia estaban cerradas con candado y los elementos de seguridad privada a quienes se había confiado la salvaguarda del inmueble y, sobre todo, de los comensales, no tenían la más mínima idea del manejo de crisis, de primeros auxilios ni de la operación de extintores. Su especialidad era sacar borrachos y aligerarles la carga. Y tal vez conseguir taxis por una propina extra. Tras aquella lamentable e inolvidable tragedia las autoridades capitalinas se rasgaron las vestiduras en señal de luto, despidieron a las cabezas de turco que en la inútil burocracia siempre sobran, proyectaron una estación de bomberos en el solar que ocupaba el Lobohombo (misma que se ha convertido en un elefante blanco y vitrina de corrupción), y juraron solemnemente con la mano en el corazón, para beneficio de los reporteros gráficos: ¡Nunca más un "Lobohombazo"! Disección de una estupidez.El 20 de junio de 2008, en la colonia Atzacoalco de la Ciudad de México (muy cerca de la Basílica de Guadalupe), en el antro denominado News Divine una trágica estampida ocasionó la muerte de 12 personas, nueve de ellas civiles, algunas adolescentes que ni siquiera habían alcanzado la edad legal para frecuentar estos sitios de diversión y esparcimiento. Hasta el momento, menos de 72 horas después de la tragedia, aún no empiezan a analizarse los hechos para encontrar a los responsables. El lugar de marras fue "acordonado" por los peritos, con sellos de clausura, luego de que cientos de policías, reporteros y vecinos chismosos destruyeron ya cualquier evidencia forense que pudiera hacer luz sobre ese drama absurdo. Por el momento todos los involucrados intentan "cubrirse las nalgas" (según palabras de un empleado de nivel medio de la delegación Gustavo Madero), tratando de evadir su responsabilidad y "pilándose las lavas como Poncio Manotas". Para evitar que el periodismo responsable (no el que cobra chanchuyo en la Dirección de Comunicación Social del Gobierno del D. F.) saque a la luz las irregularidades que conduzcan a los verdaderos culpables, las autoridades han dedicado gran parte del fin de semana a amenazar a los supervivientes del siniestro con "hacerles pasar un mal rato" si hablan con los medios de comunicación. Como si lo que vivieron al interior del antro hubiera sido no un mal rato, sino el momento más feliz de sus vidas. Ante esa insistencia en acallar la verdad de lo acontecido en Atzacoalco, surge la pregunta dolorosa e ineludible: ¿Qué pasó realmente en el News Divine? ¿Por qué hubo otro "Lobohombazo"? Pese a las amenazas, algunos testigos presenciales que estuvieron adentro y afuera de la discoteca se avinieron a responder las preguntas de este espacio, si se garantizaba su anonimato. De esos valientes testimonios es posible revivir los que para algunos fueron los últimos minutos de sus vidas. Primer acto. La tragedia.Eunice Sierra, subdirectora de verificación delegacional, fue quien se acercó al encargado del antro, Alfredo Maya (en realidad se presume que es el dueño aunque la licencia de operación tenga otro nombre), para informarle que se trataba de un operativo de revisión. El empresario asintió y afirmó que brindaría toda la cooperación. Recurriendo al sistema de sonido informó a los asistentes que se iba a suspender la fiesta, pero que a los ocho días todos podrían ingresar sin pagar la entrada de 25 pesos, y les pidió que fueran saliendo en orden. Para los adultos que recuerdan su adolescencia, no será difícil imaginar que si a un púber se le dice que salga en orden, lo más seguro es que aproveche el tumulto para divertirse. No se puede negar la posibilidad de que algunos asistentes tuvieran motivos para intentar evadir la revisión policíaca, y comenzaran a luchar por salir de incógnito, pero serían los menos. La cuestión fue que los jóvenes trataron de salir, siguiendo las instrucciones que Alfredo Maya había dado por el micrófono con buena intención, pero se toparon con un muro policíaco que les impedía abandonar el lugar. Lo grave fue que los jóvenes que iban bajando del piso de arriba no podían ver que la puerta estaba obstruida por un muro de uniformados, y comenzaron a empujar, al principio más por armar bulla que por verdadera prisa en salir. Desde la acera, los mandos policíacos creyeron que era su deber evitar que se escapara nadie y se empeñaron en no dejar pasar a un solo estudiante hacia la acera. Pronto el sofoco, el dolor de los pisotones y la oscuridad (porque alguien apagó todas las luces), hizo que los jóvenes intentaran salir, esta vez sí con algo de violencia debido a que las condiciones en el interior del local comenzaban a volverse angustiantes. En su estupidez, los altos mandos ordenaron lanzar al interior gases lacrimógenos "para que le bajen de güevos (sic)", reduciendo aún más la capacidad de respirar de los jóvenes atrapados. Como es de suponer, esta situación agravó las condiciones ya de por sí malas al interior del lugar, lo que en consecuencia obligó a los jóvenes a intentar nuevamente forzar la salida, volviéndose a encontrar con un muro policíaco inamovible cada vez más irreflexivo. Y así comenzó un círculo vicioso en el que los de adentro trataban más frenéticamente de salir a respirar, y los de afuera les bloqueaban la salida cada vez con más brutalidad. Fue hasta que algún policía comenzó a gritar que se estaban ahogando, y ese grito se transmitió de boca en boca hasta donde esperaban sus mandos, cuando ordenaron liberar la salida. Los jóvenes salieron en estampida, tratando de aspirar una bocanada de aire. En su ansia por respirar, todos salieron como un inmenso tapón de humanidad, en el que se habían enredado como pelos en un tapón de tina, algunos cuerpos ya inertes. Éstos, al quedar libres de la presión de los cuerpos que los rodeaban, cayeron al suelo para no levantarse más. Algunos policías compasivos, con más buenas intenciones que entrenamiento, intentaron reanimar a los caídos, pero sus esfuerzos (heroicos pero inútiles) sólo confirmaron la triste noticia: Había jóvenes muertos por sofocación. Las cosas se pusieron peor cuando entre las filas policíacas trascendió que también había tres oficiales caídos, dos de uniforme y un agente judicial. Y los ánimos entre los gorrinos se exaltaron más cuando supieron que uno de sus compañeros caídos era una novata de 20 años. Ignorando pues el drama que acababan de desatar, los gorrinos se dieron a la tarea de arrestar a cuanto joven pudieron, y a llevarlo a los separos sin fincarle ningún cargo, algo a todas luces inconstitucional. Lo mismo hubiera sido llevarse a declarar a los muertos. Pero los cadáveres amoratados quedaron mudos e ignorados sobre el asfalto hasta que llegó la Cruz Roja a tratar de remediar lo que ya no tenía remedio. Segundo acto. Respuesta de manual.Hace muchos años (más de diez) un reportero gráfico habló por primera vez de un manual de estudio obligado para todos los burócratas, que contenía excusas y explicaciones falsas pero plausibles que les ayudaban a salir del paso en situaciones embarazosas. Aunque su existencia se consideró durante años como una leyenda urbana, el reiterado uso de argumentos cantinflescos por parte de muchos políticos hace pensar que ese manual tal vez sí exista. Algunos de los periodistas más irreverentes, la mayoría independientes, a ese manual le conocemos como el Manual de excusas pendejas. Afuera del antro, al ver los cadáveres, y luego los golpes y empellones con que los policías "aquietaban" a los jóvenes que sufrían histeria y pánico en diversos grados, la gente comenzó a alborotar. Alfredo Maya, dirigiéndose a algunos vecinos se quejó de la incompetencia policíaca: "Todo estaba tranquilo. Todo esto lo causaron ellos (la autoridad). Cuando yo bajé ellos estaban tapando la salida". Eunice Sierra, la funcionaria de la delegación Gustavo Madero, al escuchar las palabras del encargado del antro, hizo gala de su excelente preparación y dominio del manual antes señalado, echando en cara a Alfredo Maya de que en el lugar había más de mil personas, cuando la capacidad del antro era de 300. Esta declaración cae por su propio peso, pues nunca se vio a una multitud de ese tamaño afuera del antro, ni siquiera contando a los corrillos que al momento del operativo se encontraban todavía afuera del local, esperando a los eternos rezagados. Ninguno de los entrevistados desmintió a Alfredo Maya, en el sentido de que los policías estaban tapando la salida, y algunos supervivientes que estaban en la parte alta de la escalera al comenzar el tumulto declararon a su modo, pero con idéntico sentido: "Queríamos salir porque por el sonido nos dijeron que nos saliéramos". Un muchacho que perdió a una amiga añadió con ojos empañados: "¿Para qué madres nos pidieron que nos saliéramos si no nos iban a dejar?" Tercer acto. La humillación final.A los detenidos les fue mal antes de ser presentados ante el Ministerio Público. Al modo de ver de los policías, esa treintena de jóvenes eran responsables directos de la muerte de los compañeros uniformados. Así que los golpearon en repetidas ocasiones y tanto a hombres como a mujeres los manosearon según sus gustos. Total, si el médico legista era realmente celoso de su deber y los revisaba con atención, podrían decir que los hematomas eran producto de los empellones sufridos al interior de la discoteca. Afortunadamente para los policías el médico fue expedito en la revisión. A los varones detenidos sólo les echó un vistazo, y declaró que los golpes que ostentaban eran resultado de la estampida. El cachazo que tenía en la cara uno de los muchachos también se lo habían propinado en el tumulto seguramente. ¿Dónde si no? Ni modo que se lo hubiera dado un policía, ¿verdad? A las 14 mujeres detenidas se les ordenó que se desnudaran completamente, delante de los policías comisionados a su vigilancia. En ningún momento hubo una mujer que garantizara el profesionalismo del médico, que de todos modos no demostró. Luego de satisfacer su vena voyeurista y la de los agradecidos gendarmes, les ordenó a las jovencitas vestirse e irse al fichaje. Conclusión. Yo no fui, fue Teté.Al redactarse esta nota, el encargado del News Divine, Alfredo Maya, junto con su cantinero, se encuentran detenidos y fichados en un reclusorio, aunque extrañamente no se dice en cuál. Maya insiste en su inocencia, fundamentando su alegato en dos puntos torales:
Se hablará algún tiempo de la búsqueda del culpable, aunque ya cayeron las primeras cabezas de turco, una de ellas la de Alfredo Maya. Las autoridades, tratando de salvar su de por sí deteriorada imagen, hablarán y hablarán, fingirán que estudian un lugar de los hechos que para los forenses ya no existe, y darán largas hasta que surja otra noticia que facilite el olvido de la tragedia de Atzacoalco. Lo más triste de la situación es que nunca se estará cerca de castigar a los responsables de este descalabro. Porque hallarlos es fácil, pero llevarlos al banquillo... eso es obra de romanos. "El culpable de lo acontecido en la discoteca... fue el propio dueño, al no cumplir con las normas de protección civil", declara el delegado de Gustavo Madero, Francisco Chiguil. Si sabe que no se cumplían las normas, ¿cómo es que permitió que siguiera operando? Ese local ya había sido clausurado antes por lo menos tres veces, por incumplimiento de las mentadas normas. Y sin embargo, el fatídico 20 de junio de 2008 estaba funcionando. Así que surge la pregunta: Señor Chiguil, ¿quién dio el permiso de operación? El nombre de ese culpable debe estar en la misma licencia. ¿Quién se atreve a romper el sello y mirar? Aunque Joel Ortega dice que el operativo se montó debido a unas denuncias anónimas que señalaban que en el lugar se vendía alcohol a menores, algunos altos mandos de la Secretaría de Seguridad Pública que pidieron el anonimato, señalan que la revisión del antro se montó para lucimiento del Operativo Unipol (mando policíaco único), que a su vez se creó (siempre según su declaración) para evitar que el Jefe de la policía capitalina, Joel Ortega, y el procurador de Justicia del Distrito Federal, Rodolfo Félix Cárdenas, siguieran con sus pleitos de verduleras delante de los medios de comunicación, dañando la imagen de sus instituciones. Si esto resulta cierto, quedará claro que salió más caro el forraje que el buey. Sin ánimos de agraviar. Así, las autoridades siguen echándose la culpa, los antros siguen operando con licencias compradas, y los políticos cómodamente sentados en sus sillones piden la cabeza de Juan y de Abraham. Y al final de cuentas nadie hace nada. Mientras, en el interior del local clausurado se ve un letrero fluorescente ya viejo pero bien legible, que dice: "Prohibida la venta de alcohol a menores"; en el dintel de muchas casas se ve un moño negro; en el borde de muchas fosas aún está fresco el cemento del sello; en muchas mesas la familia se reúne a comer, y al ver el lugar vacío no puede contener las lágrimas por el retoño perdido. Y los mexicanos ya no volveremos a decir: ¡Nunca más! Ahora decimos: ¿Cuándo volverá a ocurrir? Porque quedó demostrado que pese al elevadísimo costo en vidas humanas, la lección del Lobohombo no se aprendió, pues en su prisa por volver a cubrir el cochinero que aquella tragedia dejó expuesta, las autoridades se olvidaron de rescatar las experiencias negativas para aprender de ellas. Y la tragedia del News Divine va siguiendo el mismo camino, y terminará igual. Como otra lección inútil. Carísima en cuestión de vidas, pero al cabo inútil. Leonardo, Eredi, Rafael, Daniel, Érika, Alejandro, Remedios, Pedro, y los demás caídos, descansen en paz. Y que se les haga justicia. 6月15日 Sala de urgencias.Dios, te encomendamos a nuestros enfermos y a quienes cuidan de ellos. Fosa común.El voceador tiene su puesto de revistas desde hace más de tres décadas. Todos los días, sin faltar uno, se sienta en una silla para tomar el sol. --Luego de los temblores de 1985 --me relata-- cerraron el hospital, pues se decía que tenía daños estructurales. Sólo permaneció en operación el área de urgencias, y eso porque en toda la ciudad hacían falta camas y médicos, y porque el área está en un edificio de una sola planta. Los heridos llegaban por carretadas y a todas horas. Lo peor fue que mucho del equipo médico y de investigación que aquí había se lo llevaron a otros nosocomios y no se le volvió a ver. Luego señala siguiendo el sentido de la calle Colector 13, hacia donde se yergue una impresionante plaza comercial de mucho lujo. --En ese terreno que hoy ocupa la plaza, se vino a desechar mucho del cascajo que se levantó de las ruinas del centro de la ciudad. Y como todo lo levantaban con excavadoras, entre las piedras, polvo y ladrillos sin duda trajeron cadáveres completos o en refacciones (sic). Con el paso del tiempo el olor era nauseabundo y las ratas, hartas de comida, parecían conejos. Y la guardería para los hijos del personal estaba junto al terreno. Sólo les separaba un muro. No entiendo cómo es que ningún niño enfermó jamás. Claro que también se convirtió en tierra de nadie, donde los asaltantes hacían de las suyas. Ni la policía se animaba a entrar por ellos. El periodiquero vende una revista de caricaturas pornográficas a un joven que se ha aproximado con toda la intención de pasar inadvertido, y por lo tanto llamando la atención de todos. --La suciedad y el mal olor --prosigue mientras se rasca el ombligo-- se acabaron cuando se levantó la plaza. Y en la contra esquina se está construyendo un Hospital Ángeles. Ninguno de los riquillos que pasan por aquí sabe que se divierte sobre lo que fue una enorme fosa común. Hoy sólo permanecen los rateros, que son más afortunados que los de antes. Ahora por lo menos asaltan a gente que viene en coches del año y se puede dar el lujo de gastarse 100 pesos en un café. Para agradecer su charla le compro una revista de aviación que no tengo intención de leer, y luego cruzo a donde acaban de abrir un Seven Eleven, para comprar una dona rellena y un café de horchata. Ah, y un refresco Dr. Pepper sabor a jarabe para tos. El maestro Virolo.La seguridad interna del hospital está a cargo de una empresa de seguridad privada. La gran mayoría de sus guardias sabe más de revistas de espectáculos que de seguridad. La única ventaja en ello es que son tan cándidos que me puedo pasear por todas las instalaciones armado de mil excusas, una credencial hechiza, dos pases falsificados y una Biblia. Cuando todo lo demás falla recurro a mi investidura apostólica (que es lo único auténtico que llevo encima) e invocar en latín la furia divina sobre el guardia que me impida el paso. Generalmente eso basta para que me dejen pasar. Ahora que si de plano es uno de los guardias veteranos, que sí conoce su trabajo (a fuerza de verlos diario les he ido identificando), siempre está la última opción: Cara de pendejo crónico y la pregunta sobre dónde está la salida. La jefa de los guardias es una mujer delgada, que si sonriera quizá se vería atractiva, y se sabe todas las excusas inventadas por el hombre. Por lo tanto es imposible pasarse a la torera cuando ella está de guardia. Cuando es así, me cuelo por otro pasillo que va a dar a la morgue y utilizo el ascensor de biocontención, que tiene anuncios de peligro biológico. Después de todo, un chilango sobrevive en cualquier ambiente. Lo único difícil es presionar el botón del ascensor con un bolígrafo y aguantar la respiración cuatro pisos. En el piso donde está mi enfermo hay un policía obeso, entrecano, y más amable que un vendedor de pompas fúnebres. ¿No trae credencial? No se preocupe, pásele. ¿Que hay dos visitantes con mi enfermo? La señora de la cama de junto no tiene visita. Si hay inspección, sólo agárrele la mano a la vecina. No, no reclama, está en coma. En la sala de visita general hay uno que es idéntico al profesor Patiño del programa dizque cómico Cero en conducta. Incluso el estrabismo lo tiene en el mismo ojo y apuntado en la misma dirección. Varias veces me he topado con él en los pasillos por los que no debería andar, y al mirarme fijo lo hace ladeando la cabeza para enfocarme bien. Como no lo logra, todo se arregla con un cambio de sombrero (de los que tengo más que el Sombrerero loco). Me he topado tres veces con él en una noche y siempre pensó que yo era personas diferentes. Claro que Tatito no se ha enterado que las noches que mi enfermo recibe quimioterapia yo regreso al hospital para velar el sueño de mi hermano en Cristo. Y que me la paso toreando a los guardias. Luego por eso ella se extraña que algunos días yo esté al borde del agotamiento. Y entonces me reprende cariñosamente: "¿De qué estás cansado si sólo vas al trabajo a jugar computadora?" Bueno, en mi trabajo también barro y sacudo... los lunes, por lo menos... que caen en quincena. Así, siempre que me cruzo con el policía virolo me sonrío sin poder evitarlo mientras recuerdo el programa de Televisa. Los mozos.Entre todos los trabajadores de limpieza que laboran en el hospital, tengo bien presentes a dos. Uno de ellos despierta suspiros de las féminas, porque parece stripper sólo que con mono de trabajo y guantes de faena. Pero el tío es más holgazán que la mandíbula superior. Entra en el turno vespertino. El otro día cronometré su paso por el vestidor. Media hora para ponerse el traje protector encima de su ropa. Luego tarda hasta 15 minutos en elegir una escoba y un recogedor, y de ahí a la sala de visita general. Ya estando en lo suyo, barre un metro cuadrado y descansa. Otro metro cuadrado y otro descansito. Y siempre prefiere barrer afuera que adentro, porque si ve a alguien fumando va y le talonea un cigarro. Cuando se lo dan (quienes ya lo conocen suelen mentir diciendo que sólo compraron uno) le dan también la excusa de reposar 10 minutos, que es lo que dura un pitillo. A ese hombre debería contratarlo Marcelo Ebrard como la mejor solución para eliminar la costumbre de fumar en edificios públicos. Desde que el mozo ha sido asignado a la sala general, nadie fuma ahí. Todos los viciosos se cruzan a la explanada del metro Lindavista, hasta donde no les puede seguir el gorrón. Conmigo se jode, porque yo fumo en pipa. La contraparte del de la gorra café es un hombre ya entrado en años, medio calvo y orejón. No, éste no levanta suspiros. Más bien sospechas, porque le da un aire a un ex presidente a quien solían llamar la ardilla. Por aquello del animal orejón que vive en los pinos. Bueno, pues este mozo se las ingenia siempre para mantener limpio el piso de la sala que le asignen, porque la cierra, pone sus barreras y se apresura a limpiar, con la misma eficiencia que si le pagaran lo justo. Y siempre tiene una palabra amable para el enfermo que llega aquejado de dolor, o para la madre que llora desconsolada por las malas noticias, o para el analfabeta que no sabe marcar un número en el teléfono móvil. El mozo, pacientemente, toma el papelito en que está anotado el dato, marca y aguarda a que el infortunado pariente se haga entender por su familiar al otro lado de la línea. A veces me da por pensar que si mi Señor quisiera visitar un día un hospital pasando de incógnito, elegiría hacerse pasar por este mozo. La enfermera.Mi enfermo cuenta que por las noches a veces se despierta y encuentra a una enfermera revisando que su suero esté fluyendo, le acomoda las almohadas y luego se va. En silencio, sin decir jamás nada ni responder al saludo. Y visita el cuarto de mi enfermo muchas veces por noche, cuando todas las demás enfermeras y doctores lo hacen dos veces durante su turno. El otro día me lo comentó, y luego de hacer indagaciones me enteré que en el hospital se pasea el fantasma de una enfermera. Tomando en cuenta que mi fuente de información es un médico bien reputado en el ámbito internacional pues es una eminencia en su especialidad, deshecho la posibilidad de que me esté embromando o mintiendo. Además es testigo presencial, pues a él ya le dio un susto en alguna ocasión. Cuando pregunto a más gente entre el personal del hospital, algunos aceptan que han visto al fantasma o conocen a alguien que ya lo ha visto. Y otros me miran espantados y se apartan de inmediato. Pero no antes de que yo pueda interpretar el significado de sus miradas: "¿Cómo supo del fantasma?" La abandonada.Llega en un auto deportivo que conduce su esposo. Se estaciona en la entrada de urgencias y la ayuda a bajar. Las lágrimas de dolor ruedan por las mejillas de la mujer, que además camina doblada en dos, sin poderse enderezar. Su mano oprime el hipocondrio derecho, es decir debajo de las costillas, y gime lastimeramente. También se nota que le cuesta trabajo respirar. Para un paramédico veterano no hace falta mucho para adivinar con bastante certeza que se trata de piedras en el conducto biliar o en el colédoco. Es muy probable que el médico la ingrese y la programe para una operación de emergencia. El marido hace cola en la ventanilla de admisión mientras su esposa se derrumba en una silla de la sala de espera siempre abarrotada. Hoy sin embargo, la fila de admisiones no está muy larga pues sólo hay cinco pacientes delante de él. Por fin el esposo entrega sus papeles, le dice a la mujer que va a estacionar el coche... y ya no regresa. La mujer pasa casi una hora sentada en la sala de espera, la frente tocando las rodillas y tratando de dominar los quejidos de agonía que pugnan por atravesar su garganta tensa. De repente le da un ataque de tos seguido de dos eructos que anuncian vómito. Dos mujeres que se encuentran en la sala, que no la conocen, que están angustiadas en espera de noticias de sus propios enfermos, acuden no obstante en su ayuda. Una le trae una bolsa de plástico para la basca, la otra le toma la mano y le frota la espalda en un gesto de solidaridad y compañía. Sale un policía del área de urgencias en compañía de una enfermera y meten a la paciente, más pálida y encogida si cabe, al interior del nosocomio. Cinco minutos después sacan a la enferma y la vuelven a sentar en la sala de espera, igual de desmejorada que como entró, aunque mucho más disgustada. Las dos samaritanas se acercan a averiguar qué pasó. --No hay un pinche médico en toda el área de urgencias --informa--. Como no me pueden valorar, aquí me van a tener hasta que llegue uno. Y no me pueden dar nada para el dolor. Diez minutos después, harta, recoge su carnet y abandona la sala de urgencias, todavía presionándose el vientre y doblando la cintura en un intento por aliviar el tormento que le ocasionan los cálculos biliares. Se alcanza a escuchar parte de una conversación telefónica con alguien que los chismosos presumen es su marido. --...Y dicen que no hay médico y tú, pinche pendejo, no te apareces. Me voy con mi madre porque me siento de la chingada y contigo ya vi que no cuento... Y su voz se pierde entre los demás ruidos de una sala de urgencias, como ella se pierde entre la cortina de lluvia y oscuridad de una triste noche de domingo. El alta.Han dado de alta a mi enfermo. Gracias a Dios por Su misericordia. Momentáneamente levanto el campo y vuelvo a mi celda de ermitaño, no sin antes despedirme de algunos familiares de enfermos con los que he charlado durante mis largas noches de insomnio. Intercambiamos datos y nos bendecimos mutuamente. Prometo enviarles un cuento que les puede ayudar a sus enfermos y bajo por la rampa de ambulancias del área de urgencias por última vez. Me vuelvo a mirar la ventana por donde se asomaba mi enfermo para saludar a sus hijos y nietos. Ahora una desconocida me mira desde esa misma ventana. Se le ve muy triste y agobiada. Al no poder hacer más, sólo levanto mi mano y le hago la señal de la cruz. Ella sonríe levemente y agita su mano. Si tan solo todos los enfermos tuvieran una ventana para mirar y yo pudiera hacerles ese gesto sencillo y sincero que les haga saber que rezo por ellos para que pronto el Señor toque sus cuerpos y les devuelva la salud, estoy seguro que por lo menos su esperanza saldría de la terapia intensiva, donde todavía lucha por seguir viva. Cuando llego a mi celda me derrumbo en la cama y me quedo profundamente dormido. Apenas logro balbucir antes de sumirme en la inconsciencia: Gracias, Dios, por los pequeños favores. 6月11日 Cambio de curso.Estaba totalmente dispuesto a dejar de escribir para consumo público. De hecho, fue por eso que el jueves pasado publiqué una carta de despedida para mis lectores, y correteé al cartero para recuperar una novela que acababa de enviar para participar en un concurso literario. Pero antes de que transcurrieran 24 horas mi correo estaba saturado de mensajes que reflejaban diferentes maneras de sentir con respecto a mi decisión. Unos iban en el sentido de "hasta que te decidiste, inútil". Pero le eran los pocos. La mayoría, de manera más o menos amable, me pidieron que siguiera publicando en La casa de la Troya, que ha sido la casa de ustedes. Fue entonces que me enteré que, contra todo pronóstico, mi espacio es visitado continuamente por gente de todo el mundo (hasta eslovacos), dándose el caso incluso de que varios estudiantes leen de la misma pantalla, inclinados sobre los hombros de quien paga la hora en el cibercafé. Ante esa apabullante muestra de lealtad y las manifestaciones de buenos deseos y de apoyo, no puedo menos que agradecer a mis lectores y hacer firme propósito de enmienda. A partir del viernes próximo encontrarán aquí un nuevo artículo, deseando que esté a la altura de sus expectativas. Sólo me queda aclarar que hoy volví a corretear de nueva cuenta al cartero, para entregarle mi novela. Apenas llegará a tiempo para participar (y espero que ganar) el concurso. Los problemas que originaron mi decisión del jueves pasado subsisten, acechan en la oscuridad como un hampón de mala pinta. Sin embargo con el apoyo de Marian Kiru, la mujer que amo y me corresponde, y con la paciencia de todos ustedes, mis lectores, seguiré adelante. Después de todo, morir por nuestras ideas no es lo peor que puede ocurrirle a un hombre; sino pasar por la vida sin dejar algo bueno para recordarle. Ecce signum, José Carrillo, E. C. 5月9日 Madres.Para las mamás de la familia Kanons, qué hijos tan estupendos han criado; para doña Carlota Reyes, madre valiente, fiel y abnegada; para todas mis mamás, mi devoción y perenne gratitud. A todas. Víspera del Día de las Madres. Esta noche es de ronda. Quienes entran a mi sitio de trabajo miran de reojo hacia el perchero, donde se encuentra colgado mi traje de Tuno. Por ser una fecha especial, hoy el grillo se ve de figurín. Sin una arruga, las cintas planchadas, los bajos de la capa sin barro... Los zapatos ya estarían relucientes si no fuera porque los olvidé en casa de la Princesa Kiru y tendré que rondar descalzo, a no ser que un alma caritativa me haga la merced de prestarme unos que me vengan. Mientras aguardo que den las seis de la tarde para ir a buscar mi bandurria y encontrarme con mis hermanos de capa, reflexiono sin ton ni son en el gran regalo que le es una madre. En una ocasión pude ser testigo cuando una bella y otoñal mujer recibió la visita de su hijo, ya bien entrado en los 50. Aunque el tiempo a ella la había encogido mientras que al hijo le había dado una estatura elevada, cuando éste se agachó para besar su mejilla, la anciana posó sus manos en la cabeza de su retoño, le besó la frente y luego le tomó la cara entre las manos mientras le miraba con los ojos llenos de dulzura, orgullo y amor infinito. Para la anciana el tiempo transcurrido desde el parto no importaba, él seguía siendo un chiquillo. El chiquillo de su corazón. Sir Arthur Conan Doyle puso en labios de su legendario personaje Sherlock Holmes esta frase: "No hay hombre suficientemente malo, que a su muerte no le llore por lo menos su madre". Es cierto. Después de Jesucristo no se me ocurre otro ejemplo de aceptación generosa, entrega desinteresada, caridad desmedida, piadosa misericordia y alegría contagiosa. Quienes pertenecen a mi generación y anteriores recordarán aquella entrañable historia de Marcelino Pan y Vino, llevada a la pantalla por la cinematografía española de finales de los años 40 del siglo pasado. A mi memoria, que suele serme infiel, viene un diálogo que sostiene Marcelino con Fray Malo, el más anciano de los franciscanos que cuidan del españolito. En ella el huérfano le pregunta al religioso qué es lo que hace una madre. Y éste responde: --Dar, Marcelino. Siempre dar... se dan ellas a sus hijos hasta quedar todas viejas y arrugadas. --¿Y feas? --pregunta preocupado el chico. --No, Marcelino. Feas nunca. Y luego el niño le pregunta a Fray Malo si él tiene madre, y el bondadoso fraile le responde afirmativamente, para luego añadir que ya está en el cielo. --¿Todas las madres van al cielo? --pregunta entonces el crío, pensando en su propia mamá, a la que no conoció. --Sí, Marcelino. Todas las madres van al cielo. Esa es la diferencia entre una mujer que sólo pare un hijo para luego abandonarlo en un bote de basura o en el ropero de un hotel (como aconteció esta semana en la Ciudad de México), y una mujer que no sólo da a luz, sino que se convierte en luz, guía, consuelo, refugio y esperanza de su hijo hasta el día de su muerte. Ser madre no es tener un hijo, es consagrarse a una causa de por vida. Así como el bautismo deja una señal imborrable y perenne en el cristiano, la aceptación de un hijo también marca el alma de una mujer para toda la eternidad. Esa marca le distingue de entre otras personas, y siempre estará asistida por la Santísima Virgen María, que también aceptó generosa ser la Madre de Nuestro Salvador. Porque Dios no la obligó, ella dio su consentimiento: "Hágase en mí según Tu palabra". Por eso es que Ella comprende perfectamente la dicha y el sufrimiento que implica ser madre. El regalo más grande que Dios nos dio después de Su Hijo, fue la mujer que se convierte en madre. Al final de Su ministerio, Jesús nos dejó Su Presencia en la Eucaristía, y a una Madre Santa en la persona de María: "Mujer, ahí está tu hijo". Y una madre abnegada no se diferencia mucho de María, la esposa del carpintero. Eso es algo que debemos tener presente cuando tengamos la tentación de dar una mala contestación o de ignorar una súplica. Aunque a veces las madres nos piden cosas difíciles de cumplir o de lograr, hemos de recordar que lo hacen por nuestro bien. Porque una madre, una verdadera madre, vive para hacernos el bien; y está dispuesta a morir por nosotros, con la misma generosa aceptación que mostró Nuestro Señor Jesucristo en la cruz. De nosotros depende, pues, ser cruz o consuelo de la vida de alguien que siempre ha dado todo de sí por nosotros. Por eso, Señor, hoy invoco Tu Santo Nombre y te alabo con lágrimas de gratitud para decirte: Gracias, Señor, por nuestras madres. Bendícelas y cuídalas siempre. Y derrama Tus bendiciones sobre ellas, con la misma abundancia con que lo hacen ellas con nosotros. Amén. 5月2日 La mudanza.A Juan de Dios Peza, por escribir su poema Reír llorando. Y a mis hermanos de Tuna que me ayudaron cargando como mulas. Las campanas de la iglesia de San Benito acababan de dar las 10 de la noche. Un Tuno y dos pardillos pasaban frío en la calle, afuera de la pulquería La escondida. El doctor Simi y El flaco charlaban haciendo compañía a una solitaria farola, mientras Largo gozaba de bella compañía. Esa noche era el pardillo más envidiado. A lo lejos vieron aproximarse a La hiena, reconociéndole por su ridículo sombrero. Y no es que se lo hubieran visto antes, pero sólo él podía atreverse a poner algo así en su cabeza. El veterano llegó y comenzó a organizar. --Flaco, tú que te ves listo para la herramienta, desmonta esa cama por favor. Simi, hemos de meter a tu auto la silla, el ventilador, los revisteros, la mesa y el televisor. --¿Y te has creído que traigo un camión? --Hombre, sí todo cabe con sólo acomodar. La hiena se cambiaba de casa. Su pequeña habitación parecía zona de guerra. Cascajo, polvo, ropas de cama en el suelo, y un tufillo de nostalgia y derrota. A ese caótico escenario se unieron guitarras y bandurrias que los rapaces habían bajado de la cajuela del auto para hacer espacio. Dos trajes de grillo pasaron a alegrar las últimas miradas a una pared que había sido silenciosa compañera en las largas noches de soledad e insomnio de La hiena. Rubén notó la morriña de su amigo y trató de hacerle reír con alguna ocurrencia, con resultados regulares. Mientras Largo y El flaco desarmaban una vieja cama de madera de encino, pesada como ella sola, los dos Tunos llevaron al auto del doctor las pocas posesiones que aún quedaban en la habitación. En uno de los viajes El doctor Simi tomó una tina redonda e intentó sacarla. --Esa no --le detuvo La hiena--, mira que en esa me baño mañana. Así que el aludido la volvió a poner en su lugar. Mientras, La hiena colocó una cobija en el suelo, junto a la mesilla de noche, y con el brazo extendido barrió todo lo que había encima de ella en dirección a la manta. Anudó las esquinas y de esa forma expedita y práctica concluyó la carga. --Mira, Simi, y tú decías que no iba a caber todo --señaló el veterano--, si todavía queda lugar adelante del lado izquierdo. --Seguro, ¿y dónde vas a sentar al conductor? --¡Toma! Pues es verdad. --Además ya no entraron ni la cabecera de tu cama barroca, ni la silla ni el pedestal del ventilador. --¿Pedestal? Pero si el ventilador era de una pieza. El flaco levantó el muñón del pedestal. --Bueno, era de una pieza. --Largo --ofreció La hiena--, si gustas meto la silla en el asiento del conductor para que alcances los pedales. Todos rieron con la ocurrencia. La hiena explicó por dónde había que irse y echaron a andar, mientras miraban el auto alejarse. La compañera del pardillo había conseguido entrar en el vehículo con desconocidas dotes de contorsionista, y se le veía feliz apretada contra su donjuán. Otro motivo para envidiarle al tío. En auto, con chavala, y los demás a pie cargados como burros de gambusino. Con la experiencia que deja el pardillaje, La hiena y El doctor Simi se echaron a cuestas sin esfuerzo la silla y la cabecera de la cama, y con unos cuantos ajustes quedaron casi cómodos. Y El flaco... --Verdad buena que les ayudaría --dijo sonriente mientras levantaba como un trofeo el pedestal del ventilador, que medía si acaso 40 centímetros--, pero prefiero no estorbar. --Claro, y con ese pedestal no te vayas a lastimar la espalda --aceptó filosófico y sarcástico el anciano Tuno. --O para qué quieres que se te caiga la matriz --concluyó el estudiante de Galeno e Hipócrates. Cruzaron la avenida Santa Mónica sorteando el tráfico, llevando los muebles sobre los hombros. Parecían una partida de mecapaleros de camino al mercado de Tlaltelolco. Claro que con menos práctica. --¡Cuidado con el...! ¡CRASH! --...retrovisor de ese auto. Apretaron el paso en medio de sus risotadas, desapareciendo pronto del lugar del siniestro. --¿Te ayudo, Simi? --se ofreció El flaco mientras le daba una sacudida a la cabecera, atizándole un golpazo en la cabeza a Rubén. --¡Eh! Cuidado, so bestia. Que esto pesa lo que el contrabajo, pero estorba más. Al llegar a donde esperaba el auto, Largo ya estaba muy acaramelado con su dama. El doctor Simi se encargó de ponerlo otra vez en circulación con un puntapié en las nalgas. --Venga, tío, déjate de arrumacos y muévelas. Que hay que terminar pronto para ir a cenar. En el primer viaje lograron descargar casi todo e introducirlo en el nuevo hogar de La hiena. Un cuartito pequeño y aseado, en los altos de una casa de huéspedes. Cuando iba de regreso al auto por otra carga de muebles y enseres, el viejo Tuno miró hacia arriba, desde donde le observaba El flaco en espera de instrucciones. --Mi cama desarmada pégala a la pared detrás del lecho que ya está ahí. Y un segundo después estuvo a punto de irse de bruces en un escalón que dividía en dos el patio. El flaco no pudo contener la risotada. La hiena pasó de regreso momentos después cargando el bulto que había hecho con sus ropas y cobijas. Las arrojó sobre la cama sin prestarles mucha atención y vuelta a la planta baja. Miró que Largo ponía cara de disgusto y se alarmó cuando éste le dijo: --Me siento una mierda... De inmediato el sopista se detuvo y lo atrajo hacia sí en un fraternal abrazo. --Hijo... ¿puedo llamarte hijo? Mira, es normal que a veces uno se sienta que no vale nada, y crea que el mundo entero le es hostil. Pero es entonces cuando más hay que seguir adelante, insistir en alcanzar la meta, demostrarles a todos de qué está uno hecho. No tienes porqué sentirte menos, estás hecho de buena madera, eres un excelente muchacho. --Ojalá pudiera oírte mi madre --respondió el pardillo--, pero ¿a qué viene el sermón? --Pues recién dijiste que te sentías una mierda. --Hombre, sí, decía que me siento una mierda en el zapato. ¿No querrías echar un vistazo? A La hiena le dio el ataque chichimeca y a los demás uno de hilaridad. Momentos después el becado estuvo a un tris de volver a caerse en el escalón. Cuando terminaron, los chicos subieron al nuevo aposento de su amigo y notaron que en un pequeño oratorio que ahí había, La hiena ya había colocado su cuadro de la Cruz del Apostolado y un cirio de buena cera. Y frente a la cama, para que fuera lo primero que vieran sus ojos al despertar, y lo último al quedarse dormido, una imagen de la Santísima Virgen María. --Venga, hagámonos una foto aquí todos --pidió. La muchacha sacó la fotografía y la enseñó a La hiena. Alguien había colocado una imagen del Club América de fútbol en lugar de la cruz. --Joder, dejaos de bromas. Repite la foto. Cuando cruzaban el patio hacia el coche, el Tunosaurio se detuvo en seco antes de llegar al escalón, se paró en el borde con los pies juntos, tomó vuelo y luego dio un saltito para bajarlo sin tropezar. Las carcajadas y puyas de sus amigos despertaron a más de un vecino. Fueron a cenar a expensas de La hiena, que para pagar la consumisión tuvo que sacrificar su presupuesto de comidas de la siguiente semana. --A ustedes sale más barato comprarles un traje, ¿eh? ¿Qué no comen en sus casas? Cuando volvieron por última vez al viejo cuarto de La hiena para recoger los instrumentos y los trajes, se sorprendieron cuando éste se detuvo en seco y se dio un golpe en la frente. --Seré bestia --se dijo. --Mira, de inmediato a presumir --se mofó Simi. --No, hombre, que me he llevado todas las mantas y ya no queda más que el suelo para dormir aquí hoy. --¿Pero te ibas a quedar aquí? --¿Y luego? Si el cuarto nuevo no lo debo usar sino hasta mañana. ¡Y toma! Me he dejado la bañera aquí y ahora caigo en la cuenta que mi jabón, champú y desodorante se han ido en el bulto que hice con la sábana. ¡Ésta es buena! --Pero qué tremendo tamaño de estúpido, ¿eh? --comentó Rubén mientras todos reían a mandíbula batiente. Al final prevaleció el espíritu de hermandad. --Mira, Hiena, te dejo mi chamarra que es muy abrigadora, para que te cubras. Será una noche fría --le dijo Simi. --Y yo te he colocado aquí en el rincón una tabla para que no tengas que dormir sobre el suelo frío. Que mi abuela dice que eso hace mal --añadió El flaco. Largo no dijo nada porque continuaba el asedio de la dama afuera en la acera. --Bueno, pues ni hablar. Sólo será una noche. El veterano se despidió de sus amigos y les agradeció profundamente el gesto y la ayuda. Les vio marchar y luego entró por última vez al que había sido su hogar el último año. Se dio una vuelta por todo el piso, acariciando las paredes, limpiando una mota de polvo en una ventana, sintiendo el frío de las baldosas en sus pies desnudos. En esa habitación había sido feliz muchas veces. Otras tantas había sufrido la soledad más aplastante y el desaliento más terrible. Las cuatro paredes habían sido mudos testigos del progreso de su enfermedad y las molestias que le ocasionaba. Miró el lugar donde antes había estado su Cruz del Apostolado. Ahora sólo se veía un recuadro más claro en la pared. No le gustó cómo lucía el muro así, sin vida, anónimo. Tomó con el pulgar un poco de polvo del suelo y trazó una burda cruz, para poder contemplarla mientras conciliaba el sueño. Luego se hizo una almohada con su bufanda, se arrebujó en la zamarra de Rubén y se hizo un ovillo en una esquina del cuarto desnudo, igual que un perro. O una hiena. Y así se sentía. Pasaban los primeros minutos del 1º de mayo de 2008. De izquierda a derecha: Largo (rascándose los...), La hiena, El flaco y El doctor Simi. El Príncipe Azul modelo 71. 4月25日 Hipócritas.Tengo por norma no escribir de política, en parte porque no me simpatizan los políticos (le hay sus honrosas excepciones), y en parte porque me disgusta la idea de que haya quien cobre mucho y trabaje poco a expensas de quienes pagamos impuestos. Como los Asambleístas del Distrito Federal, por ejemplo, que en las últimas tres sesiones sólo han pasado lista y sin embargo en su mayoría opinan que sí es moral cobrar su dieta, aunque no hayan hecho nada. "Eso dice el reglamento... hay una normatividad", se justifican. Si esa circunstancia hubiera aplicado en la Universidad en mis tiempos de estudiante, yo me habría graduado con Magna cum laude. Porque casi nunca faltaba a clases, aunque sólo fuera a calentar la banca. No obstante, hoy haré una excepción a mi norma, aunque trataré de ser breve, preciso y conciso. Petróleo.Aunque por años trabajé en el Partido Acción Nacional (PAN) e incluso fui creyente y practicante de la doctrina de su fundador Manuel Gómez Morín, cuando el blanquiazul comenzó a ganar gubernaturas y a hacerse ambicioso, me volví más bien practicante no creyente. Y hoy en día no soy practicante ni les creo siquiera que la O es redonda. Para muestra un botón. Ahí está la reforma energética que presentó hace unos 15 días el presidente Felipe Calderón, de extracción panista. Por más que asegura que esa propuesta no es para privatizar sino para fortalecer a Petróleos Mexicanos (Pemex), a mí no me la dan con queso. Luego de leerla me resultó evidente que si bien en primera instancia levantaría de la lona a la paraestatal, los mecanismos que permitirían ese "milagro" terminarían por privar al Estado del control absoluto del petróleo, que es como privatizar pero más barato. Claro que también hay que añadir que si bien el petróleo es patrimonio del pueblo de México, en la práctica Pemex es el coto privado del Sindicato Petrolero, con toda su corte de mafiosos y sinvergüenzas. Pero por lo menos ellos son mexicanos. El Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el Frente Amplio Progresista (FAP), al darse cuenta de lo anterior enarbolaron las banderas del respeto a la Constitución y la defensa del petróleo, armado la de Dios es Cristo en la capital del país. Sin embargo, cada uno estos hijos de una misma loba lo hizo de diferente manera. El PRD ha tratado de impedir la aprobación de la reforma petrolera por los medios lógicos y honorables de un país democrático: Diálogo respetado y respetuoso en la tribuna parlamentaria, y estudio a detalle en las comisiones legislativas. En cambio, el FAP (ala dura de la Izquierda en México) ha recurrido a su cobarde táctica de hampón de barrio, escudándose en las mujeres y recurriendo a la fuerza para intentar salirse con la suya a través de la ilegalidad. Con esta manera de hacer las cosas, el FAP ha maltratado la imagen del partido que le dio la vida, el PRD, y ahora que le ha extraído recursos y potencial humano, habla ya de abandonarlo a su suerte y seguir solo. Como cualquier parásito chupasangre. Lo más grave del caso es que el líder del FAP, Andrés Manuel López Obrador, no es congruente. Es más bien hipócrita. Porque en los primeros días luego de tomar las tribunas de las Cámaras Legislativas dijo --a través de sus achichintles porque él no da la cara-- que cuando se garantizara el diálogo y el estudio exhaustivo de la reforma, liberaría las tribunas del pueblo. Ahora que los demás partidos de mayoría en el Congreso, PAN y PRI (Partido Revolucionario Institucional), se muestran dispuestos a negociar y estudiar con calma a la manzana de la discordia, el FAP dice que siempre no, que mejor como estaban. Y siguen ofendiendo a la Nación al mantener como rehenes a sus Cámaras Legislativas, usándolas como salas de lectura, dormitorios, parques de juegos y canchas de fútbol. Y disfrutando comilonas de 380 pesos por persona, con cargo al erario. Pero "primero los pobres", no faltaba más. Michel Georges-Michel dijo una vez: "Existen pacifistas que desean la paz "con tal que" y pacifistas que la desean "aunque". En su hipocresía, López Obrador ha quedado incluso fuera de la ecuación. Es evidente que no le interesa conservar la paz. No se da cuenta que con sus acciones, en lugar de sumar resta simpatías al PRD, complicándole la posibilidad de ganar eventualmente la presidencia de México en un futuro. Y tampoco parece comprender que la historia no miente, y que el día de mañana lo retratará como un populista revoltoso (no revolucionario) , que antepuso sus intereses facciosos y su ambición de poder, a los intereses de su nación y a la paz de su pueblo. Y a eso se le llama traición. Porque primero es la Patria. Aborto.Se cumplió un año de que se aprobara en la Asamblea de Representantes del Distrito Federal la despenalización del aborto. Y en tan breve lapso de tiempo ya se asesinó a más de 7 mil niños. Este infanticidio, en un escenario bélico, habría despertado la indignación mundial. En este caso, al tratarse de homicidios legales, pasará pronto de la primera plana de los diarios a una simple estadística de la que nadie se acordará. Y continuará la matanza. Ante este hecho no puedo menos que cuestionarle al Jefe de gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard: A pesar del asesinato metódico de bebés, ¿todavía tiene la cara dura de celebrar el próximo fin de semana el Día del Niño en el Zócalo capitalino? Por otro lado, quizá no lo sepan, pero los activistas y asambleístas que promovieron y aprobaron la ley en cuestión, son reos del mismo delito, que no por volverse legal deja de ser inmoral. Y para los que creemos y confiamos en la misericordia de Dios, también creemos en Su justicia divina, y entonces la moral deja de ser una simple cuestión académica. Esta mañana escuchaba una declaración de la Alianza Nacional por el Derecho a Decidir, en el sentido de que muchas mujeres salvaron sus vidas al no haberse visto en la necesidad de recurrir a un aborto clandestino. Dejando aparte a quienes tuvieron que abortar porque el niño era producto de una violación (situación comprensible mas no justificable), uno no puede evitar preguntarse si no hubiera sido mejor mantener cerradas las piernas, aguantarse la calentura, o de plano recurrir a un anticonceptivo. Dicho en pocas palabras, habría sido mejor prevenir que asesinar. No tiene caso discutir si la mujer tiene o no derecho a decidir sobre su propio cuerpo, si quienes recurren a este sobado argumento no toman en cuenta que un niño en gestación no es parte del cuerpo de la madre. Tampoco tiene caso discutir si un nonato es un ser humano con derechos inalienables, o un "producto" del que se puede disponer a conveniencia. Y ahí está el quid.El mismo partido de izquierda que grita a voz en cuello que se respete la Constitución no privatizando Pemex, es el mismo en el que sus integrantes se felicitan, se palmean la espalda y se echan porras, porque se "salvó la vida" de miles de mujeres al hacerles un aborto en un hospital del Sector Salud de la ciudad de la esperanza. La incongruencia está en que la Constitución que dicen defender, establece en varios artículos que el ser humano lo es desde el momento mismo de su concepción. Así que... ¿defienden la Constitución o sus propios intereses? Hipócritas. 4月18日 Tarde gallega.Para Monserrat. Alíviate pronto. "Llueve en Santiago. Los días transcurren plomizos. Desde su despertar hasta su sombra". Ronda gallega.El primer rondador llegó a las cuatro de la tarde. Mientras se ajustaba la capa comenzó a llover. ¡Eso prometía! Quince días con un clima tórrido y sin nubes, y justo el día de la ronda había mal tiempo. El Tuno alargó el paso hasta el portal más cercano, sacó de entre los pliegues de la pañosa un libro y un mendrugo y se puso a estudiar mientras comía con buen apetito los restos de un pan de munición. Rato después, cuando empezaba a preguntarse si no le habrían hecho la faena de citarle en falso, El flaco apareció y le informó: --Hiena, otros han llegado ya, están en la biblioteca. Voy por el contrabajo del Doctor Simi. --Ya era hora. La cita era a las cuatro y media y ya son las cinco menos quince --se quejó el veterano. Para las cinco de la tarde ya estaban todos presentes y calados hasta los huesos. El Jefe sin embargo no aparecía. El pardillo Largo, que le paseaba la calle a Liliana, hermana del Doctor Simi, era el mejor enterado, pues frecuentaba la casa del médico por razones obvias. --Se fue al centro de la ciudad a comprar material de sutura. --¿Y se fue de grillo? --preguntó La hiena. --Sí, para hacerse pasar por el cirujano de la flota de Hernán Cortés. El Tuno se preocupó por el compañero que llevaba retraso. En esos días el centro de la ciudad estaba soliviantado por revoltosos que podrían meterse con el estudiante. Además había otro problema. --¿No debía llegar el autocar por nosotros a las cuatro y media, Sonrics? --Ya le telefoneé al chofer a su casa, y su hija dice no saber a dónde se fue. Para tranquilizar los nervios, El chaneque y Monserrat se habían ido a comprar sendos conos de helado, que la comunidad estudiantil se encargó de reducirles a la mínima expresión en un abrir y cerrar de bocas. Sayayim, el novato más pardillo, andaba repartiendo sablazos a diestra y siniestra, y todos le daban calabazas con igual entusiasmo. --¿Me prestas para un bocadillo? --¡Toma! ¿Quién crees que soy? ¿Tu novia? --respingaba uno. --Ni hablar, que a ti es más barato regalarte un traje que invitarte la comida --denegaba otro. --Pero si acabas de comer en casa --le recriminó El flaco, su hermano. --Pero tengo hambre --se defendió el rapaz. Nadie quiso prestarle ni un duro. La hiena se compadeció del esmirriado y pálido pardillo y echó mano a su bolsa de monedas, para contar cuántas le quedaban de la mesada. Muy pocas; pero era por un camarada. Cuando iba a llamarle se dio cuenta que El Sayayim ya estaba masticando a dos carrillos. Por más que intentó averiguar el truco, no pudo. ¿Enamoraría a la cocinera el muy rillote? No, era cocinero. Y bigotón además. ¿Habría tomado el alimento "prestado"? Prefirió no averiguar más. Después de todo era pardillo y de él se esperaba que aprendiera a valerse por sí mismo en el negro mester. No lo estaba haciendo mal. Cuando llegó El doctor Simi, a las cinco y media, comenzó a impartir órdenes. --Largo, ponte el uniforme. Chaneque, ese cuello y puños. Todos levanten sus instrumentos del suelo, que está húmedo. Los pardillos lloriquearon un poco y se resistieron unos momentos, hasta que La hiena se acercó con ganas de patear traseros. A regañadientes obedecieron las órdenes. A lo lejos se vio llegar el autocar y todos lo abordaron en estampida, haciendo bromas pesadas al retrasado conductor. --¿Te quedaste echando pata, Konan? --le preguntó uno de los estudiantes. --Si no llegamos a tiempo no hay paga, compañero --advirtió El doctor Simi. La piadosa troula viajó con el Jesús en la boca, pues Konan, el chofer, condujo a toda velocidad para poder entregarlos en la puerta del templo a las seis en punto y poder cobrar la corrida. El compromiso era una misa de XV años, y su importancia radicaba en que la festejada era sobrina de la delegada municipal, quien les había prometido el templete para la fiesta de aniversario de los Kanons. Desgraciadamente, en su prisa el chofer había olvidado el mapa. Sin embargo muchos recordaban que las indicaciones decían: "Una iglesia ubicada en medio del Periférico, frente a la feria de atracciones de Chapultepec". --Oye, Sayayim --preguntó discretamente La hiena--, ¿acaso esa iglesia no es un puesto militar donde está el Museo Nacional de Cartografía? --Es lo que yo sabía --asintió el aludido, que tenía un hermano en el Regimiento de Fusileros Paracaidistas. Trataron de explicarle eso al Doctor Simi, y éste les hizo el caso que al pito del sereno. Los músicos afinaron en el autocar y se aprestaron a bajar a paso veloz. El Jefe les pidió que se movieran con rapidez y eficiencia y para evitar retrasos innecesarios añadió: --Todos sus instrumentos listos y a mano. Dejen sus fundas aquí. --Ni modo, Pedro --ordenó El sayayim--, te quedas a esperarme. Todos estallaron en carcajadas. En medio de una llovizna pertinaz arribaron a un pequeño templo ubicado frente al parque de atracciones citado. Descendieron en fila india y se dirigieron a la reja, que estaba cerrada y ostentaba un gran letrero: "Museo Nacional de Cartografía". Un soldado de Infantería en guardia apostada, les miró fijamente y soportó estoico las ganas de reírse. "Joder --pensó--, avisaré a Cuitláhuac que nos atacan los españoles". Fue hasta que los estudiantes se retiraron desencantados, cuando pudo dar rienda suelta a sus risas, doblándose por la cintura mientras se apoyaba en su fusil. ¡Cuando lo contara en las barracas! Dieron vueltas por el rumbo, cada vez más desesperados. Se detenían en cada esquina a preguntar por la iglesia de Santa Rita. Un patrullero que iba a infraccionar al chofer por circular fuera de ruta, terminó orientándolos. Yomara, la ecónoma del grupo, estaba que echaba chispas. Contra Konan, contra Simi y contra todo el que le llevara la contraria. --¿Cómo es que permaneces tan tranquilo, Hiena? --le preguntó al veterano becado. --Porque no es la primera vez que llego tarde a una misa. Ni tampoco sería la primera en que me dieran con la puerta en la nariz. Y sería bueno que te acostumbraras --añadió con una sonrisa. Por fin entraron por un callejón estrecho, al fondo del cual había una iglesia. El doctor Simi y su invitado Guillermo, a quien llamaban La reina (porque con su melena larga parecía la doceava figura de la baraja americana) fueron a echar un vistazo. Regresaron de inmediato. --Aquí son los XV años. Descendieron todos en tropel. Largo bajó lloriqueando y a regañadientes, pues le tocó en suerte cargar el tololoche. La hiena, para sus pulgas, tuvo que refrenarse para no arriarle un puntapié en el trasero. ¡Estos pardillos de ahora, joder! Qué tiempos los suyos, en que le cargaban como burro maletero. Bandurrias, contrabajo, acordeón, pandereta, guitarras y mochilas. Eso sí que forjaba el carácter. Y la espalda baja. Los estudiantes pasaron por en medio de una valla de curiosos y cófrades de la vela perpetua. Aquí y allá se escuchaban velados comentarios en diferentes sentidos: --¡Qué emoción! ¡La Tuna! --aplaudió una ancianita. --Vaya, para la hora mejor ya no hubieran venido --se quejó un hombre maduro que ni siquiera era invitado. --Mira, prima, qué Tuno tan simpático --indicó una jovencita con más gracia que belleza. --Y aquel madurito, está para comerse a besos --señaló una coqueta solterona a sus sobrinas. --¡Tía! ¡Qué cosas dice! Por un pelo la troula no alcanzó el Ofertorio, pero intervinieron en el cántico del Sanctus. Pero fue hasta el Pater Noster cuando La hiena se percató de las frenéticas señas de Yomara. Por la distancia y la desesperación de la ecónoma, el Tuno no comprendió bien el mensaje, pero se acercó al pardillo Chicken Little y le comentó en un murmullo: --Yomara está de broma. Si me entero bien, me dice que ésta no es la misa. Cuando terminó la Celebración Eucarística los estudiantes salieron al atrio, formaron en círculo y cuando la homenajeada llegó hasta ellos entonaron Pequeña flor. A la muchachita le brillaban los ojos y una sonrisa de incredulidad le iluminaba el rostro. Sus chambelanes habían sido relegados a un rincón, y lanzaban furibundas miradas al Sayayim, que atraía toda la atención de la doncella. Como si el pardillo tuviera la culpa de ser guapo y carismático. Un fotógrafo le pidió una foto con los Tunos y la chiquilla buscó entre todos dónde quería retratarse. --Mira --le llamó La hiena hacia él--, aquí junto al Tuno más guapo. Todos rieron y se volvió a escuchar un velado comentario por parte de la solterona. --Y aparte de atractivo, simpático. --¡Tía, por Dios! La ronda siguió cordial y alegre. Cuando los Tunos iniciaban la retirada seguidos de su comparsa, los invitados comenzaron a acercarse a ellos tímidamente, mientras el padrino le entregaba a Rubén algunos billetes. --Por la sorpresa --le dijo. --Oye, guapín. ¿Me tocas con tu guitarra? --pedía una muchacha. --¡Mira qué cintas tan bonitas! --exclamaba otra, y luego leía las dedicatorias--, ¿Son de amigas? --Ni hablar --se sonrió el aludido--, todas novias. --Y encima un sátiro y Don Juan. Le pediré su teléfono. --¡TÍA! Repartieron tarjetas de presentación, sonrisas y apretones de manos. Si no le hubieran contenido, un pardillo también habría repartido besos a una chica y piñas a un novio celoso. Cuando abordaron todos el autocar, La hiena se encontró con un ambiente muy risueño. Movido por la experiencia, ocupó rápidamente un sillón y se puso en guardia. --¿Qué ocurre? --preguntó. --Que ésta no era la quinceañera que buscábamos. ¡Acabáramos! Ni siquiera es la iglesia. El Tunosaurio soltó a reír, y cuando pudo recuperarse preguntó: --¿Estáis seguros? Las caras preocupadas le respondieron. Miró a Yomara. --Eso significa... --Que nos hemos quedado sin templete. --¿Pero qué nadie les dijo nada? Simi, tú entraste a ver. --Yo vi una quinceañera y pensé que era aquí --explicó el Jefe--. Lo más curioso es que nadie dijo nada porque estaban esperando a otra estudiantina que obviamente no éramos nosotros. Al vernos llegar pensaron que por fin llegaba y... bueno, ya sabéis el final. Tras una acalorada discusión decidieron hacer fiesta en casa del Doctor Simi con el dinero que habían recibido. Mientras se dirigían hacia allá se toparon con un autobús de pasajeros, cuyo chofer empezó a hacerle señas obscenas al Konan y luego se quedó atrás en un semáforo. El chofer de los Kanons se orilló para esperarlo y cantarle las cuarenta. No contaba con la solidaridad de los estudiantes, que a una se pusieron de pie con ganas de armar camorra. Una patrulla se colocó junto a ellos y preguntó: --¿Por qué se detiene? La hiena, cordial y respetuosamente, explicó por una ventanilla: --Es que hemos perdido el auto del señor Obispo, que nos viene siguiendo. Seguro le tocó la luz roja. El patrullero, impresionado, siguió su camino. Un autobús se acercó a ellos por la izquierda y los estudiantes comenzaron a gritarle obscenidades y a amenazar con los puños. La hiena trataba de hacerse oír, pero sin éxito. Fue cuando el transporte se alejó y todos se callaron que se oyó el aviso del Tuno. --Ese no era el camión, palurdos. Es éste que viene pasando. Y ahora la voz de tenor del manteísta se unió a las de sus compañeros al gritar, amenazar y hacer gestos obscenos a la otra unidad de transporte. --Pinche baboso. --Ese chofer es maricón. --Saludos a la jefa. El aludido se alejó desternillándose de risa, cosa que extrañó a los sopistas. --Es que es mi hermano --explicó Konan entre risas. Ahora todas las alegres rechiflas fueron para él. Luego de cantarle la ronda a la hija del Konan, que cumplía años, la comparsa terminó en casa del Doctor Simi. Con el dinero obtenido se pertrecharon adecuadamente con cervezas, refrescos y comida. Dicen que el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Y nadie mejor que un Tuno para saber eso. Así que cuando Yomara fue a encargar la comida, La hiena le acompañó, y así pudo mangar una quesadilla para él y otra para El flaco, aparte de las que en justicia les correspondían en la repartición. Cuando el manteísta iba por la mitad de su bocadillo, se acercó Chicken Little quejándose de hambre y preguntando si tardarían mucho. --¿Mucha hambre y pocas pelas? --preguntó el veterano. --Pues la verdad es que sí --respondió apenado el pardillo. Entonces el Tuno detuvo su mano de camino a la boca y tendiéndole el plato lleno a medias todavía, le ofreció: --Entonces toma. Termínatela tú. Y le palmeó la espalda, dándole a entender que lo ofrecía de corazón. El muchacho aceptó agradecido y pensó que a pesar de su seriedad, José era una buena persona. No pensaba lo mismo cuando más tarde esa noche los demás Tunos y pardillos, dirigidos por La hiena, cayeron sobre él y le despojaron de zapatos y medias a modo de bienvenida en la Tuna. Le habían aceptado como a un igual. La única pega fue que tuvo que caminar descalzo hasta que consiguió bajar sus zapatos del alero. Y entre libaciones y risas concluyó esa jornada de errores. 4月11日 A mis hermanos Kanons.La bondad de Dios es tan grande, que hace que la generosidad del ser humano resalte aun en la oscuridad más absoluta, en el desaliento más aplastante, o en la desesperanza más dolorosa. Tuve oportunidad de verlo el martes pasado, cuando se nos pidió la caridad de tocarle a una difunta. Si recuerdan del catecismo las virtudes corporales, entre ellas está la de enterrar a los muertos. Esto no se refiere a echarle tierra a un ataúd, sino a participar en la cristiana sepultura de un hermano bautizado. Y eso hicimos nosotros, acompañando a los dolientes en los primeros momentos de la despedida, en esos momentos que siempre son los más desgarradores, los que hacen que uno dude de sobrevivir al dolor de la pérdida. Cuando entonamos dos canciones aquella noche, no lo hicimos por lucir el uniforme o la voz. Lo hicimos por atender al llamado de hermanos en desgracia. Y esas cosas, hermanos míos, Dios no las olvida jamás. Y es que al cantar bien, oramos dos veces por una mujer que no conocíamos, lo que no fue obstáculo para pedir la intercesión de María y la piedad de Dios para ella. Además no sólo fue el cantar, sino la actitud que todos, según nuestra manera de ser, tuvimos ante esa desgracia ajena. Y al mirarlos a todos ustedes a través de mi propio aturdimiento, me pareció ver a Jesús en momentos diferentes de Su predicación. Por ejemplo, cuando entre un mar de dolientes Lupita acudió a consolar a dos niños desamparados, comprendí lo que había hecho Jesús al interceder por un hatajo de chiquillos: "Dejad que los niños vengan a Mí". Porque Cristo es el consuelo de todo cristiano, pero se vale de nosotros para prodigarlo. Lupita lo entendió y actuó como lo hubiera hecho Jesús. O también el llanto sincero, solidario,de Itzel y Monserrat, señal inequívoca de su misericordia, esto es, de hacer suya la miseria del corazón ajeno. Me trajo a la memoria el versículo más corto de la Biblia, Juan 11, 35: "Y Jesús se echó a llorar". Compartir con alguien un dolor que en solitario aniquila, no sólo lo vuelve más llevadero sino que además lo convierte en instrumento de santificación. Y de todos, hermanos míos, me admiró su coraje para sobreponerse, para hacer lo que de ustedes se esperaba por el buen nombre de la Estudiantina Kanons. Pocas veces he visto mayor prueba de entereza. Porque a pesar de notarse abatidos, alcanzados por la desgracia ajena, cantaron con toda su alma, poniendo un corazón generoso y caritativo en cada nota. El sábado anterior habían sonado trepidantes, con ilusión, con ganas de alcanzar sus más elevados anhelos. Pero el martes... el martes sonaron comprensivos, piadosos, misericordiosos. Y respetuosos. Eso es lo que los deudos más agradecieron. El respeto que mostraron por su difunta. En verdad que nunca me había sentido más orgulloso de ustedes. En mis ejercicios de reflexión de la pasada noche, pensé qué cosa más grande sería que así fuera mi postrer adiós. Con ustedes, mis amigos, rodeando a mis familiares, acogiéndolos en un abrazo intangible pero innegable, y entonando las canciones que tantas veces he cantado con ustedes y anhelo seguir cantando. Quiera Dios concederme esa gracia cuando sea Su Voluntad. A todos ustedes, hermanos Kanons, gracias. Gracias por acogerme y también por hacerme sentir orgulloso de llevar su nombre, si no en la beca, sí en el corazón. Un abrazo en Cristo. Fraternalmente, La hiena. Una posdata.Vivir la vida con prisas, tomando atajos y queriendo adelantar etapas no refleja más inteligencia o madurez, y por el contrario puede echarles a perder el resto de su existencia. Cada cosa tiene su tiempo. Tan malo es que un alto ejecutivo juegue a los cochecitos en horas de oficina, como que un niño experimente con cuestiones que corresponden sin asomo de duda a la adultez. Querer vivir con prisa nos priva de disfrutar de las etapas previas a la mediana edad, etapas que ocurren una vez y se van para no volver jamás, incluyendo la vida estudiantil, que muchos insignes autores han descrito como la mejor del ser humano. Tratar de asumir un rol de adulto cuando apenas se está saliendo de la adolescencia, es una imprudencia y casi siempre se revela al poco tiempo como una idiotez. Y generalmente una idiotez que ya no se puede enmendar, por lo menos no sin un sacrificio más grande que el error mismo. Y el sexo. Ya sé que hoy en día se considera retrógrado y hasta misógino el defender la virginidad. Por eso yo no la defiendo. Cuando me preguntan las muchachas yo sólo me limito a decirles que el mejor regalo de bodas que puede entregar una mujer a su marido es la certeza de que ha vivido de forma prudente su adolescencia y juventud. Y algo más importante, la virginidad lleva implícito el mensaje de que si antes la mujer se dio a respetar, en lo sucesivo seguirá exigiendo y mereciendo el mismo respeto. Además, hermanitas, ¿qué prisa hay por conocer lo que tarde o temprano tendrán que vivir? ¿Por qué no esperar? ¿Por qué correr riesgos innecesarios? La vida está plena de muchas otras emociones, más acordes con su edad y con menos consecuencias eventualmente graves. Y ustedes, hermanos, que hoy en día reciben muchos mensajes de la sociedad en el sentido de que mientras mayor sea el número de mujeres que se pasen por las armas más varoniles son, les tengo una mala noticia. No es cierto. El que anda de picaflor acá y allá sólo refleja inseguridad, imprudencia y falta de voluntad. O sea, refleja que es un pendejo (perdón por la palabra, pero es para mejor comprensión). Recuerden que ante el pecado capital de la lujuria, la virtud es la templanza. Es más hombre y por lo tanto más digno de respeto y admiración, aquel que tiene la voluntad para contenerse y, como caballero, no perjudicar el buen nombre de su dama. Dicho sea de paso, la verdadera prueba de amor no es darlas, sino más bien no pedirlas ni ofrecerlas (al buen entendedor pocas palabras). Además, jóvenes, piensen que su sexualidad es como un suéter muy bonito que le regalarán a su cónyuge en la noche de bodas. Dios se los entrega nuevo, con etiqueta y todo, pero no hay reposición. Si alguien lo usa mucho y --aún peor-- con descuido, al darlo de regalo de bodas lo entregará sucio, desgarrado, sin etiquetas, y quizá incompleto. Qué diferencia a entregarlo nuevo, en su caja, con sus etiquetas y evidentemente bien cuidado. Ustedes decidan cómo quieren regalar su sexualidad y a quien. Algunos se preguntarán si no me mordí la lengua (o los dedos) al escribir lo anterior. No mucho, y les diré porqué. No pretendo hacerme pasar por un santo varón, pues soy humano y me reconozco débil). En el pasado la tentación de andar... bueno... ya saben... buscando con quién, no me fue desconocido. Pero para mi fortuna siempre he sido más bien feo y antisocial (por echarme porras), y la mayoría de las mujeres nunca me han pelado, como no sean los dientes. Así que de joven no hubo mucha oportunidad y hoy, que estoy cerca de pasar a la tercera reserva, ya tengo la experiencia y la templanza para pensarme muchas veces si conviene o no bajarse los calzones. Por eso quiero compartir con ustedes lo que he vivido. Y créanme si quieren, a su edad el sexo no es ni lo más importante ni lo más divertido. Y es el más encarnizado destructor de noviazgos e ilusiones. Difícil de creer... pero es cierto. Un abrazo y mi humilde bendición. A ustedes y sus familias. 11 de abril del Año Paulino del Señor 2008.4月4日 Juerga.La odisea.El viaje en autobús ya duraba más de dos horas y los ánimos empezaban a alborotarse. Las muchachas ejercitaban el hipogloso mayor platicando a más y mejor, aunque también comenzaban a aburrirse. De los varones mejor ni comentar. Llevaban un buen rato fastidiando a los incautos, ansiosos ya por llegar a su destino y estirar las piernas. Hasta el veterano Tuno La hiena, que solía mantenerse apartado y reflexivo, había terminado sus oraciones y le hacía la plática a Adriana, prima del pardillo Chucky. Sus compañeros no perdieron oportunidad de meterse con él. --Hiena, ¿no te cansas de estar sentado sin moverlas? --¡Quiá!. Si estoy pensando mandar a buscar un lápiz... para pintarme de nuevo la raya. Cuando se cumplían tres horas de viaje, por fin los estudiantes divisaron las torres de la parroquia de Santa Rita, donde se celebraba el festival de la Estudiantina Rosas del Tepeyac. La hiena sabía que algunas de sus compañeras necesitaban ir al lavabo, y él en lo personal no había probado bocado desde la noche anterior. Así, se dio a la tarea de revisar los alrededores. A los pocos minutos, con requiebros y poemas había conseguido que la dueña de una pizzería le prestara el cuarto de baño a sus amigas. Y sin pagar ni un peso... que de todos modos no tenía. Luego fue con los integrantes de una rondalla que ya había participado, y mientras les hacía la plática les mangó un plato de enchiladas y un vaso de anís. La actuación de la Estudiantina Kanons sonó trepidante. Los muchachos tocaron con ganas, con ilusión. Cuando se retiraban del escenario, les hicieron volver y les pidieron cantar otra. Ahí se olvidó la fatiga, y cuando subieron al autobús todos iban risueños y satisfechos. Rato después, mientras el transporte cargado de amodorrados Tunos y lindas doncellas rodaba de vuelta a Naucalpan, El doctor Simi se acomodó en el mismo asiento que La hiena y comenzó a quedarse dormido. Cuando el veterano se dio cuenta, se sonrió con astucia. --¡NO SE DUERMA! --gritó el rillote mientras le picaba las costillas al doctor. El Jefe de la Tuna, arrebatado del sueño violentamente, dio un salto y por poco se cae del sillón. Los demás viajeros se espabilaron con los alaridos y las risas, y El flaco pronto se dio cuenta de lo que ocurría y no pudo evitar hacer leña del árbol caído. --Rubén, las dos nalgas van en el asiento. Y es que El doctor Simi había quedado en precario equilibrio en la orilla del sillón, y si La hiena no le respetara profundamente, le habría empujado sin contemplaciones al suelo. La fiesta.Los papás de Rubén habían salido de vacaciones y la casa estaba sola. El doctor Simi invitó a todo el grupo a que se reunieran en su casa. Sin embargo ya pasaba de la una de la mañana y ninguna de las muchachas quiso seguir la juerga. Así, luego de acompañar al Saltamontes a su casa, los varones se dirigieron al barrio de San Esteban, cargados de guitarras, bandurrias, pandereta y tololoche. Mientras caminaban, el estrépito y los gritos les precedían sembrando la alarma entre los vecinos. Cuando atravesaron el barrio de San José Obrero, Kakaroto el Sayayim (antes Felpudo) y El flaco comenzaron a comentar sobre los fantasmas que, se decía, solían aparecer dentro de una escuela y a un costado de la capilla de San José. Don Cangrejo (antes Sancho), que conserva su alma de niño, les pidió que no hablaran de eso a esas horas de la madrugada, sin luna y pasando justo frente a los lugares de marras. --No me dejen atrás --suplicaba con miedo--, y callen de una vez. Para colmo perdió un listón muy valioso para él, y los demás le animaban a volver al barrio de San José a buscarlo. Luego de pensarlo mucho prefirió enfrentar la furia de su novia y las pullas de sus amigos. La hiena y Kakaroto comentaban que quizá un tío de Rubén estuviera durmiendo en la litera de la habitación del Doctor Simi. --No te preocupes, Andreé, nos echamos un volado a ver quien manda al tío al suelo. Las risotadas del Tuno alborotaron a todos los perros de los alrededores. Apenas llegaron los estudiantes a casa del Doctor Simi, se perdió toda la elegancia. Se despojaron de jubones, capas, becas e instrumentos, y más de uno se quitó las medias, quedándose en taleguilla, sandalias y camiseta. Sacaron refrescos y botanas y se acomodaron en torno a la mesa de centro del recibidor. Con aire suntuoso, Rubén sacó de entre sus ropas una botella de tequila. La hiena se la arrebató, revisó la etiqueta y dio su aprobación con un movimiento de cabeza. --No está mal para irnos perdiendo el asco --sentenció alegre. --¿Traigo platos para la botana? --preguntó el Tuno anfitrión. --¿Está tu mesa limpia? --preguntó a su vez Don Cangrejo. --Sí, ¿por qué? --Olvida los platos --dijo Juan, y acto seguido vació las viandas sobre el cristal de la mesa. Segundos después, al estar escanciando el tequila, Kakaroto derramó un poco sobre la mesa, y La hiena opinó encogiéndose de hombros: --Bueno, si la mesa no estaba limpia, ya está esterilizada. El primero en retirarse a dormir fue Pedro (anteriormente El chimuelo), a quien desde esa noche le llaman Chinampinas, pues dijeron que se le había mojado la pólvora. Por caballerosidad no se puede abundar en el tema. Ahí fue cuando los compañeros descubrieron que por la falta de dientes, Pedro en vez de roncar, silbaba. Rato después se acostó Chicken Little, un irreverente y alegre pardillo de reciente ingreso. --No me digas buey, soy La hiena --le repetía pacientemente el veterano Tuno una y otra vez. Cuando despuntaba el día y el reloj indicaba las seis de la mañana, Don Cangrejo y El flaco llevaban más de media hora abrazados y hablándose en susurros balbuceantes, entre los que se entendía de repente: "mi mejor amigo". El doctor Simi y La hiena intentaban montar una canción nueva, pero se les cerraban los ojos y el viejo estuvo a punto de tirar la guitarra más de una vez. En algún momento durante ese lapso, Chinampinas y Chicken Little se marcharon a sus casas, procurando no llamar la atención de los demás. Por las dudas. --Mejor será que nos acostemos un rato --sugirió el Jefe, y todos se precipitaron a la habitación del matasanos para ganar una de las dos literas. Y ahí empezó la batalla campal. La geisha y el festival de la lana.Entre los Tunos se le llama "festival de la lana" a la guerra con almohadas. Y la casa de Rubén estaba muy bien abastecida de almadraques. Pronto la lucha por las camas degeneró en una trifulca de verduleras, en la que todos se unían para agredir a alguien, y luego uno de los victimarios se convertía en el mártir, mientras la víctima anterior se tomaba el desquite. Por momentos eran tantos estudiantes en un espacio tan pequeño que las almohadas estorbaban. Entonces la emprendían a puntapiés. Intermitentemente alguien trataba de ganar una cama, y era nuevamente arrastrado al suelo con verdadero entusiasmo. De repente todos se detuvieron en seco. --Hey, ¿dónde está Simi? La hiena pidió silencio a señas y se asomó a la habitación de las hermanas del Tuno. Sobre una cama bien tendida, en una habitación ordenada y deslumbrante, Rubén dormía como un bendito, en posición fetal y roncando suavemente. Aullando como una horda de indios arauacos, los pardillos al mando de La hiena se lanzaron sobre el buen doctor y lo tundieron a almohadazos. Astutamente, El doctor Simi se dejó golpear un poco y luego, aprovechando que ya la habían emprendido nuevamente entre ellos, se retiró al cuarto de sus padres. Ahí lo volvieron a encontrar dormido un rato después, luego de forzar la cerradura. Esta vez decidieron empanizar al Jefe, para lo cual se acabaron media botella de talco. Para desgracia del Tuno galeno, éste se despertó cuando le estaban blanqueando las cejas y dos puños de polvo de maíz le entraron directamente en los ojos. Entre risas los demás huyeron al recibidor y dieron rienda suelta a sus risas. Para entonces la mesa era un asco, el piso estaba lleno de talco, papeles, cojines y bolsas de plástico (cuya procedencia nunca se pudo determinar) y el fregadero de la cocina ostentaba manchas mal lavadas de vómito. Como Rubén no salía del cuarto, los muchachos se asomaron y le vieron tendido en la cama, la cabeza apoyada en el antebrazo y en posición de niño llorón. --Creo que se nos pasó la mano, mano --se preocupó El flaco. Los demás le miraron un largo momento y opinaron al unísono: --No. Acto seguido fueron a buscar las almohadas y se lanzaron de nuevo al ataque. Pero ahora Kakaroto llevaba artillería pesada para ablandar la posición. Antes que los demás empezaran a golpear, éste le dejó caer al noble doctor una silla. --No sea maricón --le dijo. Cuando por fin pudo levantarse, El doctor Simi se encaminó al baño sin decir palabra, y con andar digno y elegante. Todo lo elegante que se puede ir en taleguilla y camiseta, sin medias ni zapatos. Comenzó a revisarse atentamente los ojos, que tras el ataque de talco habían quedado como meadas en la nieve. Un breve chasquido a su izquierda le hizo ponerse en guardia. Se volvió un poco y encontró a su hermano de capa filmándole alegremente. --Pinche Hiena --fue todo lo que dijo, mientras contenía la risa y seguía revisándose los ojos. --Y ahora --dijo José con engolada voz de locutor--, la geisha se maquilla el rostro con polvo blanco de arroz. Las risotadas de los demás le impidieron seguir filmando su documental. Y momentos después, con lo que quedaba de talco, los pardillos le añadieron blanco a su cabello, ya de por si canoso. Lo que queda por decir de esa juerga es que aprovechando que Rubén no podía ver bien, sus amigos lo encadenaron y ataron, y lo sacaron a la calle en esas condiciones. Los vecinos le miraban y trataban de contener las risas, intentando también apartar las miradas. Pero era imposible hacerlo por las voces de sus amigos: --Miren al oso del Himalaya. --Caníbal auténtico de las selvas venezolanas. --El sátiro de San Esteban. La limpieza de la casa fue rápida y efectiva. Con un trapo de cocina fregaron el piso y la tarja hasta que no quedaron evidencias de la basca. Luego el trapo fue... eh... liquidado. En el patio del vecino. Mientras Simi recogía los papeles, envolturas y bolsas de plástico del suelo, y por lo tanto no podía verle, Don Cangrejo pasó la escoba por encima de la mesa, y así se ahorró el trabajo de limpiar con un trapo. Luego el polvo y migajas los barrió hasta el patio trasero, donde hizo un prolijo montón. Después de todo no había encontrado el recogedor... aunque no lo buscó con mucho empeño. Por fin la casa quedó tal como la habían encontrado. Por lo menos a primera vista. Los que se habían dispuesto a dormir y no lo hicieron, por fin se despidieron y tomaron rumbo a sus casas, con evidente alivio de Rubén. La hiena se tuvo que volver en busca de sus lentes, cuando ya había recorrido una manzana. Temiendo una trampa, El doctor Simi no le abrió y fue él mismo a buscarlos. Había comprobado que el veterano Tuno era muy creativo para los bromazos. Una vez entregados los lentes, respiró tranquilo y se retiró a descansar. Por fin. Epílogo.Parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Misa solemne al mediodía. Bochorno que se agrava por el templo lleno a reventar. Al cantor, que habitualmente presta absoluta atención al sermón, hoy se le ve apoyado en la pared, donde le oculta parcialmente la alcancía del Seminario Conciliar. Ha unido sus manos y reclina su cabeza con devoción, abstrayéndose en una devoción particular. La gente a su alrededor le ve pálido, con ojos inyectados en sangre, débil y con ronquera. Hasta trastabilla cuando tiene que ponerse en pie. Estará enfermo sin duda. Y su cabello... se le ve más encanecido que hace ocho días. Sin duda el rigor de la vida dedicada al estudio y la penitencia. Al concluir la Celebración Eucarística, nadie responde con más sentimiento a la despedida del párroco. --La misa ha terminado. Aleluya, aleluya. --Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya. Tlalnepantla, Mex. a 30 de marzo de 2008. |
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