José 的个人资料La casa de la Troya.照片日志列表更多 ![]() | 帮助 |
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5月2日 Quizá sólo fui un Quijote.Hace unos días escuchaba la bellísima obra musical The Man of La Mancha de Dale Wasserman, basada en la inmortal creación literaria de don Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. En ella el autor hace énfasis en la fidelidad que el “Caballero de la triste figura” tiene hacia su ideal. No le importan los golpes ni las burlas, es fiel a lo que su corazón le dice que es correcto. Y lo que otros toman por una locura incurable, en realidad es otra manera de ver las cosas. Quizá es una visión ingenua, pero no deja de ser real. Mientras reflexionaba en ello, miré hacia el rincón de mi celda donde está colgado mi traje de Tuno. Recordé aquellos lejanos días de mi juventud, cuando vestía mi traje de grillo y me pasaba horas y días en compañía de mi Tuna, cantando y tocando por un pedazo de pan, o por la mirada de unos ojos morunos. En esos días, para los jóvenes había cosas más importantes que el dinero, la fama o la rivalidad entre grupos. Vestir de cuervo implicaba sólo divertirse, cantar y dar palmas, hacerse hermano de otros Tunos, y rendir honores a las mujeres. Era posible vagar por la noche por calles y avenidas, cantando y haciendo escándalo, por el simple gusto de hacerlo. El encuentro más grave con la policía que llegamos a tener fue una vez en que unos patrulleros sorprendieron a dos Tunos de la UNAM bebiendo en la vía pública, afuera de un festival. Cuando trataron de subirles a la patrulla, nosotros --sin dudarlo un segundo-- nos acercamos e intentamos disuadirlos, de manera respetuosa pero firme. No conocíamos a los compañeros más que de vista y apodo, y sabíamos que estaban cometiendo una falta. Pero la tradición dicta que se debe defender al compañero a ultranza, sin importar si le asiste la razón o aunque la lucha esté perdida de antemano. Lo único que conseguimos fue acabar todos detenidos en la Delegación, encerrados en las mazmorras, cantando y bailando la pandereta para mantener a raya a los malandrines que compartían nuestra celda, y que habían amenazado con darnos una paliza si no les divertíamos. Hoy en día, a los grupos parece importarles más el ser reconocidos como “los mejores” (aunque yo no sé aún mejores en qué), o ganar premios en efectivo, o hacer el ridículo con tal de salir en televisión. Lejos de apoyarse mutuamente y sin dilación, se trenzan en discusiones vanas y bizantinas, perdiendo de vista no sólo la camaradería, sino hasta la lógica más elemental. A las mujeres ya no se les rinde el mismo respeto y admiración de antes. Al contrario, muchos jóvenes que hoy en día visten capa y jubón, creen que eso les convierte en donjuanes que deben mantener una reputación a base de actos de conquista y posterior abandono. Donde antes se respetaba al Tuno veterano que hacía las veces de maestro, enseñando a los pardillos el arte del buen Tunar, ahora a esos añosos sopistas en el mejor de los casos se les ignora, o peor aún, se les hace blanco de burlas y se les ataca en su reputación, por el simple hecho de llamar a las cosas por su nombre, y por querer conservar intacta una tradición que hasta hace unas décadas, podía considerarse poco menos que sagrada. Durante muchos años yo intenté transmitir a varones más jóvenes que yo, las enseñanzas que a su vez me transmitió un Tuno cuando yo era apenas un pardillo y bachiller. Traté de imbuirles a mis discípulos el respeto por el uniforme, por la tradición; quise enseñarles un amplio repertorio estudiantil y picaresco; intenté fomentarles un espíritu de camaradería y solidaridad hacia los demás grupos que seguían las tradiciones, al tiempo que les señalaba las características de los grupos falsos, para que no confundieran al monje por el hábito, o a la mona por vestir con sedas. Sin embargo, fracasé. Estrepitosamente. Y tuve que aceptarlo el día que fui atacado públicamente en medios electrónicos, y ni una voz salió en mi defensa. A mí, que más de una vez arriesgué mi reputación y buen nombre por camaradas y grupos, no hubo quién me diera siquiera una palabra de apoyo. Cuando tuve problemas de otra índole, invoqué la caridad de sopista a jóvenes que fueron mis alumnos y luego mis hermanos de capa, y me quedé sin caridad y quizá incluso sin amigos. De repente miro en torno y me encuentro solo. Abandonado a mis propios medios, que gracias a Dios y a la Tuna, no son pocos. Entonces me pregunto si quizá no fui sólo un Quijote. Alguien que a fuerza de pensar, de leer y de soñar, pensó que todavía podía ayudar a que una tradición ancestral perdurara. Puse demasiado en juego, y a la vista de los resultados, todo fue en vano. Los amigos, el tiempo, los recursos, todo fue malgastado. Y aunque en mi corazón todavía alienta el deseo de volver a intentarlo (de hecho sé que ese fuego jamás se apagará), lo cierto es que el tiempo se ha agotado y ese es un juez inflexible que cuando dicta sentencia no hay modo de impugnarla. Por tal motivo, he decidido retirar mi uniforme de Tuna de ese rincón, donde por años estuvo al alcance de la mano para cuando fuera menester. Lo guardaré en el fondo del armario, donde no pueda verlo y no sufra con cada recuerdo invocado. Aunque quien una vez fue Tuno, siempre será Tuno, para mí la ronda se terminó. Tal vez el día de mañana alguno de mis viejos hermanos de capa de mi generación necesite una mano. Quizá para los XV años de su hija, o sus Bodas de Plata. O incluso las de Oro. Entonces tal vez podría volver a ponerme el grillo, pero sólo tal vez. Y sólo por uno de ellos. De lo contrario, mi traje de estudiante permanecerá en la penumbra hasta que alguno de mis descendientes lo encuentre y quiera conocer la historia detrás de un manteo, un jubón y unas calzas. Y entonces se la contaré, o la leerá en mis crónicas. Ad Majorem Gloriam Tunae. Semel Furcifer, semper Furcifer, La hiena. 2月3日 Hasta siempre.Fuiste de las muchachas que primero me abrió los brazos, cuando llegué a San Francisco Cuautlalpan. Las demás me miraban con cierta suspicacia, mientras los muchachos me observaban con sorna. Pero tú parecías intuir que nos parecíamos en algo. Con el tiempo comprendí que teníamos varias cosas en común: Eras perfeccionista, tu pasión era la música, y guardabas muchos secretos. Yo llegué con los Kanons cuando estaban preparando el festival de su primer aniversario, e hice una promesa que tú me ayudaste a cumplir cuando, en una ceremonia muy íntima y conmovedora, le impuse la capa de Tuno a un amigo entrañable: Al Doctor Simi. Pasado ese compromiso comenzamos a preparar la participación del grupo en un concurso en la Basílica de los Remedios. Y de esas semanas es de donde me vienen los recuerdos más gratos contigo, esos que atesoro para mi vejez. Recuerdo cómo El doctor Simi y yo discutimos menos de tres minutos, antes de decidir que Aldonza, la tabernera de la inmortal obra El hombre de la Mancha, tenías que ser tú. Con sinceridad reconozco que entonces asumí el papel de Don Quijote, no sólo por la inexperiencia de los muchachos, que nunca habían cantado de solistas. Especialmente lo hice porque no quería privarme del honor y el placer de compartir el escenario con alguien que prometía mucho, alguien a quien yo veía futuro no sólo en el cerrado ambiente de las estudiantinas, sino más allá. Con una sonrisa nostálgica recuerdo que en ese certamen arrasamos. Hablando objetivamente, ese día demostramos que el esfuerzo, el tesón y una educación musical adecuadas, pueden hacer de un grupo novato un rival imbatible. Aunque nos robaron el premio, los abucheos del público hacia el primer lugar nos demostraron quién había sido el campeón del Respetable. Yo te miré entre tus amigos, todos alegres, todos abrazándose, y vi el orgullo en tus bellos ojos almendrados. Tiempo después ocurrió lo que tarde o temprano tenía que pasar. Reconozco que de manera egoísta, albergaba yo la esperanza de que no llegara ese día, por lo menos mientras yo estuviera con los Kanons. Y es que te diste cuenta que tu espíritu aventurero, tu tesón por destacar, tu hambre de éxito ya no se colmaban con el grupo que te vio nacer artísticamente. Así que buscaste acomodo en otro lado, pero cometiste un error. Hablaste mal del grupo en el que hasta hacía poco tiempo, se te estimaba y protegía. Nuestro adiós fue tirante, amargo. En una última entrevista yo te reiteré mi amistad, pero no me hablaste más cuando tomé partido por mi hermano de capa. Nunca comprendiste que la amistad trasciende a los hombres, y no conoce de enemigos comunes. Hoy que he conocido la noticia, eso fue lo que más me entristeció. Que no me hubieras enviado siquiera una pista para hallarte a tiempo, para acompañarte en tus últimos momentos, para enjugar tus lágrimas derramadas. Habiéndote conocido rozagante, llena de vida, alegre y entusiasta, vuelve a mi memoria nuestra última charla, al cobijo de una sacristía. Conocí de tu enfermedad, me cercioré que tus padres estuvieran al tanto, y no pude hacer más que ponerte en las manos de Dios, que sin duda podría cuidarte mejor que yo, que ya alistaba mis maletas para seguir mi peregrinar por esta tierra de misión. Ahora que te ha acogido en Sus brazos el Padre de los Vivos, me pregunto si pude haber hecho más por ti, sin traicionar aquel voto de silencio que cubrió tu última confidencia. Aunque me tranquiliza saber que nada más podía hacer, eso no ayuda a aliviar la tristeza de no haber podido acompañarte en tus últimas horas. Pero así lo decidiste cuando optaste por guardar silencio. Y ahora, en silencio, inclino mi cabeza y junto las manos, para implorar la misericordia de Dios. Que a ti te acoja pronto en el banquete celestial, y a quienes te conocimos, nos conceda el consuelo de haber perdido a una amiga tan querida, tan talentosa y tan… inolvidable. Hasta siempre, Miriam. Que Dios te otorgue el descanso eterno, y brille para ti la Luz perpetua. Y que algún día podamos volver a cantar juntos con una orquesta de ángeles, la canción de Dulcinea. Amén. 12月3日 Asís no morirá jamás.Dos Tunos, dos cartas, una estudiantina… un corazón.Hola a toda mi familia De Asís:
Ing. Fernando Elizalde, Tuno Skippy. 1º de diciembre de 2008. 12:12 hrs.
http://www.youtube.com/watch?v=bOM68kN422M Tuno Skippy: Sobre el vídeo homenaje que has hecho de la Original Estudiantina de Asís, creo que expreso lo mismo que sienten todos cuando digo que no hay palabras para agradecer tan grande honor y dedicación que has hecho a nuestro grupo, a nuestra familia en Cristo. Como bien dices en tu correo, ahora cada vez que alguien quiera ver a la Estudiantina de Asís pirata, también sabrá que hubo una antes, que fue más grande en virtud, arte, alegría y caridad. Y que mientras quede uno solo de sus integrantes, seguirá viva. En el recuerdo y en el corazón. Debo aceptar que mientras miraba el vídeo, su excelente edición, postproducción y elección de temas e imágenes, no pude evitar que se me empañaran los ojos. Lloré no sólo por los amigos que se nos han adelantado, ni por la añoranza de los que viven lejos. Lloré también por esos años estudiantiles que tuve la dicha de vivir, pero que ya no volverán. Y que fueron inolvidables y mágicos no tanto por lo que en ellos hice, sino especialmente por los amigos que ahí conocí, y a quienes entregué un pedazo de corazón. Por eso cuando les miro en el vídeo, o luego en mi álbum de fotos, me siento feliz y al mismo tiempo triste; satisfecho y al mismo tiempo vacío. Sin embargo, sé que llegará el día en que pueda reunirme con todos ustedes, hermanos de Asís, en torno a la mesa de nuestro Padre, teniendo como invitado especial al santo varón que inspiró nuestra juventud, Francisco El pobrecito de Asís. Mientras, trato de vivir con los valores y enseñanzas que se grabaron a fuego en mi corazón en cada día y hora que porté mi jubón y pulsé una guitarra o toqué un acordeón, o simplemente reí como loco ante nuestras ocurrencias. Ya lo escribiste tú, Skippy, en un libro de Tuna que me regalaste hace tantísimos años: Asís nec tamen abolesco. Asís no morirá nunca. Y esa, hermanos míos, es la pura verdad. Llorando como un chiquillo, a todos les envío un abrazo y mi humilde bendición. Frey José Carrillo E. C., Tuno Hiena. 2 de diciembre de 2008. 12:42 hrs. 11月22日 Tunantadas 2ª parte.Es triste cuando uno ha preparado un artículo para contar al mundo lo mucho que se divierte el que abraza la causa de la Tuna, y de repente se encuentra con que aquel a quien lo dedicaba, ese que parecía un compañero leal y divertido, resulta rana. Y que no sólo se ha tomado a mofa lo que significa la camaradería, sino que además ataca e insulta a otros becados, cuando el Cancelario no está y el Jefe ha sido desbordado. Así que en protesta, esta segunda parte se quedará en el tintero. La hiena. 11月10日 Homenaje a un Tuno.Rafael Serrato fue un amigo leal, alegre camarada y divertido compañero de rondas y borracheras. El pasado 24 de octubre el Señor decidió llamarle a trovar con la Tuna Celestial. Por su carácter y manera de ser de Rafa, lo más seguro es que Dios necesitara de alguien que le hiciera reír con ganas. La única pega en esto es que, naturalmente, sus compañeros de ronda le extrañaremos una barbaridad. Con infinito cariño a su mamá, sus hermanos y demás seres queridos, me permito transcribir algunos fragmentos del libro ¡Ahí viene la Tuna!, en los que él es, no sólo el protagonista, sino la parte divertida de la anécdota. Donde quiera que estés, Rafa, no te olvides de tus capasnegras. Y que Dios te permita correr la Tuna en Su Presencia por toda la eternidad. * * * A las nueve de la noche se reunieron todos en el atrio de la iglesia para planear la ruta. Por decisión unánime acordaron visitar primero a las madres que vivieran más lejos, para terminar cerca de la iglesia y así no tener que soportar un largo regreso a casa. Claro que había otro motivo en el que todos pensaban pero nadie deseaba reconocer. Muchos habían planeado rondar a su madre, y ya de paso quedarse en casa. Por tal razón todos querían que su madre fuera de las primeras, para que le tocara la Tuna sin merma. Dicho sea de paso, con el frío y la falta de sueño la voz empieza a cansarse y es común que las últimas mamás escuchen más gallos que falsetes, y más ronquidos que poemas. Víctor, el dueño del auto (mejor dicho el hijo del dueño), tenía voto de calidad para decidir el orden de las rondas. Después de todo, no había hablado acerca de cooperar para la gasolina y los demás se guardaron mucho de mencionarlo. No fuera a ser que pidiera el costo del pasaje, cuando los estudiantes se habían gastado hasta el último duro en el regalo de sus respectivas progenitoras. Ahora, aprovechando esa ventaja, Víctor decidió poner orden. —Miguel —se dirigió a Valencia, el futuro Perro—, ¿dónde vive tu madre? —Conmigo, en mi casa. —Vale, tío, ¿dónde está tu casa? —En el Ajusco. —¿En la calle de Ajusco, aquí en la colonia Portales quieres decir? —No, en el cerro del Ajusco. En las afueras de la ciudad. —Bien. Comenzaremos por ahí, y luego con tu mamá, Manuel. Son las más lejanas. Fernando comenzó a ejercer su autoridad organizando el abordaje. —Primero los altos y los gordos. A los chaparros los llevaremos sentados en las piernas. El auto tenía capacidad para cinco personas, seis viajando apretados. En su interior buscaron acomodarse los 12 muchachos de la ronda. Había altos, bajos, fornidos, delgados, pero ninguno desnutrido. Luego hubo que acomodar un acordeón, dos panderetas, una cavaza, seis guitarras y dos bandurrias. Los rondadores acababan de echar por tierra la teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Con pujidos y contorsiones seguía el flujo continuo al interior del vehículo. —Siéntate en mis piernas, nena —invitó Abraham con gesto libidinoso. —Calmados, puñales, nada de sentirse garañones. Todos rieron con discreción. —Déjame —se escuchó un gemido sensual—, déjame respirar, digo. En el atestado vehículo, las risotadas que siguieron después de ese comentario sonaron estruendosas. —¿Cómo me subo? —preguntó Freddy, que en vano buscaba algún resquicio dónde colarse. —Tú te irás corriendo detrás del auto para quemar esa grasa, Gordo. Mira, si parece que te has olvidado de dejar el salvavidas en casa. —Es el callo del pupitre. Porque yo sí estudio, caballeros. —No fastidies, ya te pareces a La hiena. —Bueno, ¿te vas a subir o no? —¿Cómo? —De pescadito. —Pescadito es a lo que huele aquí adentro. —Es que me vine antes de irme. Más carcajadas. —Pepillo, un favor. Cuando te rías no brinques, que haces que me atice en la cabeza contra el techo. Por fin Alfredo se decidió a viajar “de pescadito”. Esta posición consiste en recostarse sobre las piernas de los que van en el asiento. La única diferencia es que aquí iban dos capas de pasajeros. —Ahí voy —amenazó Freddy antes de lanzarse de cabeza al interior del vehículo. El auto se balanceó visiblemente, y los amortiguadores y muelles rechinaron. —¡Ay! —Estás hecho un cerdo. —Éste no es un pescadito, es la orca asesina. —Llamen a “Green Peace” —solicitó angustiado Víctor—, una ballena se ha varado en mi auto. —Ríanse, quien va más cómodo soy yo —opinó Alfredo, recostado como una maja. Y tenía razón. Circularon por calles y avenidas en dirección al cerro del Ajusco. Al pie de este volcán extinguido se levanta un parque de diversiones llamado Reino Aventura, cuya mascota es Cornelio, un dragón gordo y rosado. Lindando con el parque se han edificado recientes desarrollos urbanos. —Mira, Freddy —señaló Abraham un póster gigante del dragón Cornelio— qué bien saliste en la foto. —¿Doy vuelta en los edificios? —preguntó Víctor. —No —respondió Miguel—, yo no vivo ahí. Un poco más arriba. —No me digas que en la cima. —No, qué va. Unos cuatrocientos metros abajo. —Vaya, menos mal. ¿Y cómo vamos a hacer subir el auto hasta allá, tan cargado como va? Cuando estaban por llegar a la cima, Víctor volvió a preguntar. —¿No dijiste que vivías medio kilómetro antes de la cima? —Sí, pero del otro lado del cerro. Hay que llegar a la cima primero. —No fastidies. —Si hacemos un concurso de a ver quién vive más lejos… —sugirió Rafael. —Gana Miguel, definitivamente. —No —atajó Rafa—, él pierde por exagerado. * * * Era la octava ronda de la noche, y para entonces ya algunos cabeceaban descaradamente. Otros se dolían de sus dedos, ya despellejados de tanto pulsar las cuerdas. Las voces comenzaban a cascarse por la fatiga, por lo que comenzaron a dar cuenta del elíxir de José, desde luego con la discreción que la ocasión ameritaba. —¡¡¿QUIÉN TRAE EL CHUPIRUL?!! Iniciaron la ronda desde la calle, haciendo que en muchas ventanas se encendieran las luces y se asomaran muchas madres con ilusión. Acabada la primera canción salió el padre de Beatriz, un oficial retirado de la marina de guerra. Cubría su calva con un gorro de estambre tejido de muchos colores, a cuál más llamativo. Apenas verlo, los muchachos tuvieron que contener la risa. —Viene disfrazado de pirulí —murmuró La hiena, lo que acarreó la risotada general. —Mi esposa está enferma y no puede salir —se disculpó el oficial—, les ofrece una disculpa y les agradece tan fino detalle. —Entonces le cantaremos otras canciones para animarla y que se sienta más aliviada —ofreció servilmente El negro. —A ver si no empeora con nuestros aullidos —comentó en voz baja Rafael, no obstante lo cual atrajo la atención del marino. —Su rostro me es familiar, jovencito. ¿No nos conocemos? —No, almirante, no lo creo. Yo serví a mi patria en la infantería. —A ver, a ver —insistió el hombre acercándose más a Rafa y despojándose del gorro—, ¿seguro que no? —No, estoy seguro que no. De cualquier modo, encantado de conocerle, almirante. Rafael Serrato para servir a Dios y a usted. Rato después abandonaron el lugar y se encaminaron al auto. Rafa comentaba sus opiniones. —Cuando se me acercó, se quitó el gorro y vi su pelona, yo pensé que me iba a agredir a topetazos. Los que aún tenían ánimos de reírse, lo hicieron de buena gana. Los otros ya venían trastabillando entre la troula. En completo silencio abordaron el auto y a los pocos minutos algunos dormían a pierna suelta. Fernando roncaba que daba gusto oírle. —Ya me tiene harto con sus mugidos —opinó Rafael—, ¿no hay modo de callarlo? —Dicen los que saben que si silbas ligeramente, callan de inmediato —propuso Abraham, y silbó suavemente. Un ronquido más fuerte que los demás fue la consecuencia. —Estoy asombrado —se burló Héctor. —Tal vez no silbaste lo suficientemente fuerte —apuntó Rafael, y acto seguido se llevó los dedos a la boca y lanzó un penetrante silbido de arriero. Los durmientes despertaron sobresaltados, excepto Fernando. Éste seguía durmiendo como un bendito y roncando como un león. —Yo conozco otro método —dijo de pronto José, chasqueando los dedos—. Pásame una bota. Cuando tuvo el recipiente de vino en la mano, vertió un pequeño chorro en la boca entreabierta de su amigo, quien empezó a hacer gárgaras involuntariamente, pero sin despertar. El sonido resultó más desagradable que los mismos ronquidos. —Voltéale todo el contenido para que se calle. —Espera, porque va a… La advertencia llegó demasiado tarde. Atragantándose, Skippy tosió y bañó en saliva y licor a todos los ocupantes del auto. —Iba a salpicar. —¿Qué intentan hacer, rillotes? ¿Matarme? —Te dije que era muy listo y terminaría por darse cuenta. —Ríanse, pero yo quiero saber quién va a lavar mi camisa. Es nueva. —Te presto a mi mucama —ofreció generoso Freddy, mientras señalaba a Abraham. —Vete a tomar por el fondillo —le respondió el aludido, con toda cordialidad. * * * Se dirigieron luego a una casa en la que tenían contratada una serenata. Era uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, en el fraccionamiento de La Herradura. Había casas de todo tipo, desde coloniales a neoclásicas, pasando por el estilo rococó. El común denominador era su descomunal tamaño y sus guardias armados a la puerta. Como en esas zonas residenciales es relativamente común que se reúnan los hijos de las familias ricas a bordo de autos último modelo, las autoridades de gobierno se han preocupado por reducir al mínimo la posibilidad de accidentes por imprudencia. Para tal efecto, han colocado topes en las calles. Pero los han hecho tan elevados, que parecen monumentos al Muro de Berlín. Cuando el auto de Víctor, sobrecargado, pasó por el primero, todos se estremecieron al escuchar primero un largo deslizar de metal contra concreto y luego un golpe seco. —El siguiente pásalo en diagonal —recomendó Abraham. —Mejor bájalos a cagar a todos —sugirió entonces Rafael, que ya estaba muy ebrio con el vino de José. Su comentario ocasionó una risotada general. * * * Poco antes del amanecer llegaron a la casa de la abuela de José. Con el consuelo de que se trataba de la última parada, cantaron con entusiasmo y alegría, dejando sus últimas fuerzas en cada nota. Diez minutos después se asomó un vecino. —La señora no está. Anoche vino su yerno por ella, para que pasara el día de hoy con la familia en Acapulco. —Genial —masculló La hiena. Los demás Tunos se miraron con inteligencia un momento y comenzaron a alborotar pidiendo venganza. José comprendió que su integridad física corría verdadero peligro, así que de inmediato desvió la ira en dirección de la única persona que no estaba en condición de defenderse. —Alguien tiene que pagar por esta afrenta. Que sea Rafael —propuso entonces. —¿Por qué él? —Porque someterlo no nos tomará mucho trabajo. En cambio yo sí defenderé la piel. Considerando su cansancio, todos estuvieron de acuerdo y fueron a buscar al infortunado durmiente a donde habían estacionado el auto. Luego de una labor rápida y sutil sobre su inconsciente persona, lo despertaron. Cuando Rafa se sintió aferrado por los hombros y sacudido, se sobresaltó. La tranquilidad que lo invadió al ver que eran sus amigos se desvaneció cuando vio sus simpáticas y maternales sonrisas. —¿Qué me van a hacer? —preguntó asustado. —Nada malo —aseguró Freddy. Esa respuesta tan sincera movió a Rafael a escapar a toda prisa, pero mientras dormía sus compañeros lo habían cubierto con una capa y luego habían amarrado las cintas, dejándolo atado como un chorizo. —¿Oigan, de qué va esto? ¿Qué hice? —Que nos han dejado en la calle y decidimos descargar nuestra furia en ti. —Esperen —se debatió Rafael tratando de romper las cintas y de ganar tiempo—, eso no es justo ni cristiano. Por lo menos denme una oportunidad de salvarme de este castigo injusto e inhumano —clamó, cansado de intentar soltarse. —De acuerdo —accedió Skippy—. Cuéntanos un chiste. Si uno se ríe, ese será castigado en tu lugar. Pero si ninguno lo hace… Rafael puso a trabajar su embotada mente en busca del mejor chiste que se supiera. —Me sé uno muy bueno, pero ¿hablan bien el inglés? —Seguro, Rafa —se burló José—, si estos borricos apenas rebuznan el español. Los demás protestaron indignados. El Jefe puso orden. —Bueno, tío, ¿qué hay con el chiste? —Vale, vale. Pues ahí tienen que… En otras circunstancias el chiste hubiera ocasionado que los Tunos se desternillaran de risa y pasearan al bufón en hombros. Incluso que se pidiera el indulto agitando pañuelos. Pero como nadie quería atraer sobre sí el castigo reservado para Rafael, todos conservaron sus caras largas. Aquí y allá alguien tosió brevemente. —Cajum… —carraspeó Skippy conteniendo la risa—. Pues te dimos la oportunidad, Rafa, pero nadie se ha reído. Viendo todo perdido y sabiendo que la mejor defensa es el ataque, Rafael trató de embestir a Alfredo para escurrirse entre los demás, pero fue rápidamente dominado y levantado en brazos. Sólo podía mover las piernas, y en ellas desquitaba toda su energía. Y gritaba como poseso. —Bueno —jadeó Manuel—, ya lo tenemos, y chillando como puerco atorado. ¿Qué hacemos con él ahora? Fernando miró en derredor. Estaban frente a un negocio de autoservicio y, debido a lo temprano de la hora los mozos de limpieza habían sacado los barriles de basura de 200 litros de capacidad, todos llenos a rebozar. Aunque no, uno de ellos estaba lleno sólo hasta la mitad. —Deprisa —señaló—, de cabeza en el bote de basura. —¡Cabroneeeees! —gritó Rafael mientras sus compañeros corrían hacia el recipiente con él en brazos. Luego, sin miramientos, lo metieron de cabeza a la basura. Tales fueron las risas, que el gerente salió de la tienda para ver el motivo de tanto alboroto. —Muy bien, muchachos, ¿qué ocurre aquí? Los Tunos se dieron la vuelta y lo miraron fijamente. Eran la viva imagen de la inocencia. —¿Aquí? —se extrañó Skippy—. Pero si aquí no pasa nada. Tras él, Rafael pataleaba y maldecía tratando en vano de salir del tambo de basura. —Si no ocurre nada —preguntó el gerente conteniendo la risa ante caras tan duras—, ¿qué hace el compañero metido entre la basura? —¿Cómo dice? —preguntó Abraham evidentemente extrañado. —¡Santo Dios! —clamó Freddy luego de mirar en la dirección que señalaba el gerente—. Rafa, ¿cómo has podido caerte ahí? Déjame ayudarte. ¡Venga, amigos, todos a dar una mano! Entre pullas y risas sacaron al desventurado estudiante de los desperdicios. Su aspecto era todo un poema. En la cabeza llevaba una peluca de repollo, en una oreja a modo de arracada un jitomate echado a perder, y sobre los hombros a modo de lentejuelas una miríada de semillas de melón. Además olía bastante mal. Fernando puso gesto severo y le llamó la atención. —¡Qué vergüenza, Rafael! Te he dicho que cuando tengas hambre, pidas de comer. Nosotros jamás te hemos negado nada. El gerente no pudo más. A pesar de un esfuerzo heroico ya no pudo contener la risa y se unió a las risotadas de los demás Tunos. Rafael, que no encontraba el asunto divertido en lo absoluto, permanecía atado en estoico silencio. Cuando se cansaron de reír, el gerente volvió a sus obligaciones y los Tunos abordaron el auto. Rafael tuvo que jurar y amenazar para que le dejaran subir. Con tal de estar lejos del tufo que despedía, le cedieron el asiento delantero del pasajero y se apelotonaron todos atrás, menos el infortunado chofer. * * * El auto llegó a una calle tranquilla, flanqueada de árboles, con casas que tenían flores en sus balcones y buganvillas en cada reja. José señaló una verja blanca que permitía mirar un bello jardín con andadores de lajas de piedra y un añoso árbol al fondo. Los Tunos descendieron del auto en total silencio, pues ya no les quedaban energías para armar alboroto. Algunos habían dormitado por ratos y las lagañas eran testimonio innegable. A uno de ellos además, se le veía claramente el camino de la saliva de la comisura de la boca hasta el mentón. Rafael había optado por buscar consuelo en una anforita que le quitó a la fuerza a La hiena, y de nuevo estaba como una cuba y apestando a basura. Todo un teporocho. Parpadeando continuamente por el sueño y la luz del sol que ya tenía más de media hora de haber salido, los muchachos templaron sus instrumentos y tras cruzar el jardín se formaron en semicírculo frente a la puerta de la casa, omitiendo los tradicionales caracoleos de la Tuna. Para giros estaban. Rafael ya se encontraba al borde de la inconsciencia, pero no había querido quedarse de nuevo en el auto. Por ello, dos de sus compañeros lo acomodaron contra el vano de la puerta, para que no fuera a caer y hacerse daño. Cuando estaban a punto de iniciar la ronda, se abrió la puerta y Rafa cayó como tabla sin poder detenerse. Con el golpe perdió la poca conciencia que le quedaba. La preocupación de sus compañeros fue fácilmente medida por el volumen de sus risotadas. El tío de José, que había abierto la puerta sin suponer que del otro lado estaba su sobrino con la Tuna, fue el que más se apresuró a auxiliar al caído. Tras enjugarse las lágrimas por la risa, La hiena recibió a Rafael en calidad de bulto y optó por recostarlo contra el árbol. Con trabajos, los demás habían logrado contener la risa y colocaron sus instrumentos en ristre, listos para comenzar. —Venga Despierta —ordenó el Chantre y comenzaron la ronda. Contra toda esperanza y probabilidad, la ronda salió muy bien. Tal vez era el consuelo de haber terminado, o la promesa de un sustancioso desayuno, el caso es que los capas negras sonaron como al principio de la noche. Cuando terminaron de cantar, todos volvieron a meterse al coche mientras José se despedía de su abuela. Era tal el agotamiento que ya a nadie le importó el penetrante olor que emanaba de Rafael, que seguía felizmente dormido. —Oye —preguntó Abraham al amodorrado Alfredo—, ¿y si Rafa queda imbécil por el golpe que se dio? Freddy entreabrió un ojo para mirar brevemente al Negro y luego se arrebujó en su capa. —Hay asilos de la asistencia social en los que reciben a los locos. Pero no te preocupes por eso. Imbécil ya estaba. —Con una… gada, she pue… callar, …bosos —murmuró el aludido entre sueños. —¿Ves lo que te digo? —concluyó El gordo. José regresó con una caja de galletas que había requisado de la cocina de su abuela, dejando a cambio una bella flor… robada del jardín del vecino. Los Tunos se abalanzaron sobre las golosinas y pronto dieron cuenta de la caja completa. Las migajas y papeles adornaron bellamente el piso del coche, para desesperación de su dueño. —Vais a limpiarlo todo —advirtió. —Sí, coño, sí. Sólo date prisa y vamos al mercado a desayunar. Cuando llegaron al restaurante, todos corrieron para encontrar el lugar más cómodo. En la estampida estuvieron a punto de llevarse a una camarera y a dos comensales, que apenas pudieron salvar la vida. Luego comenzó la batalla por las sillas. Unos se sentaron y fueron derribados sin misericordia. Otro jaló la silla que iba a ocupar un camarada, por lo que éste se fue de nalgas al suelo. Uno más fue pateado en la espinilla y cuando se dobló para frotarse el dolorido hueso, fue bruscamente arrojado al suelo para privarle de la silla tan duramente ganada. La mayoría de los comensales reían a mandíbula batiente de las tolerías de los rapaces, y sin embargo optaron por alejarse de la mesa de los estudiantes… por si acaso. Pronto el desayuno terminó, afortunadamente sin más incidentes. Los sopistas, satisfechos y amodorrados, tomaban su café con churros mientras yacían despatarrados en sus sillas. Rafael, ya reanimado por el abundante desayuno, eructó sin recato. Skippy abrió un ojo y le preguntó: —¿Y el otro qué te dijo? Por toda respuesta recibió otro eructo, más fuerte si cabe. —¿Qué comí? —Qué falta de educación —se escandalizó La hiena. Entonces fue cuando vio que El botes se estaba meciendo en la silla y le llamó la atención. —No te columpies en la silla, Botes. —Pero mamá… —se mofó aquel, y todos rieron por la broma. —Conque mucha risa… —advirtió Pepillo. Sin mediar más palabras, trabó con su pie una de las patas traseras de la silla del Botes y jaló de ella con fuerza. Su amigo rodó por tierra mientras los demás volvían a carcajearse y a aplaudir. Fragmento del capítulo “Por mi madre, bohemios”, del libro ¡Ahí viene la Tuna!, de próxima aparición. 10月18日 Tunantadas (Parte 1 de 2).La boda.La troula fue invitada a la boda de un Tuno, cuya fiesta iba a ser más allá del poblado de Teoloyucan. La hiena llegó desde muy temprano para ayudar en el montaje de adornos y colocación de mesas, sillas, adornos y cubiertos. Sus compañeros llegarían después en un minibús al servicio de un jardín de niños, al que habían recurrido en otras ocasiones para los traslados largos. Con el hábito de hacer todo al paso veloz, el veterano sopista entraba y salía de la casa en dirección a la galería, llevando sillas y mesas. En una de sus carreras, mientras salía por la amplia puerta doble, su zapato diestro se atoró debajo del tapete de hule puesto en la entrada. Su zapato izquierdo trató de compensar la inercia girando a la derecha y el cuerpo instintivamente giró a la izquierda, mientras los brazos aleteaban inútil y cómicamente. El resultado final fue un clavado perfecto en movimiento inverso con grado de dificultad 7.3. El impacto fue de costado, brazos bien pegados al cuerpo, cabeza rígida y dientes apretados. El aire se le escapó en una boqueada mientras un dolor entumecedor le inundaba el pecho y le nublaba la cabeza. Avergonzado intentó levantarse de inmediato, antes que alguien lo viera, pero le fue imposible. Tuvo que recuperar el aliento, tratando de meter aire en su pecho, que parecía abrasado por una tormenta de fuego. Se puso de espaldas unos segundos mientras intentaba maldecir entre dientes. No lo logró. Tuvo que violentarse y golpear el suelo con un puño, para sacar fuerzas del flaqueza e incorporarse tambaleante. La cuñada de la novia, que estaba a unos cinco pasos del accidente, subida en una escalera mientras colocaba las cadenas de papel de china, sólo vio el final de la caída y no su elegante ejecución. De inmediato trató de llamar la atención de alguien para que acudiera en ayuda del gorrón. --Princesa Marian --llamó--, me parece que a La hiena le está dando un ataque. --¿De verdad? Qué interesante. ¿Dónde dejaste los servilleteros? Todo maltrecho y adolorido, el veterano siguió acarreando muebles y moviendo mesas. Pero ya no al paso veloz. --¿Estás bien? --preguntó El Capitán Mitchell cuando se topó con el Tuno. --¿Yo? Sí, ¿por qué preguntas? --respondió mientras se alejaba renqueando como el Jorobado de París. A las dos de la tarde ya había desesperado de ver llegar a la Tuna. Entonces sonó su móvil. --Habla El doctor Simi. Nos hemos perdido. La hiena suspiró. Ninguna Tuna llega al primer intento a las fiestas importantes. Es el sino. --¿Dónde estás, merluzo? --Pues… Sobre una carretera. --Joder, ¿puedes ser más claro? El país está cruzado de carreteras. ¿Algún punto de referencia más exacto? --Pues aquí junto está un perro echado. La hiena maldijo en silencio. --Estamos aparcados afuera de un motel llamado La luna, a unos pasos de un depósito de chatarra --se escuchó el alarido del Aminobwana. --Ya sé dónde están. Voy por ustedes. Pidió ayuda a la Princesa Marian y al Capitán Mitchell, y salieron en el todoterreno de éste. En el camino iban comentando la fortuna de que los Tunos se hubieran detenido en un punto de referencia tan sencillo de localizar, y tan conocido. --Lo único que podría salir mal sería que existiera otro motel La luna junto a otro depósito de chatarra. Todos rieron con la idea. ¡Vaya ocurrencia! Y olvidaron la Ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá”. Llegaron al motel La luna que está a unos metros de la desviación al poblado de San Juan, donde era la fiesta. No vieron rastro del minibús. A la postre resultó que sí existía otro motel La luna ubicado sobre otra carretera, a unos metros de otro depósito de chatarra. En el lejano pueblo de Coyotepec. Para cuando la Tuna arribó al banquete, los convidados ya casi habían terminado de comer. No obstante, la inesperada aparición de los estudiantes fue recibida con muchos aplausos y risas. Y su último número hizo a la gente desternillarse de risa. Satisfechos de la labor realizada, y luego de vestirse de civiles, el resto de la tarde los estudiantes se dedicaron a trasegar tequila y cerveza, haciendo ellos más escándalo que el resto de los invitados. En algún momento, con el valor que dan las copas, decidieron que podrían novatear al más veterano de los Tunos presentes. Antes de que La hiena supiera qué estaba ocurriendo, ya lo habían sujetado entre todos, y trataban de izarlo. Pero a pesar de los hercúleos esfuerzos de 10 Tunos y pardillos bien alimentados, les costó Dios y ayuda lograr asirlo y sacarlo al jardín, donde decidieron desnudarlo. Los zapatos salieron en un tris, y luego los Tunos, prudentes y sabios, ordenaron a los pardillos: --¡Venga, fuera calcetines! Y es que las piernas son la parte del cuerpo más peligrosa de atacar, pues son las más fuertes. Por eso los Tunos decidieron irse a lo fácil y comenzaron a desabotonarle la camisa. Mientras, los pardillos tiraban de los “calcetines” con todas sus fuerzas sin lograr ningún avance. Y es que La hiena, previendo la posibilidad del ataque desde hacía más de un año, le había dado por cambiar las medias tradicionales por unas tejidas de lana que subían hasta la cintura, y ese día no se las había quitado con el resto del traje de grillo. Por ello, por más que jalaban los novatos, no le veían el fin a las prendas. --¡Tienen tres segundos para soltarme! --vociferó el veterano. Como lo ignoraron, el rapaz comenzó a girar sobre sí mismo en el mejor estilo de un cocodrilo con hambre, lo que ocasionó que los Tunos le soltaran desde cierta altura. Otro batacazo en el día, que agravó su lesión de la mañana. Los pardillos también se tuvieron que apartar cuando se les escapó una pierna de La hiena y éste comenzó a amenazar sus partes nobles. Sin embargo Alí, un recién llegado, pensó que podría ganarse el respeto y la admiración de los sopistas con un acto heroico, y se lanzó sobre el veterano sujetándole por la espalda y atenazándole el cuello con una llave china. --¡Ya le pueden quitar los pantalones! --advirtió. Nadie cometió el error de intentarlo. En una juerga anterior, los demás ya habían comprobado que la veteranía en la Tuna enseña muchas cosas, una de ellas escapar de las novatadas. Antes de un segundo, el valiente Alí ya estaba a medio metro del suelo, en triple giro mortal. Terminó estrellándose de espaldas contra el piso y a punto estuvo de ser víctima de un aplastamiento entusiasta y general. Si los compañeros se contuvieron, fue porque luego del esfuerzo La hiena permaneció tirado en el suelo, luchando por meter aire a sus adoloridos pulmones. El diagnóstico fue de fisura en una costilla. --¿Acaso decidió retar al campeón de lucha libre? --le interrogó el galeno mientras revisaba la extensión del daño. --No, sólo acudí una boda --contestó adolorido el Tuno. --Si usted lo dice --suspiró el médico preparando una inyección de morfina. Continuará… 7月11日 Novatadas y meriendas.A la basura.Hay plaga de ratones en la parroquia de San Martín de Porres, en Cuautlalpan. A veces en medio de un ensayo, se escucha un grito y las mujeres se ponen histéricas, no faltando quien se suba a una mesa a bailar flamenco. Al parecer, los primeros roedores que arribaron al templo lo encontraron tan de su gusto que se han traído a familiares, amigos y compadres, pues cada vez es más común toparse con un orejón cuando se va al baño o se mueve una silla. --Si la sanjuanera no pone remedio --advierte La hiena--, el día menos pensado estos animalitos les van a sacar cargando. Unos días antes se tomó juramento a los nuevos aspirantes a ingresar en la Estudiantina Kanons y, en el caso de los varones universitarios, a la Tuna de la ECSS (Escuela Superior de los Escuderos de Cristo). En esa ocasión alguien recordó que a Don Cangrejo (apodado así por su avaricia y amor al dinero) no se le había molestado en los últimos tiempos, así que todos se acercaron a él con beatíficas miradas. El pardillo, más listo que el hambre, de inmediato comprendió sus intenciones y levantó las manos. --Son tan obvios que dan lástima --les dijo a sus compañeros mientras se dejaba sujetar--, hagan lo que tengan que hacer. Al no ofrecer resistencia hizo que la novatada perdiera algo de su emoción. Y cuando ya le llevaban afuera del templo para aplicarle el "bromazo del tubo" (consistente en colocar sus extremidades en cruz, luego suspendiéndolo en vilo estrellar sus partes nobles contra un poste), Felpudo vio un enorme contenedor de basura en el aparcamiento del templo. Haciéndoles cambiar de dirección y parecer, guió a los demás Tunos hacia el depósito en cuestión y abrió la tapa. Al ver su destino, ahora sí Don Cangrejo empezó a debatirse como si en ello se le fuera la vida. --Esperen, no sean mandados, ahí no --clamó misericordia. Pero sus amigos lograron sujetarle con más fuerza antes de que se escapara, lo colocaron en la orilla del contenedor y un empellón del Aminobwana le envió al fondo del recipiente vacío. Antes de que lograra salirse, Felpudo se colocó sobre la tapa de un salto y los demás desplazaron el contenedor (que tiene ruedas) a todo correr por el patio de la iglesia, hasta que lo estrellaron con gran estrépito en un portón. Como el suelo está empedrado, cuando dejaron salir a Don Cangrejo éste se encontraba más que mareado y apestando a basura. --Me vengaré --advirtió--, recuerden que a todo puerco le llega su San Martín. Los Tunos siguieron riendo y escandalizando hasta que La hiena les aguó la fiesta y los puso a acarrear sillas y limpiar el salón parroquial. Ocho días después fue Don Cangrejo quien guió a los demás para echar al interior del basurero al pardillo Chicken Little. Y se sintió satisfecho. Muy satisfecho. La mona.Aunque a la hermana del Doctor Simi le apodaron Cabbage Patch desde la primera vez que la conocieron, debido a su gran parecido con esas simpáticas muñecas, en las últimas semanas de junio pareció que se le iba a cambiar el sobrenombre. De cabello crespo y negro, a la muchacha le dio por peinarse de chongo cuando iba a los ensayos. El primer comentario de La hiena al verle llegar, fue que para estar a tono con ella El aminobwana debería estirarse los cabellos en la punta del craneo y atarlos con un nudo, al mejor estilo de la edad de las cavernas. El pardillo Chicken Little no pudo evitar una carcajada, que llamó la atención de los demás compañeros. Se reunieron en torno a la pareja de novios y comenzaron a alborotar. Fue cuando a Don Cangrejo se le ocurrió que el chongo parecía un puñado de estopa impregnado en aguarrás, como los que usan los drogadictos y al que llaman "mona". Así, el pardillo se acercó por atrás a la cabeza de Cabbage Patch y acercándole la nariz, aspiró fuertemente y dijo: --Ah, la mona. Desde ese momento y hasta la fecha, cuando la muchacha está distraída los compañeros se acercan, la sujetan del chongo y aspiran, para luego pronunciar poniendo los ojos en blanco. --Ah, la mona. Al final de cuentas se impuso la antigüedad y se le siguió llamando con el nombre de las famosas muñecas de trapo, pero la costumbre de hacer burla de su chongo se ha ido arraigando y dando pie a nuevas bromas. De fiado.Aprovechando que su casa se encuentra sobre la calle que conduce a la escuela primaria del barrio, la tía de Fachi vende dulces en el portal. Por las tardes, cuando ya no hay clientes potenciales caminando sobre la acera, acomoda sus exhibidores, refrescos y demás mercancía a un lado de la entrada, pegados a la pared. En razón de que en su casa sólo viven familiares, no echa candado pues considera que no hace falta. Pero entonces llegaron los Tunos. Como la casa de Fachi amenaza en convertirse en una nueva Casa de la Troya, pues es donde ahora se guardan todos los instrumentos, se toma por asalto la cocina y se realizan competencias en las disciplinas olímpicas de "levantamiento de tarro" y "cien litros libres", es común que al concluir el ensayo todos los sopistas y aprendices del negro mester se encaminen al hogar en cuestión, escandalizando, fastidiando a los perros del vecindario y dando grandes voces y risotadas. Para los estudiantes, acompañar a su amiga a casa y descubrir la tiendita de su tía fue todo uno. Y desde el primer momento los Tunos comenzaron a tomar una bolsita de chocolatinas, o un empaque de papas fritas, o una botella de refresco, repitiendo la trillada frase tan antigua como el comercio: --Al fin de semana te pago --y alguno abunda en su explicación--, es que el viejo no me ha dado la mesada. El sistema funcionó el primer día, pues Fachi tiene excelente memoria para una transacción y además confía en sus amigos. Pero en la segunda ocasión quien estuvo en la puerta fue Bratz, que a veces parece tener un procesador matemático en lugar de corazón, igual que el entrañable gordito de la película israelí de los 60, Barquillo de limón. Armada con libreta y bolígrafo, fue anotando cumplidamente todo lo que los gorrones tomaron, colocando a la derecha una pulcra columna de números y sumas. Cuando por fin se marcharon los sopistas, sacó el total, suspiró y pegó a la pared la lista en cuestión, para que la viera la dueña de los dulces. A la siguiente vez que los Tunos llegaron a dejar los instrumentos, encontraron la lista pasada en limpio y a la vista de todo mundo. Las quejas y lamentos no se hicieron esperar. --La vergüenza ha caído sobre mi buen nombre --clamaba La hiena--, yo en una lista de deudores. --¡Toma! ¿Pero es que me han fiado 20 pelas? --se escandalizó Don Cangrejo (claro). Luego hizo cuentas mentalmente y asintió. Sí, sí había consumido esa cantidad. --Oye, Fachi --El felpudo, siempre buscando a quien dar el sablazo--, ¿puedo tomar algo y me lo apuntas igual? --¿Y yo también, Fachi? --El doctor Simi que, como todo estudiante, siempre anda con menos duros que el cepillo de un franciscano de provincias. La muchacha, que es todo corazón, accede y extiende la hoja para que cada quien anote el monto de lo que va a consumir "a crédito". De inmediato se nota que Bratz no está a la vista, que si no ya estuviera ella anotando cada partida sin perder una, y "pasando báscula" a cada quien para evitar que se escondieran golosinas debajo del jubón. Al concluir la transacción y el tumulto, los Tunos se despiden calurosamente de su tendera honoraria y se marchan con el escándalo de siempre, pegando en su lugar al salir la lista de deudas. A los tres días Bratz regaña al Aminobwana: --Hombre, que ha sido un abuso hacia mi parienta. Mira que llevarte 50 pelas en golosinas y refrescos. ¡Y en una sola sentada! --Pero, ¿qué dices mujer? Si casi no he tomado nada cuando voy. --Qué cara más dura, hijo. Mira bien, aquí está la cuenta. El aminobwana revisa la lista. Pues sí, no parece que haya error. Una letra muy parecida a la de Fachi relaciona todo lo consumido el martes anterior por cuenta de él. Entonces advierte que las cuentas de los demás compañeros no tienen anotado nada en ese día, a pesar que el los vio masticando a dos carrillos largo rato. Y recuerda que ese día no fue Fátima quien anotó, sino los estudiantes. Y rememora también el día en que La hiena hizo gala de su arte en falsificar firmas para "otorgarle" un permiso especial a Don Cangrejo, a nombre del párroco, para asistir a un festival nocturno. --¡Ah, tunantes! El taquero.Ya es costumbre el llevar a su casa a La hiena al terminar los ensayos, a escondidas de los padres de Rubén. Como también es costumbre que le escolten todos los hombres, que generalmente suman siete. Y además va Cabbage Patch. En esas ocasiones El doctor Simi ni sufre ni se acongoja por la distancia ni el tráfico, pues pone a conducir a su fiel Aminobwana. Tratar de introducir a ocho muchachos altos y bien nutridos en un auto compacto diseñado para cuatro personas, es en sí una obra de romanos, y además echa por tierra la Teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Si a eso se añade que cuando están en el interior los estudiantes son de la costumbre de darse de cachetes, aferrarse los brazos, jalarse las patillas y taparle los ojos al conductor, fácil es suponer el escándalo, risas y bamboleos que esos viajes conllevan. En una ocasión Fachi les acompañó. En presencia de la dama que viajaba con ellos en el asiento de atrás, los compañeros decidieron refrenarse un poco y dar mayores muestras de educación y buenas costumbres. Aun así, la experiencia fue tan estruendosa y arrebatada que la muchacha no ha vuelto a pedir acompañarlos. Una noche alguien llevó pequeñas y redondas confituras de menta, y durante el trayecto todos se entretuvieron colocándolas en el chongo de Cabbage Patch sin que ella lo advirtiera. Cuando fueron demasiadas, una se deslizó por su cuello y cayó en su regazo. --Oigan --regañó--, ¿quién puso una chocoreta en mi cabello? --¿Una? --rectificó Don Cangrejo--, pero si ya pareces árbol de Navidad. Largo tiempo después, mientras se cepillaba el cabello antes de dormir, Liliana siguió encontrando confituras entre sus rizos. --Rillotes --maldijo--, ¡cómo averigüe quién fue! Frente a la casa de huéspedes donde habita La hiena, un señor ha armado un puesto para vender tacos de suadero (o suaperro, como suelen decir los estudiantes alegando que es carne de cannis familliaris). Cada vez que llegan los Tunos y pardillos, con el alboroto que es de suponer, el taquero y demás comensales miran con incredulidad cuántos muchachos descienden del maltrecho sedán, y cómo éste va recuperando su altura original. Ya todos en la calle, y sin variar, los rapaces se lanzan sobre el merendero como una horda de apaches vociferante y feroz. Piden sus tacos, se disputan las cucharas de la verdura y la salsa, y mandan a algún pardillo a que traiga refrescos. Si hay suerte, alguien se apiada del aprendiz y le da algunas monedas. Pero no es siempre. --¿Con qué voy a pagar las bebidas? --pregunta el despistado bulto. --Hombre, pues con lo que puedas --responde un veterano--, y pronto, que si no me lo tendré que pasar a brincos --y advierte innecesariamente-- y pagarás las consecuencias. Al sentirse saciados, largo tiempo después, los muchachos hacen rueda en torno al puesto, y muestran sus sonrisas más simpáticas y sus miradas más suplicantes. --¿Cuánto le vamos a deber... para el aguinaldo? --pregunta El doctor Simi. --No fastidie, joven, si son más de 200 pesos --se escandaliza el taquero (unos 20 dólares). --¡Toma ya! ¿Pues qué se ha roto? Su mesa ya estaba coja cuando llegamos. Tras hacer la pantomima de contar cuántos tacos se ha comido cada quien (pues bien que saben el monto de su cuenta), los rapaces comienzan a vaciar sus bolsillos para juntar el dinero. Con trabajos reúnen lo que se necesita y luego se marchan. --Qué susto me dieron esos estudiantes --comenta más tarde el taquero a su esposa--, pensé que se iban a dar al agua (escapar). Pero con vender lo mismo cada noche... ¡estará resultón! --Pero habrá que medirles la verdura y la salsa, que siempre te dejan los recipientes vacíos. Hasta pensaría que los lamen. Y así durante varias semanas. Pero un día el taquero hace el balance y toma en consideración el costo de la verdura y la salsa picante cuando los estudiantes van a merendar. No le salen las cuentas. Al martes siguiente los Tunos encuentran cerrado el merendero. Lo que no saben es que el hombre les ha oído llegar (su escándalo se escucha lo menos a dos calles de distancia) y ha metido el puesto y cerrado la puerta precipitadamente, con todo y comensales. Luego de alborotar lo suyo, los jóvenes deciden seguir las indicaciones de La hiena, que con anterioridad ha batido las cercanías en busca de víveres, y encuentran otro puesto de tacos. Aparcan y descienden del coche, causando la misma extrañeza por su número. La taquera se frota las manos. ¡Cuántos clientes! Pobrecita. 7月2日 Que siga la música.Con una Celebración Eucarística conmemorativa y un festival de música estudiantil, pícara y vernácula, el pasado 28 de junio la Estudiantina Kanons festejó su segundo aniversario en la iglesia de San Martín de Porres, en el barrio de San Francisco Cuautlalpan. En un ambiente festivo y familiar, diversas agrupaciones rebosantes de alegría juvenil subieron al escenario a interpretar canciones de todos los géneros. Así, los asistentes pudieron bailar cumbia y norteño, se emocionaron con canciones mexicanas, rieron hasta el paroxismo con versos de picaresca y las parejas volvieron a enamorarse con el arrullo de la serenata estudiantil. Agrupaciones independientes de reconocida trayectoria como las estudiantinas De San Judas Tadeo y Génesis, así como otras invitadas de los barrios de San Esteban Naucalpan, de Tláhuac en la Ciudad de México y la representativa del municipio de Atizapán de Zaragoza, se dieron cita en la iglesia de San Martín de Porres, en el municipio de Naucalpan de Juárez, Estado de México, para llevar a los pobladores un ejemplo del arte musical estudiantil, y en el caso de la troula de Atizapán, del estilo de vida en pos de la sopa boba que llevan sus integrantes. El día anterior.El 27 de junio, la víspera del festival, durante un convivio privado y familiar, el Superior General de los Escuderos de Cristo, Frey José Carrillo de Santa Cruz, E. C., entregó calificaciones a los estudiantes de la Escudera Christi Supernum Scholarium (Escuela Superior de Escuderos de Cristo o ECSS), que en la fiesta de San Juan concluyeron sus estudios de Historia, tradición y Tunantesca, iniciada en la fiesta de San Lucas de 2007. Durante la reunión también se tomó juramento a los nuevos pardillos de la Tuna de la ECSS y se entregaron jubones y capas, según sus méritos, a quienes aprobaron sus exámenes. Antes de concluir, el Superior General (Tuno veterano de luenga y probada trayectoria tuneril) celebró una ceremonia europea antiquísima, llena de símbolos arcanos, denominada Convinium, baptismus et impotitio Beca, con la que impuso la beca a quienes concluyeron satisfactoriamente el postgrado La Tuna en la historia y el arte, y sobre todo que terminaron su "periodo de crasitud", es decir, su aprendizaje sobre el negro mester. Terminada la convivencia, los Tunos nuevos y antiguos se encaminaron a casa de Fachi para guardar los instrumentos. En razón de que al siguiente día sería el festival de aniversario, abreviaron la charla de sobremesa y apuraron sus tragos. Sólo así se explica que llegaran a sus casas a la hora de buen cristiano de las tres de la madrugada. No obstante, algunos padres de familia no opinaron igual. A un Tuno, llegando a casa su madre le increpó: "¿Te parece correcta esta hora para llegar?" A lo que él respondió: "Si no llegué, sólo vengo por mi guitarra". Y se corre el rumor de que a otro sopista su padre le llamó duramente la atención por volver tan tarde, alegando que el convivio había concluido a las diez de la noche. El hijo, obnubilado por las largas jornadas de estudio y penitencia (y las cervezas que se había tomado también), miró con severidad a su progenitor y levantando muy alto su beca recién otorgada, pontificó: "A mí ya no se me puede llamar la atención como a un crío. Soy un Tuno y tengo mi beca que lo demuestra". El autor de sus días permaneció callado un momento. Sólo mientras se sacaba el cinto de las presillas: "Pero la beca no te va a salvar de los hostiazos". Al día siguiente el Tuno explicaba compungido que los dedos enyesados y el dolor del cuerpo eran porque se había lastimado moviendo muebles. Fin del convivio del viernes. Fotografía: José Carrillo. Pese a todo.A pesar del sonado éxito que tuvo la celebración del segundo aniversario de la Estudiantina Kanons, cuya organización corrió a cargo del doctor y catedrático Rubén Villavicencio Nava, de la Escudera Christi Supérnum Scholarium Tunae, la fiesta estuvo a punto de terminar en vergüenza, cuando no en tragedia, por los malos oficios del Consejo Vecinal de San Francisco, presidido (al menos en el acta constitutiva) por Mariella Gallardo. Y es que luego de prometer apoyo incondicional, personal especializado y sonido para el evento al aire libre, el citado Consejo sólo entregó dos lonas (sin suficientes cuerdas), 50 sillas, un templete y un equipo de sonido de dos pequeñas bocinas y un micrófono. Para un evento multitudinario al aire libre. A pesar del heroico esfuerzo de algunos integrantes de Kanons, entorpecido a cada momento por las gestiones (o falta de ellas) de la señorita Mariella Gallardo, la lona no se pudo utilizar por no cubrir los requisitos mínimos de seguridad, y las sillas y equipo de sonido tuvieron que moverse de lugar cuatro veces debido a la desorganización que cundió entre los integrantes del Consejo de San Francisco. Al ver que el evento peligraba, el párroco de San Martín de Porres permitió el uso de las instalaciones parroquiales para que éste se llevara a cabo. No obstante, cuando ya el festival marchaba sobre ruedas gracias al ingenio e improvisación de los Tunos anfitriones (estudiantes de la ECSS), y al apoyo de padres de familia y habitantes del barrio, la señorita Gallardo aprovechó la palestra para hacerse promoción política entre sus vecinos. También obsequió una mandolina y una guitarra a dos integrantes de la estudiantina anfitriona sin consultar con el director, entrometiéndose así en asuntos privados que no le incumbían. Al final, el éxito.Aunque llovió copiosamente toda la tarde, la concurrencia no disminuyó en ningún momento, y hubo ratos en que la gente abarrotó las instalaciones. Sin embargo nadie se quejó. Las expectativas de los integrantes de Kanons se vieron superadas, y las de los vecinos de San Francisco Cuautlalpan más. Y es que la municipalidad nunca ha llevado al barrio eventos culturales de ese estilo, y la Estudiantina Kanons ya lo ha hecho en tres ocasiones y lo ha hecho muy bien, pese a la lluvia y a los políticos. Cuando se le cuestionó a una anciana que llegó al festival apoyada en su bastón y con el impermeable chorreante, cómo es que había salido de casa con ese clima, señaló a los estudiantes ataviados con sus trajes antiguos y dijo: "Me gusta la música y adoro a los jóvenes. No me he perdido ningún festival de la estudiantina. Y ahora déjeme buscar un buen lugar, ¡y que siga la música!" La Estudiantina Kanons. Lloren violines.La Escuela Superior de Escuderos de Cristo, su Tuna, su claustro de profesores, postulantes y profesos, se unen a la pena que embarga a Tierra caliente del estado de Guerrero y a todo el pueblo de México, por la irreparable pérdida del maestro violinista Ángel Tavira Maldonado. Un músico que a pesar de haber perdido una mano en su niñez, dedicó su vida al campo, a la enseñanza y, sobre todo, a la perpetuación de la tradición musical de su tierra y de su gente. Un campeón de la cultura, orgullo de su nación. Que el Señor le conceda el honor de tocar en Su coro de ángeles hasta la Parusía. Ángel Tavira Maldonado, maestro, descanse en paz. ¡Y que siga la música! 5月2日 La mudanza.A Juan de Dios Peza, por escribir su poema Reír llorando. Y a mis hermanos de Tuna que me ayudaron cargando como mulas. Las campanas de la iglesia de San Benito acababan de dar las 10 de la noche. Un Tuno y dos pardillos pasaban frío en la calle, afuera de la pulquería La escondida. El doctor Simi y El flaco charlaban haciendo compañía a una solitaria farola, mientras Largo gozaba de bella compañía. Esa noche era el pardillo más envidiado. A lo lejos vieron aproximarse a La hiena, reconociéndole por su ridículo sombrero. Y no es que se lo hubieran visto antes, pero sólo él podía atreverse a poner algo así en su cabeza. El veterano llegó y comenzó a organizar. --Flaco, tú que te ves listo para la herramienta, desmonta esa cama por favor. Simi, hemos de meter a tu auto la silla, el ventilador, los revisteros, la mesa y el televisor. --¿Y te has creído que traigo un camión? --Hombre, sí todo cabe con sólo acomodar. La hiena se cambiaba de casa. Su pequeña habitación parecía zona de guerra. Cascajo, polvo, ropas de cama en el suelo, y un tufillo de nostalgia y derrota. A ese caótico escenario se unieron guitarras y bandurrias que los rapaces habían bajado de la cajuela del auto para hacer espacio. Dos trajes de grillo pasaron a alegrar las últimas miradas a una pared que había sido silenciosa compañera en las largas noches de soledad e insomnio de La hiena. Rubén notó la morriña de su amigo y trató de hacerle reír con alguna ocurrencia, con resultados regulares. Mientras Largo y El flaco desarmaban una vieja cama de madera de encino, pesada como ella sola, los dos Tunos llevaron al auto del doctor las pocas posesiones que aún quedaban en la habitación. En uno de los viajes El doctor Simi tomó una tina redonda e intentó sacarla. --Esa no --le detuvo La hiena--, mira que en esa me baño mañana. Así que el aludido la volvió a poner en su lugar. Mientras, La hiena colocó una cobija en el suelo, junto a la mesilla de noche, y con el brazo extendido barrió todo lo que había encima de ella en dirección a la manta. Anudó las esquinas y de esa forma expedita y práctica concluyó la carga. --Mira, Simi, y tú decías que no iba a caber todo --señaló el veterano--, si todavía queda lugar adelante del lado izquierdo. --Seguro, ¿y dónde vas a sentar al conductor? --¡Toma! Pues es verdad. --Además ya no entraron ni la cabecera de tu cama barroca, ni la silla ni el pedestal del ventilador. --¿Pedestal? Pero si el ventilador era de una pieza. El flaco levantó el muñón del pedestal. --Bueno, era de una pieza. --Largo --ofreció La hiena--, si gustas meto la silla en el asiento del conductor para que alcances los pedales. Todos rieron con la ocurrencia. La hiena explicó por dónde había que irse y echaron a andar, mientras miraban el auto alejarse. La compañera del pardillo había conseguido entrar en el vehículo con desconocidas dotes de contorsionista, y se le veía feliz apretada contra su donjuán. Otro motivo para envidiarle al tío. En auto, con chavala, y los demás a pie cargados como burros de gambusino. Con la experiencia que deja el pardillaje, La hiena y El doctor Simi se echaron a cuestas sin esfuerzo la silla y la cabecera de la cama, y con unos cuantos ajustes quedaron casi cómodos. Y El flaco... --Verdad buena que les ayudaría --dijo sonriente mientras levantaba como un trofeo el pedestal del ventilador, que medía si acaso 40 centímetros--, pero prefiero no estorbar. --Claro, y con ese pedestal no te vayas a lastimar la espalda --aceptó filosófico y sarcástico el anciano Tuno. --O para qué quieres que se te caiga la matriz --concluyó el estudiante de Galeno e Hipócrates. Cruzaron la avenida Santa Mónica sorteando el tráfico, llevando los muebles sobre los hombros. Parecían una partida de mecapaleros de camino al mercado de Tlaltelolco. Claro que con menos práctica. --¡Cuidado con el...! ¡CRASH! --...retrovisor de ese auto. Apretaron el paso en medio de sus risotadas, desapareciendo pronto del lugar del siniestro. --¿Te ayudo, Simi? --se ofreció El flaco mientras le daba una sacudida a la cabecera, atizándole un golpazo en la cabeza a Rubén. --¡Eh! Cuidado, so bestia. Que esto pesa lo que el contrabajo, pero estorba más. Al llegar a donde esperaba el auto, Largo ya estaba muy acaramelado con su dama. El doctor Simi se encargó de ponerlo otra vez en circulación con un puntapié en las nalgas. --Venga, tío, déjate de arrumacos y muévelas. Que hay que terminar pronto para ir a cenar. En el primer viaje lograron descargar casi todo e introducirlo en el nuevo hogar de La hiena. Un cuartito pequeño y aseado, en los altos de una casa de huéspedes. Cuando iba de regreso al auto por otra carga de muebles y enseres, el viejo Tuno miró hacia arriba, desde donde le observaba El flaco en espera de instrucciones. --Mi cama desarmada pégala a la pared detrás del lecho que ya está ahí. Y un segundo después estuvo a punto de irse de bruces en un escalón que dividía en dos el patio. El flaco no pudo contener la risotada. La hiena pasó de regreso momentos después cargando el bulto que había hecho con sus ropas y cobijas. Las arrojó sobre la cama sin prestarles mucha atención y vuelta a la planta baja. Miró que Largo ponía cara de disgusto y se alarmó cuando éste le dijo: --Me siento una mierda... De inmediato el sopista se detuvo y lo atrajo hacia sí en un fraternal abrazo. --Hijo... ¿puedo llamarte hijo? Mira, es normal que a veces uno se sienta que no vale nada, y crea que el mundo entero le es hostil. Pero es entonces cuando más hay que seguir adelante, insistir en alcanzar la meta, demostrarles a todos de qué está uno hecho. No tienes porqué sentirte menos, estás hecho de buena madera, eres un excelente muchacho. --Ojalá pudiera oírte mi madre --respondió el pardillo--, pero ¿a qué viene el sermón? --Pues recién dijiste que te sentías una mierda. --Hombre, sí, decía que me siento una mierda en el zapato. ¿No querrías echar un vistazo? A La hiena le dio el ataque chichimeca y a los demás uno de hilaridad. Momentos después el becado estuvo a un tris de volver a caerse en el escalón. Cuando terminaron, los chicos subieron al nuevo aposento de su amigo y notaron que en un pequeño oratorio que ahí había, La hiena ya había colocado su cuadro de la Cruz del Apostolado y un cirio de buena cera. Y frente a la cama, para que fuera lo primero que vieran sus ojos al despertar, y lo último al quedarse dormido, una imagen de la Santísima Virgen María. --Venga, hagámonos una foto aquí todos --pidió. La muchacha sacó la fotografía y la enseñó a La hiena. Alguien había colocado una imagen del Club América de fútbol en lugar de la cruz. --Joder, dejaos de bromas. Repite la foto. Cuando cruzaban el patio hacia el coche, el Tunosaurio se detuvo en seco antes de llegar al escalón, se paró en el borde con los pies juntos, tomó vuelo y luego dio un saltito para bajarlo sin tropezar. Las carcajadas y puyas de sus amigos despertaron a más de un vecino. Fueron a cenar a expensas de La hiena, que para pagar la consumisión tuvo que sacrificar su presupuesto de comidas de la siguiente semana. --A ustedes sale más barato comprarles un traje, ¿eh? ¿Qué no comen en sus casas? Cuando volvieron por última vez al viejo cuarto de La hiena para recoger los instrumentos y los trajes, se sorprendieron cuando éste se detuvo en seco y se dio un golpe en la frente. --Seré bestia --se dijo. --Mira, de inmediato a presumir --se mofó Simi. --No, hombre, que me he llevado todas las mantas y ya no queda más que el suelo para dormir aquí hoy. --¿Pero te ibas a quedar aquí? --¿Y luego? Si el cuarto nuevo no lo debo usar sino hasta mañana. ¡Y toma! Me he dejado la bañera aquí y ahora caigo en la cuenta que mi jabón, champú y desodorante se han ido en el bulto que hice con la sábana. ¡Ésta es buena! --Pero qué tremendo tamaño de estúpido, ¿eh? --comentó Rubén mientras todos reían a mandíbula batiente. Al final prevaleció el espíritu de hermandad. --Mira, Hiena, te dejo mi chamarra que es muy abrigadora, para que te cubras. Será una noche fría --le dijo Simi. --Y yo te he colocado aquí en el rincón una tabla para que no tengas que dormir sobre el suelo frío. Que mi abuela dice que eso hace mal --añadió El flaco. Largo no dijo nada porque continuaba el asedio de la dama afuera en la acera. --Bueno, pues ni hablar. Sólo será una noche. El veterano se despidió de sus amigos y les agradeció profundamente el gesto y la ayuda. Les vio marchar y luego entró por última vez al que había sido su hogar el último año. Se dio una vuelta por todo el piso, acariciando las paredes, limpiando una mota de polvo en una ventana, sintiendo el frío de las baldosas en sus pies desnudos. En esa habitación había sido feliz muchas veces. Otras tantas había sufrido la soledad más aplastante y el desaliento más terrible. Las cuatro paredes habían sido mudos testigos del progreso de su enfermedad y las molestias que le ocasionaba. Miró el lugar donde antes había estado su Cruz del Apostolado. Ahora sólo se veía un recuadro más claro en la pared. No le gustó cómo lucía el muro así, sin vida, anónimo. Tomó con el pulgar un poco de polvo del suelo y trazó una burda cruz, para poder contemplarla mientras conciliaba el sueño. Luego se hizo una almohada con su bufanda, se arrebujó en la zamarra de Rubén y se hizo un ovillo en una esquina del cuarto desnudo, igual que un perro. O una hiena. Y así se sentía. Pasaban los primeros minutos del 1º de mayo de 2008. De izquierda a derecha: Largo (rascándose los...), La hiena, El flaco y El doctor Simi. El Príncipe Azul modelo 71. 4月18日 Tarde gallega.Para Monserrat. Alíviate pronto. "Llueve en Santiago. Los días transcurren plomizos. Desde su despertar hasta su sombra". Ronda gallega.El primer rondador llegó a las cuatro de la tarde. Mientras se ajustaba la capa comenzó a llover. ¡Eso prometía! Quince días con un clima tórrido y sin nubes, y justo el día de la ronda había mal tiempo. El Tuno alargó el paso hasta el portal más cercano, sacó de entre los pliegues de la pañosa un libro y un mendrugo y se puso a estudiar mientras comía con buen apetito los restos de un pan de munición. Rato después, cuando empezaba a preguntarse si no le habrían hecho la faena de citarle en falso, El flaco apareció y le informó: --Hiena, otros han llegado ya, están en la biblioteca. Voy por el contrabajo del Doctor Simi. --Ya era hora. La cita era a las cuatro y media y ya son las cinco menos quince --se quejó el veterano. Para las cinco de la tarde ya estaban todos presentes y calados hasta los huesos. El Jefe sin embargo no aparecía. El pardillo Largo, que le paseaba la calle a Liliana, hermana del Doctor Simi, era el mejor enterado, pues frecuentaba la casa del médico por razones obvias. --Se fue al centro de la ciudad a comprar material de sutura. --¿Y se fue de grillo? --preguntó La hiena. --Sí, para hacerse pasar por el cirujano de la flota de Hernán Cortés. El Tuno se preocupó por el compañero que llevaba retraso. En esos días el centro de la ciudad estaba soliviantado por revoltosos que podrían meterse con el estudiante. Además había otro problema. --¿No debía llegar el autocar por nosotros a las cuatro y media, Sonrics? --Ya le telefoneé al chofer a su casa, y su hija dice no saber a dónde se fue. Para tranquilizar los nervios, El chaneque y Monserrat se habían ido a comprar sendos conos de helado, que la comunidad estudiantil se encargó de reducirles a la mínima expresión en un abrir y cerrar de bocas. Sayayim, el novato más pardillo, andaba repartiendo sablazos a diestra y siniestra, y todos le daban calabazas con igual entusiasmo. --¿Me prestas para un bocadillo? --¡Toma! ¿Quién crees que soy? ¿Tu novia? --respingaba uno. --Ni hablar, que a ti es más barato regalarte un traje que invitarte la comida --denegaba otro. --Pero si acabas de comer en casa --le recriminó El flaco, su hermano. --Pero tengo hambre --se defendió el rapaz. Nadie quiso prestarle ni un duro. La hiena se compadeció del esmirriado y pálido pardillo y echó mano a su bolsa de monedas, para contar cuántas le quedaban de la mesada. Muy pocas; pero era por un camarada. Cuando iba a llamarle se dio cuenta que El Sayayim ya estaba masticando a dos carrillos. Por más que intentó averiguar el truco, no pudo. ¿Enamoraría a la cocinera el muy rillote? No, era cocinero. Y bigotón además. ¿Habría tomado el alimento "prestado"? Prefirió no averiguar más. Después de todo era pardillo y de él se esperaba que aprendiera a valerse por sí mismo en el negro mester. No lo estaba haciendo mal. Cuando llegó El doctor Simi, a las cinco y media, comenzó a impartir órdenes. --Largo, ponte el uniforme. Chaneque, ese cuello y puños. Todos levanten sus instrumentos del suelo, que está húmedo. Los pardillos lloriquearon un poco y se resistieron unos momentos, hasta que La hiena se acercó con ganas de patear traseros. A regañadientes obedecieron las órdenes. A lo lejos se vio llegar el autocar y todos lo abordaron en estampida, haciendo bromas pesadas al retrasado conductor. --¿Te quedaste echando pata, Konan? --le preguntó uno de los estudiantes. --Si no llegamos a tiempo no hay paga, compañero --advirtió El doctor Simi. La piadosa troula viajó con el Jesús en la boca, pues Konan, el chofer, condujo a toda velocidad para poder entregarlos en la puerta del templo a las seis en punto y poder cobrar la corrida. El compromiso era una misa de XV años, y su importancia radicaba en que la festejada era sobrina de la delegada municipal, quien les había prometido el templete para la fiesta de aniversario de los Kanons. Desgraciadamente, en su prisa el chofer había olvidado el mapa. Sin embargo muchos recordaban que las indicaciones decían: "Una iglesia ubicada en medio del Periférico, frente a la feria de atracciones de Chapultepec". --Oye, Sayayim --preguntó discretamente La hiena--, ¿acaso esa iglesia no es un puesto militar donde está el Museo Nacional de Cartografía? --Es lo que yo sabía --asintió el aludido, que tenía un hermano en el Regimiento de Fusileros Paracaidistas. Trataron de explicarle eso al Doctor Simi, y éste les hizo el caso que al pito del sereno. Los músicos afinaron en el autocar y se aprestaron a bajar a paso veloz. El Jefe les pidió que se movieran con rapidez y eficiencia y para evitar retrasos innecesarios añadió: --Todos sus instrumentos listos y a mano. Dejen sus fundas aquí. --Ni modo, Pedro --ordenó El sayayim--, te quedas a esperarme. Todos estallaron en carcajadas. En medio de una llovizna pertinaz arribaron a un pequeño templo ubicado frente al parque de atracciones citado. Descendieron en fila india y se dirigieron a la reja, que estaba cerrada y ostentaba un gran letrero: "Museo Nacional de Cartografía". Un soldado de Infantería en guardia apostada, les miró fijamente y soportó estoico las ganas de reírse. "Joder --pensó--, avisaré a Cuitláhuac que nos atacan los españoles". Fue hasta que los estudiantes se retiraron desencantados, cuando pudo dar rienda suelta a sus risas, doblándose por la cintura mientras se apoyaba en su fusil. ¡Cuando lo contara en las barracas! Dieron vueltas por el rumbo, cada vez más desesperados. Se detenían en cada esquina a preguntar por la iglesia de Santa Rita. Un patrullero que iba a infraccionar al chofer por circular fuera de ruta, terminó orientándolos. Yomara, la ecónoma del grupo, estaba que echaba chispas. Contra Konan, contra Simi y contra todo el que le llevara la contraria. --¿Cómo es que permaneces tan tranquilo, Hiena? --le preguntó al veterano becado. --Porque no es la primera vez que llego tarde a una misa. Ni tampoco sería la primera en que me dieran con la puerta en la nariz. Y sería bueno que te acostumbraras --añadió con una sonrisa. Por fin entraron por un callejón estrecho, al fondo del cual había una iglesia. El doctor Simi y su invitado Guillermo, a quien llamaban La reina (porque con su melena larga parecía la doceava figura de la baraja americana) fueron a echar un vistazo. Regresaron de inmediato. --Aquí son los XV años. Descendieron todos en tropel. Largo bajó lloriqueando y a regañadientes, pues le tocó en suerte cargar el tololoche. La hiena, para sus pulgas, tuvo que refrenarse para no arriarle un puntapié en el trasero. ¡Estos pardillos de ahora, joder! Qué tiempos los suyos, en que le cargaban como burro maletero. Bandurrias, contrabajo, acordeón, pandereta, guitarras y mochilas. Eso sí que forjaba el carácter. Y la espalda baja. Los estudiantes pasaron por en medio de una valla de curiosos y cófrades de la vela perpetua. Aquí y allá se escuchaban velados comentarios en diferentes sentidos: --¡Qué emoción! ¡La Tuna! --aplaudió una ancianita. --Vaya, para la hora mejor ya no hubieran venido --se quejó un hombre maduro que ni siquiera era invitado. --Mira, prima, qué Tuno tan simpático --indicó una jovencita con más gracia que belleza. --Y aquel madurito, está para comerse a besos --señaló una coqueta solterona a sus sobrinas. --¡Tía! ¡Qué cosas dice! Por un pelo la troula no alcanzó el Ofertorio, pero intervinieron en el cántico del Sanctus. Pero fue hasta el Pater Noster cuando La hiena se percató de las frenéticas señas de Yomara. Por la distancia y la desesperación de la ecónoma, el Tuno no comprendió bien el mensaje, pero se acercó al pardillo Chicken Little y le comentó en un murmullo: --Yomara está de broma. Si me entero bien, me dice que ésta no es la misa. Cuando terminó la Celebración Eucarística los estudiantes salieron al atrio, formaron en círculo y cuando la homenajeada llegó hasta ellos entonaron Pequeña flor. A la muchachita le brillaban los ojos y una sonrisa de incredulidad le iluminaba el rostro. Sus chambelanes habían sido relegados a un rincón, y lanzaban furibundas miradas al Sayayim, que atraía toda la atención de la doncella. Como si el pardillo tuviera la culpa de ser guapo y carismático. Un fotógrafo le pidió una foto con los Tunos y la chiquilla buscó entre todos dónde quería retratarse. --Mira --le llamó La hiena hacia él--, aquí junto al Tuno más guapo. Todos rieron y se volvió a escuchar un velado comentario por parte de la solterona. --Y aparte de atractivo, simpático. --¡Tía, por Dios! La ronda siguió cordial y alegre. Cuando los Tunos iniciaban la retirada seguidos de su comparsa, los invitados comenzaron a acercarse a ellos tímidamente, mientras el padrino le entregaba a Rubén algunos billetes. --Por la sorpresa --le dijo. --Oye, guapín. ¿Me tocas con tu guitarra? --pedía una muchacha. --¡Mira qué cintas tan bonitas! --exclamaba otra, y luego leía las dedicatorias--, ¿Son de amigas? --Ni hablar --se sonrió el aludido--, todas novias. --Y encima un sátiro y Don Juan. Le pediré su teléfono. --¡TÍA! Repartieron tarjetas de presentación, sonrisas y apretones de manos. Si no le hubieran contenido, un pardillo también habría repartido besos a una chica y piñas a un novio celoso. Cuando abordaron todos el autocar, La hiena se encontró con un ambiente muy risueño. Movido por la experiencia, ocupó rápidamente un sillón y se puso en guardia. --¿Qué ocurre? --preguntó. --Que ésta no era la quinceañera que buscábamos. ¡Acabáramos! Ni siquiera es la iglesia. El Tunosaurio soltó a reír, y cuando pudo recuperarse preguntó: --¿Estáis seguros? Las caras preocupadas le respondieron. Miró a Yomara. --Eso significa... --Que nos hemos quedado sin templete. --¿Pero qué nadie les dijo nada? Simi, tú entraste a ver. --Yo vi una quinceañera y pensé que era aquí --explicó el Jefe--. Lo más curioso es que nadie dijo nada porque estaban esperando a otra estudiantina que obviamente no éramos nosotros. Al vernos llegar pensaron que por fin llegaba y... bueno, ya sabéis el final. Tras una acalorada discusión decidieron hacer fiesta en casa del Doctor Simi con el dinero que habían recibido. Mientras se dirigían hacia allá se toparon con un autobús de pasajeros, cuyo chofer empezó a hacerle señas obscenas al Konan y luego se quedó atrás en un semáforo. El chofer de los Kanons se orilló para esperarlo y cantarle las cuarenta. No contaba con la solidaridad de los estudiantes, que a una se pusieron de pie con ganas de armar camorra. Una patrulla se colocó junto a ellos y preguntó: --¿Por qué se detiene? La hiena, cordial y respetuosamente, explicó por una ventanilla: --Es que hemos perdido el auto del señor Obispo, que nos viene siguiendo. Seguro le tocó la luz roja. El patrullero, impresionado, siguió su camino. Un autobús se acercó a ellos por la izquierda y los estudiantes comenzaron a gritarle obscenidades y a amenazar con los puños. La hiena trataba de hacerse oír, pero sin éxito. Fue cuando el transporte se alejó y todos se callaron que se oyó el aviso del Tuno. --Ese no era el camión, palurdos. Es éste que viene pasando. Y ahora la voz de tenor del manteísta se unió a las de sus compañeros al gritar, amenazar y hacer gestos obscenos a la otra unidad de transporte. --Pinche baboso. --Ese chofer es maricón. --Saludos a la jefa. El aludido se alejó desternillándose de risa, cosa que extrañó a los sopistas. --Es que es mi hermano --explicó Konan entre risas. Ahora todas las alegres rechiflas fueron para él. Luego de cantarle la ronda a la hija del Konan, que cumplía años, la comparsa terminó en casa del Doctor Simi. Con el dinero obtenido se pertrecharon adecuadamente con cervezas, refrescos y comida. Dicen que el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Y nadie mejor que un Tuno para saber eso. Así que cuando Yomara fue a encargar la comida, La hiena le acompañó, y así pudo mangar una quesadilla para él y otra para El flaco, aparte de las que en justicia les correspondían en la repartición. Cuando el manteísta iba por la mitad de su bocadillo, se acercó Chicken Little quejándose de hambre y preguntando si tardarían mucho. --¿Mucha hambre y pocas pelas? --preguntó el veterano. --Pues la verdad es que sí --respondió apenado el pardillo. Entonces el Tuno detuvo su mano de camino a la boca y tendiéndole el plato lleno a medias todavía, le ofreció: --Entonces toma. Termínatela tú. Y le palmeó la espalda, dándole a entender que lo ofrecía de corazón. El muchacho aceptó agradecido y pensó que a pesar de su seriedad, José era una buena persona. No pensaba lo mismo cuando más tarde esa noche los demás Tunos y pardillos, dirigidos por La hiena, cayeron sobre él y le despojaron de zapatos y medias a modo de bienvenida en la Tuna. Le habían aceptado como a un igual. La única pega fue que tuvo que caminar descalzo hasta que consiguió bajar sus zapatos del alero. Y entre libaciones y risas concluyó esa jornada de errores. 4月4日 Juerga.La odisea.El viaje en autobús ya duraba más de dos horas y los ánimos empezaban a alborotarse. Las muchachas ejercitaban el hipogloso mayor platicando a más y mejor, aunque también comenzaban a aburrirse. De los varones mejor ni comentar. Llevaban un buen rato fastidiando a los incautos, ansiosos ya por llegar a su destino y estirar las piernas. Hasta el veterano Tuno La hiena, que solía mantenerse apartado y reflexivo, había terminado sus oraciones y le hacía la plática a Adriana, prima del pardillo Chucky. Sus compañeros no perdieron oportunidad de meterse con él. --Hiena, ¿no te cansas de estar sentado sin moverlas? --¡Quiá!. Si estoy pensando mandar a buscar un lápiz... para pintarme de nuevo la raya. Cuando se cumplían tres horas de viaje, por fin los estudiantes divisaron las torres de la parroquia de Santa Rita, donde se celebraba el festival de la Estudiantina Rosas del Tepeyac. La hiena sabía que algunas de sus compañeras necesitaban ir al lavabo, y él en lo personal no había probado bocado desde la noche anterior. Así, se dio a la tarea de revisar los alrededores. A los pocos minutos, con requiebros y poemas había conseguido que la dueña de una pizzería le prestara el cuarto de baño a sus amigas. Y sin pagar ni un peso... que de todos modos no tenía. Luego fue con los integrantes de una rondalla que ya había participado, y mientras les hacía la plática les mangó un plato de enchiladas y un vaso de anís. La actuación de la Estudiantina Kanons sonó trepidante. Los muchachos tocaron con ganas, con ilusión. Cuando se retiraban del escenario, les hicieron volver y les pidieron cantar otra. Ahí se olvidó la fatiga, y cuando subieron al autobús todos iban risueños y satisfechos. Rato después, mientras el transporte cargado de amodorrados Tunos y lindas doncellas rodaba de vuelta a Naucalpan, El doctor Simi se acomodó en el mismo asiento que La hiena y comenzó a quedarse dormido. Cuando el veterano se dio cuenta, se sonrió con astucia. --¡NO SE DUERMA! --gritó el rillote mientras le picaba las costillas al doctor. El Jefe de la Tuna, arrebatado del sueño violentamente, dio un salto y por poco se cae del sillón. Los demás viajeros se espabilaron con los alaridos y las risas, y El flaco pronto se dio cuenta de lo que ocurría y no pudo evitar hacer leña del árbol caído. --Rubén, las dos nalgas van en el asiento. Y es que El doctor Simi había quedado en precario equilibrio en la orilla del sillón, y si La hiena no le respetara profundamente, le habría empujado sin contemplaciones al suelo. La fiesta.Los papás de Rubén habían salido de vacaciones y la casa estaba sola. El doctor Simi invitó a todo el grupo a que se reunieran en su casa. Sin embargo ya pasaba de la una de la mañana y ninguna de las muchachas quiso seguir la juerga. Así, luego de acompañar al Saltamontes a su casa, los varones se dirigieron al barrio de San Esteban, cargados de guitarras, bandurrias, pandereta y tololoche. Mientras caminaban, el estrépito y los gritos les precedían sembrando la alarma entre los vecinos. Cuando atravesaron el barrio de San José Obrero, Kakaroto el Sayayim (antes Felpudo) y El flaco comenzaron a comentar sobre los fantasmas que, se decía, solían aparecer dentro de una escuela y a un costado de la capilla de San José. Don Cangrejo (antes Sancho), que conserva su alma de niño, les pidió que no hablaran de eso a esas horas de la madrugada, sin luna y pasando justo frente a los lugares de marras. --No me dejen atrás --suplicaba con miedo--, y callen de una vez. Para colmo perdió un listón muy valioso para él, y los demás le animaban a volver al barrio de San José a buscarlo. Luego de pensarlo mucho prefirió enfrentar la furia de su novia y las pullas de sus amigos. La hiena y Kakaroto comentaban que quizá un tío de Rubén estuviera durmiendo en la litera de la habitación del Doctor Simi. --No te preocupes, Andreé, nos echamos un volado a ver quien manda al tío al suelo. Las risotadas del Tuno alborotaron a todos los perros de los alrededores. Apenas llegaron los estudiantes a casa del Doctor Simi, se perdió toda la elegancia. Se despojaron de jubones, capas, becas e instrumentos, y más de uno se quitó las medias, quedándose en taleguilla, sandalias y camiseta. Sacaron refrescos y botanas y se acomodaron en torno a la mesa de centro del recibidor. Con aire suntuoso, Rubén sacó de entre sus ropas una botella de tequila. La hiena se la arrebató, revisó la etiqueta y dio su aprobación con un movimiento de cabeza. --No está mal para irnos perdiendo el asco --sentenció alegre. --¿Traigo platos para la botana? --preguntó el Tuno anfitrión. --¿Está tu mesa limpia? --preguntó a su vez Don Cangrejo. --Sí, ¿por qué? --Olvida los platos --dijo Juan, y acto seguido vació las viandas sobre el cristal de la mesa. Segundos después, al estar escanciando el tequila, Kakaroto derramó un poco sobre la mesa, y La hiena opinó encogiéndose de hombros: --Bueno, si la mesa no estaba limpia, ya está esterilizada. El primero en retirarse a dormir fue Pedro (anteriormente El chimuelo), a quien desde esa noche le llaman Chinampinas, pues dijeron que se le había mojado la pólvora. Por caballerosidad no se puede abundar en el tema. Ahí fue cuando los compañeros descubrieron que por la falta de dientes, Pedro en vez de roncar, silbaba. Rato después se acostó Chicken Little, un irreverente y alegre pardillo de reciente ingreso. --No me digas buey, soy La hiena --le repetía pacientemente el veterano Tuno una y otra vez. Cuando despuntaba el día y el reloj indicaba las seis de la mañana, Don Cangrejo y El flaco llevaban más de media hora abrazados y hablándose en susurros balbuceantes, entre los que se entendía de repente: "mi mejor amigo". El doctor Simi y La hiena intentaban montar una canción nueva, pero se les cerraban los ojos y el viejo estuvo a punto de tirar la guitarra más de una vez. En algún momento durante ese lapso, Chinampinas y Chicken Little se marcharon a sus casas, procurando no llamar la atención de los demás. Por las dudas. --Mejor será que nos acostemos un rato --sugirió el Jefe, y todos se precipitaron a la habitación del matasanos para ganar una de las dos literas. Y ahí empezó la batalla campal. La geisha y el festival de la lana.Entre los Tunos se le llama "festival de la lana" a la guerra con almohadas. Y la casa de Rubén estaba muy bien abastecida de almadraques. Pronto la lucha por las camas degeneró en una trifulca de verduleras, en la que todos se unían para agredir a alguien, y luego uno de los victimarios se convertía en el mártir, mientras la víctima anterior se tomaba el desquite. Por momentos eran tantos estudiantes en un espacio tan pequeño que las almohadas estorbaban. Entonces la emprendían a puntapiés. Intermitentemente alguien trataba de ganar una cama, y era nuevamente arrastrado al suelo con verdadero entusiasmo. De repente todos se detuvieron en seco. --Hey, ¿dónde está Simi? La hiena pidió silencio a señas y se asomó a la habitación de las hermanas del Tuno. Sobre una cama bien tendida, en una habitación ordenada y deslumbrante, Rubén dormía como un bendito, en posición fetal y roncando suavemente. Aullando como una horda de indios arauacos, los pardillos al mando de La hiena se lanzaron sobre el buen doctor y lo tundieron a almohadazos. Astutamente, El doctor Simi se dejó golpear un poco y luego, aprovechando que ya la habían emprendido nuevamente entre ellos, se retiró al cuarto de sus padres. Ahí lo volvieron a encontrar dormido un rato después, luego de forzar la cerradura. Esta vez decidieron empanizar al Jefe, para lo cual se acabaron media botella de talco. Para desgracia del Tuno galeno, éste se despertó cuando le estaban blanqueando las cejas y dos puños de polvo de maíz le entraron directamente en los ojos. Entre risas los demás huyeron al recibidor y dieron rienda suelta a sus risas. Para entonces la mesa era un asco, el piso estaba lleno de talco, papeles, cojines y bolsas de plástico (cuya procedencia nunca se pudo determinar) y el fregadero de la cocina ostentaba manchas mal lavadas de vómito. Como Rubén no salía del cuarto, los muchachos se asomaron y le vieron tendido en la cama, la cabeza apoyada en el antebrazo y en posición de niño llorón. --Creo que se nos pasó la mano, mano --se preocupó El flaco. Los demás le miraron un largo momento y opinaron al unísono: --No. Acto seguido fueron a buscar las almohadas y se lanzaron de nuevo al ataque. Pero ahora Kakaroto llevaba artillería pesada para ablandar la posición. Antes que los demás empezaran a golpear, éste le dejó caer al noble doctor una silla. --No sea maricón --le dijo. Cuando por fin pudo levantarse, El doctor Simi se encaminó al baño sin decir palabra, y con andar digno y elegante. Todo lo elegante que se puede ir en taleguilla y camiseta, sin medias ni zapatos. Comenzó a revisarse atentamente los ojos, que tras el ataque de talco habían quedado como meadas en la nieve. Un breve chasquido a su izquierda le hizo ponerse en guardia. Se volvió un poco y encontró a su hermano de capa filmándole alegremente. --Pinche Hiena --fue todo lo que dijo, mientras contenía la risa y seguía revisándose los ojos. --Y ahora --dijo José con engolada voz de locutor--, la geisha se maquilla el rostro con polvo blanco de arroz. Las risotadas de los demás le impidieron seguir filmando su documental. Y momentos después, con lo que quedaba de talco, los pardillos le añadieron blanco a su cabello, ya de por si canoso. Lo que queda por decir de esa juerga es que aprovechando que Rubén no podía ver bien, sus amigos lo encadenaron y ataron, y lo sacaron a la calle en esas condiciones. Los vecinos le miraban y trataban de contener las risas, intentando también apartar las miradas. Pero era imposible hacerlo por las voces de sus amigos: --Miren al oso del Himalaya. --Caníbal auténtico de las selvas venezolanas. --El sátiro de San Esteban. La limpieza de la casa fue rápida y efectiva. Con un trapo de cocina fregaron el piso y la tarja hasta que no quedaron evidencias de la basca. Luego el trapo fue... eh... liquidado. En el patio del vecino. Mientras Simi recogía los papeles, envolturas y bolsas de plástico del suelo, y por lo tanto no podía verle, Don Cangrejo pasó la escoba por encima de la mesa, y así se ahorró el trabajo de limpiar con un trapo. Luego el polvo y migajas los barrió hasta el patio trasero, donde hizo un prolijo montón. Después de todo no había encontrado el recogedor... aunque no lo buscó con mucho empeño. Por fin la casa quedó tal como la habían encontrado. Por lo menos a primera vista. Los que se habían dispuesto a dormir y no lo hicieron, por fin se despidieron y tomaron rumbo a sus casas, con evidente alivio de Rubén. La hiena se tuvo que volver en busca de sus lentes, cuando ya había recorrido una manzana. Temiendo una trampa, El doctor Simi no le abrió y fue él mismo a buscarlos. Había comprobado que el veterano Tuno era muy creativo para los bromazos. Una vez entregados los lentes, respiró tranquilo y se retiró a descansar. Por fin. Epílogo.Parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Misa solemne al mediodía. Bochorno que se agrava por el templo lleno a reventar. Al cantor, que habitualmente presta absoluta atención al sermón, hoy se le ve apoyado en la pared, donde le oculta parcialmente la alcancía del Seminario Conciliar. Ha unido sus manos y reclina su cabeza con devoción, abstrayéndose en una devoción particular. La gente a su alrededor le ve pálido, con ojos inyectados en sangre, débil y con ronquera. Hasta trastabilla cuando tiene que ponerse en pie. Estará enfermo sin duda. Y su cabello... se le ve más encanecido que hace ocho días. Sin duda el rigor de la vida dedicada al estudio y la penitencia. Al concluir la Celebración Eucarística, nadie responde con más sentimiento a la despedida del párroco. --La misa ha terminado. Aleluya, aleluya. --Demos gracias a Dios. Aleluya, aleluya. Tlalnepantla, Mex. a 30 de marzo de 2008. 2月16日 Crónica de una boda anunciada.Para Lisset. No pudiste elegir hombre mejor. Va la Tuna de gala.Uno de los más ilustres integrantes de la auténtica Estudiantina de Asís contrajo nupcias el pasado 26 de enero en la ciudad de Tampico, Tamaulipas. El ingeniero Fernando Elizalde, mejor conocido durante sus años de bachiller como El chidín, e inmortalizado en la Tuna del CUC (Centro Universitario Cultural) como Skippy, hizo sus votos matrimoniales llevando sobre el pecho la beca blanca del CUC. A pesar de la lejanía, en la ceremonia religiosa estuvieron algunos de sus compañeros de hambre y rasquiña, que hace muchos años se dedicaron a correr la Tuna en su compañía, en pos de la sopa boba, cantando incontables rondas y viviendo inolvidables aventuras. Maestro de muchos y amigo de todos, cuando hizo la invitación a su enlace matrimonial, don Fernando causó gran revuelo y alegría, por tratarse de un personaje siempre fiel y estimado. Por la Tuna Universitaria de Asís viajaron a Tampico Abraham González El negro y Manuel Bautista, en compañía de sus esposas; y de la auténtica Estudiantina de Asís acudieron Lorena y Guadalupe Chávez (esta última con su marido), y Dulce Bautista con su hijo y su madre. La Tuna del CUC, de la que el ingeniero Elizalde es integrante desde hace más de una década, viajó en pleno para acompañarle en las últimas y arcanas ceremonias que debe hacer un Tuno cuando decide consagrar su vida a otro amor que no sea la Tuna. Un detalle de color que a muchos antiguos integrantes de la familia de Asís causó sorpresa fue encontrar a un antiguo conocido, Miguel Valencia, que fue miembro de la independiente y luego se fue a probar suerte al CUC. Hoy en día, inmortalizado como El perro, don Miguel es uno de los Tunos más reconocidos de su Tuna, no sólo en México sino también en España. Campanas de gloria.Los coros de la Celebración Eucarística estuvieron a cargo de un violinista y una soprano, que hicieron gala de gran maestría en la ejecución de su Schola Cantorum. El sacerdote les pidió a los nuevos esposos que consagraran su matrimonio a Cristo, para poder vivirlo plena y felizmente. Al término de la ceremonia, y mientras los flamantes esposos recorrían el pasillo central, violín y voz que interpretaban la Marcha nupcial se perdieron en una algarabía proveniente de la entrada del templo. Y es que a una voz del Chantre del CUC los estudiantes comenzaron a entonar la inmortal canción gallega Tuna Compostelana, que por tradición sólo se canta en una ronda cuando va dirigida a la novia (o esposa) de algún compañero. Luego los Tunos hicieron rodar sus capas por el suelo, para rendir homenaje a la bella esposa, Lisset. El ingeniero Elizalde se dirigió entonces al jardín y, siguiendo la tradición, quemó los listones que a lo largo de los años fueron adornando su capa, cada uno de ellos representando una ronda y una ilusión, que en su momento fueron y luego se marcharon para no volver más. Al terminar, la esposa prendió en la pañosa un hermoso listón blanco con su nombre bordado, como testimonio del amor sentido por el antiguo estudiante y siempre Tuno. Durante el banquete algunos amigos del Tuno cantaron para la feliz pareja, y luego el ingeniero Elizalde dedicó a su esposa la canción Estás tan linda del autor brasileño Roberto Carlos. Los Tunos de Asís olvidaron por un momento a su “alma mater” y entonaron algunas canciones para los invitados, acompañados del mariachi. Y luego fue la mamá de Dulce y Manuel Bautista quien dio la bienvenida oficial a Lisset a la familia de Asís. El Tuno manifestó que la fiesta superó todas sus expectativas, especialmente la presencia de sus antiguos camaradas. “Para mí fue muy especial descubrir entre la gente a mis amigos de Asís”, manifestó para luego añadir: “Los kilómetros que viajaron para acompañarnos significan el cariño cultivado con los años cuando una amistad permanece. Espero no defraudarlos nunca”, concluyó. El autor de estas líneas les desea a los esposos una larga y fructífera vida en mutua compañía. Que el Señor derrame sus bendiciones sobre ustedes, que ahora son uno, y les conceda permanecer siempre juntos en Su amor, en esta vida y en la otra. Amén. Asís nec tamen abolesco, La hiena. Aprovechando el viaje.Hace unas horas, con motivo de la fiesta de San Valentín mártir, en México se festejó el Día del amor y la amistad. Una encuesta publicada en El primer diario de la mañana mencionaba que la gran mayoría de las parejas celebran con una cena, o regalando animales de felpa, o gastando unos buenos duros en rosas y arreglos. Y aunque no haya datos publicados al respecto, la ocupación de hoteles de paso redoblado también se dispararon. En algunos “museos” (por aquello de las cinco letras) incluso se hacía fila en la sala de espera; como en un hotel ubicado a espaldas de la estación del suburbano en Mixcoac, o en los muy socorridos que se encuentran en las inmediaciones de la Alameda y la Ciudadela. Dejando a los novios y amigos aparte, lo curioso de todo esto es que en el caso de la ocupación de hoteles y el consumismo irresponsable promovido por los medios masivos de comunicación y (claro está) los grandes almacenes, los destinatarios rara vez son los esposos o esposas; más bien los festejos son para los segundos frentes. Así, resulta absurdo que la fiesta de San Valentín mártir en la mayoría de los casos se tome como excusa para quedar bien con quien no se debiera. Porque San Valentín era un obispo que celebraba matrimonios a escondidas. Cuando fue descubierto lo decapitaron. Es decir, el santo mártir bendecía el sacramento del matrimonio, y no todo lo contrario. Y para quienes piensen que me muerdo la lengua y escribo lo anterior porque no regalo nada en este día, ni tampoco lo recibo… Tienen toda la razón. Soy un amargado sin remedio. Y pues… es todo. 2月7日 Un Tuno inolvidable (2ª de dos partes).Varados.En una ocasión fuimos a cantar a un convento en el norte de la ciudad, confiándonos en que pagarían nuestro arte en efectivo. Nos dieron un cheque y ahí comenzaron los problemas. Todos vaciaron sus bolsillos. Juntaron 25 centavos. El precio del boleto personal era de uno cincuenta. —No pensé que fuéramos tan pobres. —Lo que pasa es que todos dejamos nuestro dinero en casa de Skippy. —Caminemos a la estación y algo se nos ocurrirá. —El Señor nunca desampara a sus siervos —pronunció La hiena con aires de Cardenal, mientras engullía otro tamal en dos bocados, y tras un discreto eructo añadió—. Dios proveerá. Se encaminaron al subterráneo, llevando a cuestas sus instrumentos y su cansancio, mientras sudaban a mares con sus trajes de terciopelo bajo el sol abrasador. La gente los miraba con interés, y algunos con burla, pues por ese lado de la ciudad no era costumbre encontrar una Tuna, y menos de día. —Podemos cantar para que nos den monedas —opinó tímidamente Manuel, que al final no había querido dejar solos a sus compañeros (Manuel vivía a unas cuadras de ahí). —No, eso sería deshonrar a la Tuna —negó Fernando, y luego añadió—. Se aceptan sugerencias. Aunque sean estúpidas. —Podemos ir a danzar al atrio de la Basílica, ya que estamos aquí —sugirió El Gordo. —No tan estúpidas —rebatió Skippy. —Podemos explicarle al policía nuestra situación, y pedirle amablemente que nos deje pasar —opinó entonces Abraham. —Esa está mejor. Se dirigieron al gendarme que cuidaba los torniquetes de acceso. Fernando comenzó su historia. —Mire, somos Caballeros de Colón y venimos a hacer nuestra peregrinación anual a la Basílica, pero nuestro voto de pobreza nos impide cargar dinero. ¿Nos permitiría entrar sin nuestros respectivos pasajes? —No. —¿Por qué no? —Porque no traen boleto, y sus instrumentos no traen estuche, lo cual va contra el reglamento. A lo mejor son limosneros. —Oiga —se ofendió José—, ¿tenemos cara de pedigüeños? —Pues si no traen ni para el tren. —Esa es una situación mundana sin importancia. ¿Nos deja pasar o no? —No. —Bueno, al fin que ni queríamos entrar —concluyó Fernando y se retiró con su dignidad, seguido por los demás sopistas. —Nos quedan dos opciones —resumió Abraham—, conseguir lo de los pasajes de algún modo o entrar en formación TB con desplazamiento ALC. —No entendí ni J. Todos rieron ante la broma de José. Luego El negro explicó. —Sí, todos en bola y a la carga. Ya se estaban animando cuando advirtieron que muchos guardias se acercaban a ellos. La gente se arremolinó, curiosa por ese despliegue de actividad de los guardias, que no suelen ser muy celosos de su deber. Noche inolvidable… para algunos.Fue la primera callejoneada de la Tuna del CUC a la que yo asistía, y mis compañeros de hambre y rasquiña me tenían reservada una sorpresa, que con las demás peripecias vividas, hizo de aquella una noche inolvidable para mí. Aunque creo que alguien no la recuerda muy bien. Desventajas del alcohol. Esa noche José recibió su bautizo de vino, cuando Skippy derramó sobre su cabeza, frente y labios un chorro de vino tinto, mientras recitaba solemnemente la arcana letanía para ungir a un nuevo Tuno. Al hacerlo, un poco de vino se derramó sobre el tejido blanco del suéter que le había prestado el Jefe a su discípulo. Aunque José trató de limpiarlo, Fernando lo disuadió: —Olvídalo, el vino tinto ya no se puede lavar. Deja una marca indeleble, como el signo de lo que acabo de hacer. Desde esta noche tú serás Tuno para siempre. Pasada la media noche, y aprovechando que Skippy se había trepado con la bandera hasta la punta de la fuente, Polo le pidió a Fernando que, como invitado especial, diera por concluida la ronda de ese año. —Amigos. La Tuna del CUC les agradece infinitamente su pres… su prss… su presencia esta noche. Gracias a ustedes se ha vuelto inolvidable. Una salva de aplausos le obligó a hacer una pausa y un extraño quiebre para conservar el equilibrio. —Esperamos que el año que viene nos acompañen nuevamente, y compartan con nosotros la alegría de los andariegos trovadores universitarios. Que Dios les bendiga y les dé larga vida para que nos sigan acompañando los próximos 100 años. Más aplausos, que tardaron por lo menos un minuto en acallarse. —Y ahora —continuó cuando logró que todos guardaran silencio y le miraran expectantes—, si alguien tiene la… hic… bondad de ayudarme a bajar, porque estoy un poco contentillo y no quiero romperme la crisma cayendo de cabeza. Entre carcajadas algunos se ofrecieron a ayudarle. El inconveniente es que los voluntarios fueron los que estaban tan ebrios o peor que él, por lo que ya tenían problemas para sostenerse sobre sus piernas… ya no digamos sostenerle a él. No obstante, cuando Skippy vio a tantos buenos samaritanos dispuestos a auxiliarle, con toda confianza se dejó ir de espaldas sin temor. Varios rescatadores rodaron por tierra, logrando con su sacrificio evitar que Fernando cayera de mal modo. Él se levantó de inmediato. Cuando les vio en el suelo, luchando por incorporarse sobre piernas debilitadas por el alcohol, se inclinó sobre ellos con aire celestial y posando sus virtuosas manos sobre las cabezas de sus salvadores, les aconsejó con beatitud: —No beban así, muchachos, les hace ver muy mal. Además, el alcohol mata lentamente. Y uno de los caídos le respondió con filosofía: —No corre ninguna prisa. Fredy y La hiena acompañaron a Fernando hasta su casa. Cuando estaban aproximándose a la puerta, Skippy les hizo señal de guardar silencio. —Chist, que si mi padre me ve llegar bebido me va a moler a palos. Mejor es no despertarlo. Trató de introducir su llave en la cerradura, pero le falló la puntería. Hizo el intento tres veces, haciendo que su llavero tintineara contra la lámina. Por último se le cayó el manojo de llaves y al agacharse a recogerlas se dio un cabezazo contra la puerta. El estrépito despertó ecos en el interior de la silenciosa casa. Entraron de puntillas y subieron a Fernando por las escaleras hasta su habitación. Ya medio dormido por la borrachera, Skippy daba traspiés y maldecía en voz baja cada tres escalones. Por fin los dos Tunos lograron acostar a su compañero en la cama, le quitaron los zapatos y lo envolvieron en las cobijas. —Gracias —balbució—, ustedes si son verdaderos amigos. Pepillo, conserva el suéter como recuerdo de esta noche. Te lo regalo. Un momento después roncaba como un bendito. Los muchachos apagaron todas las luces y se encaminaron a la salida. Cuando estaban a punto de abrir sintieron una mano sobre el hombro y se sobresaltaron violentamente. Detrás de ellos, mirándolos fijamente, estaba Fernando. —¡Qué coño estás haciendo aquí! —masculló José, el corazón latiéndole violentamente. —Te dejamos dormido arriba —se extrañó Fredy, todavía con la respiración anhelante por el susto. —Quise acompañarlos a la puerta porque ustedes son verdaderos amigos. —¿Lo subimos de nuevo, Hiena? —No, porque así nos puede traer la noche entera. ¿No ves que somos “verdaderos amigos”? —remedó José. Alfredo no pudo evitar sonreír. —Nosotros cerramos, Canguro, tú ya vuélvete a la cama —suplicó José mientras cerraba el portón desde afuera. Una discusión.Las relaciones fraternales entre Tunos se parecen a los matrimonios bien avenidos. A veces brotan discusiones por un quítame allá esas pajas, pero la amistad siempre prevalece. He aquí un ejemplo. Cuando Fernando vio que José no se apuraba por buscar su uniforme, mientras los demás vociferaban preguntando por su jubón, su beca o sus zapatos, temió lo peor. —Hiena, ¿y tu vestimenta? —No recuerdo dónde dejé mi grillo. No está en mi casa ni en la de Abraham. Tendré que buscarlo después. —¡Ira de Dios! —maldijo molesto el Jefe de la Tuna—, les dije que había que venir bien vestidos, pues la señora me prometió recomendarnos con sus invitados, que son gente muy importante. Y tú me sales con tu memez de que has extraviado el grillo. —Bueno, traigo la taleguilla. —¿Y crees que con eso te verás bien? Ponte una capa, por lo menos. José iba a replicar cuando sintió un codazo de advertencia. Era El negro. Se quedó callado. Skippy tuvo que meterles prisa pues el anfitrión ya les esperaba. Con trabajos salieron del coche, debidamente uniformados y listos. Fue cuando el Jefe notó algo extraño. —José, ¿por qué no te has puesto la capa? —Lo olvidé, lo siento. —Estás tomándome el pelo. Ve por ella, la he dejado en el asiento delantero. —No tengo ganas. Imagina, volver sobre mis pasos… ni hablar. —Ve tú por la capa, Hiena —ordenó Fernando. —Que no. Además, ¿por qué yo? —Porque quiero. —Pues te quedarás queriendo. Si tú eres quien quiere que me la ponga, ve tú a buscarla. —Caballeros —interrumpió Abraham—, la gente nos mira. De mala gana Fernando cortó por lo sano y enfiló hacia la casa refunfuñando: —Les digo que vengan bien vestidos y mira con qué me sale este tolo. Sus compañeros lo ignoraron por evitar que el problema creciera, pero como Skippy repetía la letanía a cada rato, llegó el momento en que La hiena se hartó. —Bueno, ya está bien —dijo durante un breve descanso—. ¿Venir bien vestido es traer en una media un agujero del tamaño de un tomate, Canguro? —Está doblada para que no se vea la rotura. —Venir bien vestido es traer las medias completamente estiradas, de lo contrario luces como una mujerzuela andrajosa. Todos rieron sin poder evitarlo, menos el aludido. Éste sólo murmuró algo entre dientes y luego ordenó la siguiente canción. Durante la actuación Pepillo no dejó de fastidiar al Jefe respecto a la pulcritud. Por ejemplo, a Manuel siempre se le desabrochaba la parte superior del jubón sin que a nadie le importara tres patadas. Ahora La hiena aprovechó para meterse con él a modo que corrigiera ese detalle y de paso hacer rabiar a Fernando. —Manuel, ¿cómo es eso de llevar una teta fuera del sostén? No ganas nada enseñando las lecheras —le reprendió y en seguida remedó a Skippy—. Hay que venir bien vestido. Todos se rieron, aunque se sintieron un poco incómodos. Al rato el acordeonista volvió a la carga. —Fredy, ¿dónde está tu capa? —y vuelta a remedar al Jefe—, ¿no sabes que hay que venir bien vestido? Poco después: —Fernando, no veo tu beca. Luego entonces no traes completo el uniforme. ¿No ves que hay que venir bien vestido? —Ay, Skippy, te dije que no trajeras a tu suegra —opinó El negro señalando a Pepillo. Los demás coincidieron en que estaba insoportable y le echaron la culpa a Fernando, hasta que éste ofreció una tregua. Epílogo.Las últimas palabras del libro también son cita textual de lo que me enseñó pacientemente Skippy mientras corríamos los dos en pos de la sopa boba, hace tantísimos años, él como maestro y yo como aprendiz. Muchos años ha que cursé la Universidad. Pero cuando cierro los ojos todavía puedo ver en su traje de grillo a Skippy, aquel amigo entrañable que me invitó a correr la Tuna y me enseñó a vivirla a plenitud. Y sin poderlo evitar, siempre se me ruedan las lágrimas al escuchar un pasacalles, pues me viene a la memoria su promesa: “Cuando añores tus tiempos de estudiante, cuando recuerdes a tu vieja y querida Universidad, cuando las fuerzas ya te abandonen… oirás a la Tuna rondar. Y considero prudente añadir que esas palabras están grabadas a fuego en mi corazón, como el nombre de mis cuatro compañeros Tunos. Por eso, cada vez que los recuerdo, al tiempo que el corazón me salta en el pecho, se me hace un nudo en la garganta y se me llenan los ojos de lágrimas. De alegría por los años que viví con ellos, y de tristeza porque esos años ya no volverán. Hermano Skippy, nunca conocí a un Tuno más divertido, ocurrente, generoso, y sin embargo tan responsable. Que Dios te bendiga y te conceda ser muy feliz. Te lo mereces. Semel Furcifer, semper Furcifer, La hiena. 1月17日 Un Tuno inolvidable (1ª parte).Hace unos días encontré en mi buzón un mensaje en que el ingeniero Fernando Elizalde, conocido desde mi juventud como Skippy, me informaba que se casa. Luego de pensarlo un poco decidí que no teniendo más que darle por tan feliz acontecimiento, lo único que podía hacer era rendirle un humilde pero sincero homenaje al compañero que sacrificó unas vacaciones para enseñar a su pardillo los secretos de la Física y el Cálculo Integral, gracias a lo cual yo pude aprobar mis exámenes e ingresar a la Universidad. Todavía no olvido el día en que libré mis materias y corrí a dar la noticia a mi maestro de Tuna. Recuerdo que se alegró tanto como yo, y me abrió las puertas al cerrado círculo de los estudiantes universitarios, en la licenciatura de periodismo. Por gratitud perenne, mi primer libro comienza con estas líneas: “Lo dedico a Fernando Elizalde, Skippy, mi maestro de Tuna y siempre amigo”. Y más adelante en el mismo texto cito palabras textuales que marcaron mi vida desde entonces: “No mentía el Tuno Skippy cuando una vez manifestó en voz alta, para beneficio de sus pardillos, que la Tuna era un libro que comenzaba a escribirse en la universidad, pero que sólo se concluía con la muerte. Y en otra ocasión también dijo que la Tuna era una enfermedad incurable, que afectaba al corazón y al alma, y que nos acompañaba hasta la muerte. Tenía razón. Semel Furcifer, semper Furcifer: Una vez Tuno, siempre Tuno”. Pero para conocer la generosidad y alegría de Skippy, creo que lo mejor es recordar algunos momentos inolvidables de nuestros años estudiantiles. Los siguientes pasajes pertenecen a mis memorias, que en breve serán publicadas bajo el título Ahí viene la Tuna. En el suburbano.Un viernes cualquiera, cuando nos dirigíamos a nuestro primer escenario en medio de una multitud de usuarios del metro ocurrió algo que todavía nos hace reír sólo de recordarlo. Cuando iban hacia las escaleras de salida por un pasillo atestado, una señora delante de ellos se detuvo bruscamente. La hiena trató de parar con igual premura, y sin embargo la golpeó en la rodilla con su pesado acordeón. Sumiso se presentó para disculparse. —¡Fíjese por dónde va, idiota! —le atacó la señora sin dejarle abrir la boca. A la señora le acompañaba una preciosa muchacha morena, de larga cabellera, rasgos finos y cuerpo escultural. Pepillo apretó las mandíbulas conteniendo una mala palabra. —A ver si tiene más cuidado —le regañó la joven. Las dos mujeres siguieron su camino, mientras el Tuno respiraba hondo unos momentos tratando de serenarse. Los demás muchachos luchaban por contener la risa. Skippy fingió que se protegía detrás de su guitarra, como si amenazaran con pegarle. A pesar de su ira, José no pudo evitar reírse, justo en el momento en que la bella muchacha se volvía a mirarlo. —¿Qué? —se volvió la beldad sobre sus pasos— ¿Mucha risa? —No, bueno, es que yo... —balbuceó apenado Pepillo. Sin previo aviso la chica esgrimió su bolso y le atizó en la cabeza. Antes de reponerse de la sorpresa, el Tuno ya había recibido otros dos golpes demoledores. Su mamá, mientras tanto, había ido en busca de un policía, y ya venía acompañada de tres gendarmes. —¡Alto! —ordenó el mandamás. —¡Corran! —ordenó Fernando. Todos los Tunos sin excepción, y quizá por única vez en sus vidas, obedecieron a Skippy sin poner objeciones, dejando a los azules con un palmo de narices. Los turistas españoles.Un día encontramos en un restaurante a unos turistas españoles que al invitarnos una botella de brandy, no nos permitieron marchar a otro compromiso. Gracias a eso pasamos una velada muy agradable… y divertida. Cuando la botella llegó, el generoso anciano ofreció a todos los Tunos. Sólo José y Fernando accedieron. El primero sólo bebió unos sorbos, y el segundo lo que los otros despreciaron. Pocos minutos después estaba más alegre que unas pascuas. Los Tunos, La Dolores, La rondalla y otras canciones de Tuna fueron acompañando al astro rey en su puesta. Ya noche cerrada, los muchachos seguían música tocando y Fernando brandy bebiendo. Como es de suponer, ya exhibía una respetable briaga de cosaco. Y rato después… Ya Fernando había arrastrado una silla y cantaba sentado, con su vaso de brandy en la mano. De vez en cuando se acordaba de agitar brevemente las sonajas del pandero. Cuando los turistas se fueron los Tunos entraron a la cocina y empezaron a guardar sus instrumentos. El maestresala se acercó. —Excelente actuación, muchachos. Sólo una cosa, cuando los clientes los inviten a beber, sólo acepten refresco. Va contra las reglas que beban cuando están trabajando. Fernando trastabilló hacia adelante con los ojos risueños y vidriosos. —Muy bien, mi capitán —y se cuadró—, pero nosotros no hemos bebido nada. Con mucho tiento Abraham lo jaló hacia atrás para que el maestresala no advirtiera su aliento alcohólico. Éste los despidió y se dirigió a la caja. Los sopistas miraron en derredor y se cercioraron de que no hubiera nadie cerca, en especial El caballo lechero, y dieron rienda suelta a sus risas. —Mira, idiota, que si te ha olido ese aliento de dragón —recriminó La hiena al Canguro. —Pero si no estoy... ¡hic!... borracho. —Pues qué bien finges entonces. —Además... nosotros tenemos... derecho a tomar cuando nos... ¡hic!... inviten. —Sí, pero... —Y es cuestión de cortesía. Ustedes —y los señaló con un dedo amenazador y tembloroso— se ven muy mal rehusando la invitación como señoritas… Sus carcajadas se perdieron al doblar la esquina. La gente los miraba pasar y no podía contener la risa al ver la manera de tambalearse de Fernando y los desesperados esfuerzos de José y Abraham por mantenerlo vertical, comer con una mano y fastidiar a Manuel y Alfredo al mismo tiempo. Sin mencionar que cada uno cargaba su instrumento. Por tratar de hacer tantas cosas a un tiempo, en un descuido Fernando se dio un porrazo contra la pared para luego caer sobre la acera cuan largo era. Un momento después comenzó a roncar. —Genial, el tío se ha dormido y no tenemos ni una cobija para disfrazarlo de indigente y sacar algunas pelas. —Pero ¿cómo? ¿Piensas dejarlo aquí? —No pensarás cargarlo hasta su casa... —Pero se van a propasar con él. Por aquí viven algunos maricones. —Pues le harán un favor —comentó José riéndose, y se inclinó sobre su amigo inconsciente—. Fer... Fernando... ¡Canguro! El muchacho reaccionó ligeramente y lo volvieron a levantar. Ahora tuvieron que llevarlo entre dos mientras él se sujetaba de sus cuellos. El siniestro.Un sábado cualquiera salimos retrasados hacia el rumbo de San Jerónimo para cantar una misa, y estuvimos a punto de convertirnos en chinampinas. Tan rápido como se los permitió el tráfico, los sopistas enfilaron hacia Mixcoac por Félix Cuevas. En el cruce de Adolfo Prieto se detuvieron en una gasolinera. Mientras llenaba el tanque, el empleado miró estupefacto al interior del auto, atestado de músicos e instrumentos. —Suba, compañero, queda espacio para otro y además el piano —invitó Manuel por la ventanilla. El empleado se apresuró a terminar. Con tal que se fueran esos locos... En medio de una cacofonía de gritos, risas y canciones los Tunos se detuvieron en un semáforo. En el auto de junto, una señora entrada en carnes los miró con aire reprobador y luego se santiguó cuando escuchó el estribillo de la canción que entonaban: “…Le pidió su amor y encanto y la muy puta fue y se lo dio”, al tiempo que la luz cambiaba a verde. —Pon música para calmar los nervios —pidió Fernando, que ese día manejaba peor que de costumbre. Abraham encendió la radio y todos abuchearon a Pedrito Fernández, que en ese momento cantaba La de la mochila azul. De pronto, la radio enmudeció. —¿Qué pasó? —¡Coño! Que se ha ofendido. —Sí, mira, hasta está saliendo humo de la radio. —¡Humo! —¿Pero qué ocurre? —Ocurre que se está incendiando el coche. Hay humo también aquí atrás —informó José con una voz anormalmente calma. Por pulgadas esquivaron un autobús que venía en sentido contrario, y para abandonar la avenida viraron hacia la callejuela de Bartolache. Skippy detuvo el auto y todos bajaron en estampida. Fredy trataba de conseguir ayuda gritando ¡fuego! Pero la verdad es que la gente encontraba más entretenido ver los apuros de cinco estudiantes vestidos de carnaval, que ir a buscar un extintor. Entre Abraham y Fernando se metieron de nuevo en el auto, ya lleno de humo, levantaron el asiento trasero y desconectaron los cables de la batería, sufriendo por ello quemaduras en las manos. Mientras, José sacaba los instrumentos del guarda equipajes, de donde ya salía humo también. Apenas tuvo tiempo de sacar los instrumentos antes de que Alfredo llegara con una botella de soda, la agitara y vaciara el contenido en el cofre. —No hacía falta arruinar más el auto —opinó Abraham. —Niños, no intenten esto en casa —dijo Manuel a los chismosos que se habían reunido, y que prorrumpieron en aplausos. —Váyanse ustedes a misa —ordenó Fernando—, yo espero a mi papá. —Me quedo a acompañarte. —Gracias, Hiena, pero te necesitan más ellos. Además tú conoces el camino.
11月19日 Pardillos (1ª parte).Largo.Había sido un día agotador para la Estudiantina Kanons. Primero misa de niños en San Esteban, que resultó más larga que un día sin pan. Luego un almuerzo atropellado en casa del Doctor Simi y carrera hacia la parroquia de Nuestra Señora del Rosario para entonar la misa mayor dominical. Luego cayeron en plan de marabunta a la casa de Gaby (benefactora del grupo) que vivía cerca, donde comieron tres veces su propio peso. Luego subieron a los pequeños en el auto de Gaby y los demás tomaron el camino de vuelta a San Francisco Cuautlalpan. La pega era que el estudiante de medicina se había negado a dejar el contrabajo en San Esteban, y ahora lo iba cargando para todos lados como a una esposa fastidiosa. Fácil es suponer el trabajo que costó subirlo al colectivo que los llevó del barrio del Rosario hasta los Viveros de la Loma. Y además la hercúlea tarea fue aderezada con las críticas y sarcasmos de Largo, que concluyó al fin: —Parece mentira que no sepas subir un contrabajo al autobús, Simi. El aludido, ocupado en meter su armatoste por una puerta visiblemente más chica que el instrumento, de momento le dejó proseguir la diatriba sin decir palabra. Ya sobre el Periférico, luego de sudar la gota gorda cargando su instrumento, El doctor Simi se volvió a La hiena, que le iba siguiendo a guisa de escolta. —No entiendo porqué debo sudar como mula si tengo a la mano a un pardillo. —Eso mismo me lo preguntaba yo —asintió La hiena. Largo ya se encontraba hasta arriba del puente peatonal en compañía de su novia y los demás compañeros. Los dos Tunos le hicieron bajar a pesar de sus quejas. Cuando el pardillo llegó al pie de las escaleras, le cedieron sonrientes el contrabajo y le pidieron con toda amabilidad: —Carga, esclavo. —Si soy pardillo, no bestia de tiro —se quejó aquel. La hiena se aclaró la garganta y citó un apotegma de la Tuna que data del siglo XVI o aun antes: —El pardillo no está para cargar bultos, sino para adquirir conocimientos. Pero si para aprender debe cargar, cargará. Y así, entre las puyas de los manteístas, las risas de los demás estudiantes y la divertida curiosidad de los viandantes, Largo cargó sobre el hombro el pesado contrabajo y comenzó a subir la escalera, lentamente y sin dejar de lloriquear y maldecir. —Creo que no debimos ser tan duros con él —opinó entonces La hiena—, le hay que ser tolerante y paciente con los pardillos. Más bien debemos motivarlo a que realice sus tareas con entusiasmo. —Eso mismo opino yo —asintió El doctor Simi—, motivémosle. Y sacándose el cinturón de las presillas del jubón, lo hizo silbar en el aire y le dio un azote al pardillo en donde la espalda pierde el nombre. —Vamos, Largo, que se vea ese entusiasmo —gritó Simi mientras esgrimía de nuevo el cinto. El pardillo levantó el contrabajo por encima de su cabeza y echó a correr a toda velocidad a través del puente, rozando a su novia y haciéndole girar como una peonza. Como jauría de lobos, los Tunos se lanzaron tras él en medio de risas, gritos y amenazas y terminaron de atropellar a Liliana. La visión del larguirucho muchacho corriendo a escape, y llevando por encima de la cabeza un voluminoso instrumento, fue tan irresistible que hasta los automovilistas bajaron la velocidad para ver el espectáculo. Todo el grupo se reunió abajo del puente peatonal, algunos riendo, otros tratando de recuperar el aliento. Simi ya se había ceñido nuevamente el cinturón, por lo que Largo pensó que la broma había terminado. Se equivocó. Mientras marchaban hacia la parada, La hiena y El doctor Simi fueron deteniendo a los transeúntes con que se cruzaban, y les hacían ofertas difíciles de rechazar. —Amigo, ya no lleve a su novia caminando. Le regalo este burrito —y el médico señalaba a Largo—, para que la cargue. —Venga, camarada —interceptaba La hiena a un hombre cargado con la despensa—, le regalo a mi mula para que viaje más descansado. Una familia con varios niños se acercó al grupo que reía a mandíbula batiente a costillas de Largo y les miraron con curiosidad. —Mirad, niños —les habló La hiena—, ¿veis a este tío? Y al señalarlo, todos los críos miraron atentamente al pardillo que estaba ante ellos, prieto, delgado y estirado. —Pues así como le ven, él ha trabajado en todas las películas del mago Harry Potter. Los ojos de todos los chiquillos se pusieron como platos. Pero no faltó el desconfiado, el analítico, el preguntón. —¿Y de qué la hace? —preguntó. —Es la escoba. Las risotadas fueron estruendosas. Cuando llegó el colectivo que habían de tomar para llegar a Cuautlalpan, los estudiantes abordaron y Largo decidió desquitarse de las burlas de minutos antes. —Simi, te voy a enseñar cómo se sube un contrabajo al autobús. Y sin ayuda. Y lo primero que hizo al intentar subirlo fue arrimarle un porrazo contra el marco de la puerta, que si no le hizo daño al instrumento, sí le despostilló la pintura y le estrelló el vidrio al camión. Por fortuna el chofer no se percató. —Interesante —se mofó el Doctor—, primero le pego al frente. ¿Y luego? Al final los Tunos tuvieron que ayudar a desatorar el contrabajo, que se había atascado sin remedio en la puerta del autobús. Al llegar a su destino prescindieron de seguir “educando” a su pardillo, pues ya les dolían las tripas de tanto reír. Sólo se contentaron con cargar sobre las espaldas de Largo tres guitarras, dos mandolinas y una bandurria. La hiena consideró subirse también, pero al fin decidió que le haría bien caminar. Por aquello de la buena circulación. Y así continuaron hasta la parroquia de San Martín de Porres. 10月12日 La agonía de una tradición.En el número 86 de la revista española Aventuna publicada en 1998, se publicó el artículo La Tuna en el 2000, de la autoría de don Diego Callejón, Sir Percy, donde hacía una atinada reflexión acerca de cómo se había ido pervirtiendo en España la antigua tradición de la Tuna. Cinco años después la Escuela Superior de los Escuderos de Cristo (extensión educativa de una universidad de cédula pontificia que imparte postgrados de Teología e Historia Sagrada) fundó su Tuna, con la firme decisión de respetar la Tradición y de rescatar algo del repertorio clásico de la música estudiantil. Y el artículo de Sir Percy se estableció como lectura obligada y de frecuente consulta. Siguiendo el ejemplo de valor moral de don Diego Callejón, hoy tomo la pluma para hacer una brevísima reflexión respecto a lo que ha ocurrido con la tradición de la Tuna en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Por cortesía del Tuno Doctor Simi, hace unos días pude escuchar unos discos grabados en vivo durante los certámenes de la Estudiantina Nueva Generación en los años 2004 y 2005, en los que sólo participaron estudiantinas independientes (a veces llamadas parroquiales). Dejando de lado la mala entonación, la ignorancia sobre cuestiones básicas de solfeo y ese absurdo afán de alargar innecesariamente una melodía repitiendo hasta ocho veces un compás con sólo dos notas, salta a la vista la falta de cultura musical y estudiantil de que adolecen los directores de estos conjuntos. De otro modo no se puede explicar que una agrupación que se hace llamar estudiantina cante en un “certamen de estudiantinas” la canción doblada Lion sleeps tonight o que en Aires del Mayab griten “¡olé!” cuando se trata de una canción folklórica del sudeste mexicano. Otro ejemplo está en el disco correspondiente al año de 2004, donde se pueden escuchar las canciones Mi ciaudad o Violín hoapango (así dice la portadilla) interpretadas fuera de tono y mal octavadas. Y hago énfasis en esto: No es que los participantes sean desafinados, sino que las canciones fueron montadas con esos errores de origen. Otro detalle relacionado con el repertorio es que todas las estudiantinas tocan lo mismo, ajeno a la Tradición, y todas lo hacen mal. En el certamen de 2004 Cuerdas de mi guitarra se cantó tres veces; Aires del Mayab, Violín hoapango (sic) y Mi ciudad, dos cada una. Otras canciones que se interpretaron fueron El son de la negra, Y volveré, Ámame y A la luz de los cocuyos. Al año siguiente Alma llanera se cantó tres veces y hubo grupos que repitieron Aires del Mayab y Violín guapango (sic). Las mayoría de las demás canciones de 2005 fueron canciones mexicanas propias de mariachi. Y todas las ejecuciones carecieron de entonación, armonía y creatividad. Más bien parecieron ejecuciones a garrote vil. Lo más triste del caso es que no se puede negar el entusiasmo que los trovadores ponen en sus actuaciones, y es lo que hace pensar que sus directivos están desperdiciando las ansias de aprender y de participar de sus educandos, por falta de interés en ilustrarse un poco más acerca de la Tradición. Además la estudiantina no se enseña, se vive, pero no en certámenes sino en rondas, obras de caridad, encuentros de grupos en los que no haya competencia. Los certámenes —debido a su planteamiento erróneo— lejos de motivar la sana convivencia y fomentar el espíritu de fraternidad, sólo crean enemistades y rencores. Lo grave es que en los últimos años el número de certámenes celebrados en la Ciudad de México y zona metropolitana se han multiplicado, conservando siempre el mismo común denominador: Nadie queda contento. Muchas veces el descontento general es comprensible debido a la pésima organización, a la poca claridad de las reglas y a la falta de cultura (y a veces comprobable ignorancia) de los jueces. Eso sin contar con los favoritismos que luego salen a relucir y ya no se pueden ocultar. Sólo así se puede explicar que una “estudiantina” que por uniforme llevaba pantalón de mezclilla deslavado, camiseta blanca y tenis haya ganado un primer lugar. Y hablando sobre los uniformes, es otra cuestión donde se hace manifiesta esa ignorancia sobre la Tradición de que hablé anteriormente. Las coloridas telas, adornos y espadas (sí, espadas) que eligen algunos grupos para su vestimenta hacen pensar en un desmedido afán de llamar de algún modo la atención, o bien que piden asesoría a los hermanos Atayde. El color del traje de estudiantina debe ser negro, pues así quedó establecido desde los tiempos del monarca español Felipe II. Querer innovar en el traje es pretender rizar el rizo. En resumen, la tradición de la estudiantina, por lo menos en la zona metropolitana de la Ciudad de México, agoniza o ha sufrido una transformación estilo “mister Hyde”. Y no toda la culpa la tienen los grupos independientes. Considero que es también responsabilidad de los Tunos de las diversas universidades, escuelas superiores y colegios mayores, darnos a la tarea de respetar primero y enseñar después lo que es la Tradición. Si pretendemos perdurar en la historia, es hora de abandonar los pedestales en que nos hemos colocado, y comenzar a transmitir la enseñanza. Aunque sea menester darle un repaso primero. 9月26日 Asís somos.A S. S. Juan Pablo II. Hasta siempre. A la gran familia de Asís de ayer, de hoy y de siempre. A Skippy, que colaboró en la elaboración de este artículo. Phoenix, 1987. Los estudiantes que en 1984 decidieron formar un coro que participara en la misa dominical de la parroquia, en el barrio de Santa Cruz Atoyac (al sur de la Ciudad de México) jamás pensaron que su devoción y su arte trascenderían no sólo más allá del rumbo, sino allende las fronteras. Tres años después fueron invitados por la comunidad hispana de la ciudad de Phoenix, en Arizona Estados Unidos, para que participaran en la fiesta mexicana de esa ciudad, que se organiza cada año con motivo de la conmemoración del inicio de la Independencia de México. Coincidentemente, en esos días estaría de visita pastoral en esa ciudad el Santo Padre Juan Pablo II. Por eso una soleada mañana del mes de septiembre de 1987, unos 30 estudiantes acompañados por algunos padres de familia abordaron un autobús que los llevaría a la frontera del norte, donde les aguardarían sus anfitriones de la ciudad de Phoenix. Comenzaba la más grande aventura de la Estudiantina de Asís. Pocos serían los afortunados que volvieran a tener otra vivencia igual. En la ciudad de Phoenix, a veces soportando temperaturas de 45º C a la sombra, los estudiantes desfilaron por la avenida principal, llevando la latina alegría estudiantil a un país extraño carente de cultura propia. Visitaron la sede de gobierno de esa metrópoli y tuvieron su momento culminante del viaje cuando fueron ubicados a unos 75 metros del balcón donde el Santo Padre se dirigiría al pueblo estadounidense y al mundo. Al terminar su alocución, el Sucesor de San Pedro comenzó a retirarse del balcón. La Estudiantina de Asís comenzó a entonar la inmortal canción de Roberto Carlos, Amigo, que de inmediato fue coreada y aplaudida por todos los presentes, que sumaban miles. El Papa, que llevaba un horario muy apretado y calculado al minuto, rompió su rutina y el protocolo, regresó al balcón y con una sonrisa de oreja a oreja escuchó a los estudiantes mexicanos que le cantaban poniendo corazón y alma en cada nota. Al terminar la melodía y apagarse los aplausos que los fieles brindaban al Santo Padre y a la estudiantina, el Pontífice romano abrió los brazos como queriendo abarcar a todos los reunidos y al mismo tiempo alcanzar a los jóvenes forasteros, y pronunció en un claro español pero con fuerte acento polaco: —Amigos todos; todos amigos. A quienes vivieron ese momento, todavía hoy se les empañan los ojos al recordar al Papa Amigo, a quien volvieron a ver posteriormente en una de sus visitas a la Ciudad de México, pero nunca más fue como entonces. En el telediario nocturno de ese día inolvidable, el consorcio Televisa proyectó al final de su noticiero unos 10 segundos de imágenes de la visita pastoral del Papa a la ciudad de Phoenix. En varias de ellas se puede observar a la Estudiantina de Asís cantando a la distante y amada figura vestida de blanco, que se balancea con el ritmo de la música, en un balcón inalcanzable y que sin embargo estuvo siempre al alcance del corazón. Frey Gaspar Carrillo Toral, E. C., La hiena.
Ciudad de México, 2007. El XX aniversario del viaje en que cantamos al Papa Juan Pablo II en nuestra gira por Phoenix, Arizona, fue un evento sencillo pero muy emotivo. Asistimos con nuestra familia quienes integramos la Estudiantina de Asís. Además de algunos de nuestros padres, ahora también asistieron las parejas y los hijos de algunos de los nuestros. Abundaron las canciones de estudiantina como en una noche colonial. Leímos una narración de ese inolvidable día, después escuchamos la grabación de la bendición del Papa y la canción de Cielito lindo que tanto le gustaba. Cerrando los ojos pudimos transportarnos en el tiempo y vivir de nuevo ese día. Con mucho cariño recordamos al Santo Padre y la influencia que dejó en nuestras vidas. Para muchos el viaje a Phoenix fue el punto culminante de muchos sueños que juntos hicimos realidad, pero en proyección hacia el futuro, Juan Pablo II será siempre nuestro motivo de unidad. Recordamos algunas anécdotas y recordamos también a tantas personas que nos inspiraron y que en muchos momentos nos apoyaron: En primer lugar hablamos de Raúl Gaxiola (hoy médico naval), nuestro fundador y director. Le enviamos nuestra amistad y eterno agradecimiento. Al doctor Raúl Gaxiola padre (X), quien influyó benéficamente en Raúl, y por ende en todos nosotros. A Xalma por su cariño y por todo el trabajo que a lo largo de los años realizó por “sus niños” de la estudiantina. Un agradecimiento a nuestros padres, porque sin ellos no hubiéramos logrado nada. Al Reverendo Padre Toño Rebolledo, que siempre nos ha apoyado, y que fue quien compró nuestros primeros instrumentos, hace más de dos décadas. A la Madre Chabe, gran promotora nuestra, siempre llevando muchos niños al grupo y contagiándonos con su entusiasmo. A nuestro inolvidable y gran amigo, el Señor García (X), que fue uno más de nosotros, pues sólo le faltó subirse al escenario a cantar con nosotros. Nadie olvida su viejo Renault, de cómo iba y venía incansable, cargado siempre con trajes, instrumentos y Tunos. A él y a todos los que ya se han marchado, nuestra perenne gratitud. Dios les tenga en su Santa Gloria. Este sábado 8 de septiembre cantamos como siempre. En alguno de esos momentos especiales, los pequeños tomaron los instrumentos y por momentos nos imaginamos que continuarían nuestra historia. En otro momento importante, entregamos simbólicamente la beca de Tuno a todos los que alguna vez integraron a la estudiantina, con juramento y bautizo de vino, resaltando el significado de la beca en nuestro grupo. “La beca es signo de fidelidad a la Tuna. Símbolo del esfuerzo y perseverancia, pero esencialmente símbolo que representa a todos los que rasgando una guitarra, pulsando una bandurria, tocando un pandero, hemos luchado por conservar esta hermosa tradición que es la estudiantina”. Quien fue Tuno un día, lo será siempre. Y en nuestra vida diaria, nuestras capas imaginarias llevan prendidas las cintas de colores, con el nombre de todos los que alguna vez dieron significado a nuestro grupo. Amigos todos; todos amigos. Ing. Fernando Elizalde Casas, Skippy.
A modo de epílogo. El 21 de septiembre de 2007, fecha en que se cumplieron 20 años del regresó de la Estudiantina de Asís de su viaje a Phoenix, Arizona, la Congregación de los Escuderos de Cristo celebró una misa especial privada, para encomendar a Cristo y a la Santísima Virgen María a todos los integrantes de la familia de Asís con sus padres y retoños, recordando muy especialmente a quienes ya se han adelantado a los brazos del Padre de los Vivos. El coro de los Escuderos preparó para esa celebración tan especial cantos litúrgicos que fueron característicos de la Estudiantina de Asís, como Hoy traigo Señor para la Procesión, Toma mis manos para el Ofertorio y Toma tu cruz para la Comunión. Es cierto, no sonó como Asís, pero igual se les recordó con afecto. Y al terminar la Celebración Eucarística, el Superior General tomó la palabra y pronunció a modo de epílogo: Asís nec tamen abolesco. Per semper. Asís permanece vivo. Por siempre. Como se ha advertido durante muchos años, existe otro grupo autodenominado “Estudiantina de Asís”, pero que no son los originales poseedores del nombre, ni han cosechado las glorias que la original Estudiantina de Asís. 9月17日 Certamen (2ª y última parte).El robo.El maestro de ceremonias subió al templete, tomó el micrófono y pasó varios minutos tratando de convencer al público ya reunido de que tenían que despejar el estrado de piedra en que se celebraría el certamen. La gente que llevaba esperando dos horas, sólo dio en ponerse a chiflar, exigiendo que lo que fuera a realizarse se iniciara de una buena vez. —¡Ya cállate, grandísimo! —se escuchó entre la asistencia. Temeroso de la multitud, el orador se dio a la tarea de presentar a los jueces, y a explicar que a los grupos se les calificaría el color de la voz, la entonación y la armonía. En ningún momento se mencionó si se calificaría uniforme, evoluciones o instrumentación. Se hacía evidente su ignorancia de lo que es en realidad una estudiantina. Eso y el hecho de que los tres jueces fueran integrantes de rondallas, que no estudiantinas, causó extrañeza entre los sopistas más veteranos. Ningún juez tenía experiencia en estudiantinas. La hiena se acercó al Doctor Simi, y le externó su preocupación. —Esto huele a chamusquina —explicó—, ninguno sabe nada acerca del negro mester. Poco a poco los padres, familiares y amigos de la Estudiantina Kanons habían llegado. Entre ellos se encontraba un veterano Tuno de la Escudera Christi Supernum Scholarium, Torombolo, que con resaca y todo había ido a apoyar a su maestro La hiena. Todos ellos fueron testigos del desempeño de los grupos, que salvo una honrosa excepción, interpretaron sus dos canciones con más empeño que fortuna. Durante las interpretaciones quedó claro que tampoco las autodenominadas “estudiantinas” conocían nada del género. Hubo un grupo que tocó una popular canción de los años 70, Fue en un café, hubo otro que en certamen de estudiantinas se atrevió a ejecutar una cumbia, y sólo una coral de Loma Colorada interpretó una melodía que inmortalizó en los años 50 la Estudiantina de la Universidad Autónoma de Guadalajara, Yo vendo unos ojos negros, y lo hizo muy bien. Más que certamen de estudiantinas el evento había derivado en una exhibición de murgas y corales, que despertaban poco entusiasmo entre el respetable. Al fin el maestro de ceremonias presentó a la Estudiantina Kanons, que subió al escenario con paso firme, seguro, y se acomodó en dos filas mientras El doctor Simi acomodaba los micrófonos que previamente él y La hiena habían evaluado aprovechando las actuaciones de los demás grupos. Con anterioridad el veterano Tuno había recomendado al Jefe de los Kanons que primero interpretaran Alma llanera, para atraer la atención de los asistentes con la conocida tonada venezolana. El poncho sonó trepidante, alegre, inmejorable. Al concluir la interpretación los aplausos fueron copiosos y de larga duración. Entonces un silencio expectante cubrió a los espectadores cuando vieron que la primera hilera de la estudiantina se partía en dos y trazando un semicírculo se colocaban de espaldas a ellos, bloqueando la visión a lo que ocurría sobre el tablado. Una voz resonó en el sistema de sonido. —El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ha caído —escucharon todos y no faltó quien se estremeciera—. Yaciendo en un lecho de dolor, sólo le acompañan su leal amigo Sancho Panza y una mujer de mala nota llamada Aldonsa. La muerte ronda al caballero de la triste figura y la esperanza se agota. Y… bueno, mejor veamos el resto de la historia. Como si de un telón se tratase, la primera fila volvió a partirse por la mitad cuando las mandolinas y percusiones volvieron a su lugar. Los espectadores susurraron sorprendidos al mirar desplomado en el suelo a un Tuno, cubierto con su capa. Arrodillada junto a él, una bella muchacha de rasgos finos y mirada enternecida, le tomaba la mano y acariciaba su mejilla con ternura. Y así empezó la interpretación del penúltimo acto de la inmortal obra The man of The Mancha, con arreglos e instrumentación para estudiantina de Frey José de Santa Cruz, E. C. Por medio de cantos, diálogos y una actuación sencilla y magistral, la joven solista llevó al público primero al borde de las lágrimas, luego a una expectante espera y por fin a un estruendoso aplauso, que arreció cuando Don Quijote se irguió de su lecho de muerte diciendo que no importa la enfermedad para un caballero andante. Luego, tras una breve pausa mientras se ponía el acordeón a modo de armadura, la estudiantina siguió con la última melodía del acto, que terminó de manera apoteósica, inolvidable. —…Donde nos quiera llevar hasta la gloria alcanzar… ¡KANONS! Los aplausos estallaron espontáneos, y siguieron mucho después de que la Estudiantina Kanons abandonó el escenario. Muchos espectadores gritaban a voz en cuello “otra, otra” y coreaban el nombre de la estudiantina, aunque al inicio del certamen se había acordado que ningún grupo tocaría más de dos melodías. El padre de Viridiana, visiblemente emocionado, esperaba a los estudiantes al pie del estrado y abrazó a La hiena. Fue tan inesperado el gesto que el viejo Tuno no supo qué hacer. Después de la actuación de otro grupo, los jueces se retiraron a deliberar. Regresaron y entregaron sus tarjetas al maestro de ceremonias, que leyó los resultados. Cuando dijo que la Estudiantina Kanons había ganado el segundo lugar, sus integrantes saltaron de alegría y se abrazaron entre ellos, pero La hiena se apartó muy disgustado. Dado el desempeño de todos los grupos, pensó que no había sido una evaluación justa. El primer lugar se lo dieron a la coral de Loma Colorada. Entonces ocurrió algo inesperado. Los familiares y amigos de los Kanons se acercaron a la mesa de jueces y comenzaron a discutir con ellos, mientras el resto del público daba su opinión con gritos destemplados y amenazantes: —¡Robo! ¡Fraude! ¡Jueces sordos e inútiles! Los organizadores levantaron la mesa y trataron de marcharse, pero la gente formaba una barrera impenetrable frente a la única salida del escenario. La hiena se aproximó al más joven de los jueces y escuchó cómo éste se disculpaba con un espectador vociferante. —Es que pusieron una obra de teatro y eso no estaba permitido —expresó el músico. El viejo Tuno, conteniéndose las ganas de borrarle la sonrisa burlona de un tortazo, le explicó que lo que no estaba expresamente prohibido en las bases del certamen estaba permitido; que ellos no habían puesto una obra de teatro sino cantado una parte; y que si los jueces al calificar habían tomado en cuenta tan sólo las voces, no tenían ni idea de lo que era la estudiantina. Y por lo tanto la decisión era injusta y el evento, un fraude. —¡No me ofenda y fíjese en qué tono me habla! —gritó el juez. —Si los ofendidos somos nosotros… ¡y el público! —se defendió La hiena. Sus compañeros lo rodeaban, y con ellos pareciera que todo el pueblo de Los Remedios. La gente al oír las palabras del Tuno arreció con sus gritos y amenazas con los puños, insistiendo en que había habido fraude, que los jueces eran unos ignorantes y que el primer lugar era para los Kanons. Poco a poco los jueces lograron escabullirse y una fuerte lluvia disolvió a la turba. Sin embargo la gente se fue comentando de la vergonzosa afrenta de que acababan de ser testigos. Un comerciante de la zona, que había visto todo desde su local, a pregunta de un corresponsal extranjero explicó: —Los jueces no podían permitir que el primer lugar se lo llevara un grupo de fuera. Por eso no les dieron el primer lugar. Pero es que todos están de acuerdo en que la estudiantina ganó y por mucho —y luego añadió—. Hoy es la primera vez que me avergüenzo de ser vecino de Los Remedios. Porque lo que vimos fue un robo. Epílogo.El lunes siguiente uno de los jueces del certamen bajó a la Ferretería Hércules, que se encuentra a 300 metros de la Basílica de Los Remedios. Alguien le reconoció y corrió a alertar a los vecinos y demás comerciantes de la Avenida Emiliano Zapata, frente al antiguo acueducto. Cuando el hombre salió de hacer sus compras se encontró con varias personas que a corrillo comenzaron a gritar: —¡Fraude! ¡Vendidos! ¡Vergüenza! Los gritos e invectivas le siguieron durante un buen trecho. El hombre comprendió que él y sus demás compañeros cargarían durante mucho tiempo con esa mancha en su blasón. Y recordó aquella frase que se ha repetido a través de los siglos desde el Imperio Romano: “La voz del pueblo es la voz de Dios”. Y ese 2 de septiembre de 2007, Dios había dado el merecido triunfo a la Estudiantina Kanons.
9月10日 Certamen (1ª parte).Dios no sólo bendijo sus cuerdas vocales. También su gran corazón. Ciao, Luciano Pavarotti. Hasta siempre. Los pardillos. Era el primer certamen en la historia de la Estudiantina Kanons, su primer atisbo del éxito. Los nervios estaban a flor de piel. Hasta La hiena, el más veterano de los presentes, estaba tenso como cuerda de violín. Cuando vio a Pedro payasear en los ejercicios de vocalización le regañó severamente, cosa que no acostumbraba hacer. La víspera del certamen los padres de los muchachos llegaron a las 21 horas a darles ánimos y a ver el último ensayo general. Hombres y mujeres habían ensayado arduamente durante dos meses, montando una popular canción sudamericana, Alma llanera, y la última parte de la inmortal obra El hombre de la Mancha. Aunque tenían dominadas ambas melodías, no dejaban de frotarse las manos, de reír histéricamente y de ensayar los pasajes más complicados de guitarras y mandolinas. La carga de caballería seguía representando algunas dificultades para Rex, pero a fuerza de repetirlos iba alcanzando la perfección. Además del ensayo general que iban a realizar ante sus familias, algunos de los muchachos también iban a hacer su juramento de pardillos (novatos) a la Tuna de la Escudera Christi Supernum Scholarium. Cuando La hiena comenzó a hacer la lista con los nombres, cayó en la cuenta de que había olvidado algo importante. —Me ca… chis en la mar salada —maldijo acercándose presuroso a donde estaba El doctor Simi—, oye matasanos, ¿de casualidad no traerás el juramento en el estuche de tu guitarra? Que me he olvidado mi copia. —Que va, le tengo en mi cuarto —respondió el aludido. —Si todavía no se han venido tus padres, ¿podrías pedirles que lo descuelguen de la pared y lo traigan? —Es que… bueno —explicó Simi—, ocurre que no está enmarcado. Le tengo en algún lugar de mi habitación, y ésta se ha declarado zona de tornados. Por el desorden, ¿sabes? Medio minuto después La hiena ya estaba transcribiendo de memoria el juramento en su cuaderno, para que no le fuera a atacar la amnesia en el momento menos indicado. Al terminar le anunció al Jefe de los Kanons con modestia. —Ya está. Soy más grande que un faraón. —Si no más grande, sí que más gordo y pesado —opinó sonriente El felpudo. Los muchachos se esmeraron tanto que los aplausos les obligaron a repetir la actuación. La formación, desplazamientos, coreografías y cantos salieron tan bien, que los padres aplaudieron a rabiar. Nadie se dio cuenta que Miriam en el papel de “Dulcinea” tenía una amigdalitis de campeonato y La hiena como “Don Quijote” sufría un cuadro de hipoglucemia. Luego El doctor Simi, como Jefe de la troula, y La hiena como miembro del claustro de profesores de la Escudera Christi Supernum Scholarium, procedieron a tomar juramento a los nuevos pardillos. Los muchachos y muchachas aguardaban con emoción y risa contenida el apodo que se les fuera a asignar. Algunos no fueron sorpresa, pero otros despertaron la hilaridad de los compañeros. —Studio Tunae Kanons acceptare et perhibui Pardillus Flaco, Miry, Rex, Sancho, Itzel, Yedani, Felpudo, Fátima, Corazón alegre, Viridiana, Karen, Jirafales, Kabage Patch. Hospitio, fratelis —pronunciaron Simi y La hiena, concluyendo la ceremonia en medio de un afectuoso aplauso. Luego de una oración comunitaria se despidieron. ¡Hasta el certamen! Y que Dios nos ayude. En la verbena.Apenas los grillos abordaron el autobús, Salta sacó de entre sus ropas una bandera de México y quiso fijarla en la ventanilla, para que ondeara con la brisa matutina. Todos se aprestaron a ayudarle, a modo que el pendón no fuera a caerse al comenzar a moverse el vehículo. Lograron fijar la oriflama, pero no sin antes desprender un porta permisos, sacar de canal una ventanilla y agujerear inadvertidamente la vestidura de un asiento. Sancho vio todos los desperfectos e hizo un comentario que motivó las risas. —Vamos a terminar desarmando el autobús. —Pero la bandera bien izada —añadió La hiena con fervor patriótico. A pesar de la recomendación de no hablar fuerte, todos iban hablando a voz en cuello y dando alaridos y risas, la mayoría motivadas por el nerviosismo. Al llegar a la entrada al Santuario de los Remedios un policía les cerró el paso, alegando que no podían pasar en el vehículo. El doctor Simi y la mamá de Yedani, que es miembro distinguido de la comunidad, dialogaron largamente con el gendarme de punto. —Sancho —llamó La hiena a uno de sus pardillos—, anda y dile al oficial que nos deje pasar o tendré que ir a darle la orden. Y si me bajo va a ser una cosa terrible. Obviamente era una broma, pues en Los Remedios La hiena es como cualquier hijo de vecino. Lo mismo que en todas partes. Momentos después, contra todo pronóstico, les franquearon el paso. El autobús les acercó lo más posible al santuario, y sin embargo tuvieron que andar casi un kilómetro en subida y luego atravesar un atrio lleno de danzantes prehispánicos y voladores de Papantla. —Si estos nativos ven nuestros trajes españoles —comentó Felpudo—, aquí se van a armar los hostiazos. Las risotadas no se hicieron esperar. Cuando llegaron al quiosco, lugar donde se iba a celebrar el certamen, la desorganización campaba por sus respetos. Al final tuvieron que aguardar dos horas antes de que iniciara el acto. Y mientras, los nervios les consumieron. Debido a eso y al frío muchos necesitaban encontrar un baño, pero no le había por ningún lado. La hiena, separado de los demás, también probaba suerte y encontró a una guapa jovencita atendiendo una fonda, a la que le cantó brevemente para convencerla de que le dejara usar el privado. Al salir les fue a dar la receta a los compañeros que encontró, con la desventaja de que cuando éstos llegaron a repetir el truco, se encontraron con un ofendido padre de familia que los echó con cajas destempladas, antes de que pudieran dar el primer Do de pecho. Por fin los organizadores dieron la tercera llamada y, en medio de una multitud impaciente y tumultuosa, empezó el certamen. Continuará…
8月11日 El seminarista de los ojos negros.A mi pardillo Sancho, que es más listo que el hambre. Los pardillos se reunieron en torno a La hiena para escuchar las instrucciones. Al escuchar el grito de “A mí la Tuna”, todos se abalanzarían sobre Doctor Simi para inmovilizarlo, atarlo y cubrirlo con la capa. Luego le cargarían en hombros y se encaminarían al atrio del templo de San Martín de Porres. Una vez ahí le colocarían sobre el enjalbegado, colocando frente al cuerpo inmóvil una pandereta y una veladora. De común acuerdo se decidió que Felpudo sería la plañidera. Luego se dispondrían a aguardar la llegada de las monedas para “el funeral”. El viejo truco de la mortaja que tan buenos duros ha redituado a estudiantes y a borrachos de todas las épocas. Lo que nadie le dijo a Sancho, el novato acordeonista a quien sus padres llamaban Juan, es que la verdadera víctima sería él. Si el plan que se le había dicho mencionaba que todos debían lanzarse sobre el Doctor Simi obedecía a la simple razón de que Sancho era muy ágil y querían tenerlo dominado antes que se diera cabal cuenta de lo que ocurría. El ensayo transcurría sin novedad, mientras los estudiantes repasaban una y otra vez una alegre canción regional. Bajo la directriz del Jefe los músicos rasgueaban sus guitarras y tremolaban sus mandolinas, mientras Doctor Simi se daba gusto con el contrabajo. Sin embargo, a pesar del empeño que todos ponían en la ejecución de la pieza resultó evidente que había que corregir ligeramente la tablatura de cuerdas. Así, el gentil estudiante de medicina recargó a Lupe (el contrabajo) contra el suelo y se aproximó a un corrillo de músicos, dando la espalda al resto del grupo. Una fugaz mirada de inteligencia galvanizó a La hiena, quien con toda discreción sacó de su escondite la capa de su amigo. —¡A mí la Tuna! —gritó el veterano y Sancho, el más cercano a Doctor Simi, se le arrojó al cuello y pretendió ganarse el reconocimiento de los demás inmovilizando él solo al Jefe. Fácil es comprender su sorpresa cuando la pañosa le cubrió la cabeza y Juan se sintió levantado en vilo por los aires. De inmediato una cuerda de algodón comenzó a deslizarse a lo largo de su cuerpo y le privó de movimiento. Pero Sancho es un chico de recursos, y frustró uno por uno los esfuerzos de sus compañeros por atarle las manos. Después de hacerles resoplar durante 10 minutos, desatándose y pataleando mientras berreaba pidiendo que le subieran los pantalones, al fin capituló y aceptó quedarse quieto mientras le llevaban en decúbito dorsal sobre los hombros de todos. Andree (que le llaman Felpudo por su cabeza de alfombra persa) ensayó el primer lamento de plañidera de barrio, con el resultado de que todos estallaron en carcajadas. Así, el falso difunto fue llevado desde las dependencias del templo —en la parte posterior— hasta su atrio, pero en vez de llanto le acompañaron los gritos destemplados de un hato de locos. Y todo el trayecto la víctima se pasó burlándose de sus presuntos captores que no habían conseguido atarlo bien ni una sola vez. Al llegar a la acera los estudiantes se dirigieron obedientemente al portal de la iglesia, pero entonces La hiena reparó en algo. —Eh, no le pongáis en el suelo. Mejor le ponemos en esa banca de piedra. —Pero hombre —opinó Doctor Simi—, que está encharcada por la lluvia de hace rato. —Pues por eso mismo. Hasta entonces Sancho dejó la mofa y comenzó a debatirse nuevamente para escapar. Pero decididos a darle un baño de asiento con todo y espalda, sus amigos se distribuyeron a lo largo de su yaciente cuerpo y se le sentaron encima, con más o menos rudeza. Según el aprecio, claro. Y siendo discípulo de La hiena, tuvo que soportar los 80 kilos del vejestorio, que se le dejó caer encima de un salto. Porque a leguas se nota que el viejo Tuno le estima bien a su rapaz. Una vez que el “difunto” estuvo sometido y silenciado con un extremo de la capa dentro de la boca, los demás estudiantes rompieron en llanto mientras estiraban la pandereta hacia los transeúntes. —¡Ay! ¡Mi seminarista de los ojos negros! —clamaba La hiena mientras se cubría la cabeza con su zamarra a modo de mantilla. Una moneda cayó en el cazo. Tras mirarse de reojo un instante, los demás arreciaron los ayes y lamentaciones. Por las dudas, Felpudo le apretó el cuello a Sancho contra la banca. ¡No se le fuera a ocurrir levantarse ahora que empezaban a caer los duros! Con un poco de suerte juntarían lo suficiente para comer algo en el merendero de Yedani. Resignado y conteniendo un escalofrío, Juan sintió que el agua comenzaba a escurrírsele por el fondillo del pantalón y suspiró. Cuando le hicieran Tuno, ¡Dios guardara a los pardillos! |
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